Centrifugando recuerdos (XXIX)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Por primera vez en días Luis siente que la ducha sirve para algo. La consecuencia más evidente de la tormenta es el descenso de la temperatura, que hace que pasear por las callejuelas del Albayzín, sometidas un par de horas antes al tormento solar, ahora sea un ejercicio agradable. Incluso hay momentos, cuando una nubecilla despistada se interpone entre el sol y sus víctimas, en que la brisa proveniente de Sierra Nevada provoca algún escalofrío entre los más frioleros.

A Luis esa sensación de frescor lo reconforta. De camino al garito donde trabaja Aiman le da vueltas a su ardiente encuentro con Sara. No ha dejado de hacerlo desde la extraña despedida, al principio bastante molesto, pero luego más animado, tratando de relativizar la manera en que ella se lo quitó de encima. Ya la conoce lo suficiente como para empezar a acostumbrarse a sus reacciones imprevisibles. Y aunque que lo despidiera le sentó como una jarra de agua fría, conforme recorre las calles, momentáneamente a salvo de la insolación, trata de quedarse con la parte positiva. «Luego nos volveremos a ver, no va a pasar como en el cámping», se repite a cada pocos pasos, y cierra los ojos para volver a sentir los besos y las caricias.

Instintivamente se echa mano al bolsillo del pantalón y saca el teléfono móvil. Como hizo cinco minutos antes, comprueba si ha recibido ningún mensaje, y de nuevo reacciona con un resoplido de fastidio. «No seas paranoico, aún no son ni las —vuelve a mirar el móvil para consultar la hora— cuatro. Déjale un margen de tiempo». Guarda el teléfono y coge un cigarrillo; lleva unos cuantos desde la despedida. Se detiene un momento para encenderlo y cuando levanta la vista se da cuenta de que casi ha llegado.

Aspira una bocanada de humo y la expulsa lentamente, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, sintiendo la calidez agradable de un sol momentáneamente aplacado. Y entonces, acudiendo a la llamada del bienestar, aparece en su mente la cara de Sara, salpicada por incontables gotas de lluvia, con las mejillas encendidas, los ojos sonrientes, y el pelo cayéndole en bucles chorreantes sobre los hombros desnudos. Necesita otra calada, aún más intensa que la primera.

Se da cuenta de que la mano derecha ha regresado al bolsillo del pantalón.

—Basta —se reprocha al tiempo que abre los ojos y retira la mano.

Enseguida localiza la terraza del bar que está buscando. Aiman se mueve entre las mesas con la habilidad de un camarero experto, transportando bandejas cargadas de jarras de cerveza y platos con patatas bravas, chipirones, pinchos morunos, olivas y otras exquisiteces. Entre viaje y viaje se detiene unos segundos a limpiar las mesas que quedan vacías con la bayeta que lleva colgada en el pantalón, y ante cualquier llamada, invariablemente levanta la cabeza y responde con una sonrisa.

—Perdona, ¿tienes una mesa para mí?

—Un segundo, señor —responde Aiman a la pregunta del nuevo cliente, mientras acaba de cargar en la bandeja los restos de una mesa que ha dejado libre un animado grupo de jubilados franceses.

Luis aguarda a un par de metros, conteniendo a duras penas la sonrisa que tiene preparada para cuando el camarero se dé cuenta de quién está esperando.

—Hombre, mira a quién tenemos aquí. —Ambos ríen, y Aiman lo saluda con una palmada cómplice en el hombro—. No me digas que te acabas de levantar —le suelta, burlón.

—Qué va, no he currado tanto como tú, pero tengo la sensación de que han pasado dos días desde que me levanté. La verdad es que llevo una semanita que más bien parece un mes.

—Ya, ya. Bueno, ahora no tengo tiempo de cháchara. —El muchacho hace un gesto con la cabeza señalando el trabajo que se le acumula—. Después de la tormenta han salido todos como caracoles y se me están amontonando. —Ríe—. ¿Qué te pongo?

—Una jarra de cerveza y unas bravas.

—Marchando.

Aiman, bandeja en mano, da media vuelta con la agilidad de un gato, propina otra palmadita a Luis, y se escurre entre las mesas, recuperando jarras, copas y platos en su camino hacia el local.

Luis se sienta, otra vez frente a la Alhambra. Durante unos segundos la maravilla nazarí desaloja al resto de pensamientos, pero enseguida debe compartir espacio con la imagen de Sara contemplándola con devoción desde los jardines del Palacio de los Córdova. Ahora Luis ya sólo ve su vestido floreado, su espalda desnuda y su cabello flotando sobre los hombros.

Suspira. Piensa en encender otro cigarrillo, pero consigue resistirse y en lugar de rebuscar en el bolsillo repiquetea con los dedos sobre la mesa metálica. «¿Me habrá escrito ya?». Ahora necesita volver a comprobar el móvil, pero la oportuna llegada de Aiman pone freno momentáneo a la obsesión.

—Una jarra bien fría. —El camarero deposita la cerveza en la mesa, acompañada por unas olivas y unas anchoas—. Ahora traigo las bravas —añade, sin detenerse un segundo más de la cuenta.

Antes de cogerla, Luis se fija en las gotas que resbalan por el vidrio y se van depositando en la base, formando un charquito. Inmediatamente lo asalta el recuerdo de la noche en el cámping, cuando Sara lo sorprendió dibujando con el dedo mojado en la mesa. Sonríe, es un recuerdo agradable. Aquella noche fue el desencadenante de todo. «O no». Se remueve en la silla, no es la reflexión que esperaba, pero su cerebro suele hacerlo, poner en duda sus decisiones.

Da un largo trago a la jarra, con los ojos cerrados para concentrarse mejor en el placer de sentir el líquido helado deslizándose por la garganta. Cuando la deja de nuevo en la mesa vuelve a centrar su mirada en la Alhambra.

«No es sano que toda tu vida gire en torno a alguna mujer». Luis no quiere oírse, menos en un momento en el que lo que tocaría es disfrutar, del paisaje, de la cerveza, de la libertad de hacer lo que quiera… «¿Lo que quieras? ¿Lo que quieres es estar siempre a merced de las decisiones de otra persona? ¿Y si no te llama? ¿Y si Sara pasa definitivamente de ti? ¿Qué harás? ¿Lo aceptarás, o seguirás arrastrándote detrás de ella?»

—Mierda —farfulla entre dientes. Agarra la jarra y bebe hasta que el frío y el gas amenazan con hacerle explotar la cabeza.

—Eh, pues sí que estabas sediento. —Aiman deposita en la mesa el plato con las patatas bravas—. ¿Te traigo otra?

Luis lo mira algo desconcertado, como si fuera la primera vez que ve al camarero, como si no comprendiera lo que dice.

—Uf, a ti te pasa algo. Llevo tanto tiempo sirviendo cervezas a tipos solitarios que me conozco todas sus expresiones. —Luis amaga con objetar algo, pero sólo balbucea sin convicción—. No hay que ser un lince para adivinar que tiene que ver con la chavala que nos abrió la puerta. ¿Me equivoco? —El camarero acompaña sus palabras con un guiño, y vuelve a escurrirse mientras anuncia—: Ahora te traigo otra birra.

Luis se recuesta en la silla. «Siento algo fuerte por ella, no es un capricho, ni una necesidad enfermiza. Y sé que ella también lo siente por mí, aunque haya algo que la frena». Ya no queda cerveza, y en el lapso de decidir pinchar una patata aparece el impulso de consultar el teléfono. Esta vez no lo reprime, y una mueca de decepción es la respuesta a la falta de novedades.

Con un gesto brusco deja el móvil sobre la mesa, que se desliza hasta la otra punta. Sabe que tendrá que ser él quien le escriba, y quien la llame después de que no responda a sus mensajes.

Se lleva una patata a la boca, y mientras la saborea con gesto resignado acude a su mente una tarde cualquiera en una terraza de Barcelona junto a Laia. No hace mucho de eso. Recuerda lo bien que se sentía estando con ella, cada una de esas tardes de las que sólo cambiaba el escenario; era todo lo que necesitaba, saber que ella estaba allí, con él. Pero también recuerda la angustia, esa sensación que conforme pasaba el tiempo se hacía más intensa. Luis sabía que la estaba perdiendo, que aquella rutina a ella la estaba matando. Una de esas tardes, una cualquiera, dejó de hablar. Hasta entonces había aprovechado aquellos momentos de complicidad, de estar juntos por el gusto de estarlo, porque era lo que querían hacer, para exponer sus sueños, sus inquietudes, sus dudas, para hablar sobre lo mal que estaba el mundo y buscar soluciones. Pero en realidad no era un diálogo, él nunca cumplió su parte del trato; se limitaba a escuchar y a asentir. Porque ella era la protagonista de todos sus sueños e inquietudes. Su mundo giraba en torno a Laia, la posibilidad de perderla era el único mal que ocupaba sus pensamientos.

«No se lo decías para no asustarla. Te conformabas con escuchar porque toda tu ambición era estar con ella, y la mataste de aburrimiento».

—No quiero pensar más en Laia. Ese capítulo está más que cerrado —murmura, y se lleva una oliva y una anchoa a la boca.

«Eso es lo que dices, pero pregúntate esto: ¿la querías de verdad? ¿O simplemente querías que estuviera contigo? Sé sincero: en realidad nunca te interesó nada de lo que te contaba».

—Vete a la mierda —maldice entre dientes, y en ese momento llega la jarra salvadora. Se la arrebata a Aiman de las manos y se bebe la mitad de una vez.

—Amigo, estás fatal. Si puedo, me escaqueo un rato y me lo cuentas. Aquí donde me ves, me llaman el psicólogo del Albayzín.

Luis posa la mirada en la sonrisa triunfal del infatigable camarero y no puede evitar que se le dibuje también a él un esbozo de sonrisa.

—Creo que ni el mismísimo Freud encontraría explicación a lo mío.

 …………………………

Tere observa a Sara. Dormida transmite toda la paz que le rehúye cuando está despierta. Querría acariciarla, despacio, y tomarse su tiempo para besarla por todo el cuerpo. Podría. Si lo hace con la suficiente suavidad seguramente ni llegaría a despertarse. Se ha quedado dormida en el sofá, con el murmullo de fondo de uno de esos programas odiosos de la tele.

Tere está apoyada en la ventana, fumándose un porro y bebiendo cerveza. Lleva unas cuantas latas desde que llegó del hospital. «Te sientas con su cabeza apoyada en el regazo y puedes empezar acariciándole el pelo y besándole la frente». El impulso es grande, más con la acumulación de alcohol en la sangre y el aliño de la marihuana. Pero aún no ha desaparecido del todo el punto de consciencia que la hace contenerse, que le advierte que cruzar esa frontera sería poner el punto y final a toda una vida juntas.

—Mírala, cuánta inocencia transmite, cuánta necesidad de cariño, de que alguien cuide de ella de verdad. —Tere se da la vuelta, expulsa el humo por la ventana y da otra calada con vistas a la Alhambra—. Yo puedo hacerlo, cuidar de ella… Es lo que hago. —Apura la cerveza y apaga el porro contra el alféizar, con presión creciente conforme aumenta su frustración—. La mayor putada que le puede ocurrir a una estúpida bollera es enamorarse de su mejor amiga hetero…

Se fija en la lata, y un segundo después la estruja con rabia. Sara duerme plácidamente.

—¡Una puta mierda! —grita Tere desde la ventana, como si quisiera que se enterase toda Granada.

Algunos transeúntes levantan la cabeza, a tiempo para asistir al vuelo de la lata.

Continuará…

Todo cabe


Todo cabe en una noche de insomnio mientras duermes.

Todo espera.

Todo puede volver a empezar a la mañana siguiente.

Pero sigues encerrado.

 

(Foto del autor)
Antigua

Antigua


El último lugar del mundo


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Muchas veces me había preguntado dónde quedaba el último lugar del mundo. Cuando lo hacía era porque tenía un deseo incontrolable de escapar a un sitio en el que nunca nadie me encontrara. Desaparecer. Estaba cansado del diario vivir, de las responsabilidades, del trabajo, de las cuentas, de mi mujer y hasta de mí. Quería salir de todo y comenzar una vida nueva, allá, en ese lugar recóndito. De vez en cuando pensaba que quedaba en unas islas más allá de la Siberia —recientemente encontradas a causa del hielo que se derritió en la zona—, pero de solo pensar en el frío que debía hacer, perdía el interés de inmediato. Otras veces pensaba en Australia, en la Patagonia, o en cualquier pueblo perdido en medio de las Amazonas. Jugaba con la idea a menudo, era un pensamiento repetido, pero nunca tenía suficiente coraje como para tomar una decisión tan drástica. Hasta que un día en el que todo se tornó confuso en mi cabeza y no soporté más el estrés en el que vivía, me subí a mi motocicleta y salí de en dirección al sur, seguro de que lo iba a encontrar.

No sé cuántas decenas de millas había viajado, solo me detuve para comer algo, ir al baño y descansar en las noches. Veía a los otros seres humanos como quien mira un ave, un gato, o a cualquier animal. No me importaba nadie, la verdad. El hastío que guardaba dentro de mí me hacía despreciar a toda la humanidad y ansiar la soledad absoluta. El silencio me arrullaba y comenzaba a recobrar la paz cuando la moto se atravesó con otro vehículo y fui a parar al fondo de un barranco. Allí estuve inconsciente por varios días —eso lo supe después—, cuando fui rescatado por un grupo de personas que hablaban poco o al menos parecían entender mi necesidad del reposo mudo.

Al abrir los ojos intenté sin éxito levantarme del colchón en el que estaba acostado. Algunos huesos rotos tendría, porque el cuerpo no me respondía. Mi cerebro daba la orden, pero nada se movía. Miré a todas partes tratando de ubicar en dónde estaba, pero solo veía las paredes de una choza con un ventanal por el que podía apreciar unos montes cuya vegetación era de diferentes tonos de verde, que contrastaban con un azul celeste intenso. El clima era agradable, no hacía frío ni calor. Estaba semi desnudo en aquel catre y ni idea de cómo había llegado allí. Me daba cuenta de que la vivienda tenía el piso de barro y de vez en cuando una cucaracha me pasaba por el lado, aunque era lo suficientemente considerada como para no subírseme encima. Una vieja mujer, de baja estatura, se me acercaba con una taza que contenía un caldo de sabor extraño, pero apetecible. Esperaba a que lo tomara por completo sin impacientarse. No decía nada. No sé si porque no conocía mi idioma, porque no hablaba, o simplemente porque no era correcto que lo hiciera. Con cuidado me cambiaba el trapo que tapaba mis partes íntimas y me ponía uno limpio. Esos recuerdos los tenía como si hubiera estado drogado.

Según me fui reponiendo, logré sentarme. Cuánto tiempo había estado allí, no lo supe, pero cuando la mujer me vio sentado sonrió y salió a buscar a un hombre que parecía una réplica de ella, pero en varón. Supuse que era varón porque tenía barbas, solo por eso lo concluí. De otro modo, hubiera jurado que eran gemelos idénticos. Él se me acercó y tomándome los brazos los levantó como si estuviera comprobando que estaban bien. Luego me hizo una señal para que intentara ponerme de pie. Tuve que hacer un esfuerzo mayúsculo pues el catre estaba en el suelo y entre levantarme y el mareo que sentí, no fue nada fácil. De nuevo el hombre examinó mis piernas y mi espalda. Entonces sonrió.

—¿Prefiere comunicarse por señas o que le hable en castellano? —preguntó.

—Pues en castellano creo que es más sencillo. Lo puedo entender mejor —contesté sorprendido de que el hombre hablara.

—No crea, no siempre las palabras son del todo claras. Muchas veces se prestan para malas interpretaciones.

 —Pues sí —dije en voz baja, como para mí—. De todos modos, intentaré entender lo mejor posible lo que usted quiera decirme. Ahora, quisiera saber en dónde estoy.

  —En el fin del mundo.

  Me reí. El hombre también parecía tener sentido del humor y qué casualidad que usara esa frase.

 —No, en serio —le dije—. ¿En qué lugar del mundo estoy?

 —Ya le contesté —respondió serio—. Ve lo que le digo de las palabras.

 Decidí seguir la corriente.

  —¿Quiénes viven en este lugar? —pregunté.

—Somos muy pocos los que vivimos aquí. No más de quinientas personas. Nuestros antepasados eran dos parejas de hermanos que llegaron hace varios siglos. Somos endogámicos, por eso se dará cuenta de que nos parecemos mucho unos y otros.

Caminé hasta la puerta de la casucha que estaba encaramada en uno de los montes. En el llano había un pozo en el que varias mujeres —igualitas a la que me atendía, pero más jóvenes—, sacaban cubos de agua.

 —Salga —me animó el hombrecito—. Un poco de aire fresco le hará bien.

Al poco rato llegó un grupo de hombres. Todos de pequeña estatura, de piel morena y ojos almendrados. Traían muchos peces y verduras que le entregaron a mi cuidador. Para entonces suponía que este señor era el jefe de lo que parecía ser una tribu. Ninguno dijo nada, solo le dieron lo que traían y se fueron. La mujer lo fue colocando adentro de la choza y comenzó a cocinar.

—De una vuelta si quiere —me dijo—. Lleva muchos días acostado, desde el accidente. Estirar los músculos le hará bien.

—Sí, creo que es buena idea.

Bajé el cerro por la parte de atrás. Me sorprendió no ver animales, solo los habitantes del «fin del mundo», que hacían tareas: cortaban leña, recogían legumbres, sembraban. Cada uno hacía lo suyo en silencio. No muy lejos había un río de aguas cristalinas. No era muy ancho. Podía pasar de un lado al otro con facilidad caminando por encima de las piedras. Los peces se veían desde la superficie. Supuse que la pesca se les daba muy fácil en esas circunstancias. Al rato me encontré con una muchacha diminuta pero bonita. No me habló. Solo me ofreció algunas frutas y las comí, agradeciéndole. Me pareció gracioso que tampoco me hablara. ¿Sería que las mujeres no hablaban en ese lugar?

Regresé a la choza cuando estaba cayendo el sol. La mujer que me cuidaba me alargó un plato de comida muy deliciosa. Se notaba que los productos con los que la había preparado eran frescos. Los días subsiguientes me dediqué a comer y a descansar. No sabía si estaba en el fin del mundo, pero me sentía feliz, tranquilo y relajado. Como al mes de estar en el lugar, noté un aire festivo en la comunidad. Los hombres iban de un lado para el otro, llevando leña a la orilla del río. Las mujeres, pelaban y cortaban las legumbres que recién habían recogido. Colocaron una olla sobre la leña y echaron especias de olores fragantes. Estaba seguro de que iban a hacer un banquete. Lo que no sabía era qué celebraban. Vi al jefe subir hasta donde estaba con varios de sus hombres y me saludó. Enseguida se echaron sobre mí y me ataron de manos y pies a la espalda.

 —Pero ¿qué pasa? —pregunté aterrado.

—¿No quería desaparecer? —respondió el hombrecillo.

—Bueno… Eso no fue lo que quise decir…

—¿Qué le dije? Las palabras se prestan para malas interpretaciones.

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Blacks Gaea, la madre de «La Razón»


BlacksGaea

Jenny y las jóvenes contemplan el mapa de Blacks Gaea.

***

-Nombre de la misión: «Ángel 01»

-Comandante: Dark Warrior Jacob Dragonheart

-Objetivos:

  1. Encontrar un guerrero(a) especializado para usar El Pentagrama.
  2. Llevar al guerrero elegido al corazón de Blacks Gaea para obtener El Pentagrama.
  3. Volver a Córdoba y enviar al guerrero elegido con El Pentagrama para iniciar con la fase dos de la misión: «Ángel 02».

***

El viejo y experimentado Jacob ya iba por el segundo objetivo de la misión. El guerrero a quien había elegido era Jenny Pascal, una guerrera elemental del agua que estaba entrenando en las artes de la luz muy cerca de Córdoba.

Llegaron a Blacks Gaea mediante el portal de Jacob, y para llegar al corazón de la tierra tenían que viajar mucho en dirección al oeste, pues llegar allí no era nada fácil. Caminaron muchos días y pasaron por muchos pueblos y también por muchos obstáculos en cada desierto que cruzaban, pero gracias a la escolta de Jacob, no tuvieron problemas para pasar. Finalmente, cuando ya tenían la entrada al corazón de Blacks Gaea a la vista, solo quedaba un reino por atravesar.

Ese día empezó a llover, y al pisar la tierra que se veia árida y desértica, se descubría una tierra negra y humífera.

Al atravesar el reino se encontraron con unos sacerdotes que iban escoltados por una compañía de al menos 100 soldados armados con nada más que alabardas, sin escudos.

Cuando vieron a Jenny y a Jacob, los sacerdotes rápidamente pidieron al capitán que detuviera a todos, y este así lo hizo. Luego, la sacerdotisa mayor le pidió al capitán que recibiera a Jacob y le pidiera permiso para que ella pudiera hablar con él. El capitán se acomidió ante la solicitud, corrió hacia Jacob y se puso en posición de firmes con el respectivo saludo militar:

—¡Buenas tardes, comandante! Capitán Kirchhoff a sus órdenes, puedo preguntar, ¿a qué se debe su grata visita?

—Buenas tardes, Capitán —contestó Jacob amablemente—. Estoy en una misión especial, sólo eso puedo informarle.

—Entiendo —asintió el capitán—. Señor —repuso—, la sacerdotisa mayor solicita que los recibamos a usted y a su acompañante. Dicen que necesitan hablar con ustedes.

—Aceptaremos su hospitalidad, pero por ahora no tenemos nada que hacer con nadie de este pueblo —insistió Jacob, cambiando la mirada de amable a una fija hacia el grupo de sacerdotes.

Jenny se quedó perpleja y, para esto, la sacerdotisa ya había avanzado hacia ellos.

—Usted debe ser el Gran Jacob Dragonheart del que hablan las leyendas —dijo la sacerdotisa con un tono muy amable—, héroe de guerras y vencedor de grandes bestias, lo admiramos. Pero con todo respeto debo advertirle que su tiempo aquí debe ser corto, deben marcharse en cuanto antes.

—¿Pero qué? ¡¿Por qué?! —exclamó Jacob, enojado.

—Venga, vamos al templo y le explico con toda calma —le respondió la sacerdotisa mientras le tomaba la mano al viejo cascarrabias de Jacob tratando de calmarlo—. ¡Está lloviendo como nunca!, eso es bueno para la tierra, pero nosotros ya no queremos seguirnos mojando —finalizó.

En cuanto la sacerdotisa mencionó lo de la lluvia, la cara de Jacob cambió de inmediato. Entonces le pidió que se apresurara y que lo que tenía que explicarle se lo explicara rápido y en privado. Y así fue; llegaron al templo, los recibieron con mucha hospitalidad y uno de los clérigos guió a la sacerdotisa y a Jacob a una sala privada.

Mientras Jacob y la sacerdotisa hablaban en privado, Jenny era atendida por las jóvenes del templo. Todas ellas la miraban con mucha atención, sus caras eran como de encanto y sorpresa al mismo tiempo.

Jenny conversaba con algunas de ellas sobre el templo, lo que estudiaban y en pocos minutos se empezaron a conocer. En eso, un grupo de ellas comentaba algo aparte:

—Dile tú.

—Nooo ¡Tú!

—No, yo no.

—Ay no, me pongo nerviosa…

—Tú, Laria, tú eres la más inteligente.

—¡Ay ya! Yo le digo. —Se levantó Laria.

Entonces Laria se acercó a Jenny y le preguntó:

—¿Sabes? Hay algo que aún no te hemos dicho, pensé que sólo era yo, pero todas pensamos lo mismo… por eso es que nos veías cuchichear a ratos.

—¿Y era sobre mí? —inquirió Jenny.

—Sí, pero nada malo, no te preocupes, es solo que nos ponemos nerviosas porque no eres de aquí y no sabemos cómo lo tomes… lo que pensamos de ti.

—¡Dícelo, dícelo ya! —exclamó una de ellas mientras se amontonaban y se sentaban en la alfombra alrededor de Jenny.

—¡Bueno ya! —dijo la atrevida Laria—. Es que nos sorprende que una guerrera tenga ese espíritu tan apacible, y tu armadura nos recuerda a la diosa Blacks Gaea de la que hablan nuestros libros…

Entonces las jóvenes le contaron sobre el nacimiento de Blacks Gaea, su tierra madre.

—Cuentan las antiguas leyendas que la diosa madre creó la tierra y luego descansó en su corazón: el corazón de Blacks Gaea, ¡a donde ustedes van! —dijo Laria emocionada—. Y muchos años después, encarnó en una mujer valiente y de gran carácter, de brazos fuertes y caderas anchas. Y su nombre fue Eamy Blacksmith…

—¿O sea que Blacksmith es un apellido? —interrumpió Jenny.

—Sí, claro que sí —le contestó la joven.

—¿Y ustedes creen que yo soy esa Eamy? —preguntó Jenny.

—No precisamente, quizás eres su hija, su elegida. Dime, ¡viniste aquí elegida por Jacob! ¿Cuál es tu misión?

—No puedo decirlo, es secreto. —Se encogió Jenny.

—Mmm… —pensó Laria.

—¿Vienes para pelear al lado de Jacob y los otros guerreros legendarios por el control de todos los reinos? —preguntó otra de las jóvenes—. Porque las profecías dicen que a cambio de un guerrero elegido, vendrá de otro mundo una gran guerrera con poder y gran gloria y vencerá a todos los guerreros legendarios y tomará el control de todos los reinos de Blacks Gaea a conforme lo haga el guerrero elegido en otros mundos.

—¡No seas morbosa! —le interrumpió Laria.

—¡No! Sí es cierto, porque decían que llovería por fin en estos desiertos. —corroboró otra.

—Pero esas eran las profecías del Rey Edipo de Solaris, que fue asesinado por el mismísimo Jacob que habla ahora con nuestra matriarca —aclaró Laria—. ¡Te falta leer más, querida…! ¡Ah sí! Eso me faltaba contarte, pero estas me interrumpieron. Luego de que la diosa encarnara, la tierra empezó a generar fenómenos sin orden y sin sentido, entonces la diosa puso sus puños en la tierra y dio a luz un hijo que en el idioma primitivo se pronuncia Balzak o Balsac… ¡como sea! y significa «La Razón» o el razonamiento, y gracias a él hubo orden en estas tierras, se formaron reinos y hubo paz, se estructuró una jerarquía de régimen militar y él fue el primer General. Y al mismo tiempo otras leyendas decían que Balzak tendría una hermana, porque haría falta equilibrio; pero nunca se supo nada de ella… y pues, lo que pensábamos todas, a excepción de esta morbosa, es que tu serías esa hermana perdida que aparecería.

Y todas empezaron a hablar:

—Yo leí que habría un gran terremoto… pero no ha pasado nada…

—Creo que por eso mismo la matriarca quiere que se marchen.

—Dicen que Jacob es el hermano gemelo de Balzak.

—No, Jenny sería su hermana.

—¡No!, Jenny debería ser la elegida, ¡se ve muy fuerte!

—Sí, porque Jacob es un viajero del tiempo… Porque… porque mató al Rey Edipo y también ganó muchas guerras antes de que naciera Balzak.

—Otros dicen que Jacob es un demonio…

—¡¡¡Ya bastaaa!!! —exclamó Jenny levantándose—. Menos mal que no estaré por mucho tiempo aquí, buscaré a Jacob y le pediré que me saque de aquí en cuanto antes. ¡Y si es que se puede, solo tomaré El Pentagrama, me iré y no pasará nada!

—¿El Pentagrama? ¿Vienes por un pentagrama? —le preguntó Laria mientras que un súbito silencio inundó toda la sala.

—Ups… —dijo Jenny, encogiéndose de hombros.

—Aaahhh… con razón que vienes escoltada por Jacob… si no no sería tan sencillo tomar uno de los tesoros del corazón de Blacks Gaea. ¡Ahora todo tiene sentido! —exclamó Laria con ese brillo en los ojos que le salta a alguien cuando termina un rompecabezas.

—Si tan solo nos hubieras dicho eso desde el principio… ¡y no nos hubieras hecho especular tanto! —mencionó otra, tratando de aguantarse la risa—. Ja, ja, ja.

—Esos pentagramas suelen ser muy poderosos, pero en las manos correctas; pues alguien como Jacob no podría hacer nada con ellos. Ahora vemos por qué te eligieron, tú eres el elemento perfecto para ese tipo de armas —dijo Laria a Jenny, mientras se ajustaba los anteojos con el dedo índice.

—Bueno, espero que estén contentas de saber por qué estoy aquí —finalizó Jenny, retirándose de la habitación en busca de Jacob.

—Espera, quieras o no, una de nosotras debe escoltarte, es nuestro deber serviros —replicó Laria, levantándose y tomando distancia a lado de Jenny.

—Gracias —dijo Jenny, aceptando los servicios de la joven.

Mientras se iban a buscar a Jacob a la otra sala, Laria miraba con mucha atención a Jenny y pensaba: «¡Esta es una guerrera muy fuerte! Me pregunto por qué no será la elegida, o por qué viene a una misión tan simple como tomar un Pentagrama con la escolta de Jacob. Voy a terminar mis estudios aquí y me enlistaré para ser una de las guerreras más fuertes… ¡Seré más fuerte que Angeline! ¡Y más fiera que Jacob! Quizás llegue a ser la guerrera elegida, o quizás la guardiana que enfrente a una elegida. ¡Quiero ser eso que de equilibrio a «La Razón» de Blacks Gaea…! No sé realmente a dónde me lleven las oportunidades, pero quiero estar entre los mejores y ¡mi esfuerzo me llevará muy lejos! Quiero ser elegida por el espíritu de Blacks Gaea… quiero poner equilibrio a su «Razón». Quiero reinar o ayudar a reinar esta tierra, ¡quiero poner a prueba a guerreras fuertes como esta!».

El reencuentro con Ricardo Molina (Reseña por Gema Albornoz)


Nota del editor: Gema Albornoz, autora de Salto al reverso, comparte en este espacio su experiencia como asistente y entrevistadora en el V ENCUENTRO DE POESÍA, MÚSICA Y PLÁSTICA, en Puente Genil, Córdoba, España, en el que se rindió homenaje al poeta Ricardo Molina. 

«El arte es una pausa, un encuentro de sensibilidades», afirmaba el escritor mexicano Doménico Cieri Estrada. Coincidir en el tiempo, y en el espacio, para ser testigo de ellas es tener la posibilidad de ampliar el mundo, el que nos rodea y el que se inicia en nosotros mismos. Durante los días 31 de mayo, 1, 2 y 3 de junio tuvo lugar una interrupción espaciotemporal en Puente Genil, Córdoba, España. Allí se marcó un paréntesis en el homenaje al poeta pontanés, Ricardo Molina, uno de los promotores de Cántico, el grupo poético cordobés en la posguerra española. La convergencia de artistas, flamencos, cineastas, de exposiciones biográficas y fotográficas, de investigadores y sobre todo, poetas y amigos, haciéndose eco en un nombre: Ricardo Molina. (Fig. 1)

Fig. 1: Cartel del V ENCUENTRO en Puente Genil, Córdoba. Diseñado por Adriana Manuela Ruiz Gómez.

 

Antonio Sánchez Molina (Fig. 2) cedió todo un conjunto de objetos personales de su tío abuelo, Ricardo Molina, entre lo que pudimos deleitarnos con el legado epistolario del autor, plumas, tinteros y su colección de revistas Cántico. Coincidir con él allí, en la presentación, donde dibujó un perfil de su tío abuelo desde la perspectiva más íntima, «hablando de su vida con rumor fugitivo»[1] fue poseer una acreditación de testigos únicos del momento.

Fig. 2: De izquierda a derecha: Antonio Roa, organizador del V ENCUENTRO, Antonio Sánchez Molina, sobrino nieto de Ricardo Molina y Esteban Morales, alcalde de Puente Genil. Cedida por: Antonio Sánchez Molina.

Aprovecho, ahora, para compartir mi entrevista con él.

¿Qué magnitud tiene que en este V ENCUENTRO DE POESÍA, MÚSICA Y PLÁSTICA se homenajee a su tío abuelo, Ricardo Molina?

Todos los homenajes son bienvenidos y, en el marco de este año tan especial en el que se celebra el centenario de su nacimiento, es el momento ideal, más aun viniendo de un colectivo de aficionados de la poesía como la Asociación Cultural Poética, lo hace aun más interesante. He asistido a algunos homenajes a mi tío abuelo, desde el que se le hizo en 2007 en Córdoba hasta el organizado en febrero por el ayuntamiento de Puente Genil. Quizá de carácter más académico, así como el que su instituto, el Séneca, le brindó a primeros de año, también muy emotivo por la presencia de profesores y alumnos del lugar donde pasó sus últimos años de docencia. Pero este encuentro lo ha tenido todo… poesía, aspectos académicos, música, baile, cine, exposición… y emoción a raudales. No tengo más que palabras de agradecimiento para todos vosotros, porque se nota que habéis puesto el alma para que todo saliera como ha salido finalmente. Y en especial, agradecimiento infinito a Antonio Roa, por su contagioso entusiasmo sin el cual estoy seguro de que nada de esto hubiera sido posible.

 ¿Considera necesaria la reivindicación de la figura de Ricardo Molina como poeta y flamencólogo en su pueblo natal?

Por supuesto. Aunque me dé vergüenza admitirlo, ya que hice la carrera de Medicina en Córdoba, yo no conocía Puente Genil hasta que fui invitado en febrero por el Ayuntamiento al I Centenario Natalicio, y me llamó poderosamente la atención la cantidad de menciones a mi tío abuelo en su pueblo… una calle, una plaza, un parking, una asociación de vecinos, la plaza Cántico con su árbol, y por supuesto, la biblioteca municipal. No se puede decir que no sea profeta en su tierra. Así que, ¿cómo no va a ser necesaria la reivindicación del poeta Ricardo Molina y del flamencólogo Molina en la tierra del insigne Fosforito? La muerte prematura de tito Lito (que es como le conocíamos en nuestra familia) hace necesarios actos y homenajes para difundir más su obra y hacer «justicia literaria». Espero que éste sea el inicio de una nueva etapa entre Puente Genil y Ricardo Molina. Lo corrobora el hecho de que el Ayuntamiento se haya interesado en la adquisición de su biblioteca personal. Pude visitar, de la mano del Concejal de Cultura, D. Pablo Alfaro, el lugar donde quedaría alojada en las instalaciones de la biblioteca, y no puede haber sitio mejor. Ricardo estaría muy orgulloso.

¿Qué criterio ha seguido para seleccionar los objetos personales para esta muestra expositiva «Ricardo Molina: objetos de la memoria»?

Me asesoré con Olga Rendón en los aspectos más literarios, haciendo ella la selección de las cartas y manuscritos. Los objetos personales los elegí yo mismo. En principio, fui un poco más restrictivo, pero a medida que iba catalogando iba aumentando el contenido, de tal manera que al final ha quedado la exposición más extensa que nunca se ha realizado. La selección de cartas y documentación relativa al flamenco me la recomendó Juan Domínguez Tocino, primo de mi mujer, que ha realizado un gran trabajo de catalogación, e incluso digitalización, de todo lo relativo a sus estudios flamencológicos. Aprovecho la ocasión para agradecerles públicamente su desinteresada ayuda. De todas maneras, lo expuesto es un botón de muestra del extenso archivo personal de Ricardo Molina porque era una persona que lo guardaba todo.

Haciendo un recorrido por la obra de Ricardo Molina, ¿cuál es su poemario favorito?

Sin duda, las Elegías de Sandua. Aunque soy más de ciencias que de letras, y nunca he sido un gran lector de poesía, he de confesar que cada vez que las leo, me enganchan más y más.

En su opinión, ¿qué elementos poseía la obra de Ricardo Molina para seguir en la memoria a pesar del «olvido»?

Una pregunta difícil de responder para mí, profano en la materia, pero cuando he escuchado a eruditos de la literatura y a poetas y lo comparan y ponen a la altura de grandes de la literatura como San Juan de la Cruz o Bécquer, creo que ahí tienes la respuesta. Escuchar estas comparaciones dan un poco de vértigo, y engrandecen la sombra de la injusticia literaria que cierne sobre vuestro ilustre paisano.

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Este aliento


Fotografía por Alex Wigan (Unsplah).

 

No vinimos para quedarnos,

bien lo sabe este pájaro

que alza el vuelo,

o la nube

que se diluye en nuestro cielo,

como agua entre los dedos.

Pero este aliento,

bocanada de aire codiciada por los vivos,

siempre huye de la muerte;

sabe del calor en otros labios,

sabe del olor de la tierra

cuando se revisten sus huellas;

sabe de tu roce,

vida,

en su pulso acelerado.

 

Mayca Soto. El gris de los colores