La habitación del hermano


La noche está a punto de acabarse. Los primeros rayos de sol que pasan a través de la ventana iluminan el espacio interior de la pieza, sumida hasta ese momento en la más absoluta oscuridad. Poco a poco, la claridad ha comenzado a invadir la intimidad de la pequeña habitación.

En las paredes se pueden distinguir los recortes de los periódicos. Son fotografías de artistas famosos, posando ante la cámara con sus rostros alegres, expresivos. Algunas de ellas lucen desteñidas por acción del polvo y la humedad. Otras están a punto de desprenderse y caer al suelo: el pegamento que las mantiene adheridas pronto dejará de cumplir su función. Regados por todo el piso decenas de libros. Tirados y en desorden, asemejan los cimientos de alguna obra de la arquitectura moderna cuya construcción ha sido abandonada antes de finalizar.

Hay también una lámpara inservible, puesta sobre el buró de madera que está al lado derecho de la vieja cama. Allí encontramos al joven. Cansado y somnoliento, pero sin haber conciliado el sueño todavía. Apoyado contra el respaldar, dobló las piernas hasta acercarlas a su pecho. Con sus brazos rodeando los pies, dispuso su cabeza sobre las rodillas; quizá con el propósito de mantenerse despierto, expectante, a la espera de algún acontecimiento importante.

No quiere quedarse dormido, siquiera unos pocos minutos. Por el contrario, lleva varias horas tratando de conservar aquella posición. Se ha movido sólo un par de veces -cuando intentaba evitar un dolor, apenas perceptible, en alguna de las articulaciones.
Pero sus ojos no se han cerrado ni un instante. Solo, en una habitación que le resulta tan familiar como extraña, el joven se ha propuesto encontrarse a sí mismo.

Aunque de él se conocen pocos detalles, sabemos que un pensamiento le perturba la razón y el alma desde hace mucho tiempo. De personalidad apacible, a su corta edad ha debido superar situaciones difíciles. Pruebas de fuego, como él mismo suele llamarlas.

Primero vino el divorcio de sus padres, cuando él era un niño de cuatro años. Más tarde, la repentina soltería de su madre. Sin duda la etapa más insostenible. Porque entonces ella comenzó a planear reuniones sociales, y llevó a muchos hombres distintos al humilde apartamento que alquilaban en la calle 25. Muy cerca del Barrio Los Rosales. Un lugar famoso por las constantes riñas entre vecinos y la ola de violencia que crecía de forma vertiginosa sin que la policía pudiese controlarla.

Fue en esa época cuando su hermano -dos años mayor que él- comenzó a experimentar con todo tipo de drogas. Esa curiosidad irresponsable le llevaría más tarde a una muerte prematura. Una sobredosis de heroína le coció los tejidos sin que el equipo de médicos que lo atendió en el hospital público pudiera hacer nada para salvar su vida. Tenía 18 años.

La tragedia, pese a producir una consternación profunda entre los allegados a la familia, no logró operar un cambio significativo en el estilo de vida de su madre. Ella apenas lloró la muerte de su hijo. Y pasados algunos meses restauró sus actividades y encuentros. Jamás volvió a referirse a aquel lamentable suceso.

Pero la ausencia del hermano había dejado un profundo vacío en el corazón del joven, quien no fue capaz de elaborar el duelo y resignarse a aquella perdida irrecuperable. Ese vacío no volvería a ser llenado nuevamente. Por el contrario, ahora se encargaba de hundir al joven en una depresión paralizante. Hacía añicos su estabilidad, hasta empujarla en un abismo creciente de culpa y recriminaciones. Por supuesto, la madre nunca lo notó.

Al principio, comenzó a apartarse de todos y perdió el interés en las situaciones que antes lo mantenían ocupado. Incluso llegó a sentirse más a gusto en soledad, como si a través de ella estuviera más cerca de su hermano; estableciendo algún tipo de relación omnisciente, íntima. Disfrutaba iniciar conversaciones, y contarle a su hermano cómo había estado su día: las cosas que había hecho. Después vendría el turno para hacer preguntas. Dialogar plácida y distendidamente.

En el colegio, se acostumbró a guardar silencio y hablar sólo cuando fuera estrictamente necesario. De ese modo, su imaginación se hizo vigorosa y compleja: proyectando historias y relatos cada vez más elaborados, ricos en detalles. El sinsentido pasaba lento. Su vida parecía haberse detenido, negándose a enfrentar la realidad abrumadora de su existencia material.

Los pocos amigos que había conservado ahora lo consideraban raro, quizás un poco demente. Al final, optaron por distanciarse. Él, aunque se sintió triste los primeros días, pronto se acostumbró a la nueva situación. Su propio ensimismamiento bastó para llenar el nuevo vacío, que no dejaba de expandirse, sumiéndolo en el ensueño de fantasías triviales e ingenuas.

Si alguna vez hubo en él un hálito de energía renovada, en los últimos meses cualquier vitalismo se perdía con la misma facilidad con la que se había manifestado. Un dolor añejo, una melancolía inconsciente -pero casi absoluta- formaron parte de sus días y de su rutina. Como si el joven viviese un final siempre inconcluso… como si las emociones que surgían con fuerza desde su yo verdadero lo estuviesen obligando a huír y esconderse. Como si el futuro… el futuro fuera ajeno e inextricable, una posibilidad vedada.

Por esa misma circunstancia, no podemos asegurar con certeza qué imagen mantuvo el joven en su cabeza durante esta noche. Lo único que es posible describir es la manera en que fue repentinamente sacado de su ensimismamiento, como un reloj de pared que se detiene sin previo aviso ¿O acaso el joven ya se había quedado dormido?

Desde el salón del apartamento llegó un sonido confuso, quizá una melodía. Sí. Efectivamente. Se trataba de una canción: Solitude. Era la voz cálida y armoniosa de la cantante Billie Holiday. El joven debió sacudirse los oídos para reconocerla.

Su madre solía poner una emisora radial para escuchar el programa matutino de jazz. Disfrutaba el ritmo de la música aunque no entendiera el significado de las letras. Durante su juventud, ella nunca se interesó en aprender el idioma inglés ni cualquier otro oficio que no fuera estrictamente necesario.

—¿Dónde te has metido? —Gritó ella mientras abría alguna puerta cercana—. ¿Es que acaso te has levantado tan temprano? Estoy buscándote. De confirmar lo que estoy pensando, no te la acabarás conmigo.

Al oír esta advertencia, el joven abandonó la vieja cama de su hermano sin hacer ruido. Entonces, fue saliendo de la habitación con paso lento y vacilante.
“Hoy es el gran día”, exclamó. Y una sonrisa iluminó su rostro.

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