Atracción Fatal


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por Reynaldo R. Alegría

El Inspector de la Policía Moisés Navarro había nacido para hurgar en las entrañas de la mente de las personas.  Ahora retirado de la División de Investigaciones de Crímenes Pasionales por un accidente en el cumplimiento del deber, se dedicaba a enseñar a los estudiantes de nuevo ingreso en la Academia de la Policía Estatal.  Sus destrezas investigativas, su historial impecable de honor, su impresionante récord de casos resueltos y las historias fantásticas que tenía que contar, lo calificaban para ser el favorito de los estudiantes de primer año.

Navarro dictaba dos cursos en la Academia: Planimetría, donde enseñaba a mirar e interpretar, y oportunamente plasmar en un croquis, la escena de los hechos del crimen; y Pericias Informáticas, donde dirigía los muchachos a darle contenido policial al vasto conocimiento práctico con el que ya llegaban a la Academia, en cuanto a autenticidad de la información digital, vías de acceso ilegítimo, sabotaje, espionaje, piratería, rastreo y análisis de correos electrónicos e Internet.

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Habían pasado siete meses desde que había cortado relación con Mariana.  Una mujer con poco más de la mitad de los 50 años que él tenía, lo que no era novedad para él quien durante los últimos años había tenido la suerte –así le llamaba él– de andar con mujeres de la mitad de su edad, muy atractivas y extremadamente bonitas.  Mariana no era exactamente bonita y sexy.  Más bien, había desarrollado la habilidad de manejar sus puntos débiles de la manera más asertiva; maquillar cuidadosamente la gran nariz que coronaba el centro de su rostro, escoger estratégicamente la ropa con la cual disimular su trasero plano condenado por los Dioses del Caribe; peinar con productos y máquinas portátiles su silvestre cabello; y repetir en el momento apropiado lo que escuchaba de otros para ocultar su falta de cultura, particularmente el no haber leído lo que tenía que leer cuando debió haberlo leído.

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Con su experiencia, Navarro podía hacerse un juicio de valor bastante rápido y atinado con apenas conocer y compartir brevemente con las personas.  Por eso, el primer día de clases llamaba por lista dos veces a los estudiantes.  Al principio de la clase, para identificar el rostro con el nombre; y al final de la primera sesión del mismo primer día, cuando ya los había conocido a todos por apenas una hora, para poner al lado del nombre la calificación que estaba seguro obtendrían al final del curso.  En la intimidad de su pequeño estudio, disfrutaba extraordinariamente del momento en que, después de someter por internet la calificación final de cada estudiante al terminarse el curso, comparaba la misma con su primera apreciación y se vanagloriaba en la soledad intelectual por su puntería en la percepción.

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Con Mariana, Navarro se había equivocado en todo: en su primera impresión, en su apreciación, en su interpretación, y peor que todo, en su investigación.  Mariana llegó a la vida de Navarro como habían llegado todas las mujeres de su vida, tocando a su puerta.  Ella lo contactó por Facebook.  Habían estudiado juntos y hacía tiempo no sabía de él; eso dijo ella.  Salivando instintivamente cual depredador, Navarro mordió el anzuelo de inmediato.  A pesar de que con mirar su foto era obvio que ella no alcanzaba los 30 años; a pesar de que de su mente privilegiadamente fotográfica no surgía ese nombre; a pesar de que su sabiduría innata le decía que era una trampa; a pesar de todo ello, el riesgo, el peligro y las ganas de devorar lo hicieron experimentar.

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Navarro había sido del grupo de los primeros estudiantes de la Universidad a quienes les tocó el privilegio de haber sido adiestrados, cuando hacían su Maestría en Estadísticas, con las primeras computadoras personales que llegaron al país en 1983; él tenía 20 años.  Ahora, tres décadas después de que Gian Luiggi Massari, el italiano que vino cargando un aparato de estos desde las Oficinas Centrales de la NASA en Washington, Navarro era el individuo en el Cuerpo de la Policía que más experiencia había tenido con los sistemas de computación y que más habilidades tenía con las redes sociales; en todas tenía una cuenta.  Siendo pionero, siempre pudo usar su nombre completo en todas ellas: @MoisesNavaro en Twitter, Four Square, Instagram, Pinterest, Flickr, Snapchat y en todos los usernames de Hotmail, Yahoo, Gmail y hasta en el Blog Pericias que publicaba en WordPress.

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Mariana se mostraba inofensiva, obediente y angelical; asunto que perturbaba un poco a Navarro, quien estaba acostumbrado a mujeres fuertes, takers más que givers, dirigentes más que obedientes, a las que por opción particular prefería por demás.  Una tarde, mientras reposaban en la cama después de haber tenido sexo sin amor y Navarro ayudaba a Mariana a hacer ajustes técnicos en una nueva cuenta de correo electrónico, ella le arrebató la laptop de las manos y en un santiamén resolvió la situación.  Para Navarro el asunto no pasó desapercibido.  En su experiencia, era poca la gente con ese dominio urgente de la computación, particularmente si como Mariana no tenían formación.  A partir de ese momento, Navarro activó todas sus alertas.

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Navarro dio a sus estudiantes un ejercicio práctico; él le llamaba el pronóstico del crimen.  A unos, los puso a dibujar un croquis de un crimen cibernético; a otros, les dio la información suficiente para que, sin saberlo, lo ayudaran en su investigación personal.  Les pidió que hicieran un análisis de correlación entre el texto de las notas románticas que Mariana –la sospechosa– le había enviado, su caligrafía y el uso de las redes sociales e internet.  El resultado de estos análisis se representaba sobre la gráfica de un plano cartesiano en la que cada uno de los cuatro cuadrantes refería a diversas probabilidades de crímenes pasionales.  Los estudiantes de Navarro concluyeron su ejercicio calificando a la sospechosa, el cuadrante I, el de mayor probabilidad de crimen pasional.  Navarro polemizó con ellos.  Pensó que el croquis no era conclusivo, calificando a Mariana como sospechosa tipo IV, un estado de mayor inseguridad con dictamen de “seguir investigado”.

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Mariana era perceptiva y maquinadora.  Cuando se dio cuenta que perdía campo con Navarro activó su particular operación.  Lo primero que hizo Mariana fue crear una cuenta falsa en Facebook y enviarle mensajes a Navarro que trataban de sugerir que alguien se interponía en la relación.  Navarro, para quien nunca hubo una relación, sospechó de inmediato que la creación del personaje cibernético era obra de Mariana que buscaba atención.

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Investigador experimentado, Navarro hizo pruebas.  Trajo a su oficina bruñida de papeles y libros en la Academia de la Policía a su mejor Agente en Pericias, quien en efecto comprobó la impostura de Mariana.  Mariana había fabricado un perfil, incluyendo la creación de seguidores con nombres, fotos e historiales que aparentaban una conexión con Navarro y su pasado.  Mariana había llegado lejos.  Daño autoinfligido, pensó Navarro, quien desde el primer día sabía que Mariana no era quien decía ser.

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La suerte estaba echada para Mariana.  Esa tarde Navarro la llamó y le dejó saber que todo estaba terminado.  Obstinada, ella quiso verlo.  Como era su costumbre de policía veterano, la citó a un lugar público donde ella no pudiera hacer escenas, donde el llanto no obstaculizara su determinación.  En una terraza amplia del centro comercial de la ciudad, Mariana y Navarro conversaron.  Navarro no le dio explicaciones innecesarias a Mariana, fue amable y se reservó su pericia.  Regresó a su casa sabiendo que no todo había acabado.  Para cada acción hay una reacción igual y opuesta.  Mariana lo dejó tranquilo unos días.  Entonces vino el contraataque.

–Creo que estoy embarazada, le dijo coqueta y asustada cuando lo llamó a los pocos días.  Navarro, quien tenía hecha una vasectomía, se preocupó.  Las banderas de la sanidad mental se levantaron.  El la evitó, la rechazó, la terminó.

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Acostumbrado al entendimiento de los crímenes pasionales, Navarro tomó medidas de seguridad.  Cambió las claves de acceso a sus cuentas, advirtió a sus empleados, vecinos y allegados –sin decirle el motivo– a tomar medidas de seguridad.  Pero en Mariana estaba sembrada como tubérculo, la semilla de la privación del juicio y la falta de la razón.  No era la primera de esas que conocía; después de todo había dedicado su vida a entender la locura del amor no correspondido y los efectos criminales de la infatuación, esos que forman pequeñas llamas que pululan por la atmósfera, ardientes e inflamadas de sinrazón.

Navarro bloqueó a Mariana en todas sus cuentas.  Bloqueó sus números de teléfono, sus cuentas de correo electrónico y hasta donde pudo, de sus cuentas de las redes sociales.  Pero Mariana no se podía contener.  Creó nuevas cuentas de correo electrónico; le envió flores, fresas y chocolates a Navarro.  Se le apareció en su casa y en la Academia de la Policía.  Bajo engaño a sus empleados y compañeros penetró ambos lugares.  Creó más cuentas falsas en las redes.  Fingió ser una rumana que escribía en su blog.  Trató de seducirlo ella misma y disfrazada de ella también.  En sus roles donde adujo ser distintas personas a la misma vez, y nublada por el juicio de la razón, cometió serios errores.  Contactó amigos y familiares de Navarro, incluyendo –gran error– menores de edad.  Los trajo como amigos en sus cuentas de redes sociales para a través de ellos a Navarro poder espiar.  De esta forma Mariana se mantenía en contacto.  Mariana creó una bitácora de eventos y rutinas; días, horas, lugares.  Lo perseguía de día y de noche.  La envida, los celos y el descontrol la carcomían, dejándola ausente de control.

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Como solamente un Inspector experimentado como Navarro podía hacerlo, recopiló toda la evidencia que los rastros de Mariana iban dejando marcados a su paso.  Los criminales siempre comenten un error.  Con su equipo de estudiantes investigadores –y sin que ellos supieran la razón– analizó, compiló y organizó la prueba como estaba acostumbrado en su vida profesional.  Mientras el descontrol de Mariana fue crecía, profundizaba en serias violaciones a la ley.  Navarro, por su parte, iba construyendo su mejor investigación;  no sin lamentar sus propios errores.  Lo que Navarro omitió desde el principio, quizá cegado por el erotismo frugal, liviano y pasajero, fue hacer su acostumbrada y personal investigación; gogglear el nombre de Mariana, buscar los casos legales que ella hubiese tenido en www.ramajudicial.com; hurgar, profundizar, investigar.  Si hubiese buscado, hubiese encontrado.

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Desesperada por el rompimiento, a través de sus inventadas cuentas de correo electrónico Mariana contactó al círculo íntimo de Navarro.  Les dejó saber, ahora por tercera vez, que estaba embarazada de Navarro, perfecto retrato del Síndrome de Clerambault.  Inventaba historias en su mente y ejecutaba acciones relacionadas a esas historias inexistentes.  Cuando Navarro tuvo la certeza absoluta que tenía acumulada toda la prueba necesaria para poner a Mariana contra la pared y exponerla a los estrictos efectos de la ley, le dejó saber –previo acuerdo de estrategia calculada con su abogado– que estaba listo para proceder en caso de ser necesario.  Siete meses después de ningún contacto, Navarro le envió a Mariana un correo electrónico donde le daba una advertencia final y le incluía una scintilla de la evidencia recopilada.  Pero la ignorancia irracional del desamor, así como la enfermedad de la mente, pudieron más con Mariana que la propia compasión.

Siete meses después del rompimiento, Mariana seguía insistiendo en “una noche más”, como el macho que controla y abusa de la mujer de su propiedad, “la última vez, solamente una más”.  En la víspera del cumpleaños de Mariana, se las ingenió para –a pesar de los bloqueos– hacerle llegar a Navarro un mensaje de texto baboso, donde lo invitaba a la seducción sin propósito, al sexo sin romance, solamente una vez más.

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El Inspector de la Policía Moisés Navarro se encontraba extenuado y agotado y, por primera vez en su vida, temiendo por su vida y su seguridad; asustado por el bienestar de su familia.

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En el último día de clases del semestre y estando completamente preparado, Navarro dio cuentas al FBI.  Le llevó toda la prueba que había recopilado.  Le señaló todos los delitos que Mariana había cometido con él y con otras víctimas en el pasado; analizados y evidenciados.  Esa mañana, mientras Navarro dictaba su última clase del curso de Pericias Informáticas, Mariana fue arrestada.

Navarro reservó para su última clase la lección sobre la atracción fatal; aquella que es tan fuerte que carece de lógica y razón; aquella que produce una infatuación amorosa enferma y peligrosa; la que daña la mente y la pudre de un veneno incontrolable; la que acumula una mayor concentración de dopamina y una horrible adicción al amor; aquella que hace fantasear a las personas; aquella en la que una víctima es acosada, perseguida, vilipendiada; aquella que tornó a Mariana en enamorada desaforada y acosadora; aquella que es capaz de hacer que las personas piensen en hacerle daño a otras que no le corresponden su atracción; el delirio de ser amado, la erotomanía.  La atracción fatal.

Imagen: Sunset_02459.jpg: Nevit Dilmen Broken_Heart_symbol.svg: Nevit Dilmen (talk) derivative work: Nevit Dilmen (Sunset_02459.jpg Broken_Heart_symbol.svg) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)%5D, undefined

2 comentarios sobre “Atracción Fatal

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