Un mensaje para Dios desde el Infierno…


Querido Padre:

La temperatura está bajo cero y el rojo de mi piel se vuelve púrpura. El sudor se congela desde las sienes hasta los tobillos. Tengo miedo a ser descubierto. Solitario con HIV positivo, sin comadrona en este inesperado parto.

Esto me pasó por promiscuo, por insolente, por desquitarme de la traición de mi expareja. Me siento sucio, no deseado, amado solo por el deseo sexual de algún glotón o sanguijuela hambrienta. Detesto a los vampiros insaciables que intentan chupar la felicidad aún coagulada en las venas. La empatía se escapa por los poros de mi cuerpo contaminado en cada arranque de bipolaridad. Pero el sexo me enloquece, es la droga, el elixir que nutre las ansias de venganza.

Y tú no te detienes. ¿Por qué esa insistencia en acosarme, en querer cambiarme, en convencerme que soy bueno? Sigues enviando ángeles de tu escuadrón para que me detengan. Al final, morirán igual que todos tus emisarios. El próximo será una abeja más en mi colmena, después de haber depositado la miel virgen en mi organismo lo condenarás.

No soy digno de amar ni ser amado. Aborrezco a los arcángeles enviados por ti para redimir mis pecados. Lo sabes, te advertí acostarme con Lucifer tan pronto entrara por el umbral de las Tinieblas. Soy omnipotente, mi Señor. Indomable, bizarro, inconcluso, lleno de aberraciones. Escribo mis propios cuentos. Soy único, creativo, implacable, sin una pizca de principios ni arrepentimientos. No valgo la pena, lo sé, aunque el terapista insista en lo contrario. En el registro de mis obscenidades sobresalen vírgenes y serafines que por tu terquedad han ido a parar a las sartenes del Infierno.  Los pobres sucumbieron a las tentaciones. Soy resistente al amor. Tú me hiciste a tu imagen y semejanza. Acéptalo. Soy tu mejor creación después del Diablo.

Ahora vuelves a intentarlo. Esta vez, te confieso has sido muy astuto. Me envías un doble, en apariencia opuesto, pero en esencia tan parecido. Es como un nuevo personaje entre mis líneas; noble, honesto, limpio, todo un santo varón, cargado de valores y buenos sentimientos, pero vacío en el fondo. ¿Cuál es tu nueva estrategia? ¿Hacerme creer que él es real? ¿Qué hay alguien capaz de querer compartir su vida con un condenado? ¿La pareja ideal? ¿Alguien con la facultad de ver la pequeña luciérnaga atrapada en la oscuridad de mi caverna? Dios, me crees tan estúpido. Sé que escribiendo fábulas y fantasías eres el número uno en la historia. Me rebasas por mucho. Cuando un libro se sigue vendiendo después del primer año es un Best Seller, y con la Biblia, rompiste el récord.

Tengo que ser más listo y no dejarme hipnotizar por la candidez de este nuevo amigo. Si no me cuido puedo amanecer crucificado. Sin embargo, él no tiene miedo de acercarse. Sabes, este juego me gusta, hasta me excita su persistencia en sonsacarme. Está loco, completamente enamorado, sin miedo a contagiarse por cortejarme. ¡Qué tronco de novelón, Padre Celestial!  ¿Quién demonios te edita la lírica de mi destino?

Otro insecto para mis telarañas. Haré alarde de tarántula y lo devoraré lentamente, extremidad por extremidad, después de haberme degustado su ponzoña. Espero que no te enojes por mi irreverencia, después de todo no necesito protección, ni temo a algún tipo de contagio.

Soy libre de follar al hombre, a la mujer, al joven, a la vieja, al transexual, a la puta, a la lesbiana, a la muñeca, al burro, a los muertos, ¡hasta a mis personajes! La variedad del menú es infinita y a la carta. No tengo termómetro para medir el calor del desprecio hacia mí mismo. ¡Coño, qué erótico es el odio en todas sus manifestaciones!

Hoy en la noche lo invitaré a pasar a mi alcoba. No me conmueve ni un ápice el sentido de la responsabilidad. Cumplí con revelarle el peligro y él continúa en su peregrinación hasta mis adentros. Lo que busca lo encontrará, y tú, Todopoderoso, serás el único responsable. Estoy harto de tus retos.

****

Él irrumpió desnudo en la habitación con un aroma fresco a orquídeas. De pronto, todo se oscureció y una luz me atravesó el alma. No me tocó ni una mano, pero lo sentía exhalando perfumes sobre mi cuerpo excitado. Logré mirarlo a los ojos y la oscuridad me fue absorbiendo las entrañas hasta dejarme seco. Su cuerpo hirviendo me quemaba de placer. Sus cuernos dorados se derritieron sobre mi espalda y quedamos fundidos para siempre.

Padre, Hijo y Espíritu Santo, enviaste a Satanás para conquistarme, y yo como un tonto… aluciné. Me atrapaste. De vuelta al mismísimo Infierno.

Tu hijo, Mefistófeles

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