Parábola del sembrador


El dinero es una flor.
Cuando sus semillas echan raíces y se agarran a la tierra en la que habitan, siempre permanecen las más fuertes. Las más débiles perderán cuando germinen en la misma zona.
El dinero es una flor.
Hay que ser observador para ver su comportamiento social. No hay una red jerárquica marcada. Se puede saber, incluso, que una planta podría dificultar el crecimiento de otra, mientras favorece el crecimiento de una tercera. Así son las cosas. Las raíces de contactos varían el orden del mundo.
El dinero es una flor.
Hay personas que poseen en sus manos ramas de billetes perennes, parecen no caer, se mantienen frescos durante todo el año. En cambio, quienes tengan, entre sí, ramas de billetes caducos, deberán cuidarse. Encontrar el equilibrio les será difícil mientras caen billetes, de entre sus manos, con la suave brisa.
Mi fascinación por la naturaleza me ha enseñado tanto que aquí estoy, plantando billetes de cincuenta euros en el nuevo macetero de mi balcón. Lo colocaré en una esquina que le dé bien el sol. Lo regaré cada dos o tres días.
Cuando abra su flor, oleré mi fortuna.

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Geografía del deseo


Juliana

Poema y dibujo por Juan Machín (dibujo versión libre de una foto de Juliana).

 

La geografía

del deseo, tú, todas

mis fantasías.

Amarilla como la fiebre


Aproximadamente,
arriesgarme a sostener tu cabeza
es recorrer el camino
que une el aire a tu perfume.
Es fracturar el tiempo
y recogerlo gota a gota,
para introducirlo luego
como un veneno
en cicatrices
dejadas en mi piel
por el vendaval
que provoca la voz
arrojada por tus pulmones.

Aproximadamente,
hablarte es hundirme
en el inmenso color rosa
que sostienes en la boca
y exhibes ferozmente contra mí.
Un rosa destilado
de mi pánico por probarlo siempre,
tan húmedo y jugoso
sobre ese punto exacto de ti.

Y respirar es absorber
el aire blanco despedido
por los jazmines,
una noche azul y fibrosa
de agosto
que se desploma de lleno
sobre esta cama que no te incluye.
Es no suponerte pensando en mí
mientras comes, mientras respiras,
mientras duermes y das vueltas
dentro de mí.
Ni imaginarme tan atrapado
en esta conversación
abarrotada de palabras que ocultar,
ni amarilla esta fiebre
que me consume.

Blog Amenaza de derrumbe

Realidad empañada


 

—¡De verdad! ¡Yo no lo quería hacer! ¡Yo, yo, no no no no que-quería hacerlo! Yo no quería…

»Solo necesitaba que me dejaran en paz. ¡No paraban de decirme lo que tenía que hacer! ¡Estaba harto! ¡Harto!

»Y tuve que hacerlo… Os lo juro que no me quedó otra opción… No quería, no quería quitarlas de en medio. ¡Jamás les hubiera hecho daño como ellas me lo estaban haciendo a mí en vida!, pero tuve que matarlas una por una, una por una.

»Todas fueron mías. Vivían conmigo. No podía. No puedo. Lo siento. Lo siento mucho…

»Yo, yo estaba harto de sus consejos, de sus locuras, de sus idas y venidas. ¡Esas putas!

»La primera de ellas murió tan pronto…, que aún ahora me sorprendo, ¿sabe? Había sido tan mía…, tan querida…, que no sabía que podría deshacerme de ella tan fácilmente. Me hacía sentir que estaba vivo. Con ella a mi lado me sentía el rey del mundo. Era capaz de cualquier cosa, ¡cualquier cosa, joder! Todo era más brillante. Hablaba sin parar. Lloraba y reía sin ningún tipo de vergüenza. Salía a todas partes. Conocía a muchísimas personas. Dejaba que me enamorara de todo, de la vida, sin límites. El límite lo poníamos nosotros.

»Pero un día, ese maldito día…, me costó levantarme de la cama. Me empecé a encontrar mal. No tenía ganas de nada. La noche anterior, es verdad, me había peleado con un tipo por un resultado de un partido que ya no me acuerdo cuál fue.

»Sabía que se estaba alejando de mí. Lo notaba. Era como si me estuvieran arrebatando a un hijo de los brazos. Y apareció su amiga, su puta e inseparable amiga, ¡a joderme más la existencia! Mi amada debió pensar que ella me ayudaría. Y se fue y se convirtió en un recuerdo doloroso de lo que yo había sido. Y me quedé con su amiga.

»Empezó a meterse en mi cama por las noches y en mis pensamientos por el día. Hasta que nos quedamos en la cama una buena temporada. Apenas comía. Apenas me aseaba. No entendía cómo no podía sentir asco. Asco de mí mismo. Me deprimía cada vez más y más. Sus consejos eran de arena. Me tenía atado de pies y manos. No le importaba nada. Solo quería que fuera su esclavo. Y en eso me convertí. En una marioneta.

»La última, la mejor de todas ellas, a la que más quise, a la que adoré, era el término medio que tanto había buscado. Me convertí en una mejor versión de mí mismo. Tranquilo, sereno, las cosas bastante claras. Una persona normal.

»Os juro que lo intenté por todos los medios, no hacerle daño… Pero descubrí que me era infiel. Ese monstruo, que conocía de sobra, que nunca me dejó quererla como se merecía. La maté porque no quería que él la tuviera. Fue la más dolorosa…

—¿Cómo se deshizo de ellas?

—Nooo, no se lo diré hasta que me dé una maldita solución ¡ya!

—Está bien. ¿Qué pasa con él? ¿Por qué le cuesta tanto deshacerse de él si es el responsable de todo lo que le pasa?

—¡¿No se han dado cuenta aún?! ¡¿Cómo tengo que decírselo, maldito zopenco?!

»¡Yo no puedo luchar contra él! ¡Lo he intentado de mil jodidas maneras diferentes! ¡Con amor, con rabia, con desprecio, con desesperación hasta rozar la muerte!

—Pruebe entonces con esto —Deslizando sobre la mesa una caja pequeña de cartón.

—¿Qué es esto…?

—Por ahora, su último recurso para dejar de ser esclavo del miedo. Quetiapina.

—Yo, yo, yo es que no puedo más con estas cosas…

—Pruebe y ya me contará en la próxima sesión. Tranquilo, esto es como el dinero: no da la felicidad, pero ayuda.

Lava


Una pizca de furia

en el ojo de la calma

que domina nuestro huracán.

 

La bestia despierta,

conoce la clave

de la erupción fraudulenta.

En el extremo contrario al fuego

la verdad atraviesa el calor,

transforma la materia en vapor.

 

Todo mineral

animal

vegetal;

toda materia

carne

pelaje

follaje

serán pulverizados en una misma ceniza.

 

Fogata móvil

que toda intensidad absorbe,

brinda la nueva salida

a este capítulo fallido

de la civilización terrestre.

 

Gira,

gira,

¡gira!

La fortuna hecha rueda

moviliza el destino;

cada elemento de la naturaleza

es un movimiento de resurrección;

volviendo al estado cero

estamos llegando con la era del trueno.

 

Piedra

cobre

oro

hierro.

Y cuando acaben los minerales

pasaremos al plano de la luz.

 

Quizás

nos quedaremos en la flama,

aquella que alumbró una caverna

y jamás cesó su fuego en la psiquis del hombre.

El mismo que hoy día habita la tierra de los elementos,

burlándose de los espíritus,

siendo frívolo

contra todo lo que ha dejado de percibir por naturaleza.

 

¡Arde, lava!

Que el hombre se congela.

Panquecitos


Había un sofá, un televisor, un edificio, escaleras y muchos panquecitos. Cada que llegaba a casa, ella me preguntaba:

—¿Qué traes? —A lo que siempre le respondía:

—Te traigo panquecitos.

Jamás en la vida había visto a alguien tan feliz y tan atractiva con panquecitos en la boca. Comerlos era para ella todo un ritual.

Con panquecitos, ella hacía de todo: los miraba, los estudiaba, les daba vueltas, comprobaba mediante pequeños apretones la esponjosidad del pan, creaba un eclipse televisivo colocándolos entre ella y la televisión, jugaba a René Magritte y se convertía en la hija del hombre (pero con panquecitos), los hacía llover en la sala y convertía el sofá en su Golconda, se convertía en Eva a la primera mordida, y no dejaba de ser Eva hasta que no quedara rastro alguno de sus pequeños postres.

En las tardes en que el pan gobernaba la sala, todo era amor y alegría. No había pleitos ni malos entendidos y las noches terminaban en un espectáculo digno de un circo romano o de telenovela de horario estelar.

Con panquecitos, Eva era la ganadora total de todos los juegos del «Jeopardy», cantaba muy bien las rancheras, aplastaba el botón seleccionador con todos los participantes del «American Idol», reía con los programas infantiles más sosos, resolvía los más grandes problemas del mundo y, como logro máximo, me amaba locamente.

Con panquecitos, abandonaba el sofá y se sentaba sobre mí.

En ese tiempo, para ser feliz, solo me bastaba Eva con panquecitos.

Las flores engalanan los cementerios


Deja de estrujar
con todo tu aplomo
mi garganta,
de prensarla
y extraerle
todo el jugo
hasta arrancarle la última palabra.
Deja de estudiarme con tus ojos
que sostienes en alto
como guillotinas,
mientras restriegas con tu saliva
las paredes de la habitación.

Déjalo porque no soporto más este calor
que no logro arrancarme de los brazos,
ni de las manos, ni tampoco deshacerme
de toda esta ropa
cubierta de pelo y de sal.

Hazlo y que la rabia fluya
para completar por fin
su camino,
como un río
que nos encharque los pies
y se nos mueran de frío.

Deja ya
de una vez
de decirme
adiós.

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