Guido (Sorrento, 1987)


El acantilado, viento y mar en paseos prohibidos. María, a regañadientes, viene conmigo y nos quedamos absortos ante la belleza del mar de las sirenas. El pequeño puerto cobra vida con el ir y venir de las barcas. La costa recortada fundiéndose en un picado mortal en las aguas. Y nosotros riendo.

—Guido. ¿Por qué siempre quieres venir aquí?
—No lo sé, tal vez me gusta ver como no se acaba nada.
—¿Qué quieres decir?
—Estas vistas son preciosas, ¿verdad? Pues yo también veo lo que no abarcan mis ojos.
—Ya, sueñas con lo que hay más allá.
—Sí, supongo que sí.
—Eres un soñador tonto.

Solo tenemos 17 años y una vieja Vespa con la que serpenteamos por las viejas carreteras. Subidos en ella siento su fuerte abrazo. Anochece y su mirada torna líquida, como si quisiera decir algo que nunca dice.

Es viernes y el bullicio de las calles nos despierta de nuestras ensoñaciones. Nunca sé lo que piensa ella, pero yo no quiero seguir la estela marina de mi padre, y aquí solo veo un futuro de redes y cañas.

—María, ¿nos tomamos una cerveza en lo de “Peppo”? He quedado allí con Tomasso.
—No, prefiero que me lleves a casa
—Solo será una.
—No, Guido, no.

Al dejarla en su casa, un suave beso en la mejilla y su mirada líquida.

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