Tarde


Dieciocho en punto.

El tren se fue con ella,

yo llegué tarde.

Momentos


River flowing over rocks
«Delta Wild» por Bob Wick (CC0)

I

¿Es el tiempo lo mismo

que un momento?

¿Cuánto tiempo dura

un momento?

¿Cuánto tiempo hay

entre uno y otro momento?

II

¿Acaso nosotros

caminamos sobre el tiempo?

¿O es el tiempo

el que nos pasa por encima?

¿Será que en serio

el tiempo es como un río?

III

No sé la respuesta

de ninguna pregunta.

Sé lo mismo que el tiempo.

No conozco más oficio

que el de erosionar

todo aquello que habito.

Practicidad


“Arrestaban a alguien y, en muchos casos, no se volvía a saber de él o de ella. Las tapias de los cementerios amanecían cada vez más agujereadas y teñidas con más manchas rojizas; pero los cuerpos pocas veces aparecían.” Sigue leyendo

Duración


Inicio

¿Qué orilla desnuda el tiempo?
En cada grano de arena
late una promesa.
Un impulso vaga
a la deriva
en el sueño de algún dios.

Despierta,
hermano.

Se han repartido los dones.
Reclama tu parcela
de eternidad.

Despierta,
humano.

Despierta
al

Fin

A tiempo


Banco de fotos gratuitas

Siempre camina hacia adelante,
nadie nunca detiene,
a veces nos llena de posibilidades,
otras de recuerdos.

Un instante se vuelve eterno,
un momento memorable,
un segundo lo cambia todo,
un soplo en vida irrenunciable.

Te empuja apenas amanece
o se lanza como cazador,
tus minutos y horas mueren
hechos presas de sus dientes.

Una vez que entiendes la mecánica
te vuelves sabio y miras
relojes recién nacidos
desperdiciando segundos importantes.

Luego ríes, porque sin darte cuenta
te hace perder
el mismísimo señor tiempo,
lo único valioso.

El número de Dunbar-Machín


Durante la pandemia del COVID-19, Juan Machín dedicaba mucho más tiempo a las redes sociales que anteriormente, a pesar de haber sido siempre conspicuamente asiduo a las mismas. No sólo subía cotidianamente fotos a Facebook, Instagram, Twitter, Linkedin, Pinterest y su página de artista, sino que conversaba virtual e interminablemente con diversas personas, en especial mujeres que conoció, directa o indirectamente, por medios electrónicos. Aparte de chatear regularmente con Pili, su amante, y algunas examantes que habían devenido buenas amigas, como Hope, Juliana y Wanda, Juan le escribía diariamente a Martha, una de sus modelos preferidas y a quien pretendía desde antes de la pandemia. Otras amigas con las que estaba en permanente comunicación eran Gabison y Camila. Pero no fue sino hasta que conoció a Cristina, una hermosa norteña que se ofreció como modelo para la portada de su libro más reciente, que Machín comenzó a enamorarse y tener amantes virtuales. Con Cristina fue una relación intensa pero fugaz, que acordaron denominar “noviazgo platónico” y terminó en la promesa de Cristina de seguir siendo su más fiel lectora para siempre. Simultáneamente, conoció a Jeannette, una hermosa artista boliviana, de quien hizo numerosos retratos. Le siguió Sumissie, quien le pidió la dibujara para verse a través de su mirada de artista, y que rápidamente se convirtió en su sumisa, cumpliendo diversas tareas eróticas y recibiendo castigos cuando no cumplía. Elena, a quien conoció primero en una foto, enviada mediante Whatsapp por su amigo, José Guerra, con la apremiante solicitud de que la dibujase, y que, posteriormente, retrató en una sesión de fotos con ambos, de la que terminó enamorado Machín

Juan tenía cerca de cuatro mil “amigos” en Facebook, a muchos de los cuales no conocía personalmente, pero eran amigxs de sus amigxs y siguiendo las sugerencias del algoritmo de la plataforma, les había enviado solicitud de “amistad” y había sido aceptado, al tiempo que admitía casi cualquier solicitud que, a su vez, recibía. En principio, por mera transitividad, si no conocemos a una persona pero tenemos amigxs en común, es muy probable que lleguemos a conocernos y nos volvamos amigxs también. Y, a fin de cuentas, de acuerdo a las investigaciones de Stanley Milgram, todas las personas del planeta estamos conectadas, en promedio, a tan sólo 6 grados de distancia. Es decir, yo conozco a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a quien sea en el planeta.

Las personas somos seres sociales, casi por definición. Sin embargo, a pesar de la apariencia que nos ofrecen las redes sociales de que podemos tener miles de amistades, en la práctica la cantidad real de relaciones que efectivamente podemos sostener está limitada por diversos factores. Ya en 1992, el antropólogo Robin Dunbar había propuesto que una persona puede relacionarse, de manera plena en un sistema social determinado, sólo con una cantidad máxima de personas. Este límite depende, según Dunbar, principalmente del tamaño del neocórtex cerebral y la capacidad que tiene de procesar información. Dunbar se basó en estudios con diferentes especies de primates y encontró que todas las especies pueden mantener contacto sólo con un número limitado, formando grupos de un determinado tamaño máximo, correlacionado con el volumen del neocórtex cerebral. Para el caso de los humanos, después de un exhaustivo estudio, determinó que ese número era de 147.8 miembros. Redondeado a 150, obviamente, se le llamó Número de Dunbar en su honor. Un factor clave que también limita el tamaño de los grupos humanos, según propuso Dunbar, es la inversión de tiempo que las personas deben dedicarle a los otros miembros del grupo.

Las redes sociales aparentemente amplían de manera ilimitada la cantidad posible de relaciones, al facilitar las interacciones de muchas maneras, como el desarrollo de los emoticonos, el recordarnos los cumpleaños, sugerirnos amistades, formar grupos, intercambiar mensajes, realizar videollamadas, permitirnos etiquetarnos, etcétera. Y, tal vez, en plena Era de Internet el número de Dunbar rebase los 150.

Sin embargo, Machín pudo comprobar que era imposible tener un sinnúmero de amores simultáneamente, por lo que decidió acuñar el número de Dunbar-Machín para determinar el tamaño máximo de una posible red poliamorosa. Retomando la idea central de Dunbar, ese número está determinado por la cantidad de información que es posible manejar y la cantidad de tiempo para invertir a cada relación. Y, habría que agregar, en la rapidez para escribir y pasar de un chat a otro, y de Messenger a WhatsApp. La idea se le ocurrió en pleno chat con Elena, cuando enviaba uno de los cotidianos saludos a Martha y Sumissie le preguntó qué tarea le encomendaba y un nuevo contacto le ofrecía una sesión de sexo virtual y entraba una llamada telefónica de Pili. Probablemente, el número de Dunbar-Machín no podía ser mayor a cinco. Y cuando pasara la pandemia, seguramente, debería ser aún menor.

720


Foto de Benjamin Ellis, “Ambulance in Motion”. (CC By 2.0)

El ulular de la sirena penetraba el viento, la velocidad del vehículo de terapia intensiva pulverizaba las frías gotas de lluvia que azotaban contra la recién encerada pintura blanca.

La escena era típica de una ciudad que poco a poco iba tomando un ritmo de vida acelerado; el tipo cayó al intentar abordar el bus en marcha y fue arrollado por un automóvil que rebasaba por la derecha. Cuando los paramédicos llegaron al lugar, la sangre derramada se diluía con el agua de lluvia que lavaba el asfalto y hacía un río de color tinto hasta perderse en la rejilla de la alcantarilla.

El sujeto se encontraba muy mal, ambos paramédicos se echaron una mirada que lo decía todo: «no lo logrará». Aun así, procedieron a hacer su rutina de primeros auxilios, notaron que difícilmente podía respirar debido a que las costillas rotas, habían perforado los pulmones, lo movieron a la camilla. Antes de subir, preguntaron a la muchedumbre, que permanecía en corro alrededor de la escena del accidente, si había algún familiar o alguien que le conociese, pero nadie dijo nada, solo se escuchaban murmullos apagados por el chubasco que arreciaba.

El agua de lluvia le picaba los ojos, hacía un esfuerzo por fijar su vista, pero todo le daba vueltas como en un juego mecánico del parque de diversiones, intentó mover la mano derecha e inmediatamente sintió un aguijón en su costado. Por alguna extraña razón pensamientos referentes a las líneas del tiempo llegaron a su cabeza. Aunque estaba aturdido quiso pensar con claridad acerca de ello.

—Quédate quieto, empeorarás las cosas, no te muevas o dañarás más tus pulmones —le decía el paramédico.

Trató de entender aquellos sonidos, pero por algo que no sabía, escuchaba la voz como un disco en un tornamesa antiguo al que se le ha puesto una velocidad diferente a la indicada.  Advirtió que traía una mascarilla de oxígeno y de golpe recordó. No encontraba un taxi libre para trasladarse al auditorio en donde lo esperaban. Iba a participar en una conferencia acerca del tiempo-espacio.

Su teoría versaba acerca de las cuadrículas del tiempo, sí era eso. De cómo el número de intersecciones de esas cuadrículas estaba determinado por el tiempo de vida: eran tantos cruces como personas, lugares y situaciones se presentaban a lo largo de la existencia. Entonces cuando se evitaba un cruce, se desdibujaba todo el esquema de las cuadrículas provocando incidentes como el que ahora estaba viviendo.

En 720 universos, en donde el tiempo tenía el mismo número de denominaciones, estaban ocurriendo eventos muy parecidos.

En uno de los universos había un hombre que amaba a una hermosa mujer; a la que le procuraba amor, a la que entendía en todo momento, a quien comprendía en sus días de luz y aguardaba sereno en las noches de oscuridad.

En aquel otro universo habitaba un hombre que siempre fue paciente con su mujer; que no hablaba de más; que solo decía lo que tenía que decir cuando era prudente; era el niño que jugueteaba con sus manos; que besaba sus dedos siempre que podía; era aquel que masajeaba sus pies en una tarde de sábado sentados en el sofá; era quien le hacía reír con sus disparates hasta en el momento más romántico. Era quien le dejaba ser quien verdaderamente era, sin poses, sin modelos. Era aquel hombre que no cerraba los ojos durante la noche solo para verla dormir.

En otro universo era un hombre que disfrutaba pasar horas enteras sin hacer nada, solo conversando o tomando un café en algún establecimiento de la ciudad; quien siempre llevaba un libro en la mano y sentía que el mundo era pequeño a cada vuelta de página.

En este universo era quien en esa tarde lluviosa se había perdido en el laberinto de unos ojos claros, como un presagio, como un presentimiento de no volverlos a ver. Era, a final de cuentas, todo lo que ella había querido, todo lo que ella había imaginado, todo aquello por lo que lo había amado.

Estos hombres eran tan parecidos, pero cada uno existía en un universo y en una cuadrícula de tiempo diferentes.

Y todos se estaban muriendo.

—Apaga la sirena. Declarado muerto a las 19:41. No hay pulso. Dejó de respirar —dijo el paramédico las palabras como la línea de un guion.

Los organizadores del evento, cuando vieron que el conferencista no llegaba, hicieron ajustes para que se cubrieran los tiempos.

Aquel hombre, juntos con otros 719, en breves instantes se convirtieron en ausencia de vida, en relleno para una fosa común.

La ambulancia disminuyó la velocidad, la lluvia no dejaba de caer, era una tarde triste, con un tiempo demasiado triste para morir.