Osamenta Vacuna


Larga cola de caballo, riguroso arete en la oreja izquierda, haciendo claro el mensaje acerca de las preferencias que la posición del mismo confiere, morral al talle, incluidas en él: cámara y libreta; mochila al hombro, desgastados los jeans, más desgastadas, al ser ésta la tercera generación calzándolas, las botas. Así encontrábame yo, en esta jipioza estampa, con el norte de frente el sur atrás, siguiendo la línea recta que la larga autopista a mis espaldas dibujaba. El viento por todos lados, en un punto perdido entre Chihuahua, Sonora o Durango. Encontrábame yo, en la ignorancia que se encuentra todo aquel que está iniciando una aventura que lo acompañará por muchos años,  parado ahí en la carretera, lleno de incertidumbre, con fe en que todas las historias escuchadas fueran verdad. Estaba yo ahí con la esperanza de que mi puro dedo pulgar, la muñeca con un  rápido vaivén, arriba, abajo, arriba, abajo, construyendo el claro signo de: “Busco raite”; y mi viajera estampa detuvieran al próximo tráiler que me llevara a mi siguiente destino.

Por supuesto que antes de comenzar a narrar esta historia que nos convoca, a usted en su clara posición de lector, y a mi en mi no tan clara posición de narrador; la historia de este joven que era yo, y que se empeñó durante algunos años a recorrer el país trepado en la cabina de un tráiler de carga, que a veces más y a veces menos, pero que siempre estarán cargados: producto, historias, nostalgias… todo contenido en una misma máquina de sabe dios cuántos caballos de fuerza, y que en cuanto uno se monta, inevitable es sentirse el “rey del camino”. Antes de llegar a este momento en el que me encuentro parado ahí en una encrucijada estatal, con el dedo arriba, y esperando detener a mi primer máquina de aventuras, obligan las más adivinadas leyes de la narrativa a explicarle a usted de dónde este personaje, osea yo. Porque claro es que de algún lugar he de venir, tampoco es que haya nacido yo ahí en esa encrucijada así nada más como por generación espontánea, existe un claro antecedente que, valga la redundancia, antecede esta historia y esta decisión de estar ahí cobijado por el sol, perdido en la mitad de la nada, y contando como única arma el dedo pulgar.

Si he de buscar algún lugar en el tiempo en donde comenzar a narrar mi historia tendría que ser algo lejos de este punto en el que ahora usted y yo nos encontramos. Tendría que ser allá en la punta del país. En las costas de Baja California Sur. Así es que:

Larga cola de caballo, riguroso arete en la oreja izquierda, haciendo claro el mensaje acerca de las preferencias que la posición del mismo confiere, morral al talle, incluidas en él cámara y libreta, mochila al hombro, desgastados las bermudas, no tan desgastadas las sandalias. Y así encontrábame yo, en esta jipioza estampa, con el norte de frente y el mar de Cortés al sur, parado en el final de una carretera y el inicio de un camino, en el límite de San José del Cabo, pueblito costero de ambiente lugareño y que junto con su hermano poco más cosmopolita, Cabo San Lucas, forman el famoso punto turístico, Los Cabos. Ahí estaba yo, buscando alma alguna que se aventurará conmigo a cruzar este camino de terracería que conducía, después de un par de horas de ir costeando, a uno de los lugares más impresionantes del mundo subacuático, Cabo Pulmo, y no lo digo yo, lo dice ni más ni menos que Jacques Custoe, y basta con darse una vuelta por aquellos lugares para que a uno no le quede duda de la razón que tuvo este biólogo francés. En las épocas que estos eventos tuvieron lugar, osease que por ahí del 2005, existían dos maneras de llegar al mentado paraíso: podría uno en San José del Cabo, tomar la aburrida carretera hacia la Paz que entroncaba al este unos kilómetros al norte, con la carretera que llegaba directo al sitio de Cabo Pulmo. No estaba lejos, digamos, que en total, de viaje neto se harían unas tres horas. La otra manera, casi inexplorada, era tomar un camino de terracería que comenzaba al este de San José, o sea que donde terminaba el pueblo, y dirigirse bordeando la costa hasta el sitio. Ya comenzando a adivinarse el alma aventurera de este nuestro narrador-personaje podemos intuir la ruta de su elección. Aunque no tan fácilmente podríamos pensar en el vehículo que lo conducirá por dicho camino de terracería, que como ya hemos señalado, el hecho de que exista no quiere decir ni por mucho, que éste sea transitado. Así que ahí estaba yo, en la entrada de este camino solitario, ya con los ánimos un poco agachados, tratando de darle la vuelta a ese pensamiento que comenzaba a convencer al resto de mi ser a tomar el otro camino y dejarnos de aventuritas.

Haberse visto mi expresión al notar el claro desacelerar de un jeep rentado tras pasar mi ya descrito signo universal de “raite”. Detuviéronse una pareja de estadounidenses, que decir americanos es hablar de un sector de la población mucho más amplio y decir gringos sonará despectivo para estos nuevos personajes de la historia, que de gringos, por lo menos en actitud, no tenían ni la más mínima pizca. Para efectos de simplificación de esta narración y ahorrarnos aquí una traducción simultánea que su humilde narrador no sabe redactar, quedaremos todos que la siguiente conversación se llevó a cabo en el más común de los castellanos:

—¿Hacia dónde vas?

—A Cabo Pulmo.

—¿Dónde está eso?

—Por este camino a unas dos horas.

—Súbete.
“Súbete” sublime palabra cuando uno está viajando de esta manera, sobre todo cuando, como ya se ha contado, los ánimos están comenzando a decaer por la espera del transporte. Así que sublimes debieron haber sonado las palabras “hop in” pronunciadas en la lengua materna de mis nuevos acompañantes.

—¿Ustedes a dónde van?

—No sabemos. Nos despertamos, rentamos el jeep, salimos a buscar aventuras y te encontramos a ti.
Y así sin mayores preámbulos ni protocolos se forjó esta comunidad de aventureros dispuestos a compartir el camino.
Momento es de describir a estas nuevos personajes inscritos en la presente narración, y he de ofrecer una sincera disculpa, primero a mis acompañantes, donde quiera que se encuentren y después a usté lector, porque tanto hace de los sucesos que le vengo relatando, que he de confesar mi olvido de los onomásticos de estos y muchos otros personajes que han de aparecer en esta historia. Por lo que, utilizando mi derecho unilateral de narrador, nombraré a él Thomas, y a ella Silvia. Encontrábase esta singular pareja en sus cincuentas, aunque no era la edad lo que les confería su singularidad, sino aquella manera de relacionarse y de convivir. Silvia, al volante, es una mujer grande, seria, enmascarada detrás de unos grandes lentes oscuros, apenas se adivina una expresión en esa cara ancha, de cachetes pronunciados. La cabellera muy china y muy rubia descompuesta por el viento, corona su semblante serio. Su lenguaje se resume a monosílabos, concentrada en el manejo y en unos pensamientos que difícil resulta adivinar. En contraste se encuentra nuestro amigo Thomas, este amigo niño-adulto, buscador de aventuras, coleccionador de instrumentos y música autóctona, gran conversador, y curioso cual cachorrito felino, todo lo preguntaba, todo lo quería saber. Larga cola de caballo, el torso desnudo, algo viejo y quemado, no bronceado, que no es lo mismo, nótese la diferencia. Basta que uno quédese en algún costero y turístico lugar para comenzar a diferenciar entre estos dos estados. Y más aún si común es ver pasar turistas que en búsqueda de lograr el tono de piel local, moreno tirándole a prieto, se embadurnan cuanta crema prometedora de estos resultados pueden y se tienden, en sesiones de cuatro a cinco horas, bajo el sol. Sobra explicar que el ya mentado tono local se obtiene tras meses de exposición solar mesurada. Y que las pobres turistas tras dos días de sesión, compáreselas con camarones saliendo de la olla. Y la piel tan escocida, que ni la más ligera tela puede cubrir. Entonces así se les ve, paseando por ahí, vistiendo su sexy bikini, aunque el sol hace mucho que se fue.
Pero volvamos a nuestro gran amigo Thomas y a su señora Silvia, que este su narrador, ya se puso a divagar. Así veníamos los tres, conociéndonos, intercambiando anécdotas y admiraciones del paisaje. Hágase notar que durante todo este trayecto, cruzábamos un desierto con dunas, colinas, cactus y uno que otro burro; teniendo el mar de Cortés siempre a nuestra derecha, con su muy característico azul turquesa, que en cada curva descubría un paisaje de igual o mayor belleza que el anterior. Y que, fuera de unas sombras grises que divisávanse en el horizonte, el cuadro no podría ser mejor.
Llevábamos ya unas horas de recorrido cuando atravesósenos a la mitad del camino, la más icónica osamenta vacuna, con sus cuernos retorcidos y todavía una que otra muela en la quijada. Presurosos recogímosla, sacudímosla de arena, Thomas rápidamente arrancole lo que parecía ser la cáscara de uno de los cuernos, y montámosla en la parrilla del jeep, amarrándola con unas cintas que aparecieron por ahí. Y así nuestro jeep rentado quedó coronado muy adecuadamente con su calaca viajera. Y la comunidad continuó con su camino.
Se preguntará el lector el motivo de la mutilación de uno de los cuernos de la osamenta, ¿cuál será la razón para que Thomas la haya arrancado con tanta seguridad y rapidez? Y es que como ya se dijo, nuestro compañero de viaje era coleccionista de instrumentos y música autóctona. Así que más presurosamente aún, preguntome si llevaba yo navaja, saqué la mía, y rápidamente tallole unos varios agujeros, creando así una autóctona flautita.
Y así, esta peculiar comunidad continuó su camino, con nuestro jeep coronado muy adecuadamente con su calaca viajera, acompañados ahora con unas dulces melodías provenientes del aliento de Thomas atravesando un cuerno vacuno convertido en flautita.
Topamos de pronto, unos kilómetros más adelante, con un pintoresco restaurante, atendido por otro amigo anglosajón, quien además de ofrecernos unos deliciosos chiles rellenos de camarón acompañados de arroz blanco, nos advirtió que las nubes grises antes descritas en la presente narración, se acercaban rápidamente advirtiendo una tormenta. Largas se han puesto nuestras caras, expresando la preocupación por varios factores, entre otros, que el jeep no trae capote, por lo que una tormenta nos vendría a empapar mientras caminamos; y que el camino por el que nos venimos conduciendo es rural, como quien dice de terracería, por lo que una tormenta puede ser motivo de atascamientos o bloqueos. Y otro factor que comienza a preocupar es que a la luz del día le quedarán un par de horas más. Por lo que es importante llegar pronto a nuestro destino.

Se imaginará el lector la vergüenza que este narrador comenzó a sentir, cuando la comunidad ya no se veía tan jovial como en un principio, por este aviso de tormenta que se nos vino a anunciar. Y es que como gestor de la aventura, uno no deja de sentirse responsable por el buen fin de la misma. Así que presurosos retomamos el camino, yo intentando reanimar al grupo con más cánticos o mayor conversación, para olvidar un poco la urgencia y devolver un poco las sonrisas.

Momento se hace para relatar mi llegada a Cabo Pulmo, donde terminó mi primera aventura en esta modalidad de viaje que es el aventón. En este jeep calaca, con esta pareja de aventureros músicos autóctonos, quienes entre melodía y melodía hiciéronme el favor de traerme hasta este paradisíaco lugar, sin tormentas al final, pareció que las nubes sintieron nuestras preocupaciones y decidieron ir a llover a otro lugar. Llegamos a nuestro destino al atardecer. Un pueblo de buzos, que a esa hora descansa ya de las actividades matutinas subacuáticas. Rápidamente busqué al lugareño que tenía yo recomendado. Gran sorpresa fue, que al dar el nombre de la persona que me mandaba a este local. Los ojos de mi interlocutor y las atenciones hacia conmigo se hicieron más grandes, pactamos dos inmersiones para el día siguiente a un precio ridículamente barato, si se compara con los precios regulares de este paraíso. Y presurosamente prestome una tienda de campaña y un par de cobijas para no pasar frio y recomendome establecerme en una playa a unos cinco minutos de aquel lugar.

Thomas, Silvia y yo nos despedimos agradeciendo mutuamente por la aventura, el tiempo y la buena vibra que se compartió durante el trayecto, y como en muchas ocasiones sucede en esta aventura y en la vida misma, nuestros caminos se alejaron para nunca más volver a coincidir.
Mi aventura ese día terminó, una vez instalado en la playita recomendada, snorkeleando con los últimos rayos de luz, el agua un poco fría, y descubriendo aquel hermoso lugar que así nada más como para abrir boca me ofreció poder ver una de esas tortugas en serio peligro de extinción. Saludándome y anunciándome que el día siguiente, con dos inmersiones programadas sería uno de los días con mayor belleza de mi vida. Y hasta aquí el relato de mi primera aventura viajando de “raite”. Pido disculpas a usted, lector, no crea que este otro plano temporal con el que comencé el relato, en donde vemos al personaje-narrador en una frontera interestatal, a punto de conquistar su primer viaje en tráiler; se me ha olvidado. Simplemente lo conservaré en tinta hasta la siguiente entrega de estas aventuras que hoy por hoy me he decidido a compartir. Así que hasta la próxima y buen viaje.

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