Estornudos de arrogancia


Children_marbles

Hace ya muchos años, Guillermo tuvo una terrible experiencia relacionada con la arrogancia. Tuvo que caer bajo para aprender su lección. Una vez aprendida, decidió que sus hijos jamás debían pasar por esa experiencia. Años después tuvo a su primer hijo, al que por tradición llamó igual que él.

Para enseñarle humildad a su pequeño, Guillermo inventó un plan muy elaborado que demoraría años en consumarse. Habló con todos los empleados de su mansión para que, cada vez que su hijo estornudara, ellos fingieran ser arrastrados por una fuerte corriente de aire. De esa forma, el niño crecería creyendo que sus estornudos tenían poderes sobrenaturales.

Los años pasaron y los empleados hicieron tal cual Guillermo ordenó. El pequeño Guillermo se sorprendió las primeras veces que vio los supuestos efectos de sus estornudos; eso provocó que el niño siempre hiciera grandes esfuerzos para no estornudar en público.

Con el tiempo, tal como predijo su padre, el niño se volvió arrogante. Cuando no se le daba lo que quería, el pequeño Guillermo amenazaba con estornudar. No le importaba si era un empleado de la casa o su propio padre, el arrogante niño sacaba el frasco de pimienta que siempre guardaba en su bolsillo y se lo espolvoreaba en la nariz, haciéndolo estornudar en el acto. Tanto su padre como los empleados le seguían la corriente y fingían espanto ante las amenazas del niño. También saltaban y se lanzaban al suelo, simulando ser golpeados por las supuestas ráfagas de aire.

Llegó entonces el día en que el hijo de Guillermo fue enviado a la escuela. Los primeros días pasaron con normalidad, salvo porque Guillermo siempre discutía con los niños de su salón en el recreo. Su actitud no era del agrado de nadie.

Cierto día Guillermo se acercó a un par de niños que jugaban con canicas y les exigió que lo dejen jugar con ellos. Los niños lo ignoraron. Al ver eso, el niño amenazó con estornudar y mandarlos a volar si no cedían a su exigencia. Los niños se rieron de él. Guillermo, furioso, sacó su frasco de pimienta y se los mostró amenazante. Los niños pararon de reír y le dijeron que deje de amenazar y muestre sus supuestos poderes. El arrogante niño destapó el frasco y aspiró con fuerza, incluso se le salieron algunas lágrimas de tanta pimienta que aspiró. El esperado estornudo se conjuraba. Guillermo sentía satisfacción, quería demostrar su superioridad. Los niños lo miraban incrédulo. Guillermo estornudó y, para sorpresa de él, nada ocurrió. Ni las canicas se movieron, no se diga los niños. Sus compañeros se burlaron de su fantasiosa arrogancia y el humillado Guillermo tuvo que correr para evitar más burlas.

Cuando Guillermo llegó a su casa, le pidió a su padre que lo llevara al doctor. El padre, intrigado, le preguntó el porqué de su petición. El niño le dijo que algo malo le sucedía a sus pulmones, que habían perdido fuerza y que ya no era capaz de usar sus poderes. Terminó contándole toda la historia a su padre. Luego de escucharlo con atención, Guillermo le explicó a su hijo que, en realidad, nunca tuvo tales poderes. Luego le contó la mala experiencia que le provocó su arrogancia, le dijo que debía corregir su comportamiento si realmente quería tener amigos. También le dijo que nadie en el mundo tiene poderes y que, aunque alguien los tuviera, eso no le daría derecho a recibir nada de las personas.

La charla que le dio su padre provocó una catarsis en Guillermo. El niño se sintió desprotegido, como si hubiese perdido algo importante. Se sintió al mismo nivel que los demás. Se encerró en su cuarto por días. Finalmente, luego de superar el luto por sus poderes, el pequeño Guillermo pidió disculpas a todos con quienes se había comportado mal.

Luego de un tiempo, todos empezaron a notar el cambio de Guillermo y, poco a poco, empezó a tener amigos.


Texto: Donovan Rocester

Imagen: Wikimedia

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32 pensamientos en “Estornudos de arrogancia

  1. Donovan, un gusto leerte! Evidentemente este padre se inscribe en la escuela pedagógica de la educación por shock, jajaja. El pobre pequeño no había hecho nada para necesitar semejante y traumática lección ya con nacer, parece que pagó por los pecados de su padre. Me gusta tu estilo, le imprime al relato un aire de fábula que a todos nos gusta leer. Felicitaciones!

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