La nostalgia y el organillero


Es increíble la nostalgia que me dan los sonidos del organillero. Recuerdo que mi abuelo siempre me decía que, vuelta tras vuelta, el organillero repite las historias de la ciudad, aquejada por el progreso sin freno, de puentes, segundos pisos y bicicletas al puro estilo del “firstworld”. Mi abuelo siempre me contaba que habría un día en que la computación dominaría el país y no se equivocó. Si aún viviera, seguro mi abuelo tendría perfil en el Face, el gran producto de la posmodernidad, definido así por quien araña todavía el pasado y se aferra a él, como una gota de agua sostenida ferozmente por su amor inmenso a no abandonar la hoja de alcatraz en casa de los abuelos.

Fotografía de Diego Muñoz.

Fotografía de Diego Muñoz.

El organillo funciona de modo curioso. Un cilindro dentro de la caja de madera recibe un rollo de papel. Este rollo tiene algunos huecos que al pasar por una púa que se activa cuando el organillero le da vueltas a la palanca, producen el sonido de la canción elegida. Después, el ayudante del organillero se acerca a la gente para pedir algunas monedas a cambio de la música. Tanto organillero como ayudante siempre portan su tradicional uniforme café y como objeto de la transportación de las monedas, una gorra que siempre me hará recordar a mi abuelo.

Cuando caminábamos por la alameda, mi abuelo me decía que prestara atención a los sonidos de los organilleros, pues todas esas notas que viajaban por el aire, daban fe de lo que alguna vez fue. Si prestas atención puedes escuchar los sonidos de las diligencias de la época de Don Porfirio, me decía mi abuelo a la vez que me señalaba una calandria que cobra unos pesos para recobrar la nostalgia. Nunca me subí a alguna, pero siempre veía a los turistas tomar fotos a bordo de la carroza mientras el caballo tiraba de ellos para conveniencia de su dueño. Seguramente el animal también obtendría algo, tal vez un poco de paja o un cepillado premium por parte de su amo.

Mi abuelo era un amante del cine, de cualquier historia, de cualquier género y de cualquier país. Hijo de la revolución, siempre se sorprendía de la maestría con que algunos directores pueden plasmar en la pantalla historias desgarradoras, historias de amor y hasta historias que nos hacen reír. Siempre que veíamos una comedia, mi abuelo no paraba de reír aunque el cine estuviera lleno. Su risa era tan contagiosa que hacía que los demás espectadores comenzaran a relajar las mejillas y al final todos salíamos con una sonrisa de oreja a oreja. Al salir del cine, siempre encontrábamos un organillero, parecía que seguían a mi abuelo a todos lados, como sospechando que en sus oídos las notas se convertirían en alguna historia que después sería contada y contada y contada. Me daba unas monedas para ir a dejarlas en la gorra café y la mejor recompensa del acto era la sonrisa siempre amable del organillero. Dicen que el instrumento nació en Inglaterra a principios del siglo diecinueve y que en las verbenas de Madrid nunca falta un organillo, pero yo siempre he pensado que no hay como los organilleros de Tacuba, de avenida Juárez o el que siempre está afuera del Palacio Chino. La ciudad nunca podría entenderse sin los sonidos del organillero, siempre ahí, siempre allá.

El día que mis abuelos celebraron 50 años de casados, uno de los regalos de mi madre para aquel nostálgico amante del cine y la música, fue un organillero que, dando vueltas al instrumento, amenizó a los comensales en la fiesta por las bodas de oro de los abuelos. Nunca olvidaré la imagen de mis abuelos besándose en celebración de diez lustros de amor incondicional. No he visto una pareja tan duradera como fueron ellos. Mi abuelo me contó que conoció a sus esposa en un tranvía. Subió después de sus clases en el Colegio Militar y, sentada en una esquina, vio a la mujer que se convertiría en mi abuela. Se le acercó y le ofreció disculpas por la intromisión, pero quería señalar el punto de que en menos de un año estarían casados. Mi abuela era una mujer de carácter fuerte. No había detalle que no se le escapara ni reprimenda más famosa en toda la familia. Solamente en compañía de mi abuelo se convertía en una mujer sensible, dejando atrás el baile de máscaras que exigía la época de la llegada de la televisión y todos los clichés que Dos tipos de cuidado instaurarían en la sociedad de mitad de siglo.

Una tarde de agosto, el organillero de Tacuba no llegó a su esquina habitual. Tampoco llegó el de avenida Juárez. Desesperado, mi abuelo corrió hacia al Palacio Chino tan rápido como sus piernas le permitieron. Tampoco estaba ahí. La música del organillo había terminado y la nostalgia había desaparecido. El mundo se convertía en un lugar de audífonos blancos, de música digital, de máquinas haciendo el trabajo del hombre, de computadoras pensando por nosotros, todo lo que mi abuelo había temido. Desesperado corrió hacia la alameda esperando escuchar esa música que alimentaba su corazón. Pero no encontró nada y comenzó a marchitarse. Su piel se volvió frágil cono una hoja en pleno otoño y comenzó a deshacerse ante el asombro de todos los pasantes dejando sólo la hojarasca como su existencia. De inmediato, un personal del Departamento de Limpia de la ciudad barrió a mi abuelo y, con él, se fue la última nostalgia de una ciudad que extraña demasiado a sus antiguos creadores.

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10 pensamientos en “La nostalgia y el organillero

  1. Pues coincido contigo jandroid. El organillero en el que yo estoy pensando es el de Madrid, quien además se ganaba unos dineros vendiendo barquillos de galleta. Y sí, el regusto que me han transmitido siempre es uno totalmente nostálgico. Siempre da la sensación de que la vez que se los contempla será la última.
    Buena la descripción del organillo, con ese rollo con huecos que pasa por una púa que se activa… A mí es que me gustan mucho los modus operandi de los cachivaches.
    En cuanto a tu abuelo, espero que sea un metáfora la de que se lo llevó el personal de limpieza…
    Saluditos…

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    • Y respecto a esa sensación que mencionas de que parece que siempre es la última vez que se les ve a los organilleros, es verdad. Acá en México es una especie de argumento de venta: tienes que darles dinero porque es un oficio en extinción, pero contrariamente a lo que sucede en este cuento, yo no veo que vayan a desaparecer jamás. De alguna u otra manera siempre sobreviven.

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    • La nostalgia nos recordará siempre quienes fuimos y adonde vamos. Gracias por tu comment y arriba los cachivaches!

      Mi abuelo murió plácidamente en la cama de su casa a los 87 años…

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    • Arriba los cachivaches. Muchas gracias por el comment. Como ya lo dijo un poeta azteca sobre el organillero: carga sobre su espalda nuestra agonía en viejas canciones….

      Mi abuelo murió plácidamente en su cama a los 87 años…

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