Domingo VII


Tengo el tiránico deseo
de aliviar mis tiranteces
con el tiempo
a base de golpes.

Colocar una guillotina
en todas las mirillas,
y guardar en un bote con formol,
una colección enciclopédica
de pestañas y pupilas
redondas que mirar,
en las que perderme
retórico a confabular
por lo que hubiesen
podido pestañear.

Quizá me dedique
a pelar bonsais,
o a apuntar con una escopeta
de doble cañón,
a los malditos críos
que invadan mi valla
en busca de su pelota.

Quizá termine
supurándome el hígado perdón,
y los cuatro dientes
que me queden,
sean piedras en otoño rodeadas
de hojas amarillas y negras
de algún tabaco ya podrido
al ritmo,
de la irregular cadencia
del aliento en los años.

Hablo desde todo el síndrome
claustrofóbico que pueda
padecer el esperma,
no quisiera irme
sin que me toques,
con la sutil indiferencia
con la que tocas
a los interruptores.

– Enrique Urbano.

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3 pensamientos en “Domingo VII

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