La cooperante (XI)


La cooperante - Benjamín Recacha García

Si quieres, aquí puedes leer la décima entrega de la serie.

Después de varios días huyendo, no sabía cuántos, escondiéndose entre las sombras, evitando los espacios abiertos, Laia se había hecho a la idea de que ya siempre sería así. Tendría que renunciar a la vida que conocía: su familia, sus amistades, su trabajo, su novio… De hecho, ya había renunciado a todo aquello. Pobre Aleix, apenas era un recuerdo lejano. Quería sentir compasión por él, por no haber sido capaz de volver a quererle, por (probablemente) haberle arruinado la vida…, pero no podía. A la que habían arruinado la vida era a ella.

La noche de la emboscada quiso que fuera la última. Acurrucada en el suelo húmedo sintió que la abandonaba la última reserva de energía y que ya no había nada que hacer. La perspectiva de una muerte dulce, de cerrar los ojos en aquel bosque y no volver a abrirlos, llegó a parecerle tentadora… Pero no, no había sobrevivido a secuestros, persecuciones, tiroteos e intentos de asesinato para caer derrotada por el agotamiento.

Michel, Robredo y otros habían entregado sus vidas por rescatarla y protegerla. Como mínimo les debía el seguir intentándolo.

Apretó los puños y la mandíbula, se secó las lágrimas con la manga, ignoró el escozor de los arañazos, y se incorporó con la determinación de sobrevivir. Antes de reemprender la marcha miró hacia atrás. A lo lejos le pareció distinguir el parpadeo de las luces que, sin duda, la buscaban. “No me encontraréis, no por lo menos esta noche”.

……………………………………………

Las sirenas rabiosas de los gendarmes pusieron punto y final al tiroteo que Robredo y sus hombres mantenían con los esbirros del Conseguidor. El objetivo de la operación, liberar a la joven, se había cumplido, y ahora debía reunirse con el grupo de Michel en el lugar acordado. Bastó un intercambio de miradas para que cada miembro del equipo emprendiera su propio camino, evitando llamar la atención de las fuerzas del orden. Los mercenarios que se habían parapetado en el coche donde había viajado Laia no perdieron un segundo en regresar a su vehículo y huir no sólo del lugar sino probablemente también de Francia. El jefe no era muy comprensivo con los fracasos.

Robredo regresó al lugar donde había ocultado una bonita Yamaha 125 C.C., que, por supuesto, pensaba devolver, y se puso en marcha. Sin embargo, el avistamiento de un helicóptero le obligó a cambiar los planes. El instinto le instó a seguirlo, y no tardó en asistir a su aterrizaje.

Apostado entre los árboles, a una distancia prudencial para evitar ser detectado, el agente observó a través de los pequeños pero potentes prismáticos que le había proporcionado Michel, cómo dos armarios empotrados con patas conducían al ministro de Defensa español hacia un BMW blindado, igualito que el que acababan de asaltar.

—Lo siento, Laia, esto me va a tener ocupado un buen rato, pero estás en buenas manos —susurró mientras encendía el terminal portátil mediante el cual debía localizar al elemento clave en la ecuación que llevaría al ministro a sentarse en el banquillo: Ruipérez.

……………………………………………

Las luces estaban cada vez más cerca. Laia corría todo lo rápido que le permitían sus pies destrozados. Nunca se había sentido tan agotada, pero lo peor era llegar a la conclusión que tanto esfuerzo probablemente sólo estaba sirviendo para alargar la agonía. Ella luchaba por su vida, pero no era una guerrera ni había recibido entrenamiento alguno. No era rival para aquellos hombres que, sin duda, no iban a ponerse nerviosos porque su indefensa presa hubiera tomado unos cientos de metros de ventaja. Quizás incluso se estuvieran divirtiendo con aquella especie de juego macabro del escondite.

“Si llegara a una carretera…”, pero no, se encontraba en un bosque cerrado, negro como la noche, inhóspito, que parecía querer mostrarle su rechazo a base de todo tipo de golpes, obstáculos en el camino, pinchazos, arañazos… Laia corría prácticamente a ciegas, aunque sus ojos se habían adaptado a la oscuridad y absorbían con avidez la tenue luz de una luna menguante que se filtraba entre las copas de los árboles.

Cada vez miraba con más inquietud hacia atrás, ya no por asistir, impotente, al acercamiento de las luces, sino porque empezaba a preguntarse si todos sus perseguidores irían provistos de ellas (¿serían linternas o rifles automáticos con visor luminoso?). Quizás algunos avanzaran a oscuras, como ella…, pero dotados con gafas de visión nocturna… Aquellos pensamientos aumentaban su nerviosismo, y tenía la sensación de que en cualquier momento notaría la presión de una mano enemiga en el hombro.

Pero no fue una mano, sino una rama la que detuvo su avance de golpe. Estaba mirando hacia atrás cuando un impacto tremendo en el lateral del cráneo la dejó fulminada…

Se había hecho de día. Laia caminaba bajo un sol radiante por la orilla del mar. No entendía qué pasaba, pero no había duda: estaba paseando por su querida playa de la Barceloneta, inusitadamente tranquila, teniendo en cuenta que hacía una temperatura estupenda. El sol brillaba radiante, demasiado radiante. Laia evitaba mirar al cielo, pero, aun así, la luz le molestaba, le hacía daño en los ojos. Quiso meterse en el mar, sumergirse para escapar de aquellos rayos hirientes, pero a cada paso que daba hacia el agua, ésta se alejaba más. Le era imposible alcanzarla, y el dolor se estaba volviendo insoportable. Entonces, se dejó caer, desesperada, en la arena desierta. Quiso cerrar los párpados con todas sus fuerzas, pero no podía. Se acurrucó boca abajo y se cubrió la cara con los brazos, pero inmediatamente una terrible fuerza invisible la hizo caer de espaldas, y algo le impedía mover los brazos. Laia se puso a gritar, aterrada, y entonces despertó.

Y el grito se prolongó, interminable, al comprobar que el sol seguía allí, abrasándole las pupilas.

Pero no eran rayos de sol, sino los potentes haces de luz de las armas automáticas con las que le apuntaban tres agentes del CNI español. Uno de ellos se arrodilló junto a ella y le tapó la boca con fuerza.

—Cierra el pico de una vez, que vas a despertar a todo dios.

—Es una pena que tengamos que eliminarla, con lo mucho que ha luchado por su vida.

—En vivo pierde bastante respecto a las fotos, pero no me importaría darle una última alegría antes de…

—Déjate de gilipolleces. Acabemos con esto de una vez y deshagámonos del cuerpo.

—Lo que tú digas, jefe.

A Laia se le salían los ojos de las órbitas. Aunque había pensado en la muerte muchas veces en los últimos dos años, ser consciente de su inminencia era infinitamente peor que cualquiera de los deseos funestos que habían cruzado por su mente. Además, la sensación de impotencia lo agravaba todavía más. Optó por cerrar los ojos. Después de todo, quizás aquella noche la acabara junto a las aguas de su querido Mediterráneo, arrullada para siempre por el sonido de las olas.

Continuará…

Faltan cuatro capítulos para completar La cooperante. Es decir, que dentro de cuatro semanas publicaré la última entrega, pero si estáis impacientes por conocer qué pasará podéis leer el relato completo suscribiéndoos a la lista de correo de ‘la recacha’, mi blog.

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3 pensamientos en “La cooperante (XI)

  1. Pingback: La cooperante (XII) | SALTO AL REVERSO

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