En la madrugada


Puedo cerrar los ojos e ir a donde quiera. Me encuentro frente al mar, en una playa de arenas blancas y finas. Sentada, mirando al horizonte. Allá donde el cielo se funde con el mar. El mar está manso, tranquilo. Es la hora donde el sol se está escondiendo. La brisa está fresca. Siento un poco de frío. El cielo está teñido de colores amarillo-naranja dando paso a la noche. Y ahí estoy yo. Inmóvil. Inmersa en la tranquilidad del mar, en su espesura, en su profundidad. Y en mis pensamientos.

Me levanto, camino hacia el mar. Mojo mis pies por un minuto. Siento el agua fría, hasta que mi piel se acostumbra a la temperatura. Entro poco a poco a las aguas, hasta cubrir mis cabellos. No necesito respirar.

Me encuentro en una isla de valles, sierras y montañas verdes como una alfombra de terciopelo. Allí pájaros multicolores adornan los cedros, ceibas y flamboyanes, inundando con su canto los cielos de una tierra bellísima. El clima es cálido, sin agobiar el cuerpo. Decenas de riachuelos cristalinos regalan un agua tan dulce, que con un poco, se sacia por completo la sed. «¿Estoy viviendo un sueño o es mi realidad?». Camino por la isla y no encuentro ningún otro ser humano. «Estoy sola». Sigo un sendero que me lleva hacia una montaña. Encuentro unas frutas por el camino y sacio mi apetito. De repente escucho voces, algo parecido a un canto. Me dirijo hacia el lugar de donde vienen las voces. Es un idioma extraño, desconocido. Algo me dice que debo esconderme. Me sobresalto al ver los seres que están reunidos cantando. Ellos son humanoides que brillan como luces anaranjadas. Siento deseos de correr, pero me da miedo ser descubierta. Me quedo quieta sin saber que hacer. Entonces, alguien me toca el hombro.

—Hola —dice—. ¿También estás perdida?

Un hombre rubio, delgado, de inmensos ojos grises y un poco más alto que yo, se me presenta como un espejismo.

—Sí —contesto—. ¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?

—Me llamo Mark. Estamos en una isla, pero no sé como se llama. Hace dos días estaba meditando y de pronto llegué aquí. Desde entonces he vagado, escondiéndome de esos habitantes que se ven un poco raros. ¿No te parece?

—Pues, sí. Se ven raros —respondo, dándome cuenta de que no sé quién es este extraño tan desaliñado. El pobre, lleva unos pantalones de mezclilla muy gastados, con los ruedos rotos y una playera con un símbolo de paz. Sus cabellos son largos, partidos en el centro y descuidados—. ¿De dónde vienes?

—Vengo de Woodstock, Nueva York.

«Woodstock…», pienso. El nombre de ese lugar se me hace familiar, aunque nunca he estado allí. «¡Claro! Me suena a concierto de rock de los años 60’s». No hay nada en Mark que me haga desconfiar, aunque tampoco tengo razones para confiar. Pienso que dadas las circunstancias, no tengo más alternativa que mantenerme cerca de él, si quiero sobrevivir.

—Yo me llamo Patricia —digo estrechando su mano—. Es un gusto conocerte. Y ahora, ¿qué vamos a hacer?

—No tengo idea. No sé como salir de aquí. Ni siquiera sé como llegué.

«¡Vaya! Ahora si que estoy jodida. A buen árbol me arrimo…».

—Entonces, vamos a caminar hacia el otro lado para alejarnos de los seres. Ya pronto se hará de noche y tenemos que saber donde vamos a pasarla —sugiero, porque Mark al parecer no tiene nada que aportar. Está anestesiado todo el tiempo.

—Creo que tienes razón —contesta sin voluntad.

Vamos caminando por la vereda hacia abajo, buscando alejarnos de los seres, hasta llegar a un llano cundido de girasoles donde está un niño.

—¿Qué haces aquí solo? —pregunto, sin comprender el porqué de su soledad.

—Llevo aquí varios meses —contesta tranquilo—. Ya estoy acostumbrado.

—¿Cómo te llamas?

—Enrique… Enrique Vazquez de la Vega.

—¿Y cómo llegaste? —pregunta Mark.

—Estaba navegando en la red cuando llegué.

—¿Navegando en la red?

—Si. En el computador. Una pantalla luminosa por la que puedes viajar por el mundo de la información. Tiene un teclado al frente… —explicó torciendo los ojos, mortificado.

—Los niños cada vez están más avanzados —dice Mark para sí—. Entonces, debes conocer bien la isla.

—Si. Vengan conmigo. Les llevaré al lugar donde duermo. Aunque la verdad, me gusta estar solo. No tengo amigos. Los niños de mi edad se burlan, se ríen de mí, porque soy diferente. Vivo con mi madre, pero no hablo con ella.

—¿Por qué no le hablas? —le pregunto.

—Porque siento que no me entiende.

—¿Y por qué hablas con nosotros?

—Pienso que me entienden.

—¿Y qué te hace pensar que te entendemos? —pregunta Mark con su voz embobada.

—No sé. Lo presiento —contesta Enrique iniciando la marcha—. Creo que son como yo.

Mark y yo vamos detrás de Enrique hasta una cueva que se ve muy segura. Él parece estar preparado para pasar una larga temporada en este lugar. Tiene utensilios hechos con pedazos de madera, piedras y cocos. La leña apilada, según nos dijo, es para hacer una fogata en la noche. Puso una manta en una esquina para dormir.

—Hay unos seres muy agresivos al otro lado de la montaña —nos cuenta—. Los he visto atacar a los habitantes con garrotes y cuchillos. Es mejor que no vayamos a ese lado de la isla.

—¿A qué tendríamos que ir? —pregunto intrigada.

—Los que llegan, siempre encuentran una razón para ir —contesta.

La oscuridad se está apoderando de la isla. Enrique enciende la fogata con una pasmosa agilidad. Mark y yo, improvisamos unas camas con hojas secas para pasar la noche. Cuando por fin me duermo, escucho un grito desgarrador. Me levanto rápidamente. Mark y Enrique también están levantados, asustados. Los tres salimos sigilosos intentando ver qué sucede. Desde donde estamos podemos ver un claro, en donde están reunidos los seres color naranja con algunos hombres y mujeres. Los seres forman un círculo. Hombres y mujeres están arrodillados, amarrados en el centro. No podemos escuchar lo que hablan, pero distinguimos los ademanes que hacen los seres que están de pie en el círculo. Estamos tan concentrados en tratar de escuchar, que no sentimos cuando un ser se nos acerca por detrás.

—¡Aquí hay tres! —grita, llamando a los demás.

Nos volvimos, aterrorizados, mirando cómo se acercan varios seres armados con garrotes y cuchillos. Yo tengo un nudo en la garganta que me impide decir palabra. Mark a mi lado, tiembla sudoroso. Enrique no tiene ninguna expresión. Amarran nuestras muñecas y nos llevan a empujones a donde está el círculo. Los que están en el centro, tienen sus miradas fijas en el suelo. Creo que no se percatan de nuestra presencia. Luego nos arrodillan junto a ellos. Un ser dirige la reunión. Los del círculo, lo atienden, esperan sus órdenes. Él comienza a hablar en una lengua desconocida. Los demás lo aplauden y vitorean levantando sus garrotes y cuchillos al aire. Entonces el dirigente levanta sus brazos y nos dice:

—¡Bienvenidos al Valle de los Suicidas!

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