Pliegues


Dibujo y poema de Juan Machín

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Pliegues y pliegues

eróticos, barrocos:

telas y cuerpo.

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Humo vegetante


Chimenea enredadera

Ladrillo oculto
se enamora del verde,
bulle de vida.


Ejemplar de Ficus pumila en una chimenea de ladrillo en Barra de Carrasco, Uruguay.

Un maletín marrón


Apaga la alarma del reloj, que suena a las siete en punto de la mañana, como lo ha hecho cada día durante los últimos treinta años, aún tras su reciente jubilación. Se levanta para preparar el café, mientras hojea el periódico. Lamenta que a estas alturas ya nadie lea los periódicos, por eso la mitad de lo que ocurre se escapa del conocimiento de la gente. Aunque es una realidad que parece no importar a nadie. Repasa los titulares pasando de largo todo lo relacionado con el brexit, no por falta de interés, sino porque está hasta las narices de tanta tontería con el tema. Se dirige a las páginas interiores, donde llama especialmente su atención, la noticia de un robo perpetrado a unas cuantas calles de su domicilio. El encabezado hace alusión a un «robo», no un «atraco», ni un «asalto». A pesar de la aparente nimiedad del asunto, encuentra algo inquietante en ese texto. Lee la noticia con detenimiento, pero la vaguedad de su redacción no ofrece mayores detalles acerca del modus operandi, ni del o los presuntos delincuentes. Deja un momento el periódico sobre su cama, aún sin deshacer, para quitarse las botas y ponerse las zapatillas de andar por casa. Se quita también los pantalones y la camisa manchada vaya a saber con qué, y se envuelve en la bata de dormir. Coge otra vez el periódico y engulle unas tostadas untadas con mantequilla como desayuno, aún no se explica por qué, pero siente un hambre atroz. Relee la noticia y detecta que tampoco hay datos acerca de la cuantía del botín, sólo se menciona la ausencia de un maletín marrón. Se sorprende a sí mismo por beber dos tazas de café muy cargado, para aminorar esa tremenda sensación de cansancio, como quien no ha dormido en toda la noche. Duda entre echarse en la cama o ir a la ducha. Se decanta por la segunda opción. Treinta minutos más tarde, tal vez un poco más, suena el timbre con insistencia. Detrás de la puerta alguien grita: «Policía, abra inmediatamente», y sin darle tiempo para salir de su desconcierto, se ve rodeado por cinco agentes de la Ertzaintza. Tras registrar el domicilio, dos de los agentes señalan las ropas del inculpado que han quedado en el suelo. «Una noche dura, ¿no?». No sabe si debe defenderse ante lo que supone una evidencia. «Dinos dónde has escondido el maletín». Su rostro delata cansancio, pero también desconcierto. Se resiste como puede, mientras una ertzaina lo esposa. «Pero… ¡de qué delito se me acusa, si en mi vida he robado un euro!», chilla con impotencia cuando lo sacan a trompicones de su casa. «Nadie es inocente hasta que se demuestre lo contrario», le espeta otro de los agentes ante la mirada atónita de los vecinos. Joseba K., que así se llama nuestro personaje, comienza a sentirse culpable sin saber exactamente por qué. Joseba K. se despierta en una celda oscura y húmeda, ahogado en sus lagunas mentales. Antes de ser sometido al interrogatorio, Joseba K. empieza a recordar.

Canción de cuna


Duerme sin nana,
durante el clarito de la mañana.
Reposa tus sueños,
abrazaré el conjuro de tus desvelos.
Duerme sin nana,
pistilo del alba,
alegría del cuco que canta.
Abre la puerta
al dulce encuentro,
arrullaré al cielo.
Duerme sin nana,
levanta el vuelo
como el cuco del almendro.

Historia de amor en octubre 


Conocí a la mujer más hermosa del mundo un día de octubre, cuando ella tenía veintidós años. Su nombre era Lisboa, le gustaba el sushi y decía que no soportaba el pop.

Lisboa estudiaba Comunicaciones o Mercadotecnia o una cosa de esas. La verdad, lo dejó antes de que comenzáramos a salir, y se convirtió en tema tabú entre nosotros. Teníamos un trato: yo no hablaba de mi trabajo, ella no hablaba de cómo se ganaba la vida. Y no es que fuera una chica misteriosa, pero sí era algo reservada.
Nunca fue una de esas chicas que saltan de emoción ante cualquier provocación, tampoco era muy expresiva, pero para mí era suficiente saber que me amaba y que yo la amaba.

Salimos pocos meses antes de casarnos. La boda y el embarazo nos tomaron por sorpresa. Yo estaba por cumplir treinta y siete años y sería la primera vez que sería padre. Yo no cabía en mí.

Cuando tienes treinta y siete años y te casas por primera vez, tus amigos y familiares casi no objetan la premura de una boda.

Los meses corrieron velozmente y Santiago nació en septiembre. Santiago tenía menos de veinticuatro horas de estar en este mundo y yo ya tenía planes y sueños para muchos años con él. Santiago y Lisboa eran mi vida en septiembre.

Lisboa era atea, pero no tenía ninguna objeción con mi deseo de que Santiago fuera criado en la doctrina católica y, como buenos católicos, se aproximaba la fecha de su presentación ante la Iglesia.

Una tarde, a mediados de octubre, tres días antes de que Santiago cumpliera cuarenta días de nacido, Lisboa desapareció Junto con el niño. Pensé lo peor, algo le había sucedido a mi esposa y a mi hijo. También pensé en la posibilidad del abandono, pero era casi imposible, Lisboa me amaba y yo a ella.

La noche de ese día se convirtió en la peor noche de mi vida hasta ese momento. Solamente pudo ser superada cuando, tres noches después, a las afueras del pueblo, una redada policíaca había detenido a veintisiete personas mientras practicaban rituales satánicos en el que, entre velas negras y huesos de animales, acababan de sacrificar a un infante de cuarenta días, hijo de una de las integrantes llamada Lisboa N.

Vejez


En los ojos de los ancianos

veo morir días, veo morir risa,

irse la felicidad por los pasillos.

Ya no tienen suficientes remos

para cruzar sin llorar, dignos,

sin muletas o dolores,

los ríos que los separan,

de aquellos parques de alegría,

de calles sin obstáculos ni indiferencia

de músculos tensos y proezas de memoria,

de aquellos días llenos de otras cosas.

Luzia (2 de septiembre no se olvida)


A propósito del incendio del Museo Nacional de Brasil, que ocurrió hace un año y un mes, en la ciudad de Río de Janeiro.

 

Los automóviles no paran.
Hay transeúntes distraídos en todos lados.
La música de la cafetería es tenue.
Miro el reloj por séptima vez.
Te extraño desde septiembre.

Luzia se fue, se fue para siempre.
En un vestido de flores rojas y luciérnagas,
y junto a ella, recuerdos de imperios,
canciones de cuna y constelaciones.

Luzia se ha ido y jamás
su vocecita sudamericana cantará en mi oído.
Se fueron sus ojitos vacíos que no miraban
y sus labios que no sabían más que a tierra.