La Predicadora


Stripperpole

por Reynaldo R. Alegría

Cuando Álvaro tomó la decisión de ir al club de strippers lo quemaba la urgencia de sentirse tocado.

El afluente barrio en el que vivía quedaba abrazado entre el océano que habitaba al pie de las candilejas de hoteles y turistas y un deprimido sector que nunca logró ser tan pobre para llegar a arrabal. Y que nunca dejó de ser puente entre los más ricos y los más pobres.  Entre los más negros y los más blancos.

El encuentro de ambos mundos en la Calle Loíza ocurría de día.  Cuando la luz del sol permitía verle las caras a las personas.  Cuando era más fácil descargar la ira mutua del prejuicio necesario para que siempre siguieran existiendo ambos mundos.

De noche, el mundo de los pobres se torna peligroso para los ricos y el mundo de los ricos se torna en aventura para los pobres.

A pesar de tener a pocos pasos de su casa uno los más famosos clubes de bailarinas exóticas, esa noche, la del sábado, 23 de agosto de 2014, escogió un club en el barrio pobre.  Suficientemente alejado de su casa como no ser reconocido entre amigos y conocidos.

No manejó.  Aunque el solo temor de caminar ese barrio en la noche era suficiente, no quería que lo vieran pululando por los trillos del infierno.  Además, hacía tiempo no manejaba si tomaba.  Caminó dos bloques.  Llamó un taxi.  Le pidió que lo dejara pasado un bloque del lugar.

El Xiomara’s Exotic Girls Dance Club habitaba dentro de un espacio estrecho y largo iluminado con tenues bombillas rojas.  A la entrada, en el primer tercio del rectángulo, había once mesas pequeñas con dos sillas cada una.  En el tercio del medio había una barra contra la pared derecha con diez stools donde los hombres se sentaban a tomar y disfrutar del espectáculo.  Al final y hacia la izquierda, dejando un estrecho pasillo hacia la derecha que daba a los baños y una trastienda, estaba una tarima, coronada con un tubo que nacía en el medio de la plataforma y moría por dentro del techo.

En la barra, donde se sentó, había otros tres hombres.  Maduros.  Viejos.  Desaliñados.  Distintos a él que llevaba puesta colonia Prada.

Sus ojos se enfocaron en una bailarina que esperaba al pie de la tarima su turno para bailar.  Menuda.  De pelo largo negro.

Cuando ella terminó de bailar se le acercó.  Le pidió que se sentaran en una mesa y que le invitara un trago.

—No puedo irme contigo.

—Claro que puedes.

—Cómprame un baile.  En la trastienda hay un cuartito.  Son $100 dólares y te bailo en tu falda por media hora.  Y quizá te llevas un premio.

—No quiero que me bailes.

—¿Entonces, qué quieres?

—Quiero que me toques.

Él no quería tener sexo.  No quería estar acompañado.  No quería hablar con más nadie que él mismo.  Quería ser tocado.

—No salgo hasta las 4 de la madrugada y mañana tengo compromisos.

Álvaro esperó hasta que cerrara el bar.  La despidió con cariño en la mirada.  Caminó una cuadra.  Llamó un taxi.  Se quedó a una cuadra de su casa.

A las 10 de la mañana del domingo, 24 de agosto de 2014, sonó el intercomunicador y una voz conocida le habló:

—Buenos días.  Somos vecinos y queremos compartir con usted buenas nuevas.

Extrañado consigo mismo, esta vez no los despachó con el ¡somos ateos, no jodan!

—Bajo ahora.

—Hola  —le dijo ella.

El hombre se congeló al verla de nuevo.  Vestida.  Con los mismos ojos.  La misma mirada.

—Somos vecinos y venimos a traerle buenas nuevas.

—No… no quie… no me… no estoy interesado.

—Entiendo, no se preocupe.

Ella estrechó la mano y la posó sobre la mano de él.

—En ocasiones solo hace falta una mano que nos toque.

—Gracias.

Foto por Themaven a través de Wikimedia Commons.

6 comentarios sobre “La Predicadora

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