La cooperante (VII)


Nota del autor:
‘La cooperante’ es un relato que inicié con la intención de que se desarrollara a lo largo de una entrada o dos a lo sumo. Pero a medida que iba escribiendo, la trama se me iba haciendo cada vez más compleja, de manera que llegados a este punto no puedo atisbar el final. Seguiré escribiendo, pues, y aportando con la mayor frecuencia que me sea posible las siguientes entregras. Para los que no hayáis seguido la serie os recomiendo empezar por la primera y continuar con las sucesivas (II, III, IV, V y VI). Os dejo con el séptimo capítulo de ‘La cooperante’. Que lo disfrutéis.

—Buen trabajo, Sorayita. Los has dejado a todos con cara de bobos.
—Pero…
—Ni peros ni gaitas. —Era una de las expresiones favoritas del presidente— Has hecho un gran trabajo y no hay más que hablar… Bueno, sí, tenemos que decidir en qué Parador organizaremos la próxima reunión con la cúpula de la CEOE.

La vicepresidenta portavoz no daba crédito a lo que estaba escuchando. No podía creer que el presidente no hubiera visto lo que acababa de pasar en la sala de prensa, pero estaba claro que no lo había visto. Por encima de cualquier otra consideración se encontraba su lealtad hacia Mariano, pero tras lo ocurrido apenas dos minutos antes, esa lealtad adquiría la categoría de acto de fe… Y ahí estaba él, consultando la guía de Paradores mientras todos los miembros del ejecutivo corrían de aquí para allá como pollos sin cabeza…

……………………………………………

—Y esto es todo lo que tengo que decirles. La próxima comparecencia será…

Un sonoro murmullo, con evidentes gestos de desaprobación, inundó la sala. Sólo los “periodistas” de La Razón y el ABC permanecían impasibles en sus pupitres, aunque esta vez les iba costar lo suyo interpretar los hechos a conveniencia del gobierno.

—¡Pero no puede hablar en serio!
—¿Dónde está el presidente? ¿No piensa dar la cara?
—¡Nos están tomando el pelo!
—¿Y el ministro de Defensa?

Las preguntas se sucedían sin que nadie tuviera la más mínima intención de proporcionar respuestas. Pero cuando la vicepresidenta retiraba la silla dispuesta a abandonar el lugar intentando no perder aquella eterna sonrisa que un asesor tras otro durante los últimos años le habían recomendado adoptar se apagaron todas las luces y se encendió la pantalla de plasma que tenía a su izquierda, la misma por donde tantas veces había aparecido Mariano desde que accediera al trono de la presidencia. Esta vez también apareció él, aunque en una situación muy diferente…

La escena sucedía en el reservado de un local exclusivo, habituado a ser escenario de reuniones de alto nivel y de negocios más o menos legales pero invariablemente muy lucrativos. En el centro de la imagen aparecía una mesa cargada de bebidas y suculentas y caras chucherías, alrededor de la cual se sentaban cuatro personas: el presidente Mariano, su ministro de Defensa, Ruipérez y Cañete, dos empleados de la máxima confianza del ejecutivo.

—A ver, Pedro, cuéntame esas buenas noticias que me habías prometido.
—Todo está saliendo según lo previsto. La operación ha sido un éxito y en breve Ruipérez partirá hacia las Caimán para hacer el ingreso. —El ministro de Defensa se mostraba eufórico, ayudado probablemente por los tres combinados de whisky de los que ya había dado cuenta— Me encantaría ver la cara de pasmado del franchute ese cuando se dé cuenta de que le hemos tomado el pelo a base de bien…
—Disculpe, señor ministro, pero creo que lo más conveniente para todos es que el Conseguidor no llegue a saber nunca los detalles de la operación —puntualizaba Cañete, el experto en relaciones internacionales y estrategia del grupo.
—Lo que tú digas, Cañete, lo que tú digas… —añadía con sorna el ministro antes de soltar una sonora carcajada.
—Pedro, modérate, que nunca se sabe quién puede estar escuchando. —Ni el propio presidente se tomaba en serio sus palabras, pues acto seguido también se ponía a reír, al tiempo que encendía un habano enorme.
—Si les parece, les detallo los próximos movimientos… —se ofrecía un Ruipérez que parecía el menos cómodo de los cuatro.
—Ay, Ruipérez, usted siempre tan serio y tan profesional. —contestaba el ministro, poniendo énfasis en la última palabra, que pronunciaba marcando las sílabas para inmediatamente explotar en otra estruendosa carcajada. Esta vez el presidente no dudaba en acompañar a su ruidoso subordinado.

Cuando volvieron a encenderse las luces la vicepresidenta ya había tenido la precaución de escabullirse sin ser vista. Los periodistas se miraban entre sí, aún sin reaccionar a lo que acaban de presenciar. Uno de ellos, sin embargo, sí había reaccionado rápidamente y ya se dirigía al exterior del Congreso. Nadie repararía en él, pues había tenido el cuidado de que nadie pudiera reconocerlo, vestido como iba de personal de mantenimiento.

……………………………………………

A su llegada a la base de Torrejón de Ardoz los dos altos mandos del ejército ya estaban esperando al ministro de Defensa, pero en vez de llevarlo al jet en el que esperaba huir, lo acompañaron a un vehículo militar.

—¿Qué sucede? Creía que…
—Es por su seguridad. No se preocupe. Lo llevamos a un aeródromo más discreto.

Al ministro no acababa de convencerle la explicación, pero no opuso resistencia y se montó en el jeep que conduciría un soldado raso.

El trayecto transcurría en silencio hasta que una media hora después de iniciado el sargento Herrera pronunció un escueto “es ahí”. El jeep se desvió a la derecha, por un camino de tierra que, pasados unos 300 metros, desembocaba en un pequeño aeródromo escondido del que el ministro desconocía su existencia.

—¿Dónde coño me habéis traído? —El ministro a duras penas disimulaba su creciente inquietud.
—Acompáñenos. Su vuelo le espera.

Escoltado por los sargentos Herrera y Pérez, el ministro de Defensa accedió al aeródromo, si es que se le podía llamar así, pues apenas constaba de una única pista sin asfaltar y una carpa que tenía toda la pinta de ser desmontable.

—¿Este sitio es legal?
—No creo que eso tenga demasiada importancia ahora, ¿verdad, señor? —respondió el sargento Pérez en el momento en que el jet privado abría la puerta y se desplegaba la escalinata de acceso.
—Aquí acaba nuestro servicio, señor. Esperamos que tenga un buen viaje. —Herrera mostraba una enigmática sonrisa al pronunciar la despedida.

Justo al entrar en el avión el ministro vio cómo dos “gorilas” se echaban encima de él y lo inmovilizaban sin miramientos.

—¿Pero por qué…?
—Tenemos familias que mantener, así que no estamos para rechazar buenas ofertas…
—Cuánta razón tienes, Herrera. Con los recortes ya ni siquiera nos llega para planear un crucero decente en vacaciones…

El ministro no pudo acabar de oír la conversación de los traidores. El contenido de la jeringuilla que acababan de inyectarle en el cuello hizo su efecto casi de forma instantánea y quedó inconsciente de inmediato.

……………………………………………

La acción debía resolverse rápido y sin titubeos. Los hombres del Conseguidor no eran principiantes precisamente, así que reaccionarían de inmediato ante cualquier imprevisto. Laia iba en el segundo coche. Tendrían que lograr separarlos antes de intervenir. Los hombres de Michel se adelantaron hasta el cruce más próximo, a donde había muchas posibilidades de que se dirigiera la comitiva. El agente Robredo, reforzado con tres hombres, los seguiría a una distancia prudencial, a punto para intervenir en cuanto el vehículo objetivo se detuviera. Michel y dos hombres más se mantendrían a la expectativa, atentos a las incidencias y dispuestos a entrar en acción.

Efectivamente, los hombres del Conseguidor no tardaron en llegar al cruce. Moderaron la velocidad y, justo cuando el primer coche cruzaba, un aparatoso camión invadió la calzada provocando el frenazo del que llevaba a la cooperante. Durante unos segundos los tres vehículos permanecieron inmóviles, hasta que el camión comenzó a maniobrar para incorporarse al mismo carril que ellos. Aunque el primer mandamiento en situaciones como aquella era impedir que otro vehículo se interpusiera entre ellos, el cabecilla del segundo coche estimó que no había peligro y permitió que el camión acabara de maniobrar para reemprender la marcha. Así se lo comunicó a su colega del primer coche: “Puedes avanzar; enseguida lo adelanto”.

Nada más cortar la comunicación una explosión de respetable potencia abrió la puerta del conductor, a quien la detonación dejó inconsciente. Pese a la sorpresa, los otros tres esbirros del Conseguidor tomaron posiciones de inmediato, de forma que el ataque del comando que encabezaba Robredo no les pilló totalmente por sorpresa. Uno de los hombres del agente recibió un disparo en el brazo derecho al tiempo que su autor caía fulminado gracias a la puntería del español. Los otros dos mercenarios se atrincheraron en el interior del vehículo, conscientes de que los atacantes no se arriesgarían a perder a la que sin duda era el objeto de la acción. Laia se había acurrucado en el asiento trasero, protegiéndose la cabeza con las manos esposadas.

Poco tardaron en aparecer cuatro de los cinco hombres del primer vehículo, cosa que obligó al equipo de Robredo a centrar su atención en ellos, procurando mantener a salvo el pellejo. Durante los siguientes minutos hubo un tiroteo sin que se registraran daños personales. El momento fue aprovechado por la célula de Michel para llevar a cabo un nuevo ataque al coche que transportaba a Laia, éste sí, totalmente imprevisto. El detector de calor permitió a Michel determinar el espacio que ocupaba cada uno de los pasajeros del vehículo, cosa que facilitó enormemente la liberación de la joven. El francés disponía de un “juguetito” a prueba de cristales blindados, gracias al cual dos certeros balazos en la cabeza dejaron definitivamente fuera de combate a los captores.

Mademoiselle, je suis Michel. Venez avec moi, s’il vous plait.

Continuará…

3 pensamientos en “La cooperante (VII)

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