Dos obras por Dramágico


Roger Enrique Farrera Guillén es el autor destacado de este cuatrimestre en Salto al reverso. Los invitamos a leer sus entradas de poesía y relato aquí: Dramágico, en su blog personal dramagico.wordpress.com y a seguirlo en las redes:

Twitter: twitter.com/RoEnLaCaja
Instagram: instagram.com/roger.malo

Más información: Autor destacado: dramágico y Autores destacados.

Y compartimos con ustedes dos obras destacadas de su blog:

 

¿Quién dice que la luna no es de queso?

(Pregunta original de @ana.torr.ent)

1

Durante años las ratas se lo habían preguntado. Volteaban al cielo llenas de esperanza e interrogantes. 

—¿Qué es esa esfera fría que se ve allá arriba? — se preguntaban—. ¿Quién es la bola amarilla que grita: «¡Mírenme! desde el cielo?».

Las ratas no sabían. Los bardos respondieron.

2

En la edad media, en la época de las plagas (atribuidas a las ratas), el suizo Luca Giacometti creó un cantar que se refería a la luna como una esfera de queso emmental que flotaba en las alturas y que podría ser alcanzada solamente por quienes tuviesen el temple más firme. No era un buen cantar, pero servía. 

3

Luca vio en la poesía la respuesta a las plagas. Él observó que las ratas gustaban del arte. Había visto en su tierra natal y en las ciudades aledañas que las ratas se exponían, sin importarles la luz del sol, cuando había músicos tocando, pintores pintando, poetas recitando y bardos cantando. Eso sí, rehuían estrepitosamente de cualquier tipo de baile, no importando la belleza o calidad de la música que le acompañase, ellas se iban. El baile y las ratas no eran y nunca serán amigas.

El cantar, llamado «Käsemond», se leyó y escuchó en todos los rincones de Europa. Recitado por bardos, niños, mujeres, soldados y todos aquellos que tuvieran gusto por las historias felices que buscaran saciar el hambre y erradicar los males.

Por fin, el cantar logró su objetivo: convencer a las ratas de que la esfera luminosa de la noche, que se escondía entre nubes y a veces no salía, era realmente una bola gigante de queso puro. Un queso conservado por el vacío del cosmos e iluminado por la luz de mil estrellas.

4

Familias enteras de ratas de cloacas, ratas de campo y hasta las ratas más finas que vivían en los castillos buscaban los edificios y los árboles más altos para alcanzar, con sus patitas delanteras, la luna de queso. 

Era común en esos días encontrar ratas muertas en las calles, en las sombras de los árboles y en todo lugar que fuera adyacente a una pared alta.  

5

Las ratas sobrevivieron a la edad media sacrificando su apreciación al arte, pero el cantar no.  Este quedó en el olvido, hasta el año dos mil siete.

6.

En abril de dos mil siete, en Bremen, Alemania, fue descubierto «El Cantar de Käsemond», en el que se relataba el cómo y para qué del cantar de la luna de queso. Dos meses después, en el mes de junio, se subió a la plataforma de YouTube la declamación del cantar completo.

¡Fue una bomba! Al vídeo original se le sumaron vídeos con declamaciones en todos los idiomas. Más sorprendentes fueron los vídeos en los que aparecían ratas escuchando atentas las palabras que salían de las computadoras, para posteriormente subir a las azoteas intentando alcanzar la luna. Las ratas perdían el equilibrio y caían desde rascacielos y antenas gigantes. Tan solo en la base de la torre Eiffel se registraron más de cuatro mil quinientas ratas muertas.

2007

La opinión pública se dividió. Por un lado estaban los que celebraban la casi erradicación de las ratas con un método tan simple y, por otro lado, estaban los que defendían el derecho a vivir de estás.

Muchos científicos, artistas y personas en general, voltearon a ver a las ratas. De repente estos seres asociados a la escoria y a la basura, relegados en afecto por sus primos los ratones, fueron admirados por la capacidad de admirar la estética del mundo que les rodeaba. 

Internet se llenó de videos con ratas maravilladas con el «David» de Miguel Ángel, con los girasoles de Van Gogh, con las obras de Seurat, de Friedrich y la música de Tchaikovsky, de Brahms, Vivaldi y de los clásicos en general. Admiraban toda composición musical que no invitara a bailar. En dos mil siete las ratas todavía temían al baile.

Por primera vez, se habían logrado conversaciones estructuradas con animales que no fueran primates.

2008

En dos mil ocho, las ratas convocaron un levantamiento internacional en contra del cantar y de la luna.

La noche del treinta de abril, en punto de las veinte horas, en la hora local de cada ciudad y de cada pueblo, los roedores se levantaron de sus cloacas, salieron de sus escondites y alzaron las patas delanteras izquierdas para gritar: «¡Callen la luna de queso, que nosotros tenemos hambre y queremos vivir!».

Entre los motivos del levantamiento, además de eliminar por completo «El Cantar de Käsemond» de todos los medios y registros, pedían que se dejara de romantizar la luna y el firmamento en general. Por inventar lunas de queso, nubes de algodón y paraísos con banquetes celestiales, afirmaban que muchas ratas habían perdido la vida, dejándose llevar por el hambre y la sarta de mentiras que los humanos habían estado inventando desde la edad media.

Por eso fue el levantamiento. Por eso se rebelaron. Ya no querían más ratas muertas en las azoteas, ni cayendo desde altas ventanas por querer alcanzar quesos gigantes con sus patas delanteras.

«¡La luna es arena sin playa!», «¡La luna es fea y sin brillo propio!», «¡La luna no se toma a cucharadas!», se podía leer en las diminutas pancartas.

2009

Es primero de enero de dos mil nueve. Aún se puede escuchar «El Cantar de Käsemond» en algunos bares, restaurantes y edificios públicos. Es un soneto maldito, una composición del mal. 

10

Quizá esta humanidad necesita otra plaga, porque nuestro actuar no es correcto. Quizá sí, quizá no, pero no le digan a las ratas.


 

Memoria del desviste 3

Vamos a obviar algo: En 2018, el 14 de enero a las 19:43 horas, te dije por primera vez que te amaba. Ese amor no nació en enero, sino después de una tarde de lluvia, un martes de marzo de 2016. Creció tanto que si tuviera que materializarlo el día de hoy (septiembre de 2019), sería similar a un frondoso árbol de dulces mangos del tamaño de Neptuno.

Obvio lo anterior, ignoremos por un momento ese gran amor que habita en mí, que me rompe por dentro y que me reconstruye pedazo a pedazo para poder verte cada que mis ojos se acercan a ti. 

Ignorando el amor, no puedo seguir contigo. Y no por mí, sino porque el amor que me tienes hoy, si tuviera que materializarlo, sería del tamaño de la mitad de la más pequeña semilla de mostaza del mundo, y no tengo fe ni esperanza para creer que esto, que hasta hoy ha coexistido en nosotros, genere nuevamente frutos.


Ayer


Bendita la estrella inclinada
sobre el jardín.
Sucede el pasado.
Un almendro
inmóvil
congela su sombra.

Ella
bebe
memoria.

La misión


Llena de escalofríos, así se siente —ha llegado el otoño con armadura fría—, baja con una tos seca del coche, sus alumnos golpean en esos instantes las patas de mesas y sillas entre gritos impíos y ataques a los cuellos y cabezas de los compañeros de las mesas que tienen cerca. Cierra la berlina que se ha comprado hace poco, corre hacía el primer piso, siempre se apela al deber ante estos momentos de desaliento. Ella lo hace desde hace cuatro años, perdida ya su intención de enseñar a crías que se han vuelto imbéciles de tanto creer en las redes (aunque no lo confesará en público) y a tanto bruto obligado a pasar de curso con carpetas de suspensos. Solo la sostiene el deber y un sueldo, por qué no decirlo. Avanza por el pasillo, la divisan desde el final del mismo, la mitad de la clase se zarandea en él y la otra mitad haciendo gracias dentro. Los mismos de siempre emponzoñando a una masa opaca interesada en educarse; está harta. Lo presiente, un mal día se abre, al entrar en el aula. Cuando se ha levantado sabía que estaba desposeída de la energía suficiente para salir triunfante de otro día más en un instituto conflictivo. Aparece en cambio la llamada costra del endurecimiento, la que te hace inmune al ambiente de fuerzas descontroladas representadas por los golfillos en un instituto. A consecuencia de ello, no tarda más de diez minutos en decidir quién será el elegido para aglutinar su soldada de satisfacción al expulsarlo de clase sirviendo además de ejemplo: «Iciar, baja a la biblioteca y quédate allí hasta la próxima clase. Quiero que el profesor que esté te firme un papel diciendo que has estado estudiando».

Iciar es en realidad nuestro personaje más querido. «¿Por qué?», pueden preguntar. Otras respuestas serían muy enrevesadas explicadas en un relato, por ejemplo: escaso respeto por la organización educativa actual, la profesora con prisas del principio no tiene atractivos suficientes para seguir en este relato. Podría enumerar a mis queridos lectores todas las razones verdaderas, conformémonos simplemente con la dignísima conclusión de que yo soy el autor y mis fobias me agradecen que escriba para disfrutar. Prefiero a la culpable expulsada, aunque solo sea por su juventud, su potencialidad dormida, diciendo por delante que unos cachetes se merece Iciar, cualquiera de sus amigas, o la mayoría de los chicos de su clase. Ya sé lo que he dicho y tampoco exageren unos cachetes. Continuemos con Iciar sin revolver más; ha entrado en la biblioteca. 

Sentada está ya en la última fila, hace un amago violento de sacar su cuaderno desvencijado de tanto pintarle. Ni siquiera lo abre —observa—, no ve profesores respetables allí, solamente la bibliotecaria, esa señora vieja tan pesada con el orden y el estudio. La mirada está detenida en la mesa de préstamos, hay un joven. Ella sabe por instinto que no puede ser un profesor, es un voluntario o algo parecido que trabaja en la biblioteca. Lo recoge todo deprisa y se lanza resuelta a pedirle la hoja firmada. «Da lo mismo», responde cuando el joven le dice que no quiere firmarle nada y además no es su función. «Tú me lo firmas y así me voy a… tomarme una manzanilla porque estoy mala». Nueva negativa y grito de Iciar que indica enfado importante.

Parece evidente, ella es una obligada, no quiere el instituto. Está deseando ver a la pandilla, pero en un recreo perpetuo. Iciar es la respuesta a un sistema que la obliga a permanecer seis o diez años en el instituto y, además, la premian con aprobados sin estudiar mucho —lo cual la hace pensar que todo lo que rodea al instituto no tiene importancia—, simula concentrarse cuando sus cuadernos únicamente contienen borratajos y frases obscenas escritas por sus amigas. Ya nadie repara la grieta del dique, está resuelta a todo: chantajear al joven que tiene delante que vigila la biblioteca y la impide mirar su móvil durante un rato, va a simular encontrarse enferma, retorcer la propia mentira, cualquier invención con tal de librarse de aquel asqueroso ambiente de estudio y libros. No cabe en su cabeza perder cuarenta minutos allí dentro. Iciar no esperaba un asalto como el que se produjo en respuesta a su carcajada pícara. La bofetada propinada había sido desterrada desde hace tiempo del pensamiento de los alumnos; y cuando la cólera sustituyó a la carcajada, solo hubo más bofetadas, milimétricamente cadenciosas, quemando su epidermis en un experimento de laboratorio humano. ¿Quién se atrevía a sonreírla después de abofetearla en público? Quiere alguna explicación, que alguien venga gritando por comportarse como si estuviera al margen del peor crimen consumado, ve esa mirada por encima de su hombro y que se sienta plácidamente. «Ahora siéntate en silencio y no hagas nada, si no quieres un libro». No quiere perder más tiempo con ella, eso es lo que le parece a Iciar, o a cualquiera que observe los acontecimientos, los cuales se han extendido por el instituto como si una bomba hubiese hecho explosión en la biblioteca, matando a toda una clase. «¡Han abofeteado a un alumno! ¿Quién pudo ser? ¿Un profesor?». El personal rebulle en todas las estancias, en los pasillos se forman corros, la gente pregunta. Enseguida se forman bandos a favor y en contra. El castigador queda convertido en un estigma para unos, en héroe necesario para muchos, gritan más los legalistas: «¡Acaso nadie va hacer nada! ¡Hay que preparar un patíbulo en el patio y colgarle! ¡No, quemarle vivo delante de los padres que no toleran semejantes atropellos con sus hijos!». El villano sigue tranquilamente sentado en la biblioteca sin conmoverse. La jerarquía decide tomar las riendas de la situación. «¡La dirección! La dirección que cobra sus generosos complementos». Jefes de estudio y director aprueban la primera medida, pedir explicaciones, las cuales no serán satisfactorias (nadie puede pegar a un alumno), aunque el procedimiento debe alejarse del usual al no tratarse de un profesor. Se improvisará, dice el apocado director miedoso de los inspectores de centro, o cuando es presionado por la corporación profesoral o la asociación de padres del instituto, cumplir la legalidad a tiempo, de eso se trata, que lo parezca desde fuera, decide ir a ver las medidas del ataúd del joven que se ha atrevido a pegar a una alumna; el director ha entrado ya en la biblioteca.

Se sitúa a cuatro pasos del joven culpable, el ahora primer protagonista de esta historia. «¿Has pegado a una alumna?», le pregunta. «¿Acaso hubiese pegado a alguien estando seguro que no lo merecía?», es contestado. «¡Cómo se le ocurre pegar a un alumno!», grita el director, «la ley lo prohíbe desde…». «La ley…», repite el muchacho. «La ley del sonido dice que cuando un transmisor emite un mensaje, este llega al receptor que dentro de su campo de percepción sonora puede descifrarlo, esa chica lo descifró, pero actuaba igual que si no recibiese los mensajes. La ley dice que es peligroso si se dejan receptores en mal funcionamiento a lo largo de una cadena. Se provoca, pasado el tiempo, dejar de recibir información de cualquier clase en la cadena de transmisión, provocando problemas mayores a todo el grupo que las necesita. Ya sea riéndose de todos los receptores o actuando por maldad saboteando la red». «¿Quién es usted para hablar así?». «Aconsejo. ¿Quiere sacar algún libro señor director? Puedo sugerirle uno para ayudarle a despejar los malos humores de sus pensamientos». El director se pregunta quién ha sido el responsable que ha puesto a ese muchacho en la biblioteca. «¿Quién le manda? ¿Por qué habla así? Y sobre todo, ¿por qué vuelve a sus quehaceres sin importarle lo más mínimo las consecuencias de sus actos?».

Mira inquisitivamente al extraño sujeto repantingado en su silla con un libro sobre la rodilla. Abandona al final la estancia más perplejo que enfurecido. Los adeptos al extraño personaje crecen en las inmediaciones igual que ocurre cuando un equipo mete el primer gol o se gana el primer combate de boxeo; ha fallado el golpe de fuerza y los legalistas se recluyen inofensivamente. Todos han sufrido los caprichos de Iciar alguna vez, por tanto, ahora nadie sale en su defensa con suficiente fuerza, ella misma ha quemado en el pasado sus puentes con profesores y personal del instituto liberales en cuanto a la disciplina. En el despacho del director comienza a pesar más el ambiente que los hechos, el punto determinante es conocer que Iciar no ha hecho nada, no sale de su perplejidad. Decide —y esta es la derivación más importante— que no dará publicidad en su hogar del hecho. Su estado de ánimo no le permite montar esa defensa dañina. El joven aprendiz de bibliotecario utilizó toda la fuerza sin muchas explicaciones, sin remilgos, bloqueando su entendimiento, lo que produce que sus actos se parezcan a la situación de alguien preparándose lentamente para despedirse ante varias personas y no sabe el instante adecuado de hacerlo.

Además, ¿contra quién dirigir la responsabilidad? Pasado el nerviosismo, el director pidió el expediente del enigmático muchacho; únicamente encontró referencias vagas a su pasado educativo, nada concreto que explicase su comportamiento. Una nota extraña para el canon de expediente funcionarial al que la administración acostumbra, daba mayor oscuridad al caso. La autora de la nota era la maniática bibliotecaria, la cual dejó constancia de un hecho irrelevante.

El tercer día de estancia en su puesto en el instituto, el voluntario catalogó un nuevo libro de su propiedad, que regaló a la biblioteca, titulado El maestro pasará por un loco. El director inmediatamente pensó, o no quiso pensarlo, ciertamente porque era un hombre que se atolondraba en la metafísica (y por ello aplaudió cuando eliminaron las clases de filosofía y pusieron la asignatura de digitalización), que prefería apelar a sus conocimientos científicos en casos tales. Hizo lo mismo cuando semanas después se dejó de ver (nadie sabe qué semana concreta podía datarse como la decisiva para decirlo) al muchacho impertérrito. Posiblemente un día antes de que Iciar entrase, después del incidente en la biblioteca, a recoger un paquete no académico que le habían indicado aguardaba a su nombre. No saquemos de precipitadas pistas conclusiones fantásticas acerca de lo que no sabemos. Hay unos hechos literarios ordenados que nos dicen lo que hay, otra serie de adjetivos junto a los hechos nos llevarían a lo que preferimos ver nosotros, en vez de aceptar la historia. Únicamente debemos acabar este relato, el cual ha ido saltando charcos que a muchos no les gustan: se había ido por los mismos cauces que apareció, si pensamos igual que el director, al realizar sus funciones y cumplir la legalidad en la forma parcial que propaga la injusticia, cabe la posibilidad de añadir secamente que la misión no tenía por qué prolongarse más. 

A los muertos no les gusta la Navidad, los vivos odian el Año Nuevo


Intento de fuga


Lo encontré al día siguiente pataleando, con medio cuerpo metido en otra dimensión. Tiré de una de sus piernas y, al no tener nada para sujetarse, cayó de bruces delante de mí. Yo creo que algún diente se habrá roto con semejante golpe.

Había montado tremendo lío, y luego así, sin más, dijo que se marchaba. Siempre he pensado que eso de dejar las cosas sin concluir está muy feo. Solo quienes mueren tienen derecho de dejar las cosas a medias.

En realidad, yo no elijo quién aparece en mis sueños y, hasta este momento, creía que tampoco decidía cuándo debían abandonar el sueño o desaparecer. Lo cierto es que no sabía quién era este personaje, pero su actitud no me gustaba nada nada. De repente se acercó a una y le cortó un mechón de pelo, porque sí. Después se metió en una conversación ajena y comenzó a mofarse a carcajadas de lo que estaban diciendo. Luego, de repente, empezó a lanzar puñados de arena desde una banca del parque a todo el que pasaba por allí.

Yo presenciaba esas escenas y sentía que la gente me miraba como diciendo: «¿En qué momento vas a parar esto?». Si hubiera sabido que era un sueño, lo hubiera echado ipso facto. Así de sencillo.

Pero ahora, este personaje tenía que rendir cuentas, disculparse al menos y aliviar los ánimos en mi sueño, un poco. Todo esto empezaba a ponerse color de hormiga.

Y lo peor es que, mientras no terminara este sueño, no podría dar aviso a mis amistades de que un personaje andaba suelto causando estragos en sueños ajenos.

Así que mi sueño iba a transcurrir intentando meter en cintura al susodicho, aunque convencerlo de que debía resarcir el daño causado no sería tarea fácil, pues, como he comentado antes, no le conocía de nada.

Cuando lo encontré colgando de otra dimensión, y lo devolví de golpe y porrazo aquí, lo único que se me ocurrió decirle antes de despertar fue: «Esto te pasa por querer escapar de mi sueño».

(Por) que


Junto a mí,

tu espalda.

En ella, desastres,

reflejos de una vida pasada,

demasiado pesada.

Recuerdo en ti

mi impotencia.

No sé aliviarme contigo.

Como un juguete roto de la infancia,

te recuerdo,

quiero seguir jugando contigo,

pero mis recuerdos

son rencor

y no diversión.

Puede que el pasado,

el presente

y el futuro

sea siempre el mismo,

pero crezco

y el cómo cambia.

Ya no sé el suceso,

sino el porqué de él.

Y tu espalda ya no me gusta,

ya no me gusta cómo la veo,

cómo me veo,

y me meo encima

por miedo,

por medio de lágrimas calientes

que del asco

oculto.

Vuelvo a ser yo con otra máscara.

Puede que otro día te quiera,

o siempre te quiero.

Pero hoy no me gusta cómo te quiero.

Vuelve mañana.

Inconclusa


Soy,
donde ves escombros,
la obra en construcción.

La potencia y el deseo
habitan
los proyectos.