La custodia


—Puedes quedarte con lo que quieras. Con la casa, con la cuenta bancaria, con el carro. Si quieres, hasta con la colección de discos de Roberto Carlos, pero la custodia de Angie la voy a pelear hasta la Corte Celestial si es preciso —gritó Eduardo dando un portazo.

Era la última rabieta que hacía en lo que había sido su hogar durante los últimos ocho años.

—Me parece que los abogados deben reunirse con las partes y aconsejarlos sobre lo que es razonable en estos casos —recomendó el juez, harto de la controversia sobre la custodia.

»Si me obligan a mí a resolver —dijo dirigiéndose a Alma y a Eduardo—, uno de ustedes perderá a Angie para siempre.

—Su Señoría, las partes han llegado a un acuerdo —expuso en tono triunfante uno de los abogados, mientras el otro asentía a su lado con cara de imbécil.

»La señora Alma Acosta conservará la custodia y el señor Eduardo Martínez tendrá derecho de visitas los domingos de cada semana. Este convenio finiquita la controversia. Ambas partes se dan por satisfechas —concluyó.

El siguiente domingo Eduardo fue a ejercer su derecho de visitas. Tocó la puerta de lo que una vez fue su castillo. Alma abrió la puerta dirigiéndole una mirada triunfal. Angie corrió a su encuentro alegremente. Él se inclinó un poco para abrazarla mirando a Alma con todo el odio de quien recoge las migajas.

Eduardo se dirigió al carro y abrió la puerta. Angie subió al asiento trasero, meneando el rabo feliz.

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