Confesiones animales


De entre los lobos, los niños son los más sangrientos. Todavía recuerdo repartiendo dentelladas a todos los lugares, en todas las direcciones donde podía encontrar carne defendiendo a mi hermano. Todavía puedo escuchar sus gritos: Gordo, gordo, gordo, gritaban, y luego se iban corriendo entre risas. Gordo, gordo, gordo. Cojo. A que no nos coges. Gordo. Se había roto la pierna jugando con la bici; estábamos haciendo carreras y se cayó contra un coche; se rompió la tibia, el peroné, se dislocó la rótula y algunos ligamentos. Le operaron. Estuvo con una escayola durante meses y un aparato fijador para volver a andar. Durante este tiempo, mi hermano, que siempre había corrido a todos los lados, al verse cojo y con los dolores de la rehabilitación quizás comió demasiado; la ansiedad te hace esas cosas… Es cierto que estaba gordo; y que no podía correr con los otros niños; que estar con él suponía estar sentado hablando: o sea “un rollo” como decíamos entonces al aburrimiento; y que el dolor muchas veces no le dejaba dormir. Lo sé porque yo dormía a su lado. Sí, es cierto que su carácter se agrió por este motivo. Pero cómo explicar al resto de los niños que dolor te lleva muchas veces por los caminos de la ira; que no estaba enfadado con ellos sino con él mismo. Con el mundo. Y los que fueron nuestros amigos de barrio se convirtieron en nuestros enemigos. Nos gritaban (porque lo que le hacía a él me lo hacía mí) nos insultaban; a veces nos tiraban cosas y salían corriendo… Aguantamos esta situación durante meses hasta que él se pudo poner en pie. No te preocupes, Carlos, no podemos correr detrás de ellos para pegarles pero tienen que volver a casa y sabemos dónde viven… Les esperamos uno a uno en la puerta de su casa para devolverles los golpes que nos dieron con piedras. Maricón, ahora no puedes correr. Eh, maricón, ahora no tienes piedras. Hijo de puta, ¿a que ahora no te hacemos gracia? le decíamos mientras le pegábamos puñetazos y patadas entre los dos. Desde entonces ya no nos arrojaron piedras; pero continuaron con los insultos y ya en esa época me di cuenta que los golpes que más duelen no son los que se dan con los puños sino con las palabras. Gordo, gordo, gordo. Cojo. Le seguían diciendo. Pero cómo les íbamos a pegar por decir la verdad. Además las manos no pueden herir el alma también lo aprendí entonces.
Y de entre la niebla apareció él; como cuando miras a un escaparate y sin querer te ves reflejado: descubres a tu otro yo en ti; descubres a tu animal. Él me enseñó a morder sus entrañas: Javier, uno de ellos, tenía un hermano con discapacidad mental; y es a él a quien dirigí primero mi voracidad: cada vez que nos gritaba gordo yo le escupía la discapacidad de su hermano. Mas no fue suficiente; continuaba haciéndolo. Y una vez, que le arrinconé en el parque entre los arbustos, creyendo que le iba a pegar, sonrió. Pero no, no le pegué; le dije despacio, muy despacio, lentamente todas las palabras-dientes que salieron de mi animal. Mi hermano está gordo. Sí. Pero con el tiempo va a adelgazar. El tuyo no. El tuyo será tonto toda la vida. Un subnormal de mierda para siempre. Y cuando seamos mayores nos seguiremos riendo de él todos menos tú y tus padres. Y cuando tus padres mueran te tocará a ti. Lo noté en sus ojos. Había metido mi hocico en su herida y ahora estaba desgarrando sus tripas. El olor de esa sangre me acompañará para siempre. Ya no volvió a meterse con nosotros. Ya no volvió a hablar de nosotros. Huía. Huía como hacen los pacíficos ciervos. Ojalá yo hubiera podido ser ciervo y nunca haberte mordido.
Ángel, otro de ellos, otro que también nos acosó durante mucho tiempo no tenía ningún punto débil. Era un niño feliz y simpático. Todo el mundo quería estar con él; rodeado siempre de amigos, al contrario que nosotros, que nos habíamos quedado solos. Así que lo hice con su familia. Maté a su madre. Bueno, realmente, es lo que pensé durante tiempo: que había matado a su madre; aunque lo único que había hecho es rezar. Sí, recé. Recé para que le ocurriera algo malo a él o a su familia. Rezaba yo creía que al demonio. Y su madre murió. Y se le abrió en el pecho la herida… Para cuando esto sucedió, ya había dejado de insultarnos hacía meses, pero le tenía que devolver el daño que nos había hecho. O eso creía. Aunque más tarde comprobé que era el lobo quien necesitaba otra vez ese sabor de la herida del alma: Te acuerdas cuando nos llamabas gordo. Te acuerdas… pues mira ahora a mi hermano, ya está adelgazando. Pero tú vas a estar sin madre para siempre. Jódete. Una vez que has metido la cabeza quieres llegar más hondo. Quieres arrancar el corazón: Estás solo, tu padre pasa mucho tiempo fuera (era comerciante) y tú vas a estar muy solo. Y aunque creas que tienes amigos en la calle, cuando llegues a casa, te darás cuenta de que no hay nadie. Jódete. Cuando saqué la cabeza ensangrentada de su pecho con el corazón todavía latiendo entre los dientes, pude ver el rostro horrorizado de mi hermano. Pude ver el miedo en sus ojos; el espejo en qué me había convertido. Desde entonces, él se alejó de mí. Como tú.
Pero todavía quedaba uno al que devorar. Recuerdas que te dije que nos tiraban cosas. Andrés, el último de ellos, no nos tiraba piedras que nos pudieran hacer daño; él era más retorcido: nos tiraba orina, la metía en botellas de plástico y luego nos la lanzaba mientras estábamos desprevenidos después de salir de misa vestidos con el traje de domingo. Toma meado gordo. Toma meado. Es a él con el que tuve más paciencia. Toma meado. Es a él al que reservé mi festín más cruel. Ya no podía contar con mi hermano. No le gustaba eso que hacía, me dijo, pero ya no lo puedes evitar. Has nacido. Como decía Rimbaund: “Yo es otro”. El animal reclama su espacio; espera alerta para cuando aparezca la presa. Voraz. Y entonces, en el momento más inesperado aparece: el padre de Andrés tenía una pequeña tienda en el barrio, un ultramarino que vendía desde fruta y verdura hasta chucherías para niños. Era una tarde de primavera y fui a comprar no recuerdo qué pero apareció la situación. Una niña pequeña con vestido verde le pedía unos dulces desde debajo del mostrador. El padre no sabía a cuáles se refería y se decidió a alzarla al mostrador para que se los señalase. Y es ahí donde lo vi claro. Salí de la tienda y fui corriendo hasta donde se encontraba su hermana mayor con sus amigas y les dije. El señor de la tienda está tocando a tu hermana, corre. La está tocando. Corre. La suerte hizo el resto. Cuando entraron en tienda la tenía levantada agarrándola por la cintura, la mitad del cuerpo apoyaba en el mostrador y la otra mitad contra la pelvis del padre. Su hermana y sus amigas se pusieron a gritar. La niña se puso a llorar asustada. Y la gente, maravillosamente la gente-lobo, también hambrienta de carnaza hizo de aquello un espectáculo salvaje, un drama rojo. Le detuvieron. Estuvo preso durante unos días; y aunque después del juicio salió inocente por falta de pruebas siempre le quedó el estigma.
Ahora que ya somos seres adultos y la humanidad debería acompañar a la razón en nuestros actos, continuamos arrastrando las viejas heridas de niño; las cicatrices, si alguna vez cerraron, hablan más de nosotros que nosotros mismos, como las palabras que se tallan en los árboles. Mi hermano adelgazó, corre maratones; pero nunca superó su complejo y siempre que piensa que ha comido demasiado se mete los dedos en la boca para vomitar. Es bulímico. Javier, entró en un seminario por vocación (o por expiación, no sé) pero tuvo que salir de él para cuidar de su hermano una vez que murieron sus padres. Ángel ahora es un hombre solitario y triste. Y de Andrés y su familia, bueno, no sé mucho, pues un año después del “festín” tuvo que cerrar el negocio y marcharse del barrio porque todos continuaban pensando que su padre era un pederasta. Y yo, sangriento, a todo el mundo que está a mi lado le hago daño. Ya no sé si el animal o yo. Si me defiendo o busco comida. Esa es mi herida. Soy la herida. Siento haberles hecho daño. Siento haberte hecho daño con todas las palabras que te dije aquel día y nunca tenía que haber dicho. Pero sobre todo, lo que siento, es no haberte conocido cuando los dos éramos niños y todo era posible.

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8 pensamientos en “Confesiones animales

  1. Magnîfico relato, lo adoré! La crueldad se instala feliz en la ignorancia, en la negación de la alteridad o la reificación del Otro. Y a algunos niños se les da muy bien permanecer en un sistema solar autocentrado, donde la periferia y sus infortunios ni siquiera existen. Lo dramático de todo esto es que esas cicatrices infantiles hablen por nosotros en la vida adulta.

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  2. Enhorabuena. O debería decir muchas gracias por escribir tan bien y compartirlo. Es un relato magnífico y has tomado una decisión arriesgada. Al principio pensé que te habías adelantado con la primera frase (“De entre los lobos, los niños son los más sangrientos”), que habías desvelado el tema antes de continuarlo. Quizá porque siempre se dice que en los relatos cortos la sorpresa hay que dejarla para el final. Pero, este cuento no es como otros: no es la maldad el tema, sino sus consecuencias. Las consecuencias morales o éticas, como gustes. El daño infligido al narrador lo convierte en ese lobo que acaba devorándose a sí mismo. Hacía tiempo que no leía un relato tan redondo, por su forma (se cierra con lo que inicia), su ‘crescendo’ que acaba en el derrumbe. Y un cuidado con el lenguaje que diría exquisito, en su sentido etimológico: algo sacado o extraído de lo que se quiere poseer o realizar.

    De nuevo, gracias.

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