Otra mañana más


“Maldito despertador…”  El mismo primer pensamiento de cada mañana. Ya no recuerda la última vez que se despertó de buen humor, con ganas de afrontar un nuevo día. “Nunca” le parece la respuesta más aproximada. Abre los ojos e inmediatamente le invade un terrible dolor de cabeza. Cómo odia despertarse con dolor de cabeza. Cada noche antes de acostarse tiene que elegir: dosis de somníferos regados con un generoso lingotazo de whisky para lograr dormir algunas horas, lo que paga con la asquerosa migraña que ya no la abandona en todo el día, o arriesgarse a una noche libre de sustancias químicas, pero libre también de sueño, con lo que acaba recurriendo igualmente a los somníferos a las tantas de la madrugada. Hace meses que escoge la primera opción.

Se siente una verdadera mierda, ya no queda rastro de aquella joven vital que aspiraba a comerse el mundo. “Agradecemos su dedicación durante todo el tiempo que ha trabajado para nosotros, pero ya no vamos a requerir más sus servicios”. Y eso fue todo. Así la despacharon, sin aviso previo, sin alternativa posible, a través de aquel memo repeinado, al que habían contratado para hacer limpieza.

“Levanta, venga, no puedes quedarte todo el día en la cama. Te duchas, te pones guapa, desayunas bien y a la calle, que hoy seguro que encuentras trabajo…”. La vocecilla interior sigue apareciendo cada mañana, pero cada vez la escucha más lejana. Le vienen ganas de extirpársela y meterla en ácido. “Lo sentimos mucho. Reúne usted excelentes cualidades, pero no es el perfil que buscamos en este momento”. Hace de tripas corazón para continuar presentándose a las entrevistas de empleo con la mejor de sus sonrisas (le quedan pocas), y tiene que recurrir a todo su aplomo (cada vez más escaso) para no mandar a tomar por culo al tipo de turno que la rechaza con el mismo discurso prefabricado, frío, vacío de contenido. Después de docenas de entrevistas, todavía no ha encontrado un mínimo de empatía, y eso la está amargando.

Las primeras semanas no había dejado que el rechazo la frustrara. Se decía a sí misma que ya era un éxito que la citaran para entrevistarla. A las mujeres de su edad lo normal es que ni las consideren como candidatas. La cosa fue a peor cuando descubrió que el hijo de la gran puta —“ojalá pille un cáncer incurable de huevos”— con el que había desperdiciado nueve años de su puta vida se tiraba a una zorra adolescente. “Y aún lo negaba el maldito cabrón. Le habría arrancado la polla y se la habría hecho tragar”. “¿Por qué te amargas así? Tú no tuviste la culpa. Hiciste lo mejor que podías hacer, largarte y borrarlo de tu vida. Tú no eras así, tan…” “¿Tan qué? ¿Tan agria? ¿Tan cínica? ¿Tan jodidamente amargada…? La vida es una puta mierda despiadada. Está sobrevalorada”.

Repara entonces en el frasco de somníferos. Se lo queda mirando durante unos segundos que se le hacen eternos. Está casi lleno. “¿Será rápido…?” Alarga la mano. Lo coge, y con la otra mano empieza a desenroscar la tapa. La quita. Mira en el interior. “¿Será suficiente con esto…?”  Sigue así durante otro minuto… Entonces siente una vocecilla que lucha por hacerse escuchar, muy lejana: “Levanta, venga. Te duchas, te pones guapa, desayunas bien, y a la calle, que hoy seguro que encuentras trabajo…” Duda unos instantes, pero finalmente deja el frasco de nuevo sobre la mesita y enrosca la tapa. “Mañana, quizás…”

http://brecacha.wordpress.com

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8 pensamientos en “Otra mañana más

  1. Resulta muy agradable descubrir este blog, a través de la recomendación de Benjamín Recacha y su “mañana más”.Y encontrar por aquí a colaboradores a los que sigo. Un delicioso punto de encuentro por el que me pasaré encantada.

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  2. Un placer tenerte en esta comunidad con un relato tan realista y cínico. Me deja una imagen más clara de la situación que se está viviendo állá con el paro.. Bienvenido y esperamos leer más de ti.

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