Oquedad (sobre la pérdida irrecuperable y el remordimiento que le sigue)


Recibí la noticia de su muerte en un sobre cerrado, una mañana oscura del primer día de invierno. La nota contenida en su interior era breve, había sido escrita en un papel amarillento con bordes dorados, en un tono solemne que me resultó distante, ajeno a toda lógica o realidad admisible. Algunas letras se habían borrado debido a los cambios de temperatura producidos en la peripecia del recorrido, pero me bastaron las dos primeras frases en letra cursiva para comprender la dimensión de su significado, y enterarme de ciertos detalles.
De súbito, los párpados se me pusieron pesados, los pies y brazos comenzaron a temblarme. Por una fracción de segundo, olvidé quién era, cómo había llegado hasta allí. Desde el otro lado de la puerta, el cartero me veía con mirada expectante, ansioso porque firmara y le dejase marchar. Pero yo era incapaz de reaccionar, incluso de hacer el más mínimo movimiento. El mundo había dejado de existir en ese instante, aunque las manecillas del reloj de pared continuaran marcando una hora indefinida a cada momento. Logré salir del estado de abatimiento unos minutos más tarde, pero permanecí absorto y cabizbajo. El conocimiento de su partida me conmocionó a tal grado, que me fue imposible pronunciar palabra alguna.
Caminé hasta la cocina y me serví una taza de café caliente, tratando de poner orden a mis pensamientos, buscando una idea o sentimiento para contraponerlo al dolor. Temía derrumbarme ahí mismo, sobre el gastado linóleo sin color que recubre el suelo de la pieza; ceder a los caprichos de la angustia liberada en cada parte de mi ser. Desde niño, el mundo siempre me pareció un sitio trágico, proclive a la desgracia humana, pero ahora, la violencia de esos arrebatos infantiles poseía un rostro y cuerpo conocidos, un nombre familiar que había brotado de mis labios con dulzura tantas veces. Esa rabia indolente de mis primeros años, apareció representada en el final trágico de nuestra historia sin aviso o advertencia previa, y pronto no quedaría nadie más para contarlo, para confirmar lo felices que fuimos.
Pensé también en lo inefable del destino, la crudeza sorpresiva con que fluye ese cúmulo de emociones subversivas que llamamos amor. Y la vi… la vi sentada junto a mí, en el viejo sillón de madera de roble. También me veía, con mirada intrigante y astuta, la mirada de aquellos años de juventud, cuando acostumbraba jugar con su cabello rebelde, oloroso a hierba seca.
Uno a uno, en desorden y en cuadros descompuestos, fueron apareciendo los únicos recuerdos que conservo en la memoria; el ala rota de la paloma, los laureles que crecían en el jardín de su casa, el azul ceniza del cielo sobre Cartago. Me detuve a rememorar la última ocasión que nos vimos, sin decirnos nunca un adiós o hasta luego, vestía un sombrero hecho de hojas trenzadas y una sombrilla para protegerse del sol. Caminamos descalzos por la playa aquella tarde, admirando el paisaje boscoso que emergía al otro lado de la orilla. Los arbustos armonizaban con su vestido de seda gris. Le gustaba pintar acuarelas, y tomar una copa de jerez antes de la cena. Ella era una mujer como pocas conocí, alegre, soñadora, me hacía sonreír a pesar de mi tristeza.
Reconocí entonces el peso ineludible de la culpa; los errores cometidos en el pasado, las noches en silencio, sin poder dormir, la sucesión de los días, cuando no supe decir cuánto la necesitaba. Así que fui en busca de un lápiz y papel, en un esfuerzo desesperado por redimirme; anoté los datos del remitente y escribí “No quiero que te vayas. No quiero perderte”.
Cada noche, antes de ir a la cama, corro la vieja manta enmohecida que protege la ventana; no sé por qué lo hago, qué espero que ocurra. Permanezco de pie, durante algunos segundos, tratando de ver a través del cristal roto. Afuera, no hay más que oscuridad.

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