Mírame

Mírame


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Escardo


Cardo de Castilla

Tantas espinas,
de verdes matorrales
escardo la flor.


Ejemplar de cardo (Carduus acanthoides) que crece espontáneamente en un jardín de Montevideo. La flor púrpura es un suave deleite visual en esa pinchuda mata; y el verbo «escardar» del título se refiere a separar lo bueno de lo malo…

Pizzería


Terminar un romance en un Domino’s Pizza es lo peor que puedes hacer en el mundo. También aplica para cualquier otra franquicia, un poco perdonable si eres alérgico al gluten, pero aun así es nefasto. Dar por acabada una historia de amor en ese lugar es no saber valorar los finales. Si bien una despedida no necesita fuegos de artificio, es necesario un lugar que no invite más que al romance, a la nostalgia o a ambas.

En este tipo de pizzerías se pueden dar escenarios tan distintos al que se busca que harían parecer la despedida como una broma de mal gusto. Ver correr a los niños y a las niñas y escuchar las discusiones de sus padres no es parte de la ambientación ideal para algo tan serio como terminar un romance. Es más, lo único a tomar en serio en un romance es el inicio y el final. Lo demás debe fluir como mar. Si una balsa llega a buena tierra o no dependerá de la corriente, aun cuando los tripulantes remen en su contra. Entonces, el subir y bajar de la balsa son las dos decisiones que se deben meditar. Así como iniciar y finalizar un romance.

De algo estoy seguro: un romance que termina en un lugar con tanta iluminación nunca fue bien valorado. ¿Cuántas canciones de desamor podrían nacer ahí?, ¿cuántos tangos y cuántas rancheras nos perderíamos si esto se volviera una costumbre o una moda?

«Ya no quiero nada contigo, ni hijos, ni pizza, ni cuenta de Netflix compartida», dirá ella y allí quedará todo. Se esfumará y tres rebanadas de pizza irán directo a los ratones porque, en un momento como ese, ¿quién tiene hambre cuando el corazón se ha roto?

Miedos


Los miedos son fértiles

cuando crecen en aguas negras,

en tardes de blanco ambulatorio,

en esos ruidos de puertas y sillas,

en la espera.

La cabeza pierde porque sabemos

que viviremos arrastrando castillos y muletas.

 

(Fotografía del autor)

Bacante


Poema y dibujo de Juan Machín.

A Diana Gabriela, hermosa bacante.

 

Belleza, poder

de bacante sagrada,

embriagadora…

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Eros


Fotografía by Poetas Nuevos

Mis eros de tierra refulgen oxidadas,
en la no primavera y en el no verano,
sus puntas otrora verdes tienen las mismas raíces de las de mar, extienden sus ansias de vida y delirio mediante el color.

Sus almas vomitan oxígeno transparente, colgadas y no colgadas
son islas de deseo y decepción,
las veo respirar como peces
en esta orilla y a horcajadas vibran el último estertor.

Su impaciencia se parece a un poeta al punto de morir.
Escribe afanoso extensos versos
con toda la sustancia de sus mentiras personales,
entre el follaje del papel real.

Ellas no recitan,
porque eso es así,
abonan la pulcritud del suelo,
en su lenguaje milenario nos enseñan el sacrificio como un amuleto de ejemplo.

Al tomar esta fotografía las perpetuo jóvenes entre las viejas,
virtuosas entre las inútiles,
excelsas con el argot primigenio:
nacer,
crecer,
morir,
trascender y ser alimento.

Tengo en mi mente
hojas de todos los colores
que he inventado o he visto alguna vez,
en una película triple HD
en esos televisores ultraplanos en las megatiendas.

Ustedes también han visualizado
más un millar de imágenes,
donde las hojas son la reseña
triste del otoño y de una melancólica
entrada al invierno del terror,
lo digo solo por el frío.

No las abrazo para evitar
el quiebre estético,
es la escena en mis sueños más recurrente, aunque no las sueño dormido,
más bien las idealizo despierto.

Mis eros de tierra mueren
en un campo de batalla adverso:
la vorágine del ruido,
la ensordecedora tristeza del no tiempo,
los pies minúsculos del crujiente ser humano.

Mis eros de tierra gimen
en sus giros de muerte,
el roce del rival más temible
las excita y lastima a la vez,
caen en una cama verde,
en su orgasmo del tiempo
mueren felices.

Ana anA


Hace días entré, por error y sin ninguna planeación previa, al baño de mujeres de una plaza comercial de mi ciudad. Dentro del baño, choqué con una adolescente uniformada que salía a toda prisa. Ella cayó hacia atrás e intenté levantarla. «¡Degenerado!», me gritó al tiempo que quitaba la mano que le había extendido. Se levantó y huyó de la escena, y fue ahí cuando me di cuenta que era el baño de mujeres en el que estaba. Di un rápido vistazo y me detuve en el espejo del último lavabo. Este tenía escrito, con labial y en cursiva, la palabra «anA», seguida de una leyenda que dictaba: «Llevo cinco años escribiendo mi nombre al revés, como protesta ante la injusticia del orden del mundo».

Ahora era yo quien corría. Me urgía encontrar a esta pequeña Che Guevara adolescente chiapaneca, pero no lo logré. Entonces me di cuenta que había topado con una revolucionaria nata, que ella llevaba consigo una guerrilla de más de cinco años y que posiblemente comenzó en una libreta escolar, quizá con el rótulo de «Historia Universal 1» o «Matemáticas 2» y que su lucha había saltado de la escuela a los baños de las plazas comerciales.

Era una idea magnífica. ¿Quién iba a pensar que anA era en realidad Ana?, ojala yo hubiese sido tan original y tan valiente cuando tenía su edad (aunque nunca es tarde para iniciar una revolución). Había escuchado que el amor a primera vista existe, pero ahora sé que es completamente cierto. Yo me enamoré recientemente de un ideal y, desde mi trinchera y a punta de bolígrafos, también acabaré con la injusticia del orden del mundo.