Desde el otro lado


Me levanté y todo era diferente. La cama estaba ordenada, qué raro. No estaba la taza de café esperándome en la cocina. Salí a la calle y vi pasar de largo al repartidor de diarios. Grité: «¡Te estás olvidando de mi ejemplar, idiota!». No soporto a la gente despistada. Aparte de despistado, sordo. Después de mucho tiempo lo vi a Don Gerardo regar las flores de su jardín, sonriente, alegre. Levantó la mano y me saludó. Correspondí con el mismo gesto. Pero ¿no había muerto Don Gerardo hace dos años? Me preguntó qué me parecía esta nueva vida, lo miré como quien trata de resolver un enigma. Entonces, crucé la calle para interrogarle. Al dar tres pasos, un auto me pasó por encima. Me traspasó como si fuese Gasparín. Sonrío, miro a Don Gerardo. Ahora entiendo de qué me hablaba.

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