Línea de vida


Porque importa cada yo defendido con egoísmo,

esos juegos de ametralladoras tan luminosas,

de guerras en el televisor,

la angustia de un anciano que levanta la cabeza,

y pregunta: «¿Dónde estoy, dímelo por favor?».

Ese es el final;

el cariño que ya no lo esperas.

Fotografía de Kari Basanta @kari_basanta
Anuncios

¿Bailamos?


—Ju doni të kërcimit? —me preguntó, pero no le respondí.
—Shall you dance? —me repitió ante mi cara de interrogante.
—No te entiendo —le respondí—, no hablo inglés, ni lo otro, solo
español y catalán.
—Ele quer dançar com você —me aclaró un chico joven que nos miraba.
—Tampoco entiendo portuguès —volví a responder ya un poco azorada.
—T’està preguntant si vols ballar amb ell, home! —me dijo en catalán la vecina del segundo.
—Ah, ¡claro que sí! Yes, yes —le dije.

Me bastó con sentir su mano en mi cintura. Supe que bailaría con él toda la noche en todas partes.

Momentos de desesperación…


Por ahora no necesito que me recuerdes que estoy vencido,
que la alegría se me va como agua entre los dedos.
Hoy no necesito que me digas que me extrañas
porque yo mismo me siento extraño.
Hoy no necesito que preguntes si estoy bien
o si aún sigo mal, solo requiero de tu ayuda.
Hoy requiero de tu esencia, de un te quiero de la nada,
uno así de puro y lisonjero.

Hoy requiero que no calmes mi llanto, sino que llores conmigo,
que enjagüemos juntos los tormentos, que en este trance,
son triste y únicamente míos.
Hoy requiero que tus palabras azoten mi amargura con serenidad
y no se resquebrajen con verdades de medio talle.
Hoy requiero que tus palabras acechen con imprudencia tal,
que espanten cínica e infaliblemente mi depresión y desesperación,
que el monstruo se vaya y me deje tranquilo.

Hoy necesito que tu incondicionalidad no la pongas en tela de juicio,
sino que, así, sin más ni menos me digas ¡aquí estoy!
Hoy requiero que tus manos no solo no me dejen caer,
sino que me salven y le hagan contrapeso a este mal,
a esta execrable y pedante depresión.
Hoy requiero que tus brazos de forma insolente
arrecien conmigo, me levanten y no me dejen morir.

Hoy necesito de tu esencia, de tus destellos de alegría,
de tus inquebrantables ganas de vivir.
Hoy, solo por hoy, no reclames nada de mí,
solo soy yo y esta estúpida tristeza,
solo soy yo y esta matutina desolación que me corroe.

¡Lo siento mucho! Sé que añoras todo de mí:
mis risas, mis alocuciones disparatadas, mis alegrías y mi discreta locura.
Y de sobra sé que cuento contigo, pero ya no solo quiero contarte,
quiero convertirte en mi amparo, en el augurio sagital para salvar mi vida
de esta feroz desolación y de esta atroz depresión que aniquila mi ser.

Haiku


annie-spratt-haiku

Imagen por @anniespratt (CC0).

Duerme tu risa,

la muerte baila sin mí

y tiembla la flor.

Pensamientos


6260-web

#Malala

#MEPO

 

Cerca de ti…

Cerca de ti…


El toro del lechero


foto Webandi, Pixabay

Fotografía por Webandi (CC0).

Hace mucho, mucho tiempo, en los años del hambre, cuando yo era todavía una niña, recuerdo que los pocos ratos libres que teníamos la Merce y yo los pasábamos jugando y haciendo travesuras. Las dos solas o con otras muchachas del pueblo, nos íbamos a donde un tío de la Merce que tenía las ovejas metidas en un aprisco y nos trepábamos en ellas. Algunas se dejaban montar, pero otras eran más ariscas y saltaban y en un momento nos tiraban al suelo y a nosotras nos hacía tanta gracia que nos quedábamos en el suelo muertas de la risa. A veces, en lugar de subirnos en las ovejas, montábamos las vacas que pastaban en los prados del lechero. Nos subíamos cuando estaban echadas en el suelo, rumiando la comida, y la mayoría de las veces ni se molestaban en levantarse, así que nos sentábamos en ellas como quien se sienta en un tronco caído. Y nos imaginábamos que íbamos subidas en un caballo camino del pueblo, arre, le decíamos, arre caballo, aunque fuera vaca, y las golpeábamos con los talones en los costados, pero nada, allí se estaban, echadas en la tierra, moviendo la boca como si estuvieran pensando en decir algo que nunca decían. En uno de los prados había un toro semental, un animal enorme que apenas alcanzábamos a abarcar con las piernas. Era de color zaíno, y tenía un morrillo enorme y los pitones aserrados. Cuando estaba de pie, tenía la alzada de un hombre, y entre las patas le colgaban los dos grandes huevotes, que cada uno habría de pesar, por lo menos un par de libras. Tenía fama de animal bravo, pero una vez que veníamos la Merce y yo de bañarnos en la ribera lo vimos echado en el suelo, dormitando al sol, y nos dio por subirnos. La Merce estaba menos convencida que yo, pero tú háblale mientras yo lo monto, le dije, y después hacemos al revés, y mi amiga se puso a hablarle acuclillada frente a su cara y yo me encaramé al lomo del toro, que de tan gordo apenas se le notaba el espinazo y tenía el pelo calentito, de haber estado al sol. Yo se lo acariciaba y cuando me encontraba con una bardana enredada se la destrababa y la tiraba. Se estaba tan bien allí subida, con las nalgas calientitas y el sol en la cara, pero una abeja se acercó para picarme y yo la espanté con las manos y grité, un grito muy fuerte, ahhhhhh, y el animal se asustó y se levantó de repente y empezó a correr por el prado, todo tan deprisa que no pude bajarme y no me quedaba otra sino tumbarme sobre el lomo y agarrarme con los brazos y las piernas, fuerte, fuerte, hecha una garrapata, y el animal cada vez corría más rápido y se movía y saltaba hasta que no aguanté más y me dejé caer al suelo. El talegazo que me di fue gordo, pero no tuve tiempo de comprobar los daños porque el toro se revolvió y se vino para mí y tuve que salir del cerco a la carrera. Después, cuando se me pasó el susto, me di cuenta de que me dolía mucho el hombro derecho, mucho, tanto que al llegar a la casa lo tenía hinchado y del doble de su tamaño. Mi padre me echó una regañina y me llevó adonde la Galga, una mujer que lo mismo deshacía un embarazo que quitaba un mal de ojo. Ella me colocó el hueso en su sitio y me vendó muy fuerte el hombro, el brazo y el pecho, y me dijo que me estuviera quieta, quieta por dos semanas, ¿te enteras muchacha? Así que me pusieron un colchón en el portal y allí me pasaba los días, sin hacer nada ni moverme si no era para hacer de cuerpo, porque cualquier movimiento era como si me atravesaran el hombro con un hierro al rojo vivo. Para entretenerme leía las historias de Antoñita la fantástica y algunos días venía verme la Merce y me explicaba lo que estaban dando en la escuela, que eso fue lo peor de aquellos días, el no ir a la escuela. Por lo demás se estaba tan bien allí tumbada, sin hacer las tareas de la casa, sin tener que traer agua de la fuente, ni lavar la ropa, ni fregar los suelos, ni barrer el corral, ni recoger leña ni nada de nada.

Julio Alejandre