Pacto con el diablo


Fotografía: Jesús Farrera

¿Pacto con el diablo? Sí, quizás sí, pero, ¿quién es ese diablo que posee mi alma ahora? ¿qué tan grande podré ser? ¿por qué yo, que he vivido en el fracaso encontré este atajo de las maravillas?

En retrospectiva, siempre fui el más vulgar de los vulgares, el más común de mis hermanos y el más insípido de mis amigos. Nunca tuve un logro presumible y ni mi cabello ni mis ropajes han sido presas de elogios. 

Estudié una carrera genérica, vivo en una casa prestada y no trabajo en cumplir los grandes sueños que todos los hombres tienen. Todos menos yo. Yo solo quiero que termine el día y, si no hay suerte, repetir otro día más.

Así que me pregunto; ¿Cómo podré ser ese hombre tan grande que el diablo me propone ser?

Entonces, aquí estoy, sentado en una vieja banca, con un pastelillo sabor a mierda, que me promete sueños que jamás he soñado y premios que nunca quise tener.

Por otro lado, si es el diablo que conozco, del que he escuchado tantas veces hablar en las misas, esto podría ser una trampa. Un veneno y un escape hacia una muerte inminente… Una salida.

Matar o vivir. Morir o crecer.

Está decidido. Si muero hoy, agradezcanle al diablo, quien me tuvo piedad a cambio de una miserable alma. Si crezco y soy el más grande de los grandes, ya me encargaré yo de vivir como un diablillo en sábado de gloria, hasta que llegue la muerte y se lleve consigo mi último aliento. Si eso pasa, ya veré si reclamar al diablo por dejarme vivir o agradecerle la nueva vida que me dió.

En busca de la espada Vergroten, la conquistadora de mundos


Dicen que el mismísimo Rasputín conquistó varios pueblos para agrandar el imperio ruso con aquella espada. Cuentan las leyendas que en cada mundo existe una Vergroten y que cada macho alfa que la toma se vuelve rey y domina el mundo y a todos los mundos a su alrededor.

Vergroten vectorit, que significa «la espada que se agranda».

Para Aergon esto era totalmente irrelevante y una historia olvidada, hasta que la reina roja dictó la orden «Conejo azul». Los jueces y los generales de Aergon quedaron perplejos al recibir el edicto.

—¡No podemos hacer eso! Somos una civilización bastante avanzada como para hacer algo así —replicó Balzak Dragonheart ante la orden—. Por fin vivimos en paz con los otros mundos, y además se necesitan de recursos y armas que no tenemos para tal tarea, armas muy básicas que serían un total desperdicio en fabricar solo para tal misión.

—¡Arréglenselas! Tómense el tiempo y los recursos que necesiten. Ahora que tienen energía infinita gracias a mi magnetismo supremo, podrán hacerlo —finalizó la reina roja su orden y se marchó.

—Sé de un arma capaz de resolver lo que la reina quiere —Se levantó el juez principal de Solaris, quien estaba presente también—. Aunque eso ponga en riesgo su propio reinado.

—¡Eso es lo que digo! —le respondió Balzak— Pondría en peligro nuestra existencia, este mundo se contaminaría.

—No necesariamente, como bien dices, somos una civilización bastante avanzada. Su reinado caería, pero nuestro mundo no —respondió tranquilo el anciano juez.

—Entonces, ¿sugieres que es posible obedecer la orden?

—En efecto, podríamos intentarlo y tomarnos el tiempo que necesitemos como la reina ordenó. Podremos mantener la paz mientras obedecemos la orden.

—Pero no es tan fácil, el armamento que necesitaríamos…

—Te dije que existe un arma que supliría todas las necesidades para esa misión, jovencito. —interrumpió el juez la preocupación de un muy mayor y experimentado Balzak Dragonheart.

Por la controversia de la orden, el general Balzak Dragonheart declaró «Conejo azul» como clasificada y secreta, por lo que no sería comentada ni explicada a nadie, ni siquiera en este texto. Empezarían cumpliendo dicha orden fabricando el armamento para la misión, pero en su lugar buscarían el arma que el anciano juez de Solaris dijo que resolvería sus problemas.

Luego de esa fatídica reunión, Bardiel y Balzak viajarían con el juez hasta Solaris para documentarse en la gran biblioteca de esa ciudad sobre el asunto del arma legendaria y luego planificar los siguientes pasos para esa misión.

Ya en la gran biblioteca, con libros y documentos en mano, el juez demostró la existencia de Vergroten, una espada legendaria de la que no se había hablado jamás en todo Aergon. Las leyendas descritas en los libros indicaban que todos los mundos y sus civilizaciones poseían un ejemplar de la espada, pero que quien la tome se volvería rey del mundo y estaría obligado a conquistar otros mundos; lo cual suena bien para alguien con ambición, pero para una civilización tan avanzada como Aergon suena como una maldición, pues su forma de gobierno y armamento son tan avanzados que hay tan pocas guerras y por eso siempre viven en paz.

—¿Es esto cierto, señor juez? —preguntó Bardiel con preocupación terminando de leer uno de los libros— Quien tome dicha espada está condenado a pelear hasta su último soplo de vida, volviendo su mundo un nexo con otros y perdiendo la identidad y civilización de su mundo, convirtiéndose en un engranaje más de algo más grande y oscuro.

—Como puedes ver en los documentos, y como podrás constatar observando los otros mundos: sí, es cierto —respondió el anciano—. Pero es lo que ocurre en mundos poco avanzados cuando sus reinados inician empuñando esta espada. En cambio, en nuestro mundo, dicha espada no ha sido empuñada jamás, por lo que un guerrero experto en espadas podría lograr dominarla.

—¡Ay, no!

—Así es, niño, tú eres el elegido para empuñarla. ¿Crees tener la fuerza para dominarla y que ella no te domine a ti?

—¡Mejor yo! Soy más viejo y por lo tanto más experimentado —Se ofreció Balzak—. Además, mis poderes son los adecuados para dominar tales armas.

—Lo siento jovencito —respondió el juez a Balzak—. Bardiel parece muy joven para la encomienda, pero ustedes tienen trayectorias distintas. Tú luchaste por este mundo y lograste su armonía, por eso eres un guerrero legendario, pero solo luchaste bajo los cielos de Aergon. En cambio, Bardiel fue destinado a luchar fuera de este mundo y en eso tiene más experiencia que tú.

Los tres se quedaron en silencio al oír esto, pues era cierto. Bardiel estaba por negarse a la labor de buscar y empuñar la espada, pero ahora había caído en cuenta de toda su trayectoria y del mérito que eso acarreaba, y no sabía si sentirse emocionado o preocupado por la responsabilidad que estaba entre sus manos.

—Entonces con guerreros experimentados como nosotros, el uso de esa espada no desencadenaría todo lo que ha desencadenado en otros mundos, ¿no es así? —preguntó Balzak al juez.

—Es posible, todo depende de este pequeño héroe —respondió el juez tomando del hombro a Bardiel.

—Y… ¿Dónde está? —preguntó Bardiel.

—Tenemos que seguir leyendo, pues esta civilización evolucionó de forma diferente, y hemos avanzado por medio de otras armas y herramientas. Por eso tenemos mucha información sobre la espada Pitágoras, la espada de los Espíritus, el Arco Integral, la Máximun katana, etc., pero de la Vergroten, casi nada.

Leyendo y buscando el anciano dio con una pista. Una de las ilustraciones mostraba la espada en un bosque muy espeso, lo cual coincidieron en que sugería que la espada podría seguir en los bosques del Sur, cerca del legendario árbol de la vida.

—Tiene mucho sentido —murmuró el juez— ¡Cómo no se me ocurrió!

—No conozco el sur —dijo Balzak—, nací en Industria en el continente de Poniente y luego de la última guerra fui general de Aergon, defendí la ciudad amurallada y las tierras del norte hasta el día de hoy.

—Yo también soy de las frías tierras del norte, y conozco más Transilvania y otros mundos que a mi propio hogar —dijo Bardiel con algo de decepción.

—Podría acompañarte, sería bueno conocer el Sur. El padre de mi esposa venía de ahí, quizás sea bueno ver a su gente, espero que un industrial como yo sea bienvenido allí. —Le dijo Balzak algo emocionado.

—¿Y si están resguardando tan bien la Vergroten y al árbol de la vida que no seamos bienvenidos? —preguntó Bardiel con ligera preocupación.

—¡Averigüémoslo! —le respondió Balzak con ganas de volver a pelear por información como en sus años dorados.

—¡Creo que este primer paso está decidido! —Sonrió el juez—. Volveré a mis funciones contento y tranquilo porque los dos mejores guerreros de Aergon están a la cabeza de esto. ¡Les deseo suerte en su viaje!

El juez dio asilo al general y al campeón de Aergon ese día en Solaris para que descansarán antes de su viaje.

***

—¿Te enteraste?

—¡No me interesa!

—La reina busca deshacer todo por lo que luchaste.

—¡Te dije que no me interesa!

—Pero a mí, sí. No puedo permitir que la paz de este mundo sea destruida, ¡luego de nueve mil años de experiencia ya quiero descansar! Y este mundo ha sido perfecto para mí.

—¿Y qué harás con tu reina? ¿Lo mismo que hiciste con el rey de Solaris? ¡Ja, ja, ja!

—¿No lo harás tú?

—No, yo ya luché, y perdí. Ella me venció limpiamente y por eso es la reina.

—Muy bien, si no estás conmigo ya no importa, esos dos no saben lo que les espera en el sur…

Continuará…

Contraindicaciones


Y por una vez
encontré en el abrumador ruido
paz
tranquilidad

Sentir que incluso la rapidez
deja de confundir
porque tus pensamientos son más veloces
entender que el equilibrio no está
solo en el silencio
sino en cualquier lugar
dónde dejes de pensar

Golpes sonoros
en una mente acelerada
no duelen

Cacofonía sin pretensiones
sin palabras que escuchar
direcciones aisladas
en un corazón
con latidos mudos

Así me hallé
en un ruidoso silencio
relajado
expandido
con ganas de más
a pesar de saber que era suficiente

Me fui
no sé si porque quise
porque era suficiente
o todo lo contrario

Como dijo Hovik
las palabras
las inventó el ser humano
como la sociedad
y un eterno amor odio
reiterados ciclos antagónicos
para poder existir
hasta encontrar el equilibrio




La puerta


La Cariátide


Era finales de julio, el sol hacía brillar en ese mes mi cabeza, y las de otros compañeros de aquel viaje, con el pelo tan corto que las asemejaba al granito. Nos habíamos refugiado en una terraza de la parte vieja de la ciudad, al lado de una casa blasonada a la sombra.

La voz de mi compañero, baja y penetrante, consigue impregnar un recuerdo de ese verano. Pronunciaba perfectamente cada sílaba, porque sentía que me iba a contar la aventura de su vida. Después de un sorbo de té, deshila su aventura…

…Pensaba que nada podría sorprenderme en aquel viaje, que nada podría ya ver que mereciese la pena, una vez recorrido el norte del continente con sus ciudades antiguas, catedrales y palacios de cuento y llegado al sur de Europa. Venecia había sido la penúltima etapa. ¡Qué ciudad! Cuantas cosas evoca. Es la urbe que concentra todo la elegancia de otros siglos refinados. No vi nunca mejor juego de luces que en el interior de San Marcos, ni rayos cegadores colándose por ventanales que puedan igualarse al medio día en esa basílica.

Recordando esos destellos dentro de la basílica de la ciudad que una vez dominó todo el mar Adriático y llevo sus leones por todo el Mediterráneo oriental, las oraciones que sonaban en sus altares, me pareció escucharlos la primera vez la vi a ella, en el tren más miserable en que halla yo viajado, un tren maltrecho que nos trasladó por la costa de la entonces Yugoslavia. Al pasar con mis bultos por su vagón, se encontraba pegada a la ventana junto a los viejos cortinones que adornaban esos trenes. Al detenernos unos minutos en un lugar llamado Larisa pasé de nuevo junto a ella, pero no me atrevía nada más que a mirarla, muy fugazmente, pero lo suficiente para que la recordase al día siguiente desde una ventana de mi habitación. Observaba como desayunaba en el hotel de enfrente. Bajé con el propósito de mirarla más de cerca, igual que un pintor hubiera bajado con un caballete para hacerla un retrato. El perfil serio, adulador con los movimientos que hacía sobre la mesa. Con aire de mujer completa y a la vez perdida en otro país.

Al ser los únicos extranjeros en el lugar, fue fácil entablar una conversación. Ni siquiera hubo presentaciones para esperar a oír su voz.

Recuerdo aquellas extraña frases. «¿Sabes lo que en estos lugares se esconde?».»No». La respondí con una entonación sorprendida. «La belleza y la felicidad a unos cánones». Intenté pensar, pero se levantó y comenzamos a caminar. Al llegar al borde de la muralla que en línea recta dominando la ciudad entera, se despegó de mi lado. Andaba muy cerca del borde con su porte de primigenia griega. No sabría decirte por qué de repente me recordó a las mujeres descritas por los griegos, pero mientras el sol cincelaba su vestido negro, esponjándoselo como el mármol, y el aire la acunaba lentamente, creía estar oyendo algún arpa ancestral, una melodía que anunciaba desde las murallas de la ciudad hacía las colinas lejanas que una flota de héroes griegos llegaba desde este. Me es difícil explicártelo, oía en aquel preciso momento, acompañándola a la forma de caminar, un arpa que insinuaba una danza que bailaría alguna célebre antepasada suya en un templo.

Un poco pensando en eso, le regalé al día siguiente una caja de música que compré a un albanés en un puesto en la calle. Esa misma tarde montamos de nuevo en el tren y después de un noche sin parar nos hospedamos en una fonda del puerto del Pireo. Fue entonces cuando hice la pregunta: «¿Quién eres?». «Cambiaría mucho las cosas si te contestase». Me respondió. «Depende de la respuesta». La dije. «Nadie está contento con las respuestas que no espera. Tampoco a veces con las respuestas de siempre, dudamos de lo que queremos. Las respuestas nunca nos dejan del todo satisfechos sólo matan partes de nuestra curiosidad.»

Mi compañero hizo una pausa del relato de aquel viaje para tomar la taza, empezaba a tenerle envidia por haber visto tantas cosas, y haber tenido aventuras en la tierra de Ulises. Reanudó el relato pero lo hizo en un tono más trágico.

Por la mañana no esperaba encontrarme con aquella sorpresa. Al despertarme no encontré a nadie junto a mí. sus cosas estaban allí ordenadas, bajé corriendo con un extraño presentimiento en mi interior. Las pesadillas deben ser la antítesis de una parte de nuestra felicidad, sobre todo de los que están enamorados y no lo saben aún. La vi sentada en una mesa mientras leía. Llevaba un nuevo vestido, también negro, podía vérsela resplandecer desde el final del mismo paseo. Tenía la sensación de acercarme a una mesa iluminada por un foco, donde una maga de dedos largos y blancos estuviera leyendo exquisitos saberes. Me senté a su lado. Desde allí se abarcaba todo el puerto del Pireo. No me dijo nada, yo tampoco.

Las explicaciones a su comportamiento llegaron el último día que la vi, sentados en una playa, yo junto a esa enigmática griega de ojos claros y melena morena, y la nariz apuntando fijamente al mar. Interesada en los impulsos de las olas, desplegando esbeltas amalgamas. Acusando tal vez, duelos y daños como un jarrón de la dinastía Ming curado con hilos de oro. Condensando en el significado interior de su mirada lo que alguien guarda en un estuche durante cien años.

«Las cariátides esperan. Miran al horizonte en esos momentos únicos. Pero esperamos solas en otra época»

Fotografía cedida por: Twitter @poeta_Eva

El último tren


Imagen: Donny Jiang

Desde la muerte de Tarek había decidido tomarme la vida con más calma. Había experimentado la muerte en algunas ocasiones, dos de ellas fueron muy cercanas y a temprana edad, pero la partida de Tarek fue un hecho que me impactó hasta el punto de hacer un cambio radical en mi vida.
Dejé de fumar de la noche a la mañana, despedí a mi trabajo, me apunté a un gimnasio y vendí el coche para desplazarme en transporte público. Nunca creí que la muerte pudiera convertirse en un empujón hacia un cambio de hábitos y de rutina.

Tarek tenía 29 años cuando una fatídica mañana de abril decidió emprender su último viaje. Nadie supo por qué, se llevó ese motivo a la tumba y ahora que lo pienso, qué importa. Se fue discreto y de manera fugaz…
Nos habíamos conocido en una actividad literaria hacía apenas dos años y seguíamos compartiéndola. Con él había conocido, sin tocarla, la arena, la cultura y la escritura árabe.
Aquella mañana bajé las escaleras del metro con un ritmo inusual. Normalmente me fijaba en la frecuencia de paso del convoy para alcanzarlo, pero en esa ocasión, me dejé llevar por una especie de inercia que me decía: «Tranquila, para qué corres, nadie te espera. Tarek no estará hoy en la clase, te tomarás el café sola en el bar de siempre, quizá coincidas con algún compañero de curso y mantengas una conversación trivial. O quién sabe, quizá inicies una nueva amistad, si es así, tómalo con calma, y al café también».
Reí para mis adentros, era como escuchar a Tarek en uno de sus habituales discursos sobre el sentido trascendente de la vida, era un poeta. Quizá sí había que trascender en nuestra existencia, pero había algo claro y simple en mi manera de ver las cosas ese día: él ya no estaba y sus discursos hoy ya no me servían de nada.

Llegué al andén de la línea 5, allí acostumbra a haber poca gente a media mañana. Hasta lo agradecí. Seguía inmersa en mi nube mental y física y, de repente, un silbido me sacó de mi letargo. Acababa de llegar un tren, luego otro y hasta pasaron dos más. Un adolescente miraba entusiasmado la pantalla horaria, seguro estaba ansioso y feliz por llegar a su destino. Me fastidió esa imagen, y pasé a un estado de incómoda aceptación.

No sabía el tiempo que estaría sentada ahí, esperando quien sabe qué y pensé que no sabemos el tiempo que nos tocará estar todavía aquí. A veces lo decidimos nosotros, como Tarek, otras nos llega por sorpresa.

Me senté y observé a la gente a mi alrededor. Unos pocos se mostraban inquietos paseando de arriba abajo del andén, otros, con excesiva calma, esperaban leyendo o mandando mensajes por el móvil. Yo me mantuve en un momento de reflexión, quizá hasta decidiera dar marcha atrás y faltar a mi curso. De repente vi la luz en el túnel, se acercaba el quinto tren. La gente acumulada avanzó lo más cerca de la línea de espera para abordar rápido. Yo seguía sentada, sin la más mínima intención de reaccionar.
Cuando llegó el tren todavía me quedé observando un poco más a la pequeña multitud repartida en el andén. Sonó un fuerte pitido, se anunciaba el cierre de puertas. Salté del asiento y me precipité a la puerta. Alguien me estiró del brazo evitando así que me quedará atrapada.

—¡Gracias! —alcancé a decir.

—Oye… ¿Estás bien?

Me topé con una preciosa mirada, y además conocida. Era Marcos, compañero de curso. Un desconocido para mí hasta ese instante en que, sin saberlo, permitió que el cierre de puertas me abriera a una nueva oportunidad en mi día.

Versos con verbos de rimas imperfectas


Ilustración por Carlos Quijano

Explota tu risa, transforma mi mundo.
Respiras lo mismo, pienso profundo.
Adopto tristeza, estar siempre lejos,
invade con fuerza, asalta el deseo.
Escondo el retrato, lloro al mirarte.
Termina conmigo, prefiero callarme.
Invoco tu cuerpo, escucha la luna,
viene a dejarte escritos los versos.
Comienzan con verbos,
terminan sin nombre.
¿Esperas que calle?
Puedo no hacerlo.
Acabo el poema
y lo borro.
Apago el
espejo:
te pierdo
y me
muero.