Mientras dormía


Tenía 24 años. Esa mañana me levanté temprano, como era costumbre, para comenzar un nuevo día de trabajo. Reconozco que pude haberme levantado mucho más temprano, pero entre días de trabajo y algunas noches de estudio en la universidad, me era difícil conocer un horario más cómodo para degustar mi tiempo de sueño.

Realicé mi aburrida rutina matutina: me dirigí al baño e hice mis necesidades, luego me posicioné debajo de la ducha, desnudo, y reposé un poco para sentir caer sobre mí la cálida composición de hidrógeno y oxígeno. Casi me quedo dormido.

Ante la prisa, salí del baño como corriendo los últimos cien metros de una maratón, era tarde. Me puse mi ropa, distinguidas prendas ejecutivas que hacían juego con mis anteojos de aros negros y gruesos. Me sentía intelectual, me gustaba y deseaba que todos sintieran de mí lo mismo que yo. Unos retoques manuales sobre el cabello para completar la rutina y mi diferenciada apariencia. Estaba orgulloso.

No había olvidado que iba tarde, pero me ahorré mucho tiempo durante mi preparación personal y recordé que, producto de mi esfuerzo durante dos años de trabajo duro y constante, tenía un automóvil que me esperaba para llevarme cómodo, rápido y tranquilo a mi trabajo.

Salí de mi habitación, llevaba mi toalla húmeda para ponerla a secar en el jardín. Mi madre, que trabajaba también, se daba unos pequeños retoques, pero estaba lista para irse. Trabajábamos en direcciones opuestas, por lo que no podía ofrecerle transporte. Por fortuna, un compañero de trabajo siempre se iba con ella y se distribuían equitativamente los costos de viajar hacia su lugar de trabajo.

Era usual que yo saliera tarde de mi hogar hacia el trabajo, así como era usual que regresara tarde.

—Hijo, no te ví ayer cuando llegaste, ¿te fue bien en el trabajo? —me dijo mi madre con un tono algo receloso—. Me fue bien mamá, pero voy saliendo con prisa, debo irme.

—¿Hoy regresarás tarde de nuevo? —preguntó como quien espera que se detenga la rutina—. ¿Por qué? No lo sé, puede que sí. Estamos finalizando este proyecto que se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza, aunque también estoy pensando en salir con algunos compañeros a tomarnos algunas cervezas y relajarnos. Necesito relajarme.

Mi madre inclinó su cabeza y miró hacia abajo. Observaba su bolso, pero no se movía. —Me gustaría cenar contigo, salir a ver una película o hablar un rato. Hace mucho tiempo no lo hacemos hijo, te extraño —dijo mi madre con tono suave pero reflejando algo de dolor, algo de lástima—. El tiempo para nosotros ahora es muy corto. No sé cómo te está yendo con tus proyectos, lo que te aflige o lo que te hace feliz. Te soy sincera, a veces siento que ya no te conozco.

—Madre, por favor, no empecemos con el drama. Ya debo irme, se me hace tarde. Ya pasaremos un rato juntos —le contesté, tan rápido como pude. No le di chance de agregar algo más y si lo hizo, no la escuché.

Ese día trabajé muy fuerte hasta quedar cansado. Sentado en la oficina, me percaté que mi celular se había descargado. He de admitir que eso me traía sin cuidado. Al final, mis compañeros mantuvieron vivos los planes de tomarnos algo esa noche, así que salí con ellos. Luego de algunas horas de haber estado disperso con mis amigos, decidí revisar la hora pero mi celular estaba apagado, había olvidado que estaba descargado, así que pregunté la hora a uno de mis compañeros. Eran las once de la noche.

Fui sincero conmigo mismo, estaba aburrido y lo suficientemente cansado como para seguir allí, así que decidí marcharme. De camino a mi hogar, puse música a todo volumen en la radio y me invité a cantar como si fuera una estrella de rock. Conducir y escuchar música en la privacidad de mi automóvil era todo lo que necesitaba en ese momento. ¡Qué intensidad! ¡Qué ánimo tenía!

Al cabo de veinte minutos ya estaba guardando el automóvil en la cochera. Recogí mis cosas del asiento trasero y entré a mi casa. Estaba oscuro. Asumí que ya mi madre estaba acostada y durmiendo, como normalmente la hallaba, así que me dirigí directo a mi habitación y me tiré, como si fuera una roca, sobre mi cama. Al rato, me quedé dormido.

Soñé con mi madre. Estaba allí frente a mí, seria. Yo avanzaba y ella también, hasta toparnos de frente. Estando cerca, ella cambió el semblante de su rostro y me miró, dulce y cálida, con nada de extrañeza, como feliz y orgullosa de verme. Sentí que me sonrojaba y también algo de nostalgia. Movió sus labios, decía algo pero no le escuché, se oía lejos de mí aunque la tenía en frente. Le pregunté qué era lo que me decía, pero no lograba escucharle. Un sonido de una campanita, fina, penetrante, persistente como el agua que fluye en un río, era la culpable de que no pudiese escuchar a mi mamá, tenía mucha curiosidad, pero el sonido no se detenía.

Debido al esfuerzo que hice por tratar de escuchar, me desconecté del sueño. Mientras recobraba mi consciencia, mis oídos se iban sincronizando completamente con mi cerebro. Era el teléfono de mi casa el que sonaba.

—¿Aló? —dije, con voz algo torpe debido a que continuaba algo dormido. Escuché atentamente lo que me decían. Mientras digería las palabras que escuchaba, mi cuerpo se enfrió, perdí mis fuerzas y, mis ojos… mis ojos dejaron ver lo que muy dentro de mí estaba sucediendo.

Hasta esa hora, había estado durmiendo solo.

Imagen tomada de internet.

Imagen tomada de internet.

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