El advenimiento de la vida desnuda


Me encontré a mí mismo sentado frente a una silla vacía. Una cafetería en la calle 25, el lugar en el que alguna vez tomaste mi mano y prometiste curar todas mis heridas. Entonces aquellas palabras vinieron a la memoria nuevamente.

“Si las flores no se marchitaran nunca… si el cielo permaneciera siempre azul”. Pero era invierno, con la noche a punto de caer. Como esta imagen y tu recuerdo, que yo conservo a través del olvido y el tiempo.

Recordé la habitación de un hotel. Esa mañana tú dijiste: “Es hermoso despertar junto a ti, con la luz que perfila tu rostro infantil y lo hace ver tan bello”. Este sentimiento es indestructible. “Si las flores no se marchitaran nunca… si el cielo permaneciera siempre azul”.  Pero después te marchaste sin voltear el rostro, sin decir adiós ni despedirte.

Tú has dejado un dolor que se pliega en mis adentros, que busca soledad para reposar plácidamente en el vacío. Tú, que fuiste vida cuando ya todo era muerte, ¿qué otra cosa te proponías asesinar?

Frente a mí una taza con café a punto de enfriarse. La melancolía ha dejado un sabor amargo. Así que me puse el abrigo y pagué la cuenta.

Caminé por esa calle atardecida. Caminé con la luz de los autos que reflejaba los charcos… acaso las primeras señales de una lluvia repentina. Caminé en medio de sombras y extraños, buscando a tientas los resabios de tu ausencia, como una mariposa dispuesta a sucumbir. Caminé cabizbajo: con un destino incierto ante mí. Sin saber adónde ir en realidad.

El paso se hizo más lento cuando me acerqué a nuestra antigua casa. “Si las flores no se marchitaran nunca… si el cielo permaneciera siempre azul”. Tú abriste los brazos y yo aprendí a sentirme protegido entre ellos. Tú secaste mis lágrimas e hiciste que mi llanto cesara. Tú. Tú y todos los recuerdos que han vuelto sin anunciarse.

—Si yo pudiera evadirme. Si yo fuera capaz de encontrar la salida—. Qué otra cosa puedo pensar.

Adentro tus cartas y las pocas cosas que aún se conservan, como la fotografía que colgaba de aquella pared, en la habitación. Pero, ¿a quién quiero engañar? Sobrevive pedazo a pedazo, cada centímetro de tu piel y una promesa: “Si las flores no se marchitaran nunca… si el cielo permaneciera siempre azul”.

Me sentí perdido en aquella habitación, redescubriendo las formas irrecuperables de tu cuerpo. Perdido como ahora me siento. Ahora que todas las lámparas permanecen encendidas, y la agonía se ha vestido de luto para hacerme la última visita.

 

http://pussylanime.wordpress.com

11 comentarios sobre “El advenimiento de la vida desnuda

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