El sarcófago de los reyes II


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«Rosycross-Tetragrammaton», CC0

—¿Qué es ese objeto? —preguntó el Alquimista del mar, intrigado al ver el anj que le mostraba su padre.

—Es la llave de la Aldea de los exiliados, la única pista de su paradero actual —respondió el Alquimista marino.

El Alquimista marino decidió pedir la ayuda de su hijo para llegar a un lugar al que llamaba la Aldea de los exiliados. Le contó mucho sobre su pasado, como el hecho de que pertenecía a una especie de orden secreta conocida como La sagrada orden de la rosa y la cruz. Dijo que era una organización que reaparecía cada vez que la humanidad corría el riesgo de perder su más valioso tesoro, su conocimiento.

A raíz del retraso tecnológico provocado por la Guerra de las lanzas y las lancetas, y la eventual opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían, la orden rosacruz empezó a reclutar y entrenar un ejército de trescientos alquimistas que fueron conocidos como los Caballeros rosacruces. Estos caballeros sacrificaron sus vidas para eliminar la amenaza de los Señores de la guerra y permitir el progreso de la raza humana luego del terrible conflicto.

El Alquimista marino le contó, además, que era el último de los Caballeros rosacruces y que fue formalmente entrenado por los Ancianos de la orden para cumplir, entre otras misiones, la erradicación de toda manifestación de vudú. Por lo que en algún momento de su juventud sintió la presencia de una tribu que vivía en una aldea itinerante en la selva amazónica. La aldea fue construida usando mahou, por lo que cada cierto tiempo se trasladaba automáticamente a otro sitio de la selva para que sus habitantes no pudieran ser encontrados con facilidad.

Pese al sistema de protección de la aldea, las capacidades perceptivas del Alquimista marino y su trabajo de investigación le permitieron infiltrarse en la aldea para buscar la fuente de la sed de sangre que sentía en ese lugar. Para su asombro, dentro de esa pequeña civilización se practicaba el vudú de manera ceremonial, usando como ingredientes los cuerpos y las vidas de los condenados a muerte o de aquellos que se ofrecían voluntariamente para los rituales. El Alquimista marino se presentó ante el rey de la aldea y le manifestó que estaba allí para destruirlos por mandato de La sagrada orden de la rosa y la cruz.

El rey se sorprendió por la sinceridad del joven alquimista y le preguntó por qué no había empezado a cumplir su misión. Para asombro del rey, el alquimista empezó a hacerle muchas preguntas sobre su historia y sus costumbres. Aprendió mucho sobre el funcionamiento del vudú y del mahou durante las horas que pasó charlando a puerta cerrada con el rey. Luego, llegó a la conclusión de que la aldea no representaba peligro alguno y que el vudú que allí se practicaba no lastimaba inocentes. Pese a ello, el Alquimista marino se debía a los caballeros rosacruces, por lo que dejar a los aldeanos con vida sería considerado como alta traición.

Durante otra conversación de varias horas con el rey de la aldea, se ideó el plan de congregar a todos los practicantes de vudú para ordenarles ir de casa en casa para hacer una réplica inerte de cada habitante. Luego, usando el mismo conjuro de mahou con el que originalmente construyeron la aldea, crearon una réplica de esta y colocaron las copias inertes allí. El Alquimista marino utilizó sus técnicas del alquimia para causar daños en la aldea y en los cuerpos replicados. Luego, redactó un informe y se presentó ante los Ancianos de la orden para mostrar la evidencia falseada del cumplimiento de su misión. Este acto pasó desapercibido para los ancianos y le consiguió al Alquimista marino un favor de la realeza que, en palabras del mismo rey, podría reclamar cuando deseara usando la llave que se le otorgó y que ocultó dentro de su piedra filosofal.

***

Luego de que su padre le contara a detalle todo lo que sabía, el Alquimista del mar le preguntó qué favor le pediría a la realeza.

—¡Voy a pedir la restauración de mi cuerpo! ¡Por eso necesito tu ayuda para llegar hasta allí! —gritó efusivamente el Alquimista marino, que no conocía la delicadeza de pedir un favor.

—¿En serio pueden curarte en esa aldea? —inquirió el Alquimista del mar, ocultando el asombro de ver a su padre pidiendo ayuda, y ocultando aún más el conflicto que le provocaba contemplar la idea de poder ayudarlo en una de las mismas misiones que alguna vez lo alejaron de él.

—Sí, cuando conversé aquel día con el rey, me contó todo sobre sus costumbres y ceremonias. Supongo que, en el fondo, creía que iba a morir de todas formas —dijo el Alquimista marino, riendo tras recordar.

Era la primera vez que el Alquimista del mar veía a su padre reír.

—Aún no contestas mi pregunta, muchacho —dijo el Alquimista marino.

—¡Me llamo Thomas! —el Alquimista del mar fingió enfado—. Y sí, iré contigo. Ahora te debo otro entrenamiento, y detesto la idea de deberte algo.

No necesitaba decirlo, pero el Alquimista del mar había entendido, por fin, el lenguaje de rudeza con el que su padre fue educado y entendió que sus actos dirían más que sus palabras; por lo que se solo preguntó una cosa.

—¿Para qué me necesitarías? Aún en muletas eres más hábil con la alquimia que yo —protestó el Alquimista del mar.

—He ganado demasiados enemigos a lo largo de la vida. Las Diez plagas también me están buscando —respondió el Alquimista marino—. Digamos que estoy en simple desventaja numérica.

Ambos alquimistas rieron levemente y empezaron a prepararse para el viaje.

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El ratón que no quería ser caballo


Foto de Giuseppe Martini para Unsplash

Yo nunca quise ser un caballo, y menos, enganchado a una carroza. Mi vida como ratón me gustaba. Era peligrosa, pero yo estaba acostumbrado a vivir al límite, siempre con la adrenalina fluyendo. Era divertido.

La maldita hada madrina no me dejó elegir, ni a mí ni a nadie. Mira a los pobres lagartos, convertidos en aburridos lacayos, obligados a atender a la pánfila de Cenicienta…

Que sí, que qué lástima de muchacha, que qué vida tan injusta y todo lo que quieras, pero mírala qué pronto se le olvida la conciencia de clase. La sirvienta explotada y maltratada, perdiendo el culo por codearse con la aristocracia, y sin el menor remordimiento por recurrir al mismo elitismo que a ella le amargaba la vida.

Yo nunca quise ser un caballo, y menos, domado. Como ratón, disfrutaba de mi libertad, consciente de que cada día podía ser el último, sin nadie que me controlara.

Nunca quise ser la mascota de una humana; al contrario, la vida era excitante esquivando trampas para alcanzar la recompensa de un pedazo de sabroso queso o de deliciosa tarta.

Sin embargo, aquí estoy, con el corazón tan acelerado como siempre, pero atrapado en este cuerpo enorme incapaz de liberarse del hechizo que lo mantiene sumiso, encadenado a una calabaza convertida en una carroza que no podría ser más cursi.

¡Maldita hada madrina!

A la menor ocasión, le roo la varita.

Ana María


El primer pozo de los deseos del que se tiene un registro, data del año 087 de nuestra era. El pozo se ubica en la colina de Tara y está resguardado por duendes y animales.

Lamentablemente, para muchos humanos es imposible siquiera verlo desde lejos. Ni siquiera los drones ni las radiografías logran detectar el pozo, cuando el pozo no quiere ser visto. Afortunadamente, se sabe de dos formas de encontrar el pozo. La primera: un duende debe tomar tu mano y llevarte. La segunda: con una moneda mágica que solo se consigue en el mundo de los sueños.


Hace días tuve un sueño. Soñé que estaba con Ana María en un parque. Yo leía una revista de Salto al reverso y ella leía Cortázar.
Hacia tiempo que no la veía con sombrero y me tenía fascinado. Ella era la joya de la corona y yo no tenía ningún título nobiliario, pero estaba conmigo.

Fui solo por café, mientras ella me esperaba sentada en la banca. En el camino, tropecé con una rama y caí a un pequeño lago artificial. Los brillantes peces del estanque jugueteaban conmigo, se metían entre mis brazos y piernas y sentí que no querían que saliera. Y me hubiera quedado, pero esperabas un café.

Todo mojado, pedí dos americanos sin azúcar y un cruasán salado. La cuenta de ochenta pesos no pude pagarla, porque no llevaba más dinero que una moneda extraña que no me aceptaron en el quiosco.


Esa mañana, cuando desperté, desperté mojado. En mi mano izquierda no traía nada pero la derecha apretaba la moneda extraña del sueño.
Agua, como conductor universal; moneda, como figura onírica que trasciende realidades.
Agua, sueños, moneda, pozo, moneda, sueños, agua.


Hace poco descubrí, que tengo en mi poder una moneda que me permitirá pedir cualquier deseo, en un pozo que está al otro lado del mundo. Irónicamente, no tengo dinero para un boleto a Irlanda ni deseo nada del mundo, porque mi mundo está completo cuando, en la realidad y en los sueños, puedo sentarme en una banca a leer con Ana María.

Gris


El dolor
no es ya el abismo
que mirabas
boca arriba
escrutando el techo
sin respuesta.

El dolor parece ser
—ahora—
una flecha
que miras de frente,
apuntando a tu mente.

De cualquier modo,
no lo quiero,
no lo deseo,
quiero alejarlo de ti,

de tu pecho,
de tu boca,
de tus ojos,
de tu frente.

Si no despertamos


Si no despertamos más

que sea después del éxtasis

en medio de un sueño

unidos los dos cuerpos

hasta desintegrarnos.

Si no despertamos

que sea después

de atrevernos a hacer

o deshacer quimeras

y aferrarnos a lo posible

de lo imposible.

Si no despertamos

que por lo menos

hayamos regalado

una sonrisa

y dos o tres abrazos

desquiciados.

Si no despertamos

que sea después

de una buena noticia

antes nunca.

Fruta


Quién ve en alguien

su vida

es porque no la conoce.

Se presenta,

hablan,

detesta su vida,

la esparce en mierda sobre los demás.

Se siente bien ahora.

Perdido pero bien.

Tan bien como los objetos,

tan efímero como ellos,

desperdiciando sus propios latidos

en laberintos.

Ya no quiero ser yo.

Quiero detestar abriéndome

a un debate interno

sobre mí.

Y entonces ser yo de verdad.

Tan entero como el tiempo

y eterno como cualquier sabor.

Entre espinas

Entre espinas