El ladrón de plumas


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por Reynaldo R. Alegría

Cuando Antonio abrió por primera vez su libro de Ciencias hizo un descubrimiento que lo marcaría por siempre.

En la sala ocupada por cinco filas de once pupitres, estaba sentado en el sexto asiento de la cuarta fila.  Justo en el medio del salón.

A punto de cumplir nueve años, Antonio reposaba sentado en su espacio.  Eran las dos de la tarde de un lunes de agosto.  El viento entraba sin permiso por las celosías de lata de un gran ventanal que ocupaba la mitad superior de la pared que daba a la calle.  Tras cruzar pizpireta sobre los niños, la ventilación salía desenfadada por tres amplias puertas que ocupaban el gran mural opuesto al ventanal y que dividía la sala de clases de un amplio patio interior.

La maestra ordenó abrir el pesado libro de Ediciones McMillan.

Entonces del encuadernado volumen de hojas de papel emanó un delicioso olor que excitó el silvestre apetito sexual de Antonio.  Con su dedo índice derecho acarició la página de papel brillante y el texto impreso sobre ella.  Se llevó el dedo a la nariz.  Aspiró.  Profundo.  Adormecido.  Tratando de evitar que los demás niños lo advirtieran, inclinó su cabeza sobre el libro y atrajo hacia sus pulmones el aire que pululaba sobre las hojas impresas.  Suavemente.  Hondo.

Mientras disfrutaba del sorpresivo olor, sintió un urgente enderezamiento y rigidez entre sus piernas.  Se excitó.  Mucho.

Ya de vuelta a la casa.  Con la sagacidad del sentido del olfato excedido en su actividad.  En su cuarto.  Íntimo.  Hurgó en sus sensaciones.

La tinta.

El olor a tinta excitaba fantásticamente a Antonio.  Esa misma secreción líquida de color que se corría por las plumas de su padre.

Desde ese día su afición a las plumas se tornó en obsesión.  Ya no pudo contenerse en su examen urgente y riguroso del instrumento de escritura.  Los miraba, los deconstruía, se embelesaba absorto con sus sentidos cautivados.

Al otro día en la mañana, de regreso a la escuela, Antonio espulgó con cuidado.  De cerca.  A lo lejos.  Las plumas de sus compañeros.  Las de las maestras.

Las primeras horas en el aula fueron desesperantes.  Las quería tocar.  Sentirlas en su mano.  La derecha.  Acomodarla entre el dedo corazón y el índice.  Asegurarla con el pulgar.

Nunca deseó más que sonara el timbre.

Las diez de la mañana.  Comenzó el recreo.

Antonio se quedó solo mientras todos los niños salieron corriendo a tomar su merienda.  Caminó entre los pupitres.  Sorprendido por los lujosos instrumentos que algunos niños tenían.  No estaba acostumbrado.  Los tomaba con cuidado.  Los miraba.  Los olía.  Las deslizaba en la palma de su mano y luego se llevaba ambas manos hacia la nariz, creando una cavidad donde aspiraba los olores.

Al llegar a su casa acomodó el producto de su cacería sobre un cartón cortado para caber exacto al fondo de una gaveta en un mueble de su cuarto.  Las acomodó por tipo.  Las de carga que dosifican la tinta a medida que se les hace rodar sobre el papel.  Las que acomodan la tinta entre la base y el tapón.  Por la manera en que el fluido se corría.  Por el pigmento de color de la tinta.  Por la caña.  La carga.  La bolilla.  A la extrema izquierda la birome que ostentaba arrogante la niña argentina.  En el medio de todas, colocó la pluma fuente con tinta verde que usaba su padre.  Una estilográfica Sheaffer de la que era dueño desde la noche anterior.

 

Foto: Stipula Fountain Pen – Power of Words por Antonio Litterio

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7 pensamientos en “El ladrón de plumas

  1. Excelente narración. Me llevó a la médula de la excitación de este ladronzuelo. Muy bien logrado el ambiente y el tono fascinante. Muy creativo el asunto y el desarrollo de la pieza literaria. Eres todo un escritor amigo, felicitaciones. Gracias por compartir tus historias, me encantó.

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  3. Jajaja Me encantan las plumas, sobre todo las plumas fuente. Voy a la tienda de cosas de oficina y me quedo horas en esa sección… y es mi lugar favorito en el mundo, ¿sabes? Pero creo que ya nunca podré mirarlas igual, Reynaldo. Ja ja ja. Es decir, no podré mirarlas como antes, carentes de sensualidad. Has roto mi inocencia, jajaja. Me hiciste reír. Excelente todo. Saludos!

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