Pensado por otro


Descubrir en el reflejo
un espejo
y pudrir
todo mi ser
para volver
en otro cuerpo,
para aprender
con otros cuervos
que no solo lo externo brilla,
que en una bombilla
viven extrañas maravillas
dónde la esencia se mantiene viva
a pesar de una muerte a la deriva.

Tengo pensamientos
que sienten más que yo
y sufrimientos que matan
aburrimientos.

Solo quiero ser un pájaro
para volar alto
sin miramientos.

Vuestros besos


Dibujo y kitô de Juan Machín. Musas: Elena Revueltas y EsKarlata Angélica

Safo de Lesbos

haría un poema

a vuestros besos.

Fenómeno


Photo by cottonbro on Pexels.com

Tu boca en celo.
Tu piel de fuego.
Tu piel morena.
Morena, tu piel de fuego
despierta.
Tu piel,
ojos,
boca
salvajes
encienden.
Feroces
llaman
mi deseo.

Quéjese al fabricante


Que ya voy de salida, ¿y qué?

No necesito tanto, lo sé.

En mí vive la misma niña

que cantaba canciones tristes

justo antes de dormir.

Entonces no me arrullaban princesas,

solo me acompañaba el pensamiento

de los niños hambrientos de Praga,

de los perros callejeros de mi barrio,

de mis padres dejando la vida

para darme una mejor.

Y mi soledad.

Sigo atada a los recuerdos

de mis amigas riendo, inocentes,

saltando en los charcos

bajo la lluvia a cántaros,

hablando del primer amor,

del primer beso,

que para mí tardó demasiado,

aunque la maternidad me llegó temprana

con una adultez atropellada.

Todo a destiempo.

Me llegan los años y no me acostumbro.

La idea de la muerte no me asusta.

Solo quiero vivir sin relicarios

con la mente despejada

y el cuerpo dispuesto.

De vez en cuando llorar de amor,

o reír a carcajadas con la gente que amo.

Que no maduro, que hago locuras.

Que me digan intensa, ¿y qué?

Fue así como fui creada.

¿Alguna queja?

Quéjese con el fabricante.

Espejismos


Campamentos de Tindouf por Mayté Guzmán

Tomé con ambas manos el cuenco que contenía aquella bebida blanquecina, un tanto grumosa, y bebí. Lo hice lentamente, como si estuviera procediendo a un ritual sagrado. Era la primera vez que probaba la leche de cabra, pero además, el cuenco parecía la corteza de algún particular fruto existente más allá del desierto. En ese momento, me preguntaba cómo era posible que aquellos animales famélicos y desnutridos pudieran siquiera producir leche. O tan solo, reproducirse. ¿Sería acaso el mismo espíritu de supervivencia que mantenía en pie los campamentos de refugiados y a su gente?

El único color predominante en aquella tierra infértil, maldita, era el de la sequía. Con láminas de chatarra oxidada, y algo de alambre de púas, las gentes que habitan en los campamentos de refugiados daban cobijo a unas cuantas cabras, pero especialmente, a sus camellos. Por ello me sorprendía que aquellos animales fueran capaces de producir leche, sin que ésta se evaporase durante las horas en que el calor rebasaba los cincuenta grados. He de reconocer que la vida es necia.

Aquel líquido tenía un sabor agrio, no muy agradable. Cuando el anfitrión dedujo, seguramente tras observar mi gesto, que no tenía idea de qué estaba bebiendo, exclamó: «¡Es leche de cabra, muy nutritiva!». Lo decía alguien que habita en un lugar donde una ración de lentejas, patatas, huevos o pan, eran las fuentes únicas de nutrientes. Todo ello provenía de la ayuda internacional.

El don de la hospitalidad es algo preciado entre aquella población de sangre bereber, y la hospitalidad no se valora por la cantidad de comestibles que se ofrecen a los visitantes, sino porque se pone el corazón por delante.

Aún así, las desigualdades se asoman, incluso en un estado de excepción como aquel que determina la vida de las personas refugiadas. Lo percibí porque en aquella haima*, además de la leche de cabra, habían sido servidos más de una decena de platos con distintos manjares, dulces de todo tipo, frutos secos, dátiles, yogur, galletas, pastelillos, zumos de fruta, cuando en el resto de las haimas a las que fui invitada, lo único que podían ofrecer era el típico té.

El anfitrión explicó que todo eso era producto del mercadeo con los países del sur pues la ayuda internacional solo abastecía los campamentos de lo necesario. Pero el espíritu bereber es comerciante por naturaleza, y la guerra no había mermado en absoluto sus capacidades negociadoras.

Di un par de sorbos a la leche de cabra y dejé el cuenco sobre la bandeja. Mientras hacía la entrevista, por si las dudas, evité mirar cualquiera de esos manjares. No fuese a ser todo aquello, un típico espejismo del desierto, que se esfumase al primer contacto con mi boca.

*Tienda de lona típica de las tribus bereberes

Cena de empresa


Fortissíssimo


—¡Magnitud diez!
—¿Qué es?
—Un arma.
—¿Un arma?

Un arma que toma dos armas.
¡Quién diría que la música
está bajo el control de las matemáticas!
Te atormenta el arte y no el karma.

Si quieres tocar una nota
te espera un sacrificio.
Exige todo tu aire,
requiere todo tu cuerpo.

Tú no la tocas a ella,
ella te somete a ti.
Ahora te duelen los dedos,
mañana todo el cuerpo.

Llegar al re mayor no es sencillo,
empieza mezzoforte
y termina fortissíssimo.