La foto


En el contraste del marco dorado y su interior, no podía verte. Solo tenía un recuerdo de lo que hubo adentro de esas cuatro esquinas cubiertas por un cristal, ahora roto. No sé si sonreías, tal vez sí. Sabía que tu brazo me abrigaba, aunque la realidad era solo una pose, que más que pose era una mentira. Eran los últimos tiempos. ¿De qué color era tu camisa? ¿Azul celeste? Mis ojos miraban a la cámara sin mirar. Mi sonrisa era una mueca pintada de carmín. ¿Era rojo mi vestido? ¿Cuál era nuestra realidad? Golpes, lamentos, cardenales, heridas. Me obligabas a respirar, a reír, a comer, a tener sexo. Todos pensaban que éramos la gran pareja. Ni un sí, ni un no. Porque yo no tenía el derecho de decirlo. Agravabas mi existencia, hasta hacerla insoportable. ¡Cómo te amé! ¡Cómo te odié!

¡Ya, no me atarías más a tu destino! Fue mi amante el que me entregó el arma, que me liberó de tu infame yugo.

Salí por la puerta ancha. Con la ropa rota, desfigurada, ensangrentada, pero de mi propia sangre. La tuya, quedó en el suelo, junto a tu cadáver. Preferí la cárcel que me liberaba, a una existencia prisionera entre tus brazos.

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