Nocturno de escritora


Escribo.

En esta noche cerrada a las musas, la locura me protege, es mi fiel compañera, la soberana.  La tinta sangra para que no se detengan las palabras; el alma se envenena cuando no se derrama.

Escribo.

No enmudezco esta voz, escapo de una muerte lenta y agónica que se bebe mi sed. Mi espíritu es una pluma al vuelo, que me desafía, me delata. Hoy escupe lo que soy y  me ama mañana.

Escribo.

La luna inventa otra luz en este cielo mío, teñido de letras y escarcha sin flor. Yo, sin mí, estallo sobre esta hoja en blanco ansiosa de vida, de muerte y de dolor. Y en la negrura de este aire que me habita sacudo la alegría, la tristeza y el placer.

Escribo.

En medio de este silencio que lo llena todo, yo, me vacío, me entrego, me arranco esta piel y hiervo en el fuego eterno de la palabra, llama viva que alumbra y apaga un corazón abierto. Se quemará el papel,  no el sueño.

Escribo.

Soy un animal escondido en la sombra que baila en la pared. Respiro su poder, lamo mis heridas y las abro otra vez. Es tiempo de vivir para escribir, de rendirse al poema o de morir.

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Elegimos


 

Elegimos un traje,

cargamos el arma convencidos.

Todos los días lo hacemos.

Encontramos un buen puñado de excusas

– falsas –

Después la rueda de la apariencia

y el sistema operativo del ordenador,

comienza a triturar el día.

Mar o cielo


Obituario del Dr. Simón Antonio y siete pocas y pequeñas verdades liberadas


Falleció el Dr. Simón Antonio, a la edad de 76 años.
En el pasado, los médicos servían también de psicólogos, consejeros, hechiceros y oyentes que ayudaban a la gente a curar no sólo el cuerpo. Pues eso es lo que era el Dr. Simón para este pueblo.
Él era un médico chapado a la antigua, muy educado y muy querido por todos. Siempre daba los buenos días y nunca faltaba ni llegaba tarde a su consultorio.
Hoy por la mañana, su esposa me entregó un sobre sellado con varias notas que ni ella había leído.
El sobre color amarillo dictaba que debía ser entregado a mi persona al día siguiente de su muerte. El sobre decía:
“Si estoy muerto, favor de entregar este sobre a Leonardo Covarrubias.”

Un sobre común y corriente por fuera, pero sorprendente por lo que contenía.

A Leonardo Covarrubias.
Presente.

Querido Sr. Covarrubias, antes que nada espero ya haya dejado el maldito vicio del cigarrillo, que nada le aporta a su vida.
¿Notó usted la palabra “maldito” en mi saludo? ¿Sí lo notó? La verdad, espero que sí, pues así le será más fácil entender el motivo por el cual le he encargado este favor.
Durante años he soportado las quejas y llantos de mis pacientes y, juro por Dios, que les he tratado de ayudar con todo mi corazón. Mi ayuda siempre ha sido de buena fe, pero eso no quiere decir que no me canse. Por eso, le pido exponga la siguiente lista donde he numerado datos que he reunido este último año de consultas y que, con ayuda de usted, liberarán algunas pocas verdades que han estado encerradas en los rincones menos decorosos de mi mente.
¿Qué por qué recurro a usted? Simple, debido a su oficio estoy seguro que jamás juzgaría a un muerto.
No tengo más que agradecerle Sr. Covarrubias, espero la muerte no venga pronto por usted, aunque en lo que viene a este plano, yo le cuidaré su lugar.

Importándome un comino lo que le pasé al mundo porque ya me fui:

Dr. Simón Antonio.

…..

Descanse en paz, Dr. Simón Antonio, quien en vida fuera querido por todos, pero en su interior era un poco insolente.

 

 

Antes de leer la lista, siéntase responsable de la información que a continuación poseerá. De igual forma, la liberación de esta información es meramente culpa del Dr. Simón Antonio y de mi deber periodístico.

 

 

Anexo:

pocas y pequeñas verdades liberadas:

  1. El Sr. Conrado  tiene cáncer. Vayan a visitarlo, él no quería que su familia lo supiera.
  2. El joven Juan Jiménez inició el incendio de la papelería esperanza. Lo sé porque presentó quemaduras al día siguiente en mi consultorio.
  3. La yerba que fuma Felipe, era muy mala. Yo le ofrecí conseguirle de mejor calidad pero no quiso. (Nota: Felipe ya está muerto)
  4. Sandra es infiel a Marco con Lourdes, la mesera de la cocina económica que está atrás de la parroquia.
  5. El hijo de doña Rafaela se acuesta con, por lo menos, cinco mujeres casadas. Cuidado maridos.
  6. Doña Clemente infectó al anterior cura de este pueblo. Los pecados no se perdonan si se confiesa con el compinche.
  7. Posiblemente la panadería Santa Clara tenga alguno de sus procesos contaminados. Cada mes llegan por lo menos seis personas con infección estomacal gracias a ellos.

 

 

Jorōgumo


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«Jorō Spider», por Pamsai (CC BY-SA 2.0)

El alquimista marino gustaba de involucrarse en luchas clandestinas con el fin de medirse físicamente contra oponentes fuertes. Además, como cazador de rituales de vudú que era, ese tipo de lugares siempre le servía para obtener pistas que usualmente lo llevaban a capturar a ciertos practicantes de vudú de bajo rango.

El alquimista conoció una vez a un luchador de artes marciales que se hacía llamar Jorōgumo. Este luchador tenía la fama de excéntrico debido a su vestimenta; ropa muy holgada, capucha y máscara. Era considerado invencible y casi siempre se cobraba mucho dinero por verlo pelear, debido a que su fama de invicto hacía imposible realizar apuestas rentables.

El alquimista marino no dudó en retar a Jorōgumo a una pelea. Esta vez sí se realizaron apuestas. El alquimista marino era conocido por ganar cada encuentro al que se había presentado. Las apuestas estaban divididas. Sin embargo, casi todos los espectadores esperaban que Jorōgumo ganara la pelea.

Al momento del encuentro, El alquimista marino percibió en Jorōgumo la sed de sangre propia de un practicante de vudú. No dudó en luchar usando su aura para intensificar las capacidades de su cuerpo. Para sorpresa del público, El alquimista marino no solo pudo seguirle el ritmo a Jorōgumo y asestarle algunos golpes, hazaña que nadie había logrado hasta ese momento, sino que además logró quitarle la capucha y la máscara. De esta manera, expuso que detrás de la identidad de Jorōgumo se encontraba una mujer. Ella, sintiendo manchado su honor, renunció a la pelea. Y, antes de huir a toda velocidad, recitó un conjuro sobre El alquimista marino.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El conjuro lanzado por Jorōgumo era un sutil comando de Mahou que permitía al usuario ubicar en tiempo real la posición de su víctima. Jorōgumo había entrenado durante varios años mientras estudiaba el errático patrón de ubicación de El alquimista marino. Finalmente, sintiéndose completamente lista, persiguió y encontró al alquimista. Lo desafió a una pelea.

Esta vez su forma de vestir era muy diferente. Dejaba ver su rostro, usaba ceñidas ropas negras y una bandana con una piedra negra cúbica incrustada en su nudo. Además, su estilo de combate había cambiado dramáticamente. El alquimista marino, de inmediato, percibió que la sed de sangre que provenía de aquella mujer no era para nada algo normal. Nunca había escuchado de un entrenamiento u objeto que fuera capaz de amplificar a ese grado los poderes de un practicante de vudú.

Jorōgumo no le dio mucho tiempo al alquimista como para analizar la situación. Empezó a arremeter con rápidos puñetazos con el fin de hacerle perder la concentración. Sin embargo, El alquimista marino era un hábil pugilista y esquivaba con destreza los ataques de su adversaria. Mientras esquivaba, logró percibir una extraña energía procedente de la piedra negra de la bandana. Intentó arrebatársela a la fuerza, pero ella frustraba sus intentos a una velocidad sobrehumana. El alquimista marino usó su aura al máximo para potenciar su velocidad y logró acorralar a Jorōgumo.

—¡Dime qué demonios tiene esta bandana! —exigió El alquimista marino, mientras levantaba y ahorcaba a su adversaria con una mano y le quitaba la bandana con la otra.

Jorōgumo, viéndose en un aprieto, recitó un conjuro y materializó una katana en su mano. Gracias al factor sorpresa, y a un rápido movimiento, logró quitarle la bandana a su oponente. El alquimista marino dio un rápido salto hacia atrás, para evitar ser cortado, y sacó una piedra roja de su bolsillo.

—¡Yo también puedo hacer trucos, Jorōgumo! —dijo El alquimista marino, mientras sacaba una cimitarra desde dentro de su piedra filosofal.

La pelea a puño limpio se convirtió en un duelo de espadas. El alquimista marino decidió terminar la pelea con un solo movimiento. Usando la que era su técnica más poderosa hasta el momento, colocó su piedra filosofal en su espada para infundirle masivas cantidades de aura. Esto aumentaba, por mucho, el rango y poder de corte del arma. Y, con un brusco movimiento de dos manos, desató una ráfaga cortante de aura con la que derrotó a Jorōgumo, provocándole heridas muy graves que incluían quemaduras en varias partes de su cuerpo y la pérdida de un brazo y un ojo.

—Me llevaré esto para estudiarlo con detenimiento —dijo El alquimista marino, recogiendo la bandana.

Jorōgumo, usando su último recurso, convirtió su cuerpo en humo y desapareció del lugar antes de ser rematada por el alquimista.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El alquimista marino no lo sabía, pero seguía bajo el efecto del conjuro de rastreo de Jorōgumo quien lo encontró y emboscó durante uno de sus viajes. No esperaba un ataque de alguien a quien creía lisiada y sin la capacidad representar peligro alguno.

—¿Quién diablos eres y qué quieres de mi? —gruñó El alquimista marino.

—¿No me recuerdas, alquimista? —dijo Jorōgumo, mientras se quitaba la capucha con lo que parecía ser una gran pata de araña, dejando ver un deformado rostro con un parche.

El alquimista marino percibió una sed de sangre mucho mayor que la del último encuentro. Era evidente que las capacidades físicas de su adversaria habían aumentado considerablemente. Jorōgumo no perdió tiempo y conjuró su katana. La impregnó con una niebla negra que aumentaba su alcance y poder de corte. Una técnica muy parecida a la que El alquimista marino usaba con su cimitarra.

El alquimista respondió con su propia técnica. Parecía como si de su espada fluyeran flamas rojas, mientras que la katana estaba envuelta en unas extrañas llamas negras. Ambos sabían que, si recibían un ataque de su oponente, serían fulminados por la energía de su espada; por lo que la pelea se llevaba a cabo a mucha velocidad pero a la vez con mucha cautela.

Jorōgumo quería terminar el encuentro pronto. Dio un gran salto hacia atrás y empezó a recitar un conjuro. Inmediatamente después, se quitó las prendas de vestir superiores dejando al descubierto un torso lleno de quemaduras. A cada costado tenía incrustadas dos piedras cúbicas.

—En este momento cobraré venganza por mi honor, alquimista —dijo Jorōgumo, muy segura de sí misma.

El alquimista marino se sentía paralizado. No lo percibió a tiempo pero, al chocar espadas con Jorōgumo, había inhalado un poco del humo negro que manaba de su katana.

Jorōgumo seguía recitando su conjuro hasta completarlo. De repente, se deshizo el conjuro que materializaba su katana y las piedras negras de su torso desaparecieron a la vista. Lentamente, la practicante de vudú caminó hacia El alquimista marino que activó la trampa que tenía preparada.

Su piedra filosofal, conocida como La concha marina, estaba suspendida en el aire y empezó a lanzar potentes ráfagas de energía que eran desviadas en cuanto se acercaban a Jorōgumo, aparentemente sin que esta hiciera esfuerzo alguno.

El alquimista marino estaba sorprendido, pero no había perdido la calma. Pese a ello antes de que se le ocurriera algo para salir de la parálisis, Jorōgumo se acercó y le dio un abrazo.

—¿Qué diablos haces? —balbuceó el paralizado alquimista.

—¡Este es El abrazo de la araña! —gritó con demencia Jorōgumo.

Era muy tarde para que El alquimista marino los percibiera, pero cuatro brazos invisibles salían del torso de Jorōgumo. Dos a cada costado, justo donde estaban incrustadas las piedras negras. Cada uno de ellos blandía katanas invisibles impregnadas con sed de sangre. Usando dichas armas había desviado las ráfagas de su piedra filosofal. Y esas mismas armas invisibles lo apuñalaron en tajo cruzado en el tórax.

El alquimista marino no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando pudo percatarse, estaba desangrándose, tendido en el suelo y perdiendo la conciencia. La concha marina, estaba programada para un evento de esa magnitud. Por lo que, al entrar en shock, una runa en forma de ojo brilló en la frente de El alquimista marino al mismo tiempo que brillaba una idéntica dentro de su piedra filosofal.

—Activando modo de emergencia —dijo La concha marina.

Inmediatamente, una barrera de energía impidió que Jorōgumo rematara al alquimista malherido. Eso le dio tiempo a la piedra para transportarlo a su interior y huir a un lugar seguro, convirtiéndose en lo que parecía una bengala roja que huía a toda velocidad. Jorōgumo no logró consumar su venganza.

Atónita por la forma en que escapó su adversario, se quedó con la satisfacción de saberse lo suficientemente hábil como para lastimar gravemente el cuerpo del alquimista que la había desfigurado y mutilado. Mientras tanto, los mecanismos internos de La concha marina, creados para regenerar el cuerpo del alquimista en caso de daño crítico, realizaban labores médicas de emergencia a toda velocidad con el objetivo de salvarle la vida.

Serie abandono: Campo Santo

Serie abandono: Campo Santo


 

Más oscuro


De nuevo se alzan grúas,

fantasmas y ciegas prostitutas de lujo.

Blancas estatuas caen de puentes de hierro.

Qué verdad para las masas,

la vida vuelve a chillar y nos alcanza.

Pero las paredes las necesitamos tan gruesas como en Troya.

A pesar de que llegará a todos los lugares el fuego.

Fotografía de autor.