Después del sexo


Despues del Sexo Marcello Mastroianni Sophia Loren mariage-a-l-italienne-1964-15-g

por Reynaldo R. Alegría

Otros fueron los tiempos cuando al terminar de hacer el amor uno estiraba la mano hasta la mesa de noche en busca de cigarrillos.  Ahora, cuando parece que ya no es sexy fumar ni siquiera en las películas románticas, tras la cópula gustosa y encendida te escurren la mano por sobre tu cuerpo para alcanzar, casi de emergencia, el celular.  Esa búsqueda urgente de mensajes de textos y por WhatsApp, menciones en Facebook y Twitter, videos breves en Vine y transmisiones en vivo por Periscope, en ocasiones produce tanta endorfina, oxitocina y serotonina como los orgasmos que, si tuvimos suerte, nos produjo el sexo.

No me lo tomo a mal.  Con más recato, nosotras hacemos lo mismo.  La diferencia es que no jadeamos tragando hacia adentro como hacen ellos, más bien con mucho control y sin revelarnos, buscamos el mismo placer del texto prohibido escrito en la cama de otra; acomodando la pantalla del teléfono en la posición perfecta para que ellos no puedan fisgonear, lo que nosotras hacemos con tanta dulzura y candidez.  Por eso creo que se trata de un pecado menor.  De hecho, alguna vez leí sobre un estudio que afirmaba que el 12% de las mujeres usaba el celular durante el sexo.  Pero no nos desviemos.

Recuerdo un amante que salía corriendo a bañarse, lo que tampoco me disgustaba pues siempre huelo a florecitas, como me ha dicho más de uno, y en el caso de aquel hombre la manía de estar limpio me parece que revelaba cierto trauma emocional con el pecado y el infierno, que hasta yo disfrutaba la carrera al chorro del agua como si cada vez fuera un nuevo bautismo.

Creo que hasta dormirse se lo perdono a los hombres.  Cuando tengo orgasmos me pasa como a ellos, que el efecto somnífero del placer me tumba y me hace carecer de realidad.  En la universidad tuve un novio que salía casi con temor y espanto a la cocina a comer, lo que siempre interpreté como un elogio a mi opulencia en virtudes del amor pues no es lo mismo mujer de la que se tiene hambre, que el hambre que produce una mujer.  Un amigo íntimo de ese mismo novio, lo que era un sabroso secreto, solía pedirme favores cuando nos culminábamos juntos, lo que me parecía muy razonable tomando en consideración, aparte de la feliz sincronía, que a aquel espécimen a quien no le faltaba nada, no le entraba la Física de ninguna manera y siendo mi materia favorita disfrutaba ayudarlo en sus tareas.  Que me hablen después del sexo tampoco me disgusta, es más, lo disfruto.  Si el amante no es muy listo, como me pasaba con mi profesor de Educación Física, uso sus necias palabras como alucinógeno natural y logro que mi cabeza se desvista de mi cuerpo.

Pienso que si existiera algo así como la ciencia del post coito, deberían revisar las conclusiones generalmente aceptadas por la literatura de salones de belleza en cuanto a que las actuaciones de los hombres tras el sexo se refieren a la obtención de recompensas no relacionadas al amor y la compañía y que las actuaciones de las mujeres tratan de sentir la mítica unión de pareja.

En mi caso nada pido, bueno… me gusta que me abracen.  Me gusta sentirme rodeada por los brazos de quien me produjo placer, estrechada, ceñida al cuerpo a que le saqué el gusto, ajustada a quien me gozó.  El resto, eso lo perdono.

Foto:  Sophia Loren and Marcello Mastroianni, Marriage Italian Style (1964)

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