Blanc


No hay lunas para su piel,
duerme el sol,
mientras otros sangran hiel,
tú desnudas mi voz.

Este apetito infiel
busca en el dolor
la verdad sin algún bien,
simplemente no.

Rasgo,
urgo,
busco,
desato.

Escuecen su labios de miel
en mi boca el dulzor,
un gemido al cien
hace gritar al sol.

Amanece ella en mi piel
de donde soy color,
fragancia de viento y carrusel
rozan el ardor.

Anuncios

Larga vuelta a casa


Daniela salió del Aleatorio Bar apenas terminó el recital de María Sotomayor. Era jueves por la noche, entrada la madrugada, las calles parecían desiertas. Entre semana, ir a deshoras significaba alejarse del horario de trabajo. Estaba a una media hora de casa caminando, así que decidió ir paseando hasta Arapiles, su barrio, en Chamberí.

Había ido sola, como otras tantas veces, lo había comentado con amigas. No quería perderse la presentación de «Nieve antigua», en uno de sus bares preferidos. Se había enfadado y había dicho que ya no era una niña cuando sus amigas le pidieron ir informando, por WhatsApp, de la noche y de su vuelta a casa. Aunque tuvo que ceder al recordar cómo ya tenían por costumbre avisar al llegar a casa.

A diecinueve grados, no hacía demasiado frío para darse una pequeña caminata nocturna hasta casa.

Giró a la derecha por la calle Carranza, e inmediatamente, echó la cabeza hacia atrás, al escuchar unos pasos. Pensó que ahora hubiese sido útil no haber dejado las clases de karate de su infancia. Siguió caminando, frenando sus ganas de echar a correr.

Cuando llegó a la calle de Fuencarral el tránsito de vehículos era intermitente. Por aquí había más transeúntes, era una calle por la que la gente paseaba, corría y se entretenía, a cualquier hora, deambulando.

Sujetó su bolso con más fuerza. Aquella sombra, y aquellos pasos, seguían tras ella. A la altura de los Cines Verdi ya había pensado en la longitud del camino. Lo había recorrido en muchas ocasiones, pero esta vez, parecía mucho más largo.

Al escuchar unas risas a unos cuantos pasos, cogió el móvil e hizo como si hablara con alguien. El paso acelerado, como su corazón, a cada minuto aumentaba el volumen de su propia respiración, ahora más fuerte. Incluso pensó que sería difícil escuchar todo su alrededor, si su propia respiración estaba tan acelerada. Ver a un borracho tirado en un portal, mientras mascullaba palabras sueltas aletargadas por su embriaguez y sueño, no la ayudó.

Llegó al 137 de la calle Bravo Murillo y al sacar las llaves del bolso los pasos y la sombra que la habían seguido se detuvieron.  Metió la llave en la cerradura del portal y miró atrás. Un pequeño cachorro tiritaba de miedo, y frío, ante sus ojos. Daniela se agachó y acarició al labrador que la miraba con negros ojos brillantes.

—¿Tienes miedo? ¿Ha sido muy larga tu vuelta a casa? ¿Estás solo? —preguntaba mientras seguía acariciándolo. Buscó el collar que no encontró. Juntos entraron al portal. Cerró la puerta. Ya estaban seguros.

Castigo


El infierno
es la culpa en mi espalda,
la majestad de la noche
sin pupilas.
Me abrasa esta sombra.
Quema el hielo.
No hay fuego superior
al de tu boca.

Recuerdo


Sus ojos, las constelaciones hacia el sol,

me han perseguido durante años enteros.

(Pudiera ser cierto que necesitamos olvidar)

que yo viese cada uno de los ápices tuyos,

mientras tú, elegante, pierdas cualquier recuerdo de míos.

 

Foto del autor

Bajo el puente


Palabras


Palabras hay muchas, tantas como personas, árboles, aves, animales, nubes y planetas juntos. Y ellos son quienes le dan lo más importante a las palabras: sentimiento.

Porque lo importante no son las palabras, sino nosotros.

Su interior brilla, y siempre brillará, mas nuestra boca unida al corazón con un hilo fino lleno de significado es quien decide el color de sus latidos.

De nada sirve decir palabras por decir, como un actor que solo imita aquello que le mandan, sin pensar en lo que dice. Hay que creer en ellas.

Las palabras siempre están ahí, tratando de colarse en nuestro estómago cada vez que el mundo nos convierte en efímeros niños y niñas.

Porque si una palabra está bien sentida, florecerán margaritas en la piel, nacerán dientes de león en los pulmones, observarán con la ilusión de un niñ@ el mundo; volverán a creer en su corazón.

Y el mundo tendrá más sentido.

Gestación de autonomía


Foto: Gema Albornoz

Puede que nadie te vea,
hasta que tú te mires.
Puede que no encuentres el brillo,
porque tú seas luz.
Puede que, a veces, te escondas
—cada vez que seas laberinto.
Puede que siga pasando el tiempo,
solo, hasta que tú lo detengas.
Puede que suene la música
y tú seas alguna de sus notas.
Y puede, puede que cuando no te mires,
no te veas como luz, te líes como hilo
laberíntico y el tiempo te sobrevuele,
mientras canta. Y entonces, seas tú,
en ese momento, serás tú y no otra.
Serás tú y eso te bastará.