El collar del perro (2)


1

Cuando llego el forense y procedieron al levantamiento de los cuerpos, descubrieron una pequeña herida en el espacio intercostal de la séptima y octava costilla del lado izquierdo de ambos cuerpos. Del agujero no salía sangre y en el piso tampoco había rastro de la misma, a no ser por una pequeña mancha que le daba un decorado diferente al suelo; lo que hacía suponer que los habían matado en otro lugar y los habían dejado en esa casa. De quién era la casa y por qué demonios estaban ellos desnudos en ese lugar. Tal vez se trataba de una venganza, contra quién o contra qué, esas eran las cosas que me preguntaba.

Yo soy como los perros, tengo esos cuatro estados de ánimo. Contento, triste, enfadado y concentrado. Ahora estaba concentrado. Las personas que habían llegado hasta ese lugar comenzaron hablar, cada uno tenía su versión probable de la historia de lo que había acontecido en ese lugar. La gente no me suele gustar del todo, suelen odiar la fidelidad y de paso dicen muchas mentiras, si he de preferir algún tipo de gente, prefiero a los mudos.

A los pocos minutos del levantamiento de los cuerpos, se oyeron gritos. Busqué el origen de esos gritos y encontré a una mujer que venía corriendo hacia la escena del crimen. Salí al pequeño patio de la casa y antes de decirle algo, la observé detenidamente. Ella no tendría más de 40 años, era una mujer atractiva, iba descalza y debajo de la bata transparente no llevaba ropa alguna, las uñas de los pies estaban pintadas de un rojo intenso.

Gritaba:
—¿Qué le han hecho a mi niño?
Odio cuando la gente se pone a gritar. No me gusta que me toquen porque pienso que algo malo va a ocurrirles a las personas si lo hacen, como si yo estuviera maldecido. Así que me hice hacia atrás antes de lanzar cualquier pregunta y seguí observándola cuidadosamente. Se podría decir que era una mujer atractiva y fatal, no se otra forma mejor de definirlo.
—Dejen en paz a mis hijos—gritó ella—. Déjenlo en paz malnacidos, por el amor de Dios no le hagan daño.

La mujer se agachó sobre el cuerpo. Pensé que se los quitaría de las manos, pero no lo hizo. Ella se desplomó y comenzó a gritar de nuevo.

—Gracias mi Dios, gracias por cuidar de él.

Me tapé los ojos con las manos e intenté no escuchar nada más. Me habría gustado irme a casa, olvidarme de todo o casi todo, pero mi pequeño cuarto era un infierno y yo, a diferencia de los personas ricas, no tenía un clima central que alivianara del endemoniado calor, me tenía que conformar como todos los pobres con un pequeño ventilador, que había comprado de segunda mano. Se estaba mejor afuera, además de irme a casa comenzaría de nuevo a recordar a mi perro. Por alguna extraña razón todo el día había sido así. Desde que desperté y abrí una vieja maleta y saqué de ella el collar de mi perro. En ese momento anhelaba que lloviera un poco, era la única forma de que la noche se volviera agradable.

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