Figuras en el mar


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Con los ojos cerrados

comparte el universo,

deja que él te abrigue.

Junto a lunares y venas

imagina muchos viernes

con puestas de sol sin cambios de hora.

Junto al mar luminoso

los acontecimientos pueden ser banales,

o llamarte a llorar si no eres una diva,

pero somos figuras en un decorado.

Tan sólo piensa,

que ese decorado no entra en el mar.

 

Fotografía del autor.
Charlie Chaplin era una galaxia y su bigote un agujero negro

Charlie Chaplin era una galaxia y su bigote un agujero negro


Hace días


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Foto: ahuanda

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

el pueblo es como una casa de techo bajo

que me deja tocar las estrellas.

A menudo

—muy a menudo—

alguien surca el cielo

sembrándolo de nubes

que se comen el brillo de la luna.

Hace días

que un manto de aquellas nubes

grises y negras

escupe lluvia sin cesar

y truenos y relámpagos.

Hace días que la lluvia

me trae el olor del cielo

porque aquí donde yo estoy

el techo es un mar de luces

artificiales y cegadoras

casi eternas

sin olor y sin música de estrellas

y sin mueca de luna.

Hace días que huelo a cielo

a través de la lluvia.

Ojos compartidos


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«Ojo cascada de la cuidad sombra», por Mystic Art Desing (CC BY)-

Mientras vagaba en las tierras de la locura, sentí una presencia extraña dentro de mi cuerpo. Me costó años averiguar de qué o quién se trataba, pero su presencia no era nada agradable.

Aquella esencia, con la forma de un niño como de unos cinco o seis años, era una parte de mi ser. Una parte que, debido a la represión extrema a la que fue sometida,  tuvo que manifestarse en forma visible para captar mi atención.

Viendo esto, le pregunté:

—¿Qué necesitas? ¿Por qué intentas invadir mi ser con tus ganas de llorar?

Al darse cuenta de que al fin lo había notado, el niño contestó:

—Justo eso necesito. ¡Tus ojos para poder llorar!

Al notar su convicción, me preocupé y me intrigué al mismo tiempo. No aguanté la curiosidad y le dije:

—¿Por qué no usas tus propios ojos para llorar?

El niño, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, me dijo que yo no entendía nada.

—Tus ojos son los únicos que tienen acceso a la salida.

Sin entender, volví a preguntar:

—¿Acceso a la salida?

El niño, evidentemente molesto porque yo no entendía, me dijo:

—Si lloro con mis ojos, moriré ahogado dentro de la burbuja en la que me confinaste. Pero si uso los tuyos, el agua se irá por la salida.

Yo, habiendo comprendido sus palabras, le dije apenado:

—No puedo darte mis ojos.

El niño, dando la vuelta para marcharse y convertirse de nuevo en una incómoda esencia incorpórea dentro de mi cuerpo, reclamó:

—¡No me quieres dar tus ojos! ¡Son mis ojos también!

Convencido de mi respuesta, le dije:

—¡No! Pero puedo prestártelos.

El niño, sorprendido por la respuesta, se volvió hacia mí:

—¿Cómo podrías hacer eso?

Le respondí:

—Yo, en momentos convenientes, te prestaré mi acceso a la salida y dejaré que elimines el exceso de agua para que ya no te ahogues.

El niño, con un rostro de notorio agradecimiento, empezó a convertirse en una niebla plateada y salió de mi cuerpo. La niebla dijo:

—Te tomaré la palabra, esperaré mi momento para que cumplas tu promesa.

Era la voz del niño, que ya no habitaba en mi cuerpo entero. Tan solo en mis ojos, esperando su turno para usarlos.

Con eso desaparecieron las manifestaciones molestas de aquella esencia. Gracias al pacto de utilización de ojos que firmamos con aquella conversación.

Esta tristeza


Es tan amarga como un café en silencio.
Pesa en alguna parte del ser.
Es un insolente recordatorio de que el día comienza sin sol.
Anega los ojos de agua y va vaciando el corazón de a poco.
Te mantiene en un estatus de inmovilidad permanente.
Hay mil piezas, pero ninguna de ellas encaja.
Los recuerdos necios son como preguntas abandonadas.
Es sufrir un ataque de rabia en calma, mientras la noche se consume
y das diez mil vueltas en la cama y ya no hay nada.
No es veneno, pero mata.
Se alimenta de minutos y crece… y crece.
Esta tristeza me impide olvidar tu nombre,
solo porque eres tú quien la causa.
La canción la olvido.
La foto la rompo.
Las mil lágrimas las lloro.
Pero ¿quién me quita esta tristeza?
Esta
maldita
tristeza.

Atardezul


IMG_20191110_160753©Merche García

Desayuno con vistas

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