Nadie que escribir


No tengo nadie que escribir, sin embargo sucede que tal vez una gota de lluvia, un algoritmo inconcluso, un animal feroz en plena oscuridad, alguna melodía a medianoche seduzcan cientos de palabras, cientos de lenguajes. Quizás otra gota y ninguna copa, otro abismo y otra cuerda para aquel suicida de palabras. Qué mejor desdén que la ausencia, qué mejor caricia que el pecado. La muerte de los grises. Decir nadie y ausentarse para elegir un pasado. ¿Qué reloj de arena somos: el segundo previo a la muerte o la sensación alegre del orgasmo? Escribo y escribo, y no tengo a nadie, no comprendo el lenguaje cotidiano y no comprendo los buenos. También he de olvidarte, recogeré algunas sílabas y jugaré contigo, recordando que fuimos odio alguna vez, que dejo de escribirte para comenzar a susurrar algunas palabras en tu oído, por favor muerte, no escuches esto, no intentes comprenderme. Si te hablo es porque sueño, si te escribo es porque nadie. Eres única y distante. Creo haber descubierto la forma correcta para escribir, fingir que no obviamos la verdad.

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