Dos veces llantos


Me casé con Flor María en nuestra clausura del jardín de niños. Ese mismo día la besé. La maestra y mis compañeros aplaudieron y Flor María lloró. Las lagrimas de Flor María cubrieron todos los pupitres del salón. Nos empapó. Sus llantos  fueron tan fuertes que rompieron cristales, también se escucharon hasta la casa de la bruja vende esquites. Ese día Flor María me odió y rompió mi corazón.

Después del jardín no supe más de ella. Hasta el día de hoy en que, nuevamente entre llantos y lagrimas, Flor María  dice odiarme y hace ademanes de querer matarme, mientras carga el cuerpo inerte de su esposa, quien hoy fue atropellada por mí.

 

AGOSTO2020 ANA SEMEJANTE

Dibujo de Ana Gabz Ferral (Instagram: @semejante_ )

Miradas que no fueron y anillos de flores (I)


No se giró. Me quedé esperando hasta que llegó a la esquina, pero no se giró, y algo en mi interior me dijo que aquella sería la última vez que nos veríamos... 

Noto una leve presión en el brazo, y veo que la causante es una mano con anillos en cada dedo. Tienen forma de flor. Cada una de un color diferente.

—¿Dónde te has ido? 

Levanto la cabeza y me encuentro con unos ojos preciosos. Son verdes, creo. También podrían ser de uno de esos tonos marrones que confundo con el verde. 

—Sigo aquí. 

También mi tarrina de helado de after eight, sólo que ahora es una sopa de menta con tropezones de chocolate negro. 

—¿Por qué aceptaste la cita? 

Los ojos verdes, o marrones, forman parte de un rostro que los cánones de belleza no calificarían de bonito, pero sin duda es seductor. La combinación de las pecas, los labios gruesos y el pelo rizado teñido de un rojo intenso es más atractiva en vivo que en las fotos de Tinder. Y la sonrisa. Sonríe con todo el cuerpo, de forma sutil, aunque en realidad no esté sonriendo. Yo me entiendo. 

¿Por qué acepté? Remuevo la sopa de menta con chocolate y tomo una cucharada. Los ojos sonrientes de color indefinido siguen atentos la operación mientras esperan mi respuesta. 

Porque no se giró. 

Las arrugas que aparecen en su frente revelan lo que pensaría cualquier mujer sensata: «Otro zumbado». 

Enseguida las arrugas se atenúan, y la sonrisa sutil recupera su espacio. Se inclina ligeramente para dar un sorbo a su horchata, y cuando se incorpora inspira profundamente. Eso me obliga a redirigir mi mirada a su escote, que se hincha como un chaleco salvavidas. Uno que perfectamente podría salvar dos vidas. 

—Sé que me voy a arrepentir por preguntarlo, pero ya que estamos… Si me arrepiento demasiado, pasaré de la horchata a los cubatas. —Dicho esto, apura el vaso sorbiendo la pajita con un lenguaje corporal que deja poco ligar, lugar bueno, ligar es correcto…— ¿Quién no se giró, y por qué estás pensando en ella, porque supongo que es «ella», mientras me miras las tetas? 

Y acaba la pregunta recolocándose el escote. Es decir, ampliándolo. Soy gilipollas. Mucho. 

Perdona, seguro que hay un montón de tíos haciendo cola para quedar contigo, y has ido a elegir al más memo. 

—Tú también estabas en la cola. Siento curiosidad, así que cuéntamelo. 

—¿Por qué estaba en la cola? 

—Eso luego; primero, lo de la chica que no se giró. 

Me fijo en la sopa que en algún momento fue un heladoAhora ya da un poco de asquito. 

—Si no te importa, me voy a pedir una cerveza. ¿Pregunto si preparan cubatas? 

Suelta una carcajada espontánea. Madre mía, estás como un queso. 

—¿Cómo me llamo? No vale mirar el móvil. 

Qué chorrada de pregunta. Te llamas… te llamas… Gilipollas es poco… Espera, sí, te llamas… Sandra. ¡No! No es Sandra, esa era la otra, la del tatuaje en la mejilla. Tenía su cosa, pero al final probaste con Silvia, la del pelo rojo. Sí, Silvia. 

—Silvia. 

—Prueba superada, pero estás sudando. 

—Necesito la cerveza. 

Ahora ríe burlona. Me levanto aliviado. Hace calor, pero no tanto como para que las gotas de sudor me resbalen por la sien. 

—¿Y yo? 

—¿Tú qué? 

—Que cómo me llamo. 

Coge su vaso vacío y me lo entrega mientras se pasa la lengua por el labio superior. 

—Me lo has dicho hace un momento: Memo, como el pez. 

—Ese era Ne… 

—Lo sé, señor Memo. Tráeme una birra. Pagas tú. 

Me lo merezco. Es divertida y tiene un humor incisivo. Es más inteligente que yoirradia una seguridad en sí misma que estimula e intimida a partes iguales, y me lo estaba perdiendo. ¿Por qué no se ha ido aún? Igual cuando vuelva de pedir me ha dejado plantado. Mierda, me tengo que poner la mascarilla. No me acostumbraré nunca. 

….. 

Ves el cuerpo en la acera. Un hombre se ha arrodillado junto a él y le habla sin atreverse a tocarlo. Cerca, una mujer saca el móvil del bolso, supones que para llamar a emergencias; seguramente, aproveche también para hacer alguna foto y colgarla en TwitterOtra mujer gesticula nerviosa, y la oyes gimotear. Poco a poco, más gente se acerca cautelosa. Tú sigues asomada a la ventana del comedor de un cuarto piso. Te ves asomada a ella, como si asistieras a la escena desde un plano superior. Siempre que lo recuerdas, tienes la misma sensación; hasta que te parece verlo mover las piernas. Entonces, regresas de inmediato al plano subjetivo, porque te invade la necesidad imperiosa de esconderte, como tantas otras veces. Te apartas de la ventana, te sientas con la espalda apoyada en la pared y, abrazada a las rodillas, tiemblas. 

….. 

No se ha ido, pero seguramente está buscando en el móvil al próximo memo. 

—Asegúrate de escoger bien. 

Me dedica una mueca de falsa indignación, agarra la cerveza, la limpia un poco con una servilleta de papel, y da cuenta de medio botellín de un tirón. Es fascinante. 

—Sí que tiras pronto la toalla. —Se pasa el dorso de la mano por la boca, y ese gesto a priori tan ordinario también resulta seductor—. Va, no te escaquees más. 

Un segundo. —Mmmmm… qué bien entra la cerveza—. ¿Has estado enamorada? 

Abre los ojos de una forma tan exagerada que resulta cómica. Y, claro, río. 

—Pero vamos a ver… 

—Seguro que nunca habías tenido una cita tan ridícula. —Sigo riendo—. Si lo piensas, puede servirte de catarsis. Probablemente, después de «esto», volver a verme será en lo último que pienses, así que, puestos a cagarla, déjame hacerlo bien. Igual existe un récord Guinness de las primeras citas más absurdas; lo buscaré. 

—Pero no entiendo la relación entre mi vida amorosa y las mujeres que no se giran a mirarte… 

—Me explico, ya verás cómo sí la hay. —Me mira escéptica—. Si alguna vez has salido con alguien que te gustaba de verdad, seguro que al despediros te girabas para un último adiós, aunque os fuerais a ver poco tiempo después. —Me mira, pero no se fija en mí, sino en alguien en su recuerdo—. ¿Ves? A eso me refiero. Esa última vez, ¿te giraste? 

La noto incómoda. Su cuerpo ha dejado de sonreír. Baja la mirada, coge la cerveza, por desviar la atención, y bebe sin entusiasmo. 

—Déjalo. Yo sólo quería pasar un rato divertido. Conocer a alguien nuevo y quién sabe qué podía pasar, pero no me apetece nada hurgar en mis heridas. 

—Perdona. Sin duda, ese récord ya es mío… —Fuerza una sonrisa, pero ha perdido el esplendor que irradiaba. Me estiro en la silla y respiro hondo—. Hace tres meses de aquella última mirada que no fue. Ella me gustaba mucho. Sólo habíamos salido unas pocas veces, pero hacía tanto tiempo que no me sentía tan bien junto a alguien, que me agarré a la posibilidad de que funcionara de verdad. —Me inclino hacia delante y apoyo los brazos en la mesa. A unos pocos centímetros se hallan entrelazados cinco dedos adornados con anillos de flores y otros cinco desnudos, excepto el anular, donde lucuna llamativa reproducción de Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffanys’s—. Un día quedamos para comer. Estuvo tan bien como siempre. Nos contamos nuestras cosas, reímos, nos dimos cariño y, al despedirnos, cada uno tomó una dirección diferente. Mientras caminaba, me giré, esperando que ella también lo hiciera, pero no lo hizo. La vi desaparecer tras la esquina, y algo en mi interior me dijo que esa sería la última vez que la vería. Y así fue. 

Me obligo a sonreír y acabo con la cerveza. 

—Lo siento. 

—No tienes por qué. Yo debería estarle agradecido; si no, no habría tenido la oportunidad de lograr un récord Guinness. 

Ríe. Sus ojos recuperan parte del brillo. Se acaba la cerveza. 

—Pero no lo estás. 

—¿Cómo? 

—Agradecido. No le estás agradecido. 

—Soy gilip… 

—No, si lo entiendo. A nuestra edad, no es fácil encontrar oportunidades así. Las mochilas pesan demasiado, y suelen estar repletas de mierda que lo ensucia todo. 

—No te voy a pedir que me cuentes nada. 

—No voy a hacerlo. A ti, en cambio, te queda una pregunta por responder. —Sus ojos verdes, o marrones, vuelven a brillar juguetones—. ¿Qué hacías en la cola? 

—¿En qué cola? 

—No te hagas el despistado. Ya sabes a qué me refiero, por muy «memo» que seas. 

Le miro las manos, con los dedos aún entrelazados. Me la imagino preparándose para la cita con el «memo», seleccionando la combinación de anillos adecuada para la ocasión… 

Audrey Hepburn es mi actriz preferida, y me encantan las flores. 

(Continuará)

Verdor


IMG_1444

Verdín de musgo,
violeta de esmeralda,
verde mi vergel.


 

Ejemplares de violeta (Viola odorata) en un cantero cubierto de musgo en Montevideo.

Pacifista


A falta de toro y astas
tomé resolución por fantasía.

Un error tras otro,
después.
Una flojera,
primero.

He descansado
antes que la guerra.

A puro pan, a puro té…


“Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona.” (Nicanor Parra)

Nos repartíamos el pan
de las estadísticas,
pero el hambre
no era imaginaria.

Del mendrugo
comíamos las sombras,
en sus bolsillos
guardaba las miguitas.

Sólo alcanzaba
para dos cosas el hambre,
una era para soñar,
olvidé la segunda.

Pan y té.
Amargo el pan,
amargo el té,
sin mantequilla el pan,
sin azúcar el té.

Sugiere un tema para la revista 10


Actualización: Estamos votando sus sugerencias de tema aquí: Elige el tema especial de la revista 10. En este segundo semestre del año, reiniciamos la publicación de la revista Salto al reverso como una edición digital de periodicidad semestral y difusión … Sigue leyendo

Valor


Las tormentas no son traidoras,
avisan.

Es curioso cómo lo bueno
es doble bueno sin avisar
y cómo lo malo
puede ser la mitad de malo
avisando.

Una traición vale más que mil tormentas.
No solo lo bueno vale.