Lamento


Puñaladas en mi pecho como a la Dolorosa. No entiendo. No comprendo. Es un dolor que jamás había sentido, aunque sé que el dolor de la muerte es mucho peor. La cuna está rota. No hay nada que pueda hacer más que llorar. No puedo cuantificar el nivel de mi desesperación. Ni siquiera en el sueño encuentro descanso. Recopilo todas mis creencias y las pongo juntas a batallar contra el peligro que acecha a mi carne. Oro. Medito. Envío luz violeta al rescate, para que trasmute cualquier cosa que esté interfiriendo con la vida de mi niño. Enciendo velas. Rezo al Niño Divino y a la Virgen de la Guadalupe. Mando a mi Ángel de la Guarda.

Me siento impotente. No estaba preparada para este evento. Me dieron un batazo del que no me he podido reponer. Es la complejidad del asunto. No soy tan moderna como creí y la revelación de mis prejuicios me avergüenza.

—Mamá, mi esposa es transgénero.

—¿Qué quieres decir? ¿Ella era un niño que se cambió a niña?

—No, mamá. Ella quiere ser varón.

—Pero, hace solo tres meses que se casaron. ¿Tú lo sabías?

—Sí.

—¿Y eso en qué te convierte? ¿Eres homosexual? Creo que ya lo sabía.

—Mamá, recuerdas un día en el que acariciabas los rizos de mi pelo y de la manera más dulce que pudiste, me preguntaste, «Hijo, ¿eres maricón?». ¡Ja! Creo que esa es la experiencia más graciosa de mi vida…

—Sí, lo recuerdo… Entonces me dijiste que no.

—Es que no soy homosexual, mamá. Soy una mujer en el cuerpo de un hombre.

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