Yo imaginaba que la tocaba


Olympia_Typewriter_2003_001

por Reynaldo R. Alegría

A los 15 años, cuando te gusta una chica no te la imaginas desnuda. Yo imaginaba que la tocaba, solamente imaginaba que la tocaba; más bien imaginaba que le tocaba el pelo, que le acomodaba sobre la oreja los cabellos que regresaban desafiantes y voluntariosos a cubrir su rostro y que me impedían apreciarla y disfrutarla.

Yo me sentaba a su lado.

En el segundo año en el colegio me matriculé en un curso electivo de mecanografía. Solo éramos dos varones y, aunque la clase no era de mi particular interés, yo quería estar junto a ella.  El aula estaba instalada en un mágico edificio enclavado frente al mar. Ubicadas sobre cada una de las cinco breves mesas de madera que se organizaban en línea y a su vez en cinco filas, estaba una de las veinticinco máquinas de escribir Olympia.

La Olympia era una máquina maravillosa. La recuerdo bien. Cada tecla tenía marcada una letra que al oprimirse a manera de palanca activaba una barra de metal que en su extremo tenía el tipo en relieve. Cada vez que la cinta de tela entintada (mitad negra y mitad roja) era golpeada, la magia de la ingeniería mecánica depositaba sobre el papel una letra.

¡Me encantaba usar mi máquina!

Mi máquina estaba gastada, ajada, la tecla “s” se atoraba con la tecla “d” y me impedía escribir más rápido. Como me la pasaba todo el tiempo hablando con ella y contándole historias, me desentendí del curso y aprendí a usar solamente siete dedos de las manos, nunca pude activar el uso de los meñiques y el pulgar izquierdo. Por más que acomodara cada uno de los ocho dedos mandatorios sobre las teclas “a”, “s”, “d”, “f”, “j”, “k”, “l” y “;”, siempre excusaba mis dedos pequeños de tocar el teclado.

En décimo grado ella se fue de la escuela.  Aunque poco tiempo pasaría para que la máquina de escribir mecánica fuera sustituida por la eléctrica y por los procesadores de palabras, yo nunca olvidé la mía, como tampoco la olvidé a ella. Tenerla sentada a mi lado me provocaba una emoción tan grande que, desde entonces, no he vuelto a ver una máquina de escribir sin recordarla. Recuerdo mi máquina. Recuerdo perfectamente el tabulador, la barra espaciadora, el rodillo. Recuerdo el lunar de ella en su rostro, sus uñas largas, limpias, pulidas, transparentes, sin esmalte. Recuerdo su pelo largo, lacio, oscuro, brillante. Recuerdo las ganas que tenía de tocarle el pelo, de descubrirle el rostro tapado. Recuerdo su voz suave, sus ojos habladores, su disciplina, su uniforme perfectamente planchado. Y recuerdo las ganas que tenía de tocarle el pelo.

Cuando hace unos días nos encontramos en una reunión de ex alumnos, me quedé hipnotizado. Habían pasado 35 años. Ahora, a los 50, cuando te gusta una chica muchas veces te la imaginas desnuda; de espaldas a ti, con su pelo largo, lacio, oscuro y brillante bailoteando sobre su espalda clara.  Mas no era eso lo que me apetecía. Tras un par de copas y una divertida plática en la que descubrí mis recuerdos del curso de mecanografía, yo solamente quería tocarle el pelo. Con la parte exterior de mi mano derecha levanté con cuidado el cabello que se le chorreaba sobre la parte derecha de su rostro y le acomodé el pelo sobre su oreja, dejando al descubierto el conocido rostro y su emblemático lunar. Una vez, dos veces, varias veces.

Anoche, mientras la desnudaba con calma, como cuando se deshoja una flor y el estambre se emociona al descubrir el pistilo, me regodeé sobre sus cabellos que son como de hilos formados de seda. Y mientras nos gozamos los acaricié y, según el placer fue robando nuestra calma, los estrujé sobre mí y los halé, con ella de espaldas a mí, con su pelo largo, lacio, oscuro y brillante bailoteando sobre su espalda clara.

Foto: Olympia Typewriter por Veronidae (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)%5D, via Wikimedia Commons

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