El cuartel de las desdichas


Tren #21

Estaban de fiesta en el salón número ocho. Nada extraordinario para nadie. Una reunión como muchas otras, con la única diferencia de que yo estaba allí.

Fui invitado por el teniente Suárez como gesto de gratitud por una cena que mi familia ofreció y que por lo visto él disfrutó mucho. Yo estaba aburrido desde que llegué, hasta que algo llamó mi atención.

Afuera del salón se podía divisar un muy bien resguardado lugar, con un letrero que decía “Cuartel de las desdichas”. Intrigado, no sé si por el nombre del lugar o por el hecho de su gran resguardo, me atreví, muy sin tapujos, a preguntar directamente al teniente Suárez.

Carraspeando para llamar su atención, le pregunté sin temor:

—¿Qué es el cuartel de las desdichas?

—¿De verdad quieres saberlo? —respondió con una sonrisa algo sombría.

—Sí, me intriga, señor —dije sin dudar, pero mostrando el tono de respeto que merece un militar de su rango.

—¿Jamás te has preguntado algo sobre las desdichas en sí? —dijo el teniente en un tono serio, borrando inmediatamente su anterior sonrisa.

Era una pregunta desconcertante, mi rostro no podía estar más serio. Parecía una pregunta descabellada, pero el solo tono de su voz y su mirada solemne invitaban a tomársela como una pregunta de vida o muerte. Me tomé la interrogante con mucha seriedad. ¿Qué podrían tener de especial las desdichas?

<<Bueno, son vivencias negativas —pensé—, que a todos en algún momento nos alcanzan y, por supuesto, producen tristeza. ¡No hay gran ciencia en ello! Aunque, por otro lado, pensando en mis desdichas o en las de mis conocidos, hay algo peculiar. Si te pones a pensar, tus desdichas a los diez años no son las mismas que a tus veinte, y estas, a su vez, son peores a tus treinta. ¡Interesante! Hay un patrón de aumento de intensidad en las desdichas>>.

—¿Ya te diste cuenta? —me dijo el teniente, dando una clara muestra de que estaba muy atento a mis expresiones, quizá demasiado atento, sospechosamente atento.

—¿Cuenta de qué? ¿De que las desdichas aumentan con el pasar de los años? Sí, no es muy novedoso. Debe ser porque cada vez vivimos más, maduramos más y nos duelen cosas más complejas —le respondí con aires de que nada podía sorprenderme.

—Ponte estas gafas y mira al techo —me dijo Suárez con una voz de mando que no me gustaba para nada. Pero de todos modos había que hacerle caso, el tema era demasiado extraño como para rehusarse.

Me puse las gafas y no noté diferencia, hasta que miré al techo. No podía creerlo, vi un pequeño tren que se movía frenéticamente, como analizando cada paso de cada persona. El tren estaba lleno de cables y luces. También tenía dos sellos: un número veintiuno al costado derecho de la cabina y, más adelante, tres estrellas.

—Lo viste, el tren que vaga por los techos. Nadie podrá verlo jamás sin las gafas adecuadas —dijo Suárez.

—¿Qué es eso?, ¿nos vigila? —dije algo asustado.

—El tren que vaga por los techos tiene una labor infame: leer tus sueños y temores, para entregarlos como datos —dijo Suárez en tono solemne.

—¡Eso no puede ser! ¿Para qué querría alguien semejante información? —dije yo, ya más calmado.

El teniente solo señaló hacia la ventana, hacia el Cuartel de las desdichas.

—¿Jamás te has preguntado por qué cada desdicha es más fuerte que la anterior? ¿No te has preguntado quién entrena a las desdichas para que sean más certeras en golpearnos? ¡Es por el tren! El tren lleva los datos de todos al cuartel, y allí se entrenan las desdichas de cada persona, para ser cada vez más mortales en su arte —dijo Suárez con resignación en su mirada, una fría resignación que me erizó la piel.

—¿Y por qué se permite eso? ¿Por qué no acabar con el cuartel, y librar a la gente de las desdichas?

—Porque el asunto no es por el cuartel secreto. ¡Ni siquiera es por el tren! Somos nosotros los que damos vida a las desdichas, de una u otra forma. Ellas viven por nosotros, comen por nosotros, nos matan a nosotros. Con las gafas solo viste al tren, ¡al tuyo!

—¿Mi tren? ¿O sea que hay un tren por cada uno de nosotros?

—¡A veces más!

—¿Cómo puedo evitar que me lean?

—No puedes evitarlo, pero puedes pintarlo, conversar con él. Hacer un pacto con el tren y con tus desdichas venideras.

—¿Un pacto? —dije asombrado.

—Sí, pacta con él, se sincero. Así el tren ya no tendrá que vigilarte, ya sabrá todo por tu propia boca.

—¿Y qué gano yo contándole todo? ¿Ahorrarle trabajo?

—¡No!, lograrás que tus desdichas no vengan de sorpresa. Empezarás a entenderlas, a asimilarlas y, quién sabe, hasta las saques del cuartel para que no aprendan más que a vivir contigo.

—¡Entiendo! Sacar a pasear a las desdichas junto a mí —dije yo, sintiéndome iluminado de repente.

—¡Exacto! Sacar a sonreír a tus desdichas. Después de todo, ¡hasta las desdichas tienen derecho a una alegría de vez en cuando!


 Texto: Donovan Rocester

Imagen: Blacksmith

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