Mati


Dos amigos se encontraron en una barra para celebrar su mayoría de edad. Ya podían tomar licor sin presentar identificaciones falsas o mandar a un adulto para que se los comprase. Arturo y Damián celebraban su libertad mientras hablaban de sus aventuras recientes. Arturo era el más alto. Esbelto, moreno y de rostro sereno. De los dos era el más serio. Había ido a la universidad y estaba por recibirse de Administración de empresas. Le tocó hacer la práctica en una empresa multinacional y se podría decir que había empezado con el pie derecho. Ya le habían ofrecido trabajo para cuando se recibiera. Seguía soltero, no por falta de candidatas sino porque quería estar seguro de que seleccionaba a una mujer para toda la vida. Damián en cambio era una tormenta. Mujeriego. Ocioso. Charlatán. Era como un veneno en frasco pequeño y mortal. Monísimo. Pelirrojo, pecoso y con un cuerpito de figurín de tocador. Las mujeres se volvían locas con él fuera y dentro de la cama. Lo que no tenía en estatura lo tenía en artes eróticas. Las chicas se contaban unas a las otras sus peripecias y él con esa fama no tenía que hacer gran esfuerzo en sus conquistas.

—¿Qué has sabido de Elena? Aquella… la de las tetas enormes —preguntó Damián, relamiéndose con el recuerdo de una de sus travesuras.

—¡Damián! ¿No te han dicho que los caballeros no tienen memoria? —interrumpió Arturo. —¡Tú tienes una hermana! —reclamó.

—Pero si no estamos hablando de mi hermana —contestó Damián en un tono aniñado—. ¡Anda! Si no vamos a hablar de mujeres entonces, ¿de qué?

—Sí podemos hablar de mujeres, pero puedes referirte a ellas por sus ojos, por su profesión, por la escuela a la que van…

—Está bien, está bien. Que no me refiero más a las tetas de Raquel. —Hizo una pausa—. ¿Qué tal su culo? —agregó riéndose ufano.

Arturo no tuvo más remedio que echarse a reír dando a su amigo por incorregible. Hablando y bebiendo pasaron el rato cuando se les atravesó una muchacha de cara triangular y ojos verdes que les llamó la atención. Era muy alta y de figura estilizada. Llevaba un vestido ajustado y verde. Pensaron que era una modelo. Ella se dirigió al barman y pidió una bebida hecha con yerbas y agua tónica. Arturo y Damián percibieron el olor de aquella hembra que los llamaba. ¿A cuál de los dos le haría caso? Arturo la miró a los ojos y sonrió, pero ella definitivamente no parecía interesada en él. Él decidió echarse a un lado y dejarle la conquista a su amigo. Entonces Damián enfiló todos sus cañones.

—¡Buenas noches! —dijo acercándose suavemente como pantera a punto de atacar a su presa.

—¡Buenas noches! —contestó ella dibujando una amplia sonrisa.

—¿Se puede saber cómo te llamas? —preguntó Damián invadiendo todo el espacio social de la muchacha.

—Me llamo Mati —contestó ella sin incomodarse por el acercamiento—. Yo sé que quieres acostarte conmigo —continuó sin ningún preludio.

Damián no podía creer lo fácil que se le estaba haciendo el asunto. Se rió para sus adentros.

—Y bien, Mati. ¿A dónde podemos ir a quemar estas ansias?

—Sígueme —dijo ella levantándose muy despacio del asiento, caminando delante de él y contoneándose de manera sensual. Él la siguió, ebrio. Ebrio por la bebida que había consumido y por el olor de aquella mujer que lo enloquecía. Ella caminó hasta un lugar apartado y oscuro, lista para dejarse seducir. Él avanzó por detrás, le levantó la falda y le bajó las bragas. Con un brazo la cercó, acariciando sus pezones con la mano mientras se abría la bragueta con la otra y extraía su pene erecto.

—¡Detente! —dijo ella, seductora—. Quiero que me penetres de frente.

—Si es lo que quieres, chulada, así será —contestó él en un susurro al oído, cada vez más excitado.

Cuando se volvió de frente, Damián la penetró mirándola a la cara. Las pupilas de Mati se contrajeron. De sus brazos salieron unos dientes que lo atraparon. Y de un mordisco ella engulló su cabeza.

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