Centrifugando recuerdos (XXVII)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Después de salir de la ducha, Tere saca una cerveza de la nevera y se dirige a la ventana del comedor para bebérsela despacio mientras contempla cómo se deshacen las nubes sobre la Alhambra.

Como a media Granada, la tormenta la pilló por sorpresa y llegó a casa hecha un asco. La habitual mezcla del sudor propio con los inevitables aromas corporales de los pacientes de urgencias que impregnan la ropa, y que siempre tiene la impresión de que es imposible hacer desaparecer del todo, había adquirido una consistencia extra con las salpicaduras rebozadas en polvo, barro y las múltiples sustancias que habitan en el pavimento. Ser víctima de la tormenta más furiosa que recuerda era el epílogo perfecto a otra agobiante jornada en el hospital, con las urgencias colapsadas, sin aire acondicionado, con los vestuarios eternamente en obras.

El sistema de climatización lleva una semana en “huelga”, por mucho que desde dirección se hagan los ofendidos ante la acusación de que, para ahorrar, sólo lo ponen en marcha unas pocas horas al día.

Tere da un trago a la cerveza y cierra los ojos mientras disfruta del frío líquido que le baja por la garganta. «Qué bien sienta», piensa, y cuando abre los ojos se queda mirando el botellín entre las manos. Entonces regresan a su mente las patéticas escenas que se repiten a diario en el hospital. Apenas lleva seis meses trabajando allí, pero le bastaron un par de semanas para comprenderlo todo.

Apoyada con los brazos en el alféizar, niega con la cabeza, y un segundo después vuelve a ahogar la indignación en cerveza, un trago largo que le sienta maravillosamente.

Ella se mantiene al margen de las disputas políticas, pero lo que está claro es que en urgencias los termómetros revientan, y por mucho que hayan colocado unos cuantos ventiladores, aquello es insufrible. Frío en invierno, calor en verano. «La crisis, claro. No hay dinero para gastar en la sanidad pública», se dice, acompañando el pensamiento con una sonrisa irónica y un último trago que vacía el botellín.

Las quejas de los usuarios, que esperan hacinados, se multiplican con cada nuevo día, y ella no puede por menos que escuchar y asentir con la cabeza gacha. Significarse más allá no es una opción prudente cuando eres la nueva y sólo puedes perder.

—Vaya mierda de país —sentencia, y enseguida se da cuenta de lo ridícula que suena la frase pronunciada frente a la Alhambra y las magníficas montañas de Sierra Nevada. En ese momento, además, un espléndido arco iris pone la guinda a la postal.

No puede evitar que se le dibuje una sonrisa mientras contempla embobada el paisaje, hasta que un retortijón le recuerda que necesita comer. Se incorpora, y cuando se dispone a dar media vuelta para dirigirse a la cocina, sus ojos captan un movimiento en la calle, a pocos metros del portal.

Podría no haberle dado importancia. Total, continuamente pasa gente por la calle, y no es raro que haya quien se pare cerca del portal. Tampoco lo es sorprender a parejas besándose o en actitud cariñosa, como ésa en la que se posa su mirada. Un chico y una chica empapados, como lo estaba ella sólo un rato antes, cogidos de la mano, de pie uno en frente del otro, ajenos a lo que ocurre a su alrededor. Y entonces se acercan, juntan sus cabezas y se besan, despacio; un beso dulce e intenso.

Tere se queda ahí, clavada al suelo, como lo están sus ojos en la pareja, y entonces nota el frío. Se lleva los brazos al pecho y se frota suavemente los hombros descubiertos. Aunque en realidad la temperatura no ha bajado tanto como para tener frío. Una parte de ella encuentra la explicación en lo mucho que echa de menos un abrazo como el que en ese instante conforma todo el mundo de la pareja de abajo. Un abrazo de ella.

Porque aunque sólo lo reconozca en los momentos más bajos, y sólo en la soledad de su cama vacía; aunque bromee sobre sus sentimientos con la mujer que ahora besa al chico que ha venido en su búsqueda desde la otra punta del país, la quiere para ella, y por eso íntimamente repudia ese beso y ese abrazo. Por eso mira a Sara con rencor, y al tal Luis con rabia. Aunque jamás vaya a admitirlo.

«Es mi amiga, es como una hermana. Sólo puedo alegrarme porque por fin encuentre a alguien que la quiera de verdad», se escucha reflexionar, y se abraza más fuerte, porque el frío se hace más intenso. «Como la quiero yo», remata desde el inconsciente.

En la calle el sol continúa ganándole terreno a las nubes. Ya no llueve, ni siquiera chispea. De vez en cuando se oye un trueno lejano, como advirtiendo que la tormenta se va, pero sólo a reponer fuerzas. Ya tampoco hay arco iris. La calle recupera su actividad habitual. La lluvia pronto será un recuerdo curioso en la memoria de granaínos y visitantes.

Finalmente, Tere se retira de la ventana y, arrastrando los pies, aún refugiada en sus brazos y con la mirada perdida en imágenes que nunca llegarán a materializarse, se dirige a la cocina. Con movimientos ralentizados deja el botellín sobre el mármol, el mismo mármol donde esa mañana, muy temprano, dejó un plato con piononos para Sara, y una nota, «la maldita nota donde la animaba a quedar con él», se reprocha, demasiado tarde ya.

—Ya está bien. Tú no eres así. No eres el tipo de persona que se arrepiente de sus decisiones, ni que se recrea en su desgracia.

Tere agarra el tirador de la puerta de la nevera y la abre con decisión, molesta consigo misma por dejarse vencer por la autocompasión. Recorre el contenido con la vista, tratando de decidir qué comer, pero entonces toma conciencia del nudo que le oprime el estómago, y el cabreo aumenta.

—¡Idiota! —sentencia, con un portazo que hace temblar el frigorífico.

Se golpea las sienes con las manos y se queda inmóvil durante unos segundos, con los dedos aferrados al pelo.

«¿Qué mierda vas a hacer ahora que te has dado cuenta de que te duele más verla feliz con un tío que acosada por los recuerdos?»

—Nada, no voy a hacer nada más que alegrarme por ella —se fuerza a afirmar, como si así se borraran de un plumazo todos esos sentimientos traicioneros.

…………………………

Sara se siente como una de las hojas secas que, en el jardín del Palacio de los Córdova, bailaba con el viento. Se deja llevar por los sentimientos, sin oponer resistencia, y una oleada de sensaciones arremete contra ella, sin darle respiro ni dejarle opción de pensar.

No piensa; sólo siente. Y aunque todo en ella es sentir, no sabe qué siente por Luis; no se ha parado ni un segundo a pensarlo. Sólo sabe que eso que está viviendo le gusta. Disfruta de la excitación, del contacto físico, de sus ropas mojadas, del pelo chorreante, y desearía que la tormenta no cediera ante el rey sol, porque la lluvia salvaje formaba parte de la magia, y no quiere que el hechizo se rompa.

Mientras recorren las empinadas calles del Albayzín, solitarias aún bajo los coletazos de la tormenta, Sara se siente libre, despojada del lastre de los recuerdos, como si no fuera ella…, como si fuera más ella que nunca. Pero ya no llueve, ni siquiera chispea. Las nubes han huido, cediendo ante los rayos implacables de un sol al que todavía le quedan largas horas de reinado. Las calles recuperan su actividad habitual, la magia desaparece.

Y ahí está él, devorándola con ojos rendidos, con la mirada de quien tampoco piensa, súbdito entregado del imperio de los sentidos.

Se abrazan y se besan una vez más, aunque ahora Sara ya no puede evitar mirar de reojo, concurrida como vuelve a estar la calle, ni frenar el impulso que la empuja a saborear cada instante. Las manos de Luis vuelven a descenderle por la espalda, y antes de que lleguen más abajo ella deshace el abrazo, con suavidad, mientras le toma una de las frustradas extremidades exploradoras.

—Ya hemos llegado —anuncia, con un rápido giro de cabeza que confirma dónde se encuentran.

—Pues subamos… —se aventura a sugerir Luis. Sus dedos juguetean con los de ella.

Sara duda. Su cuerpo no podría desearlo más, pero sin el poder de la magia influyendo en su cerebro, ya vuelve a pensar, y hay muchas cosas a tener en cuenta antes de entregarse a una tarde de sexo. El después, por ejemplo.

—Vas muy rápido —responde con una media sonrisa que Luis no sabe si interpretar como parte del juego. Para comprobarlo, trata de besarla otra vez, pero Sara se aparta hábilmente—. No, de verdad, mira cómo vamos. Estamos hechos un asco. Necesito otra ducha y descansar un rato.

Luis sonríe.

—Pues eso. Subo, nos duchamos, descansamos, y…

Con movimientos suaves, intenta atraerla hacia sí, pero ella se escurre como una anguila y se planta ante la puerta cuya apertura, sólo unas horas antes, lo puso a salvo de aquellos salvajes.

—En serio. Ha estado muy bien, pero Tere debe estar a punto de llegar, si no lo ha hecho ya —mira hacia la ventana del comedor, de donde cuelgan dos tristes macetas que no hace tanto contenían dos hermosos geranios que le regaló su madre. Tere ya no está asomada. En ese momento ya ha salido de la cocina y se dirige a su habitación—, y necesito ordenar mis ideas —murmura, tan flojo que Luis no la escucha.

—¿Necesitas qué? —El joven se aferra a la mano de ella, deseando con todas sus fuerzas que Sara siga dejándose llevar por el impulso animal. «Tú lo deseas tanto como yo, y sin embargo hay algo que consigue que te resistas», piensa, mirándola a los ojos con toda la intensidad de que es capaz.

Antes de contestar, Sara recupera su mano y se cruza de brazos. Empieza a mirar a un lado y a otro con nerviosismo creciente —«Vaya pintas, estamos dando el espectáculo», interviene su parte racional, contribuyendo a incrementar su incomodidad—, se muerde la parte interior de los labios y mueve los pies, inquietos. Ahora ya no le da igual que sus sandalias estén empapadas.

—Pues eso, una ducha, y tú también. —De repente se le ilumina la bombilla—. No puedes ir con esa ropa toda la tarde, vas a coger una pulmonía. Mira, si te parece nos damos un rato para arreglarnos y luego quedamos para tapear algo.

A Luis le suena un poco a estrategia para librarse de él y empieza a mosquearse. «¿Qué más da Tere y la ropa mojada? ¿Tú crees que estoy pensando en mi ropa? Si lo que quiero es quitármela y quitártela a ti, y tú también lo quieres… Al menos hace cinco minutos lo querías». Pero nada de eso sale de su boca. Sabe que lo único que puede hacer es aceptar la situación y confiar en que la propuesta siga en pie cuando el sol decida retirarse a descansar.

En la mano derecha de Sara ha aparecido un juego de llaves, y sin que él haya tenido conciencia de ello, se ha ido acercando tanto a la puerta que ya está apoyada contra ella. Sólo espera el trámite de la aceptación de él para abrir y desaparecer en el interior.

—Vale, nos vemos luego.

Sara asiente con la cabeza y un atisbo de sonrisa, pero no repara en la expresión resignada de él. Ya ha abierto, y cuando la puerta vuelve a cerrarse, Luis sigue ahí, preguntándose con qué parte de lo vivido durante las tres últimas horas debe quedarse, incapaz de discernir qué Sara es la real. «Las dos lo son, y no debe ser nada fácil que convivan en una misma persona», concluye, mientras comienza a alejarse, con andar cansino, rumbo a la pensión.

—Me ducho y me bajo a donde Aiman. Necesito unas bravas y una cerveza para pensar con más claridad. —Se detiene un instante y levanta la vista hacia el cielo—. Por lo menos, parece que el calor nos da algo de tregua.

Retoma la marcha y echa mano a un cigarrillo.

Continuará…

Fitónimo


Evónimo_en_Montevideo

Cerca de la orilla de un río epónimo
un prolijo jardinero recortaba un seto;
dicen que, al tratarse de un evónimo,
recortarlo significa un gran reto.

Al acercarse un otoño sin antónimo,
los jardines se mustian en concreto;
pero el último calor, un poco anónimo,
nos obsequia este color tan discreto.


Foto de un ejemplar de evónimo (Euonymus japonica) en un jardín uruguayo.
El río Uruguay es un típico caso de epónimo geográfico.

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La muerte de un suspiro


¿Qué es un suspiro? Es cuando el alma se emociona y al sobresaltarse obliga a los pulmones a una inhalación fuerte y prolongada seguida de una exhalación, acompañada muchas veces de un gemido leve. Los mortales suspiran desde que se le implantaron los genes de la imaginación. Los investigadores afirman que el ser humano suspira un promedio de quince veces al día. No hay ningún estudio que sustente la falacia de que las mujeres suspiran tres veces más que los hombres. El machista es el que estúpidamente afirma que el suspirar es una señal de debilidad femenina.

Detrás de cada emoción fuerte positiva o negativa hay un suspiro. Los diálogos que establecemos con nuestros suspiros son importantes. Cuando los suspiros son generados por malos pensamientos como el rencor, la codicia, la envidia, la burla, la traición y el coraje debemos detenerlos. Hay que sustituirlos por suspiros positivos.

Los suspiros de nuestros seres fantásticos se generan de sentimientos tales como el amor, el agradecimiento, la bondad, la amistad, el perdón, la caridad, el respeto y la misericordia. Pero no solo de suspiros vive el hombre ni la mujer. Detrás de cada suspiro positivo hay un mensaje, una orden del más allá, del mundo onírico de nuestros padres unicornios. De su hija la imaginación que tanto luchó para que hoy celebremos nuestra capacidad infinita de soñar con libertad. Cada suspiro debe transformarse en acción, solo así la magia jamás abandonará nuestros corazones.

Por eso estoy aquí. Frente a ustedes como un suspiro más dentro de este mundo maravilloso de artistas. Entro a salto al reverso, sin permiso, quizás por última vez, para que mis suspiros jueguen con los tuyos ante de mi anunciada muerte.

Contemplación

Contemplación


Me toco los ojos


Me toco los ojos.
Ellos son conscientes de mí,
pero no de lo que ven,
ni de la fuerza empleada
por ese sentimiento purpúreo
al salir,
a través,
de ellos.
Me toco los ojos.
Mis dedos le contagian
una palpitación abismal.
Provocando un compás
diferente a mi corazón.
Estoy escuchando
cómo calla la madrugada
y cómo ese silencio es sábana
de estos dos faros míos.
Ambos están lejos
del mar
—y de la tierra.
Me toco los ojos
y el sueño
vuelve
a mí.

Por un beso


La lluvia caía sobre el barrio marginal con la suficiente fuerza para lavar la miseria de las casuchas y de los que sobrevivían en ellas. Pequeños arroyos arrastraban consigo mugre y basura, mas la pobreza se aferraba con todas las uñas: ni tempestades ni terremotos habían podido sacudirla de esas tierras. Esta laceria involuntaria aquejaba a este creciente grupo desde muchas generaciones atrás, dejando nada más valores inmateriales: algunos arraigados, otros desvaídos por el tiempo y violados por la precariedad.

Sonia corría de un lado a otro para centrar cubetas, botes y cacharros que recolectarían los hilillos de agua que escurrían del techo de lámina, antes de que el piso interior de la chabola se convirtiera en un lodazal. Tenía los pies descalzos y entumidos. Cuando termino su labor de prevención, de un salto subió a la improvisada cama y de inmediato se cubrió con la cobija. Aunque el raído cobertor apestara a una fétida mezcla de baba, orines de su hermano, sudor y a muchos sueños transferidos al tejido, ella se sentía segura y reconfortada.

Mientras escuchaban el desordenado chapoteo que emitía la caída de agua, Sonia y su hermano, siempre platicaban antes de dormir:

—Hugo, si pudieras irte de aquí ¿a dónde irías? ¿Qué harías? —dijo Sonia.

—¡Cállate! Va a venir a pegarnos mi papá si nos oye —contestó en un murmuro Hugo.

—¡Dime! —insistió Sonia.

—Pues… buscaría un buen trabajo… así podría llevarle flores a mi mamá los domingos.

Guardaron silencio durante un rato, por encima de la lluvia se escuchaban los ronquidos animales de su papá que eran más soportables que los gemidos ahogados de doña Amparo que a veces se quedaba a dormir con él. Mientras estaban callados, Sonia imaginaba cómo sería tener una fiesta de quince. Un vestido de color pastel, elegantes chambelanes y un alegre vals. Su imaginación vagaba por los pasillos de una escuela con cuadernos nuevos, clases y profesores o practicando algún deporte. Tener amigas y un novio. Volteó a mirar a la mesa sostenida por ladrillos, ahí estaban las cajillas de goma de mascar que la anclaban a la realidad.

—¿Qué darías por que tu vida cambiara? —dijo mientras con un pie sacudía a Hugo por si ya se hubiese quedado dormido.

—¡Ya déjame dormir! ¿Qué no ves que no tenemos nada? Ya duérmete que mañana hay que ir a vender.

Y como cada noche antes de dormir, Sonia luchaba contra los demonios que la sujetaban a su existencia:

—No tenemos nada, eso es muy cierto. Yo daría todo eso que siento dentro de mí, lo que me pasa cuando veo a una pareja que se toma de la mano o se abrazan en las bancas de los parques. Esas cosas me hacen sentir emocionada —dijo intentando una sonrisa—. No tengo nada que dar a cambio, pero entregaría todo lo que soy… ¡Ay, no sé cómo decirlo! Daría todo por un beso.

Hugo se quitó la cobija de la cara para ver a Sonia; no sabía nada sobre el defecto congénito de ella, solo recordaba que una vez que hubo una campaña de vacunación en aquella ciudad perdida, escuchó a una enfermera decir que Sonia tenía un defecto orofacial. Sabía que ningún chico se fijaba en ella por eso. Iba a decirle algo cuando escuchó un rugido:

—¡Pinche coneja, si no te callas y te duermes te voy a romper tu madre!

Sonia se tapaba la carita y dejaba los tejidos de la cobija impregnados de silenciosos sueños.

Remesas


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«America-Mexico border elections», obtenida en Pixabay (CC BY).

Rosa llegó a California como tantos inmigrantes: llenita de sueños. Estaba segura de que si trabajaba lo suficiente podría conseguir el famoso sueño americano. Primero empezó trabajando en los campos bajo un sol que no se condolía de su delicada piel. A pesar de que usaba camisas de mangas largas y un sombrero, el calor la abatía, sobre todo en los días del mes en que su feminidad se expresaba. Tan pronto tuvo la oportunidad, consiguió un trabajo limpiando casas. Por lo menos, allí había aire acondicionado central y algunas de las señoras a las que les servía la trataban dignamente. Otras en cambio, la trataban como esclava y la insultaban por su procedencia. Rosa se daba cuenta de que a pesar de esos tratos estaba mejor en las casas de familia que en la inmensidad infernal del campo. Se acostumbró a ignorar los agravios dando gracias a Dios por la comodidad de este trabajo. Todo iba bien hasta que conoció a Clark, el hijo rico de una de sus patronas.

Clark era un bueno para nada. Conducía un carro deportivo último modelo que su padre le había regalado por el mero hecho de existir. Rosa lavaba sus ropas escondiéndose para pegar su nariz en ellas, excitándose con el olor de su perfume caro. Él la miraba como si ella fuera un animal exótico y lo provocaba mirarla haciendo los quehaceres. Sus trenzas largas color azabache, colgaban sobre sus blancos y generosos senos. El joven enloquecía de deseos de poseerla. Nada parecido al amor. Era solamente simple y llana lujuria. Como todos los hombres sabía que para conseguir que una mujer respondiera voluntariamente a los avances amorosos debía calentarle el oído. Y eso hizo. La envolvió con palabras de amor y sencillos regalos con los que ella se mostraba más que dispuesta a acceder a sus requerimientos.

Rosa era virgen cuando sucumbió. Se sentía en el quinto paraíso en sus brazos. No pensó un segundo en las consecuencias. Cuando desapareció su regla se dio cuenta enseguida de que estaba embarazada.

—Clark, vamos a tener un hijo —anunció al joven soberbio.

—¿Vamos? —respondió con una hipócrita sonrisa.

—Sí… Sabes que era virgen cuando estuvimos juntos.

—No, no lo sé… Además, quién te va a creer —dijo amenazante—. Si dices algo mis padres llamarán a la migra.

—Entonces te pido por favor que no digas nada —contestó Rosa que se dio cuenta enseguida de que estaba sola. Callaría hasta que su vientre se notara. Trabajaría mucho para acumular dinero para cuando la corrieran de las casas. Durante los meses subsiguientes vestía ropas anchas para ocultar su estado. No se le notaba nada hasta casi los ocho meses. Algunas patronas la echaron, otras, le permitieron trabajar hasta el último momento. Rosa fue preparando poco a poco un cuartito en el sur de la ciudad con lo necesario para su hijo. La renta era baja y tenía suficiente para tres semanas luego del parto. La consolaba saber que el niño sería ciudadano americano con todos derechos.

Cuando nació la criatura una conocida le dijo que debía ir a la corte a reclamar que el padre lo reconociera y pagara por su manutención, pero Rosa tenía miedo. Si Clark decía que ella estaba ilegalmente en el país seguramente la enviarían de vuelta al suyo. No era esa la vida que quería darle a su hijo, por eso calló y tan pronto pudo comenzó a trabajar de nuevo, todavía con más ahínco. Algunas de las patronas no la dejaron regresar, pero otras la recibieron con alegría. No habían conseguido a nadie que les dejara las casas más inmaculadas y además cocinara tan rico como Rosa.

Poco tiempo después conoció a Sebastián el jardinero. También era indocumentado. Enseguida él se enamoró sinceramente de ella y le ofreció casarse. No les era posible conseguir un matrimonio legal por su estatus migratorio, pero el sacerdote les dio su bendición. Así comenzaron su vida juntos, siguiendo los mismos sueños que le habían llevado a cruzar la peligrosa frontera. Recibieron dos hijas. Trabajaban sin cesar. Parecía que habían logrado lo que esperaban, hasta que una redada de inmigración acabó con todo. Sebastián fue deportado luego de un trámite legal que nunca llegó a comprender. Nunca se volvió a saber de él. Rosa se quedó sola con tres hijos sin el apoyo del marido. Era cuestión de tiempo que también la deportaran, pero no podía ponerse a pensar en ello. Tenía que trabajar muy duro para mantenerlos. Olvidándose de sus necesidades como mujer, se dedicó en cuerpo y alma a sus hijos. Limpiando casas, lavando ropa, planchando, cocinando para otros. Nunca era lo suficiente, pero se las iba arreglando. Los niños crecían rápido y no tenía más remedio que comprarles ropas de segunda mano. Comían en la escuela, donde estaban casi todo el día. Luego se quedaban en el apartamento con las puertas cerradas por si inmigración venía a buscar a Rosa.

Juan, el mayor, se cansó de estar encerrado. Quería como todos los muchachos de su edad andar por las calles. Pronto fue presa fácil de los narcotraficantes que le ofrecieron dinero para que transportara drogas. Era un trabajo fácil y le daba dinero para andar vestido dignamente y no como un payaso con ropas pasadas de moda. María Isabel, la segunda, se hizo novia del muchacho más popular de la escuela. Elizabeth, la menor, andaba para arriba y para abajo con un ganguero. Rosa nada sabía de lo que pasaba con sus hijos hasta que detuvieron a Juan.

—¿Pero mi’jo, qué has hecho? —preguntó Rosa destruida.

—Es que estoy cansado de vivir encerrado, de ponerme ropa barata, de estar solo, madre —respondió el estúpido muchacho.

 —¿No te das cuenta del ejemplo que le das a tus hermanas?

—Si estuvieras más en la casa te darías cuenta en que andan ellas también.

—¿De qué hablas?

—María Isabel anda con un muchacho de la escuela, pero Elizabeth anda con un ganguero peligroso

—¡Ay, madre mía! ¿Pero cuándo pasó esto?

—Mientras estabas fuera de la casa.

—¡Estaba trabajando! ¿Cómo me han hecho esto? —dijo mientras lloraba amargamente.

Salió de la cárcel juvenil de prisa, por temor a encontrarse con un agente de inmigración. Ahora parecían estar en todas partes. Se fue directo a la casa para hablar con sus dos hijas. Estaba tan molesta que cacheteó a Elizabeth y le prohibió terminantemente seguir viéndose con el ganguero. Luego tuvo que irse a trabajar.

—Me voy de la casa —anunció Elizabeth a su hermana.

—No puedes hacer eso —contestó la hermana—. Romperás el corazón de mamá.

De nada sirvieron las súplicas de María Isabel. El ganguero vino a buscarla y ella se fue con solo un bolso de ropa. Total, esa era pura ropa vieja, él le compraría cosas nuevas, le había prometido. Cuando Rosa llegó, su hija le contó que su hermana se había ido.

—Pero ¿cómo si ella es menor de edad? —dijo llevándose las manos a la cabeza.

—Habrá que llamar a la Policía —aconsejó María Isabel.

—No puedo… me llevarán y ustedes se quedarán solos.

—¡Madre! También tenemos derechos.

—Ustedes sí, pero yo no. Me llevarán como a su papá.

Poco después Elizabeth falleció en un ajuste de cuentas de las gangas. Juan fue condenado a diez años de prisión por transportar y vender sustancias controladas. Los sueños de Rosa estaban aplastados. Un mal día volviendo de su empleo, un policía le preguntó por sus papeles. Rosa trató de correr inútilmente. Fue apresada y llevada a la cárcel para ser deportada. De nada sirvió que los medios de comunicación hablaran de su caso, de la injusticia que se cometía contra esta mujer que se había dedicado a trabajar por más de veinte años. «No es una criminal, solo vino a mejorar su vida», repetían en la prensa, radio y televisión. Todo fue inútil. En un transporte por carretera, la devolvieron a Tijuana sin más.

María Isabel continuó sus estudios y se graduó. Se casó con el novio que tenía desde que estaba en la escuela. Ambos se dedicaron a liderar un movimiento pro derechos humanos de los inmigrantes.  Al menos el sueño de Rosa funcionó para ella. La buena hija cada semana le enviaba una remesa para que pudiera vivir en México sin carencias.

Hasta que el presidente de los Estados Unidos confiscó todas las remesas para construir el maldito muro.