Etéreo


A paso

lento, muy lento

nadie sabe.

Al lado de los grillos desaparece

–exactamente-

sobre el tilo en flor donde

las ideas se hacen espesas y lisas.

Justo ahí, se abandona, y

casi pertenece

a la máscara en los bosques que tocan

al mar

y lo llevan consigo.

En las montañas habitan pasos.

Los monos abren el aire y el agua

donde lavar su conciencia

(según la ciencia de los mosquitos).

Y así, la gota

se desliza sobre la piel

del animal herido

y se confunde con

lágrimas

que brotan de los ojos de los borrachos

al contemplar tanta belleza

lloran

En seguida, se bajan los cierres de los bares

alcanzados por los bordes de la claridad

a la que sucumben las joyas.

Entonces

da un salto grande demasiado

grande al abismo.

Y

apenas

roza por un  momento

-etéreo-

el olor de la alegría.

¿Quién?


Tras otro día más perdido en el limbo terrenal,  se precipitó en busca de un lugar en el que poder dormir, o al menos intentarlo.

Hoy no le apetecía inmiscuirse en la inmundicia de bebidas viles y sus jaquecas, hoy quería soñar; no le importaba que el lustre del inconsciente no lo admitiese en sus obras. Aceptó hace tiempo  observarlas desde un telescopio en la cima de su inocuidad bipolar.

Además,  no recuerda su infancia; es más, muchas veces se mantiene dubitativo sobre la existencia de ésta, ¿fue niño?

Implorando a los ángeles, escrutaba cada vena con destino cardíaco, en busca de retazos sanguíneos en los que poder hallar la respuesta y así sentirse vivo. Mas todos los intentos fueron en vano, y tal como vinieron, se marcharon cabizbajos, musitando palabras de impotencia, perdón y rabia.

Tras la presbicia de sus quimeras, alejaba la vista, evadiéndose con las monedas mendigadas; permitiendo al tiempo encaramarse a su espalda  y jugar al fugaz azar del día. No sabe desde cuándo, ni mucho menos hasta cuándo.

Esto no significaba la izada de bandera blanca por parte suya, mas no conocía otra forma de vida.

Un día, bajo lo efímero de una mirada, un ligero susurro pertrechó su corazón y el mismo formó parte —esta vez —de las obras dirigidas por la tupida profundidad  de su ser.

En aquel fugaz lance unilateral, descubrió quien era. En aquellos ojos, se derrumbó.

Comenzó a comprender.

Comprendió que era un sueño, que tuvo que exiliarse tras las puertas del olvido por culpa del miedo y sus voces. Un sueño que, una vez en el exterior, sin guía y sin camino, permaneció estático mientras vetustas serpientes disfrazadas de musas le mantenían sedado; olvidado. Un sueño que fue juzgado por aquellos que controlan las leyes de este juego macabro. Un sueño que fue castigado con un abandono  y lágrimas tras las que, ninguno de los dos, pudieron recordar.

Él ya se había olvidado de esa parte suya, por eso le fue tan costoso anhelar, disfrutar y evocar su origen y su infancia compartida. Él ya borró las puertas que conducen a la vida, siendo otro adulto más; sobreviviendo en este mundo de piedra. Únicamente su corazón notó su presencia,  provocando un latido nostálgico, impotente; mudo.

Pero al sueño no le importó. Ahora que reconoció a su dueño, asió su entereza —como paraguas— y tras escuchar el repiqueteo de la puerta, subvino la empatía —como arquitecta— junto a la infancia —como plano—; no tuvo nada que temer.

Todo volvería a ser como debiera ser.

Pd: la frase subrayada es de el grande Hovik Keuchkerian.

Día siguiente


Mañana
es el lazo
que hoy atas a tu pie derecho.
Con él
quieres anudar
los ciento volando
y cualquier escalada
a esta parte del plano terrenal
inclinado,
apuntando al infinito.

Mañana
vive con la esperanza
de la armonía armada,
de la felicidad cosechada,
de la tormenta perfecta,
de la explosión solar.

Mañana,
día siguiente,
de un hoy urdidor.

Pájaro en flor


Strelitzia

Pico que otea,
ave de los jardines,
mágicas alas.

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Un ejemplar de flor de pajarito (Strelitzia sp.) en un jardín montevideano.

Amapolas


Campo de amapolas en Gallecs.   Foto: Benjamín Recacha

 

Sentado en el prado se me pierde el pensamiento

en sueños de verde casi siempre inalcanzable.

Pregunto a la vida por qué no es más razonable,

que duele demasiado ver tanto sufrimiento.

 

Y la vida, respondiendo a mi angustia, florece.

De entre la hierba, altiva surge la amapola.

Tan hermosa, tan roja, la pasión enarbola.

La llama se contagia y la esperanza aparece.

 

Cielo azul, nubes blancas, todo el campo florido.

Sinfonía de trinos, banquete de colores.

El sueño de la primavera embriaga al dormido.

 

Pero breves e irreales son los sueños traidores.

Despierto, y pronto vuelvo a sentirme perdido.

Promesas etéreas de las escarlatas flores.

Salto etéreo


Tú y yo estábamos mirando algo que los ojos no pueden ver. Mirábamos como miran los soldados el campo de combate, cuando se preparan para una misión y ante sí ven un escenario aún inexistente de bombas y metralla, y en su cabeza planean una estrategia para esquivarlas. Mirábamos como mira una gimnasta cuando tiene enfrente la plataforma donde realizará sus acrobacias y, aunque no ha realizado todavía ningún salto, ya lo ve todo, ya sabe el impulso y los giros que hará en el aire, y ya siente la expectativa mezclada con miedo que significa realizarlos.

Así, yo miraba con expectativa mezclada con miedo el salto que daría… que daríamos ambos.

Yo estaba recargado contra un muro, en el borde de un precipicio. Y no alcanzaba a ver nada en el vacío, pero anticipaba lo que sucedería y trazaba un plan para enfrentarlo, el nuevo reto. Y sonreía con expectativa mezclada con miedo, con audacia y con un poco de alegría.

Sentí tu presencia a mi costado derecho, a cinco grados detrás de mí. Te sentía más temerosa que expectante, más enfadada que decidida, todavía mostrando resistencia al futuro que yo me bebía de antemano.

Volteé a mirarte y me sorprendí de tu aspecto.

—Qué ojos más oscuros y bellos. Y te queda bien esa boca roja. —Acaricié con delicadeza tu barbilla para lograr que tu mirada subiera desde el piso hasta mis ojos.

—Tus ojos me recuerdan a las estrellas.

Sonreí, conmovido.

—Míralos bien. Grábatelos.

Y yo mismo traté de memorizar cada pliegue, cada pestaña, cada línea que enmarcaba tus ojos antiguos y rasgados.

—No tienes que hacer esto —te dije.

Un breve silencio.

Voy a hacer esto.

La resolución con que dijiste esa frase apaciguó mis dudas. Te abracé. Oh, dulzura. Y dejaste de temblar desde aquel momento.

Traté de llenarte de consejos. Quedaba poco tiempo para el momento de separarnos.

—No recordarás mucho.

—Entiendo. Ya me lo has dicho.

—No comprenderás el tiempo. No comprenderás los relojes.

—¿Qué son los relojes?

—Bien.

Yo empezaba a sentir un llamado imperioso y una bruma de vapor frío se dejó venir hacia mí. Mi expectativa y miedo aumentaron en varios grados. Aún me volví a mirarte.

—Parece que es mi turno. Tú espera a que llamen tu nombre.

—¿Qué es un nombre?

—Bien —Sonreí.

Me devolviste la sonrisa a través de la bruma.

Me giré y miré hacia abajo. Y en el precipicio pude ver todo lo que me esperaba. Vi el tiempo dispuesto sin segundos ni años ni horas: completo en sí mismo, terminado. Así fue que yo supe todo lo que pasaría. Yo acepté todo lo que pasaría. Pero luego los recuerdos serían puestos muy debajo para que no me fuera fácil encontrarlos, porque la prueba es dura y si uno la recordara nunca la querría.

Pero yo la quería. Un sollozo me partió mientras aún sonreía. Oí mi nombre (¿cuál nombre?, ¿qué es un nombre?). Y salté.

***

Mi mano estaba tendida hacia una puerta blanca entreabierta. Corrí para empujarla. Una niña acababa de cruzarla y yo quería alcanzarla. Pero la niña no me vio y la cerró de golpe en mi mano.

Dolor. Mi dedito pulgar aprisionado. Dolor. Ese es mi primer recuerdo.

Alguien puso una mano en mi hombro. Me giré para ver a quien me había tocado y me sorprendí mucho al no ver un par de ojos negros y rasgados. Era mi maestra de kínder, de ojos claros y redondos. Tomó mi mano, miró mi dedito y me consoló. Yo lloraba de dolor, pero pensaba en la niña. Ella volvió cuando la maestra la llamó para reprenderla. La miré. No sé por qué yo esperaba que sus ojos fueran negros y rasgados. Y no lo eran.

Hasta la fecha, no sé muy bien por qué me llaman tanto la atención los ojos oscuros y rasgados.

Lluvia con a de ella


Nació con la lluvia de manto y sus gotas como cobijo.

Creció saboreando los charcos y disfrutando de la polifonía perfecta que creaban sus pies al compás del cielo, lleno de alegría y jovialidad.

Nunca se enfrentó a la gripe, ya que la lluvia era su amiga y como tal, la escuchaba sin admoniciones posteriores.

Desprendida de todo lo que le ocultaba de aquellas lágrimas cuyo dueño era el cielo, nunca temió develarse ante tal etérea situación.

Disfrutaba de ella, y ella disfrutaba  su compañía. Bailaban y sonreían, omitiendo el entorno, pues ella era la boca y la lluvia el sabor.

Al compás de su alterna desazón, siempre escuchó lo que calaba en su corazón; escrito bajo la pertinente voz de su querido amigo.

Se hizo mayor, exiliándose al amparo de un tejado y al de una chimenea que calmasen aquella otra parte suya que envejece y  es objeto de tribulaciones.

Siempre unidos, bajo el auxilio de la terraza, haciendo caso omiso a aquellos cuerpos que no comprenden que es preferible el amor a la salud.

Pasaron los años y sus dos partes —la eterna y la perecedera— acordaron alzarse en vuelo.

 Aquel día no hubo lluvia; el sol aportó su granito de arena mostrándose en todo su esplendor, mientras que las nubes se precipitaban al encuentro de ella.

Se abrazaron y, en un coloquio eterno, vivieron en lo etéreo de la vida,  sintiendo y siendo algo que nunca pudimos ver aunque siempre estuvo ahí;  en cada gota y en cada ser, en cada segundo y en cada eternidad.