La Cigüeña.


7422_wpm_lowresSuena la sirena, prende la farola del terminal y empiezan a salir las maletas de mi vuelo. Cuento cuarenta maletas y la mía no aparece. Por fin, la número cincuenta es el equipaje. Es una señal, dentro de una semana celebro mis 50 años. La ciudad de San Francisco es hermosa, lástima que venga a una intervención quirúrgica.

Acabo de sentir un movimiento telúrico. Es una réplica en el epicentro de las entrepiernas registrada justo cuando el maletero me rosa el trasero sin malicia. Uff! Estoy segura que ni la circuncisión le han hecho a este mocoso. Vamos, no quiero pecar de pensamiento ya que con el cuerpo por ahora estoy condenada a la abstinencia.

No me explico cómo me dejé convencer por ella. El miedo acumulado hace dos meses después de tomar esta decisión es evidente. Llevo veinte años divorciada, quince haciendo aeróbicos. Cuido mi figura. Voy a todas horas al gimnasio, seis días a la semana. He tratado de todo para mantenerme en circulación después del divorcio; dieta vegetariana, inyecciones de botox, liposucción, agrandamiento de busto y nalgas, reconstrucción de caderas. Soy toda una diva, una excelente candidata a un certamen de belleza.

En menos de una hora llego al Hotel. Luego de los trámites de rutina me encuentro en este cuarto frío, un contraste con mi calentura. Prefiero no pensar en el futuro, ¿en qué diablos estaba pensando? Todo el dinero invertido en crear este cuerpazo y dentro de unos días se desvanecerán los ahorros en las sartenes del infierno. Sigo aturdida. Pendiente a la llamada de Marlene, converso con el silencio sin lograr una respuesta.  El teléfono de la habitación no suena, el celular tampoco. Permanezco asustada. No es quedar preñada así como así.  Mis dos embarazos fueron deseados y el último fue por cesárea. Gracias a la cirugía quedé regía como si nunca me hubiesen tocado.

Mi Marlene, si no la quisiera tanto saldría despavorida de este cuarto. El recuerdo de ser madre yacía extraviado en los archivos rancios de mi cerebro y con su petición se dio el reencuentro. Espero que los trámites de la operación estén en orden. Ser madre otra vez, escenificar a la virgen María postergando el sexo y el placer. Definitivamente estoy loca.

¿Cómo será sentir ese embrión buscando alojamiento en el útero de su abuela? El primer nieto, creciendo en los adentros, alimentándose de mi propia esencia. Cada minuto que pasa estoy más aterrada. Lo menos que perderé será la cintura. Los pensamientos negativos me traicionan: náuseas, calambres, insomnio, herbederas, pre-eclampsia, diabetes, hipertensión, placenta previa. ¡Basta de pensar en pendejadas! Ya no puedo retroceder en esta decisión. Ella ha perdido cuatro embarazos en los últimos cinco años a pesar de los tratamientos. La pobre está desesperada por arrullar a su bebé. Soy la única alternativa para sonsacar a la cigüeña.

Suena el celular y oigo su voz preguntándome cómo estoy. Entre el vacio de la habitación, el olor intenso a sexo saliendo de mis neuronas, la imagen del joven maletero mirándome los pechos con deseo, la alegría de mi hija y su marido ante este maravilloso sacrificio, se despide y me agradece anticipadamente  la decisión de ayudarla.

Cuelgo el auricular con impaciencia. Me desplomo sobre la sábana de satén rojo que cubre la cama. Dios, tranquilízame, no quiero ilusionarme con el bebé, ya mi hija pretende llamarlo suyo y es mi vientre ajado el que lo protegerá. Soy yo quien lo va a parir, quien lo va a lactar. Ojalá no sea yo quien le cause una pesadilla legal al Rey Salomón cuando tenga que decidir entre nosotras, cuál es la verdadera madre biológica.

Nota: La imagen está registrada y autorizada para uso no comercial de Free Stock Photos.biz

 

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