Diáboro


Le dejó sentir sus manos,
justo cuando la herida estaba más abierta
y aún sangraba.
Le cedió espacios
él sabía muy bien porque ella lo hacía,
era parte de su plan macabro
hacerse errado
desentendido de lo que causaban
sus lluvias rotas
sobre ella, sobre su cabeza
llena de una semántica que él no amaba,
de ilusiones baratas prefabricadas.
Él solo le quería a escondidas
en palabras.
Él se merecía cada una de sus mañas,
el peso en su espalda no le estorbaba
pues sabía bien la función que jugaba.
Sabía muy bien como aquello acabaría
aún cuando su poesía marchitara.
Le clavó a sus anchas sus deseos
se hicieron ambos esclavos de cama
carcomiendo cada día a sus mentiras,
un fin que justificaba lo que se pesquisaba.
La ingenuidad de ella era lo que le excitaba más
sabía que podía jugar de villano
vestir sus pieles sin atrición ni piedad
a sabiendas voluntarias
que al ocaso del noveno día debería de pagar.
Sí, a todos les llega la cobranza
se devuelven las aguas a los causes de sus ahogos
así como regresa la sangre que salpicó en el ojo.
Se cobra lo que a la tradición fue panegírico
y se manchan de nuevo nuestras manos;
un llanto seco y sin alivio,
se entromete en medio de los presagios.

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