Cámaras de éter


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Los científicos de cierta raza extraterrestre descubrieron la existencia de una sustancia muy ligera que ocupa todo el espacio como si fuese un fluido. A aquella sustancia la denominaron “éter“. Luego de muchas otras investigaciones, descubrieron también las propiedades del éter. Eso les permitió saber, por ejemplo, que la luz no se desplaza en el vacío, sino que solo puede desplazarse a través del éter. Aplicando dicho conocimiento al campo de las telecomunicaciones, pudieron usar el éter como medio de transmisión de señales.

Luego de nuevos descubrimientos, inventaron dispositivos que permitían leer con precisión cambios muy ligeros en el éter de cierta porción de espacio. Los datos de dichas lecturas podían codificarse y enviarse mediante el uso de ordenadores cuánticos. Con aquella tecnología era posible, por ejemplo, recibir lecturas del cambio del éter de una porción de espacio equivalente al que ocupa una casa. Si dichas lecturas se procesaban en forma de vídeo, podía vigilarse dicha casa y enviar aquellos datos a prácticamente cualquier lugar del universo, a una velocidad casi instantánea, usando las tecnologías de comunicación basadas en el éter. Con el tiempo, aquellos dispositivos de vigilancia fueron conocidos como “cámaras de éter“.

A lo máximo que llegó a avanzar aquella raza extraterrestre, antes de su extinción, fue a crear una cámara de éter que pudiese abarcar la cantidad de espacio equivalente a lo que ocupa un planeta pequeño. Las últimas pruebas se hicieron en un pequeño planeta azul, a varios años luz. La extinción de aquella raza extraterrestre fue provocada por una raza de seres interdimensionales conocidos como “Los Limitantes“. Ellos se apropiaron de la tecnología de las cámaras de éter.


Texto: Donovan Rocester

Imagen: NASA

Centrifugando recuerdos (IV)


Estrella fugaz

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí, y la tercera, aquí)

Durante un par de minutos fuman en silencio, mirando al río sin verlo, cada uno inmerso en su memoria. Entonces Sara suelta una última bocanada, apaga con parsimonia el cigarrillo contra la valla y deja la colilla encima. Luis, en cambio, tira la suya al vacío.

—Eso es. —Sara le lanza una mirada de reproche—. No sé qué extraño mecanismo mental os hace creer que las colillas no son basura.

«Mierda».

—Eh… Vaya… Tienes razón. La verdad es que lo hago sin pensar.

—Ya, y seguro que cuando vas por la montaña y te sientas a descansar o a comer no te importa estar rodeado de ellas.

«Esto no va bien».

—Bueno, perdona. Esa ya no la voy a poder recuperar, pero te prometo que no lo volveré a hacer.

Sara parece no prestarle atención. Vuelve a mirar hacia la montaña, iluminada por la gran luna, que avanza sin pausa en su recorrido a través del firmamento.

—¿Por qué es todo el mundo tan egoísta? ¿Por qué la gente sólo piensa en sí misma? ¿Es que no se dan cuenta de que lo que hacemos afecta a otras personas? —Luis escucha aguantando la respiración. De repente, Sara se gira otra vez y lo mira directamente a los ojos— ¿Tú no te lo preguntas? ¿Eres de esos?

«Esos deben de ser los malos. No, yo no soy de esos, claro que no, te lo juro».

Lo último que esperaba Luis era que lo sometieran a un tercer grado. Está tenso y carraspea, pero esta vez no se queda sin palabras.

—Esto no tiene que ver con la colilla, ¿verdad?

Sara suspira.

—No… Bueno, no y sí, todo tiene que ver con todo. —Vuelve a quedar en silencio y menea la cabeza. Nota una presión creciente en las sienes y, aunque no quiere llorar, no puede evitar que lágrimas silenciosas desborden las cuencas de sus ojos—. Perdona, esto no es culpa tuya. —Titubea un instante—. Estoy cansada, será mejor que me vaya a dormir.

La joven empieza a desandar el camino, hasta que una mano se le posa en el hombro. Se detiene. Nota las mejillas mojadas, pero la presión en las sienes ha disminuido.

—No te vayas. —Ella duda—. Sentémonos en la hierba y te hablaré de esos malos recuerdos. —Sara se gira lentamente y lo mira. La luz pálida pero sorprendentemente luminosa de la luna deja al descubierto unos ojos anegados, los ojos de una muchacha triste y solitaria. Luis busca con urgencia una salida ingeniosa que relaje el ambiente—. Te advierto que necesitaré fumar… pero te prometo que no tiraré la colilla.

Sara sonríe y acto seguido levanta la mano derecha. Luis deja escapar una carcajada. Allí, atrapada entre los dedos índice y pulgar, se encuentra la colilla que ella no lanzó. Los dos ríen con ganas.

—Entonces, ¿te pones así de tenso siempre que se te acerca una chica?

Luis señala una roca plana junto al camino, cerca de la valla, y se sientan. Pero antes de contestar enciende otro cigarro. Se lo ofrece a Sara, que lo rechaza con una sonrisa.

—Por hoy ya tengo suficiente nicotina —dice, mientras se seca los restos de lágrimas con un pañuelo de papel. Envuelve con él la colilla y lo guarda en el bolsillo del pantalón.

Luis mira a la luna y suelta, despacio, una columna de humo. Cierra los ojos.

—¿Cuánto tarda en superarse que te abandone el amor de tu vida?

Sara siente un escalofrío que le recorre la columna y se le eriza el vello de la nuca. No se esperaba semejante pregunta. Se fija en Luis, que sigue con el cuello doblado hacia atrás y los ojos cerrados. Puede sentir su dolor.

—¿Cómo sabes que era el amor de tu vida? Eres muy joven…

—Si no lo era, no puedo imaginar entonces cómo debe doler.

—Me temo que no te voy a ser muy útil, porque yo no he estado nunca enamorada.

Luis devuelve el cuello a su posición natural y la mira.

—Antes he creído entender que estabas aquí huyendo de…

—Oh, aquello no era amor. Entonces lo creí, pero no. Sólo estaba atontada. —Ahora es ella la que mira al cielo—. Pero dolió igual… —murmura.

—El rechazo siempre duele, sobre todo cuando llega por sorpresa, sin motivo. Es como si se congelara el tiempo, sólo para ti, justo en ese momento. Y te martiriza a todas horas. —Luis apaga la colilla en la roca, y la deja ahí. Le dedica una mirada cómplice a su acompañante, y ella sonríe—. Y entonces tu mecanismo de defensa te dice que debes odiarla, que tú no te mereces eso…

—Pero el corazón no entiende de razones, y te recuerda cómo te hacía sentir su mirada.

Luis asiente con la cabeza, en cuyo interior sigue habitando aquella mirada que detesta tanto como añora, una batalla de sentimientos que se mantiene en tablas. «¿Por cuánto tiempo?». También la mente de ella evoca una mirada que quiere olvidar, pero que su cuerpo se resiste a dejar marchar.

—Es la primera vez que hablo de esto con alguien. Está bien.

—Me alegro de que la charla te sea útil.

—La verdad es que tengo pocos amigos, y cuando Ella se marchó lo último que me apetecía era ir por ahí contando mis penas.

—¿Y ahora sí te apetece?

—Bueno, la otra opción era dejar que pensaras que soy “de esos”.

Ríen de nuevo.

—Sí, perdona… —Dirige una mirada distraída a su mano derecha, que juguetea con el liquen que habita en la roca—. Ando un poco peleada con el mundo.

—¿Tú tienes alguien con quien hablar?

Antes de responder, Sara sonríe de forma enigmática. Mira a Luis con expresión traviesa.

—Sí, tú ya la conoces. —El desconcierto reflejado en el rostro de él la hace reír—. La lavadora —revela por fin entre carcajadas. La risa descontrolada lo contagia y durante unos segundos no pueden parar de reír—. Pero —consigue vocalizar a duras penas— no te la aconsejo como confidente, es muy ruidosa y no deja de dar vueltas.

Sara cae víctima de un ataque de risa que acaba con su cuerpo revolcándose en la hierba. Luis la mira, divertido, y en ese momento en el que disfruta como una niña, él, sin embargo, tiene la certeza de que bajo las risas se oculta una mujer vulnerable, la que un rato antes se ha dejado ver.

—Qué luna tan impresionante. —Sara ya no ríe, pero sigue tumbada en la hierba—. Creo que nunca la había visto tan grande. Debe ser una de esas súper lunas de las que hablan de vez en cuando en las noticias. —Mira a Luis desde el suelo—. ¿Por qué no te tumbas?

—Es que la hierba está húmeda y…

—Va, déjate de mariconadas y túmbate a mi lado. Aún tenemos mucho de qué hablar.

Luis obedece. Ahora los dos disfrutan de la luna sin riesgo para el cuello. Sus cuerpos casi se tocan.

—En un rato se esconderá tras esas montañas —anuncia él.

—Y entonces el cielo volverá a encender todas sus bombillas —completa ella—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta hacer desde que estoy aquí?

—Con aquí supongo que te refieres a desde que trabajas en el cámping…

Sara gira la cabeza noventa grados hacia la izquierda y se encuentra con la cara de Luis, apenas a un palmo de distancia.

—¿A ti qué te parece? —le susurra, provocándole un escalofrío. Vuelve a dirigir su mirada al firmamento—. Ver las estrellas, eso es lo que más me gusta. Cada noche, antes de acostarme, dedico un buen rato a contar estrellas fugaces. Y les pido deseos.

—¿Y funciona? Lo de los deseos, digo.

—Ya sé que es una tontería, pero por probar no pierdo nada. Total, no tengo nada que perder…

—¿Quién era él? —Allí tumbados, con el cielo nocturno como espectador cómplice, Luis siente que puede hablar con libertad.

Sara no responde enseguida. Él espera contando las estrellas capaces de desafiar la luz de la súper luna.

—Un gilipollas… No puedo creer que fuera tan tonta de caer en las redes de un tipo como aquel. —«Pero sus ojos te siguen derritiendo…»—. Para él sólo fui otro ligue de verano.

—Pues sí, un gilipollas.

Sara se gira hacia él, apoyándose con el codo en el suelo y la mano en la mejilla. Luis continúa con la vista fija en el cielo. Nota su respiración acariciándole el rostro. Es agradable tenerla tan cerca.

Sara va a decir algo, pero él se le adelanta.

—Yo quiero odiarla, pero no puedo. Estaba tan pillado que mi mundo giraba en torno a Ella. Cuando se fue me quedé tan vacío que todo dejó de tener sentido.

—Vaya. Lo siento… —Sara titubea un instante, pero acaba haciendo la pregunta—. ¿Por qué te dejó?

Luis cierra los ojos. Es lo que él lleva preguntándose tanto tiempo, y que tanto le sigue doliendo.

—No lo sé. Simplemente se marchó. —Recuerda aquella última mirada que lo asalta a todas horas. En ella no había reproche, dolor ni enfado. Sólo tristeza—. Creo que… que la decepcioné.

Sara se vuelve a tumbar. No sabe qué decir. La luna ya casi ha alcanzado la meta de esa noche y empiezan a aparecer estrellas. De repente, nota un pellizco en el estómago.

—¡Mira! ¡Una estrella fugaz! ¿La has visto?

—No. Estaba con los ojos cerrados.

—Bueno, seguro que veremos más.

—¿Qué deseo has pedido?

Sara gira la cabeza. Él también. Sus narices casi se tocan. Ella sonríe. Una sonrisa dulce que desaloja la nostalgia de la mente de Luis.

—¿De verdad quieres saberlo? —susurra— Ya sabes que si se cuentan, los deseos no se cumplen.

Luis recibe esas palabras como suaves y cálidas caricias.

—Me arriesgaré.

Continuará…

Crónica de un baile


Acicalados: de blanco impoluto y atrevido, él; de un rojo entallado y coqueto, ella. Bailaban abrazados, dibujando dos eses superpuestas, cadenciosas; enredadas en las notas bien entonadas de la orquesta.

Los pies del bailarín marcaban el inicio de nuevos movimientos; los de ella, seguían con gracia cada paso, cada rápido viraje, cada vuelta prodigiosa. Parecía que alguien hubiera dibujado un trayecto imaginario en el suelo para que ambos ancianos no se perdieran en su deambular rítmico y se pudieran deslizar como maestros del baile, sin titubeos.

Después del tango, un vals, un bolero y un paso doble…; cualquier canción la bailaban bien. Un tiempo pretérito, como salido del sombrero de un mago, brincaba a sus anchas en la plaza Mayor del pueblo, engalanada de fiesta; y resucitaba el romanticismo de una época venida a menos, pero ahora resarcida con su destreza. Sus manos, arrugadas y endurecidas con el trabajo en el campo, rodeaban la estrecha cintura de la mujer, que el paso de los años no había conseguido ensanchar. El cuerpo femenino se amoldaba al suyo, entregándose dócil a las reglas clásicas de la danza en pareja y al recuerdo de tantos bailes compartidos.

Rodeando la plaza, dos hileras de sillas de madera invitaban a la observación. Y desde allá, los curiosos mirábamos asombrados cómo una quincena de parejas de jubilados, algunos nonagenarios, vencían las leyes del tiempo, y conseguían olvidar la artrosis, la osteoporosis y cualquier otra dolencia propia de su edad. Habían vuelto a subir al escenario de la vida por un par de horas y, sin duda, lo habían vuelto a conquistar.

De pronto, me fijé en un hombre de unos setenta años, vestido con un elegante traje negro que esperaba de pie al otro lado de la plaza. Parecía impaciente, y no le quitaba el ojo a la diestra bailarina vestida de rojo. Antes de que acabara la canción, otro vals, se adentró en la pista de baile y sorteó ágilmente a las parejas que se cruzaban en su trayectoria, hasta que llegó a su objetivo; entonces, tropezó deliberadamente con la mujer y se las apañó para entregarle, con un leve roce de manos, lo que me pareció un papel doblado, que ella recogió y escondió con disimulo entre sus dedos.

Pensé que quizás me lo había imaginado, pero cuando ví que la anciana bailarina salía de la pista y se sentaba en el banco más alejado y menos alumbrado por las farolas, no pude dejar de observarla. Abrió el papel, lo leyó, suspiró, sonrió levemente y miró coqueta hacia la plaza. El hombre vestido de negro ya no estaba. Y su pareja, esperándola, le lanzaba una suspicaz mirada desde la pista de baile.

El Gris de los Colores

Buscando una razón…

Buscando una razón…


Las verdades de hojalata


Una imagen vale más que mil palabras” y otras mentiras según el cristal que te pongan al frente.

No se trata del formato, sino de aquel motivo que lo construyó. Por delante y desde atrás, hay palabras que rodean a la imagen que tanto asombro produce en tu mente. Pero es así como deseamos buscar una razón para justificar lo impresionante de las realidades que a diario nos orbitan.

¡Estamos locos!, jodidamente abstractos en el espacio. Al mismo tiempo nos proyectamos concretos en un específico punto y lugar, en conjunto con otros propios similares nos debatimos la propiedad de las verdades pero nadie acepta el peso de sus mentiras.

Nuestros pensamientos surgen de bonitos lugares – inocentes acciones – innata curiosidad. Y aunque todo puede brotar de la naturaleza pura, no justifica que cada fortaleza de hierro (u otra materia) logre sostenerse firme frente a la corrupción de la maldad intangible.

Es bondad lo que se aspira, y aunque mucho terror se respira el añoro por memorias felices son las postales que llevas enmarcadas en tu armadura de hojalata, aquellas bellezas pegadas con certeza sobre la corteza de tu corazón, serán plenas por largo tiempo y un gran símbolo de admiración. Sonríe y cúbrete con la verdad porque es el único manto que te protegerá.

 

 

 

 

 

 

 

Cartas


Escribo para que sepas que jamás te dejé de escribir.

Y aunque fueron mías las últimas cartas desiertas.

Jamás te dejé de escribir.

Sigo mirando a la Luna

para coincidir con tu mirada.

Sigo sembrando recuerdos

en la tierra

después de la lluvia…

Varias gotas se unen en la ventana.

A veces, me sorprendo dibujando tu nombre

en el polvo de una mesa

y ya no sé, si son tus letras las que me llaman

o son mis dedos que no han dejado de tocarte.

Otras veces, sentado en la estación

dejo pasar los trenes, como quien pasar los días,

por si tú apareces. Pero al final,

lo único que llega, es el vacío

de los andenes en mi corazón y alguna hoja seca

arrastrada por el viento.

Día tras día, hoja tras hoja, vuelvo a casa

envejecido y otoñado diciéndome:

“Solo los necios creen en el destino”

Pero no creas que he estado solo.

He besado muchos labios, he abrazado muchos cuerpos

recordándote.

Por eso sé que amor tiene infinitas caras

y todas como en un puzle hacen la tuya.

En la oscuridad empecé usando tu perfume.

Ante el espejo, vistiéndome de ti,

te imaginé frente a mí.

Y ahora, travestido, paseo por las calles buscándome.

Aunque confesaré, que si te viera, ya no te conocería

porque no hay nada tan mentiroso como los recuerdos;

son un muñeco de plastilina.

Juegas con ellos a saber quién eres

y te guardas en el cajón siendo otro:

Un trozo amarillo, un trozo rojo, unos granos de arena…

incluso un pelo de gato encontré en el último

que finalmente me salió en el hombro.

Y hoy,

la tormenta en la noche hizo la mañana doblemente hermosa;

tan hermosa

que me gustaría estar enamorado.

Por eso te escribo cartas.

Jamás te dejé de escribir.

Cartas sin destino, cartas que abandono, cartas en silencio

hasta que el mundo tenga una.

Centrifugando recuerdos (III)


Luna llena

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(La primera parte la puedes leer aquí, y la segunda, aquí)

Luis se detiene al salir del bar. Respira hondo mientras mira en torno, sin fijarse en nada en concreto. «A las once», se repite nervioso. Ha refrescado. Se frota los brazos un momento y abre la cremallera de la pequeña mochila en busca del paquete de tabaco y el mechero. Con la primera calada expulsa también parte de la ansiedad que lo domina desde hace un rato. La luna llena empieza a asomar tras las montañas. «Vamos allá».

Se dirige a la tienda de campaña en busca de una camiseta limpia, una sudadera, y se cambia de calcetines y calzado previo paso por el baño, donde también se cepilla los dientes. «¿Y si nos besamos?», es uno de los disparatados pensamientos que lo asaltan.

A las once vuelve a estar en la puerta del bar. El camarero joven barre entre las mesas de la terraza. Un grupo de amigos se resiste a poner fin a su animada charla. Luis se apoya en el alféizar de la ventana más cercana a la entrada y está tentado de sacar otro cigarrillo. «¿Y si ella no fuma? ¿Y si nos besamos…? Déjate ya de pajas mentales». Finalmente descarta la idea.

«¿Cuál fue la última vez que te sentiste así?» Luis rebusca en su memoria. Inevitablemente, piensa en Ella. Le duele, pero esta vez en lugar de cerrarse en banda trata de remontarse en el tiempo, a aquel primer encuentro, tan fugaz como imborrable, en el pasillo de la facultad. Se cruzaron y algo les hizo girar la cabeza. La melena revuelta, los ojos claros y la sonrisa tímida aceleraron su corazón. Aún lo hacían, aunque quisiera odiarla.

Sara —«Me llamo Sara, había dicho, ¿verdad?»— no es Ella. Sabe que no le va a revolucionar la vida, pero le gusta. Sólo por haber conseguido que no huya vale la pena darse la oportunidad de mantener una charla agradable. Mira la luna, que, redonda como un queso, ya reina en el cielo. Luis suspira y cierra los ojos. Y entonces la ve. Está encima de él, sonriendo lasciva, con los labios entreabiertos a un dedo de su cara. El pelo le hace unas cosquillas deliciosas en los hombros y el pecho. Nota los pezones duros de Ella contra los suyos. Juguetona, se incorpora… y ahora ese rostro encendido de placer es el de Sara.

«Jo, tío, qué salido estás», se reprocha mientras abre los ojos y lo asalta la incómoda sensación de estar siendo observado, como si hubieran adivinado el calentón que lo ha dominado y que ahora intenta disimular con movimientos muy poco naturales. Pero nadie le presta atención, salvo Sara. Cuando Luis la ve, plantada a un par de metros, toda la sangre le sube a la cara.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Sólo un minuto. —Le sonríe—. Parecía que estabas tan a gusto que no he querido interrumpirte.

Luis aparta la vista, nervioso, y carraspea.

—Es… estaba disfrutando de esta luna.

Sara mira al cielo.

—Sí, está preciosa. La pena es que con tanta luz apenas se ven estrellas. —Vuelve a clavar sus ojos sonrientes en él—. ¿Damos un paseo?

—Vale. ¿No tienes hambre?

Empiezan a andar hacia ningún sitio en concreto.

—He picoteado algo. La verdad es que estoy hecha polvo, pero necesito que me dé el aire. Desde que estoy aquí mi vida consiste en trabajar y dormir, y últimamente poco y mal.

Luis asiente, pero está tenso y no se le ocurre nada ingenioso que decir. Sus manos, metidas en el bolsillo frontal de la sudadera, juguetean nerviosas con el paquete de tabaco.

—¿Fumas?

—Se supone que lo he dejado, pero me temo que estoy cayendo de nuevo…

—Yo también lo dejé, pero cuando estoy nervioso necesito fumar.

—¿Y ahora estás nervioso? —pregunta, traviesa.

«No sabes cuánto», responde en su mente. Lo que sale de su garganta es otro carraspeo. Sara ríe y se engancha a su brazo.

—Hace fresquito… —Lo mira, y nota la tensión de él, que lo mantiene rígido—, pero si te pongo nervioso te suelto.

—No, no… Es sólo que no estoy acostumbrado. —Sólo Ella se le había acercado así, y ahora sigue incordiando en su mente.

Sara se aparta un poco y se detiene. Lo mira, ahora triste.

—No sé a quién quiero engañar. —Además de tenso, ahora Luis está desconcertado—. Yo me siento igual que tú. También he llegado aquí tratando de escapar de mi pasado. —Suspira profundamente y vuelve a mirar al cielo.

«Joder… ¿Y ahora qué?»

Tras unos segundos de silencio, en que el cerebro de Luis busca desesperadamente descifrar la clave que dé con las palabras adecuadas, los ojos de Sara vuelven a clavarse en los de él.

—Jo, tío. Ya sé que estás nervioso, pero se suponía que íbamos a charlar, ¿no?

«Qué torpe eres, colega. ¿Se ha enfadado? ¿Está de broma? ¿Ya se ha arrepentido de la cita? ¡Haz algo, idiota!»

Sara se ha adelantado unos metros, hasta la valla de madera que separa la pradera del río. Abajo, el agua fluye en calma tras haber sido derramada por la gran cascada, una línea blanca en lo alto de la imponente montaña que domina el valle en el que está instalado el cámping.

—Toma. —Sara se gira y coge el cigarrillo, ya encendido, que le ofrece. Él se lleva otro a la boca y fuma despacio. Se sitúa junto a ella, con los brazos apoyados en la valla—. Me llamo Luis.

—Encantada, Luis. —Se dan dos besos.

Él señala a la cascada.

—Hoy he estado allí. —Da otra calada—. Impresiona mucho.

—Yo llevo aquí dos meses y aún no he ido.

—Pues te lo recomiendo. El rugido del agua ayuda a arrastrar los malos recuerdos.

Sara se gira hacia él y lo mira con interés.

—¿Qué malos recuerdos?

Luis exhala una espesa columna de humo antes de responder, con la vista fija en lo alto de la montaña.

—Los que me dejó Ella.

Continuará…