Un compañero irlandés


Acostumbrado a concederse un tiempo a solas, André Moraes buscó el paraguas y salió rumbo al bar que acostumbraba ir en ocasiones como esta. La lluvia jugó un papel fundamental en aquella melancolía. La esposa acababa de abandonarlo, yéndose con otro: solo un affaire con quien había sido el padrino de su boda.

Nada hay más oportuno para una desgracia que el hecho de ser sucedida por otra, de tal manera que, sumándose a la primera, una llamada confirmaba lo que temía hace una semanas: lo despidieron de su trabajo. El guión de este melodrama iba cobrando vida. André llegó al bar y pidió “lo de siempre”. Un whisky irlandés con tres cubos de hielo; no dos, no uno, tres cubos de hielo.

“¿Qué sentido tiene agregarle uno solo? Moriría de soledad y, además, no me gustan los números pares”, solía argumentar el porqué de la exactitud en su capricho de los tres cubos de hielo. Interrumpiendo aquel ritual de celebrar la melancolía con monólogos espantosos, se sienta a su lado una mujer de piernas, a simple vista, dignas de una escultura griega y un rostro bello por donde se lo mire.

André no volteó a mirarla, se limitó a seguir con su monólogo interno.

“Lo de siempre”, dice la mujer al bartender, quien llega con una Sprite Zero y se la da.

—Aburrida —desembucha André.

—¿Perdón?

—Aburrida. ¿Quién viene a un bar a pedir Sprite Zero? Y lo que es peor, es su “lo de siempre”.

—Mariana Silva —responde con picardía la pregunta sarcástica de Moraes —y, disculpe usted, no sabía que “lo de siempre” solo podría atribuirse a bebidas espirituosas dignas de viejos solterones —retrucó.

—Usted, Mariana Silva, acaba de declarar la guerra —expresó André con una sonrisa en el rostro.

Él, francés y militar retirado, había servido a las Fuerzas Armadas francesas. Sabía bien de qué hablaba cuando mencionaba la guerra. Su padre, también francés, llegó a ser “Lieutenan-colonel”.  Su madre era portuguesa, maestra parvularia.

—Déjeme adivinar. Se ha alejado del alcohol hace, probablemente, unos años, quizás meses. Por eso se refugia en el sabor dulce pero con “cero calorías” de una Sprite Zero cuyo principal objetivo es en realidad engañar el organismo, haciéndole creer que lo cuida cuando que en realidad podría causarle el mismo daño que cualquier bebida con un mínimo porcentaje de alcohol —plantea con orgullo su conclusión.

—Por lejos… ha fallado. Nunca tomé bebidas alcohólicas. Simplemente me gusta la Sprite Zero ¿Acaso uno debe huir de algo, necesariamente, para disfrutar de lo que le gusta?

—Interesante, interesante. Bueno, quizás no necesariamente pero sí esporádicamente ¿Acaso nunca huyó?

—¿Está huyendo de algo en este momento?

—¿No sabe usted que es de mala educación responder una pregunta con otra?

—¿Según quién?

—Jugada inteligente. Dígame ¿cuántos años tiene? A juzgar por esas piernas… —Recién en este punto de la conversación se detuvo a analizar sus extremidades—. Diría que ronda los treinta y tres años.

—Linda edad para que me crucifiquen, ¿no?

—Solo si delira ser un dios.

—Conque un ateo, eh. Treinta y ocho.

—Creo en dios: mi padre. Treinta y ocho años bien tímidos, no se dejan descubrir.

—No me conmueven los halagos, pero gracias. Y ¿usted? No sé ni su nombre y ya se me está acabando la Sprite Zero.

—Estoy huyendo de la nostalgia. En realidad, creo que lo hago mal. Confundo huir con encontrar. En vez de correr al olvido, hago citas con el recuerdo. ¡Ah! Soy André Moraes, cuarenta años.

—¿Ya probó dejando de huir? Insisto, para disfrutar de algo no es obligatorio huir. Si su “lo de siempre” es un vaso de whisky irlandés con tres cubos de hielo, dudo que haya tenido encuentros recientes con la alegría.

—El infortunio en persona, eso es lo que tiene a su lado. Aunque no me victimizo, prefiero compartir monólogos con este compañero irlandés.

—¿Qué le habrá hecho la vida para tener de compañero a un whisky?

—De verdad, no quiere saber. Pero si insiste podría contarle más detalles si acepta acompañarme.

—¿Qué le hace pensar que aceptaría la invitación de acompañarlo? ¿Tan desesperada me ve? Sigue siendo un completo desconocido para mí.

—¿Cuántas veces ha huido usted de la alegría?

—Nunca me puse a pensar en ello pero no respondió a mis preguntas.

—Pues, he huido tantas veces de ella que ahora que la veo cara a cara he decidido cambiar de estrategia: invitarla a ser parte de mí.

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