Vida


2352


En una de las habitaciones del Gran Hotel Belle Époque, de la Ciudad de Nueva York, la mucama María Dolores encontró sobre la cama una nota que decía:

«Instrucciones para tomar un martini.
»Ingredientes:
»Hielo, vermouth y ginebra
»Aceitunas para acompañar
»Preparación:
»Mezcle el gin, el vermouth y el hielo.
»Sacuda.
»Presentación:
»Vierta el brebaje sobre una martinera. Decore con aceituna. Disfrute.

De ese lugar, la noche anterior, un hilo invisible se unía a dos amantes que, a besos veloces, salían del elevador con rumbo a la cama de la habitación 2352.

Calidad más que cantidad…

Calidad más que cantidad…


#ReversoDelTiempo


Fueron noches largas,

de tiempo sin medida,

con juegos de palabras

y de escuchar tu sonrisa monosílaba.

Todo empezó

desde la tristeza en tu mirada,

y que ahora son recuerdos que caminan

detrás del alma y sus despojos.

Era esa ansia que no enferma,

convertida en sentimiento mutuo;

como estar frente a un espejo

desnudos.

No hubo urgencia para encontrar

un nombre común

ni prisa por llegar a ningún lugar,

solo elegir con el corazón

y la elección final

fuiste tú.

El fin del mundo


—Me termino el cigarrillo y nos vamos —me dijo la pelirroja que me acababa de «abordar» en el bar.

Le respondí afirmativamente. Era la primera vez que una mujer de ese «calibre» se interesaba en mí.

—Iré al tocador. Regreso y nos vamos —me susurró al oído mientras pasaba su mano por mi hombro. Obviamente volví a asentir. ¿Realmente creía que le diría que no? Con ese trasero, obviamente no.

Regresó por mí. Pagué la cuenta y salimos del lugar. 

No habíamos terminado de dar el primer paso afuera del bar, cuando nos fundimos en besos, con los ojos cerrados y los brazos entrelazados, tocándonos todo, saboreando nuestras lenguas e intercambiando palabras de deseos.

A mitad de un «vámonos ya, que necesito tenerte en mi cama», el sonido de lo que parecieran los motores de diez mil camiones provenientes del cielo, nos anunció que el fin del mundo había comenzado.

Dibutrauma del inicio del fin del mundo.

Los devotos de Akasha


«Reloj de Telésforo» por Blacksmith Dragonheart

Cierta raza extraterrestre desarrolló una civilización basada en el misticismo. Dentro de su jerarquía, existía un sumo sacerdote capaz de acceder a estados alterados de conciencia que le permitían vislumbrar el futuro. Puliendo dicha destreza, lograron avances importantes en el desarrollo de su cultura. Una vez que esta raza extraterrestre adquirió más conocimiento sobre el tiempo y su funcionamiento, llegó a la conclusión de que existía un ente inmaterial que ellos llamaban Akasha.

Describían aquella entidad como una diosa de seis brazos y una cabeza con tres rostros. Cada rostro y cada par de brazos estaban escribiendo en un pergamino eterno que iba pasando por sus manos, conocido como Los registros akáshicos. El primer rostro y un par de brazos registraban con tinta indeleble el pasado. El segundo rostro y otro par de brazos registraban con tinta los eventos del presente conforme iban ocurriendo. El tercer rostro con el último par de brazos escribían el futuro más probable con lápiz. Conforme el futuro se volvía presente, la parte con lápiz pasaba a manos del rostro que escribía el presente para que este colocara tinta o ajustara aquello que el borrador con lápiz había descrito. Finalmente, el rostro que escribía el pasado, sellaba todo con tinta indeleble para que no pudiera ser alterado.

Los sumos sacerdotes de esta raza extraterrestre encontraron una manera de vislumbrar la parte escrita con lápiz, es decir, el futuro más probable. De esta manera, lograron predicciones más exactas, lo que les permitió optimizar sus decisiones y acelerar su proceso de evolución como civilización. Debido a esto, la raza de seres interdimensionales conocida como Los limitantes los consideró una amenaza potencial y destruyó su planeta, provocando su extinción. Pese a ello, un sumo sacerdote que estaba fuera del planeta por motivos rituales, retrasó unos días su regreso debido a una vislumbre del futuro que le indicó que sería peligroso volver en ese momento. Cuando regresó, a lo que debía ser su planeta, solo encontró un cinturón de asteroides. Por lo que, temiendo a lo que causó la destrucción de su planeta, decidió exiliarse en una galaxia lejana donde la vida inteligente recién empezaba a desarrollarse.

***

El sumo sacerdote dedicó lo que le quedaba de vida a perfeccionar su método para vislumbrar el futuro. Pese a ello, nunca logró tener una visión clara de él. Lo que sí logró fue tener visiones claras y precisas del pasado, lo que le permitió identificar a los culpables de la extinción de su raza. Se dedicó, por tanto, a intentar tener una visión clara del futuro. Anotaba y dibujaba cada vislumbre por más borrosa que fuera. Con el pasar del tiempo, usó sus apuntes para descubrir cómo crear un objeto para extender su vida y así poder entrenar a otra persona que cumpliera su más ferviente ideal, que consistía en la destrucción de la amenaza que constituían Los limitantes para la vida en general. Dicho objeto era parecido en funcionamiento a un Libro de los siete sellos. Sin embargo, tenía algunas diferencias fundamentales.

El objeto era condicional y obligaba al portador a cumplir con el ideal de la institución creada por el último sumo sacerdote, que bautizó como Los devotos de Akasha. Además, dentro del objeto se guardó la esencia misma del sumo sacerdote, no una copia basada en inteligencia artificial. Es decir, de alguna manera, el sumo sacerdote seguía con vida dentro del objeto como una manifestación incorpórea pero capaz de comunicarse e interactuar parcialmente con su entorno.

Los devotos de Akasha heredaron el amuleto creado por el sacerdote, conocido como El reloj de Telésforo. Este amuleto enseñaba a aquel que aceptara el pacto y el título de Alquimista del tiempo y que, además, jurara por su vida no solo cumplir los objetivos de Los devotos de Akasha, sino también a guardar su esencia en el reloj una vez hubiera llegado a una edad muy avanzada. De esta forma, acumularon una larga lista de Alquimistas del tiempo dentro del reloj, donde interactuaban entre sí y aprendían entre ellos, aumentando enormemente el conocimiento que podía otorgar el objeto a quien aceptara el pacto.

***

Se sabe que la última persona en heredar El reloj de Telésforo fue un practicante de vudú llamado Dimitri. Él encontró el reloj y, eventualmente, logró descifrar su mecanismo para contactar con los incontables alquimistas del tiempo acumulados dentro. Ellos le ofrecieron el pacto, pero Dimitri decidió tomarse su tiempo para considerarlo. No fue sino hasta que estuvo en una terrible persecución, en la que corría grave peligro su vida, que Dimitri recurrió al reloj como último recurso. Aceptó el pacto y el reloj le transfirió inmediatamente el conocimiento necesario para teletransportarse y salvar su vida.

Eventualmente, haciendo uso del conocimiento que El reloj de Telésforo le brindaba, con la única restricción del pacto inicial, Dimitri logró convertirse en el primer Alquimista del tiempo en conseguir una visión clara del futuro. Logró dominar un arte que combinaba vudú y alquimia, conocido como Tanatomancia, en el que usaba el asesinato de una persona como ingrediente para lograr ver el futuro con claridad. Dimitri descubrió que Los registros Akáshicos funcionaban como una gran red informática universal ejecutando un sistema de seguridad muy parecido al blockchain. Pero solo podía hackear el sistema para descargar un bloque pequeño de la cadena, que contenía la información del futuro más probable del día siguiente.

Dimitri empezó un duro entrenamiento para pulir su Tanatomancia, lo que implicaba más asesinatos. El reloj de Telésforo decidió enseñarle por ser el más talentoso en siglos y porque sentía que el objetivo de Los devotos de Akasha estaba por encima de cualquier código moral, por lo que decidió apoyar a Dimitri en el perfeccionamiento de su técnica y así superar la limitación de su visión del futuro. Durante ese entrenamiento, luego de muchos intentos, Dimitri logró superar la barrera de un día y empezó a explorar las visiones del futuro. Sin embargo, no tenía control alguno en dicha exploración. Debido a esto, tuvo una visión involuntaria pero muy clara y sobrecogedora sobre el futuro del planeta Tierra. En dicha visión se veía a una raza de seres, que el reloj confirmó que eran Los limitantes. Estos invadirían y devastarían la vida en el planeta luego de unas cuantas décadas. También, antes de salir del trance de su visión involuntaria, logró vislumbrar que para evitar dicho futuro necesitaba construir algo en el sol. Pero esa parte de la visión estaba tan borrosa que no pudo definir ni qué debía construir ni cómo hacerlo.

 

Paso paseando


Las piernas sutiles de quién se asustó al no saber qué hacer con ellas.
Son mías y me asusto por ello.
Si no fueran mías no pasaría nada,
paso y todo pasa.

Pero me llaman,
me escriben en la mente de mis movimientos en un espejo.

No os quiero,
no me quiero lo suficiente para poder apoyar esa creencia.

Pero lo creo.

A veces me pasa eso,
con los olores que anhelo,
los sabores que pienso,
el tacto que quiero,
las vistas que veo con los ojos cerrados.
Y a veces pienso.

Pienso y paso.
Pero esto es lo que pasa
y por ello viviré en mis paseos.