La cooperante (XII)


La cooperante - Benjamín Recacha García

Si quieres, aquí puedes leer la undécima entrega de la serie.

A Robredo el corazón se le iba a salir por la boca. Los cadáveres de Michel y sus hombres junto al camino le hacían temer lo peor, pero no, el cuerpo de Laia no estaba allí, aunque ello no significaba que continuara viva. Miró una vez más la pantalla del móvil, y allí seguía la lucecita parpadeante que confirmaba que el localizador instalado en la suela continuaba operativo. Se alejaba montaña arriba. Robredo rezaba por que ello significara que aún huía. “Aguanta, muchacha. Si salimos de ésta te garantizo que lo que nos espera valdrá la pena”.

Las gafas de visión nocturna le permitían avanzar entre los árboles a toda la velocidad que daban sus piernas.

……………………………………………

—¡Aaaayyyy! ¡La muy zorra me ha mordido!

Laia lo había intentado, cerrar los ojos y entregarse a la muerte, pero el instinto de supervivencia era demasiado fuerte, así que propinó una poderosa dentellada a la mano de su captor. El sabor de la sangre caliente la reconfortó. Era una sensación curiosa, la de conseguir hacer daño a quien te va a matar.

Los otros dos hombres, tras un instante de desconcierto, estallaron en carcajadas. Aquello fue como una señal para el cuerpo de Laia, porque ella no pensó, simplemente se dejó llevar y se vio rodando sobre sí misma a toda velocidad. Se puso a hacer la croqueta hasta desaparecer bajo las ramas de un abeto enorme.

—¡Eeeeehhhh! ¡Que se escapa! —advirtió la víctima de los incisivos de la cooperante.

A sus compañeros les cambió la expresión de golpe.

—¡Atrapadla! —ordenó el cabecilla— ¡Disparad a matar!

—Vamos, chicos, acabemos de una puñetera vez.

……………………………………………

Robredo escuchó la detonación y tuvo dos reacciones: la primera, de preocupación por Laia; la segunda, de estupor, al comprobar la poca profesionalidad de aquellos tipos que no habían tomado la precaución de usar silenciadores.

……………………………………………

—¡Idiota! ¡Silencia esa maldita arma!

—Creo que le he dado, jefe…

—Más te vale, pedazo de inútil. Sacadla de ahí abajo.

Cuando el matón metió la cabeza entre las ramas recibió un impacto terrible que le destrozó la nariz y lo dejó inconsciente. Laia había decidido luchar y aquella rama caída era el arma que tenía más a mano. Sabía que tenía que salir de allí cagando leches, así que volvió a ponerse a rodar como si no hubiera hecho otra cosa en la vida.

……………………………………………

Las maldiciones, los gruñidos, el roce de la ropa en los arbustos y el sonido de las botas pisando la hojarasca con urgencia dibujaron una sonrisa en el rostro de Robredo. Aquello sólo podía significar que Laia continuaba dando guerra. “Aguanta, ya estoy aquí”.

……………………………………………

El cabecilla del grupo, el único que se mantenía ileso, procuraba conservar la cabeza fría. No era sencillo, teniendo en cuenta que una mocosa había dejado fuera de combate a uno de sus hombres y que el otro seguía quejándose como una nenaza por un rasguño en la mano. Por mucho que la fugitiva luchara por su vida, aquella situación tenía un único final posible, y estaba decidido a que fuera inminente.

—Cállate ya y encuéntrala —ordenó a su subordinado—. Más te vale no volver a fallar.

Mientras el dolorido agente revolvía entre los arbustos sin dejar de maldecir, su superior se detuvo y sacó de la mochila el visor térmico, con el que se puso a escanear cada centímetro cuadrado de terreno. Debía ser paciente. Su presa tenía que estar allí mismo. La frialdad era una cualidad muy preciada en aquel oficio.

Laia se había detenido al chocar contra un enorme tronco caído. Decidió usarlo como escondite mientras trataba de pensar. Había aprovechado una inesperada oportunidad para escapar, pero estaba segura de que no habría una segunda.

El jefe del grupo localizó una mancha anaranjada de tamaño considerable que permanecía quieta. Se dirigió hacia ella con parsimonia, evitando hacer ruido. De eso ya se encargaba aquel inútil que rebuscaba en el sotobosque. Ya estaba muy cerca y seguía inmóvil. Sintió en el estómago el cosquilleo que precedía a la euforia. Era el mejor. Siempre lo había sido. Nunca fallaba. Apuntó con la pistola. “Lo siento, son los negocios”, dedicó telepáticamente a su víctima antes de apretar el gatillo.

……………………………………………

Aquel zumbido sordo era inconfundible. A Robredo se le borró la sonrisa. Habían disparado con silenciador. Los tenía ahí mismo, pero quizás había llegado demasiado tarde. En cualquier caso, pensaba desatar toda su furia contra aquellos malditos mercenarios sin escrúpulos… “Hasta hace cuatro días tú eras uno de ellos”, le reprochó su conciencia. “Lo sé. Y tendré que cargar con ello durante el resto de mis días”. Mientras pensaba en ello desenfundó aquella arma que lo convertía en una implacable máquina de matar.

……………………………………………

—¡Maldita hija de puta!

Tras retirarse el visor térmico, la mancha anaranjada resultó ser un jabalí que dormía, ahora para siempre.

La euforia se transformó en ira.

Laia tomó el grito como la señal para salir a toda prisa de allí. Había conseguido alejarse más de lo que pensaba y creía que el desconcierto airado de sus perseguidores le ofrecía una nueva oportunidad para huir, así que se incorporó y suplicó a sus piernas un nuevo sobreesfuerzo, quién sabía si el último de su vida.

Más por casualidad que por acierto, al girar el rifle con el visor luminoso, al matón herido en la mano le pareció atisbar unas piernas que corrían.

—¡Allí, jefe!

—Esa zorra está muerta.

Los dos emprendieron una persecución que iba a ser muy breve… si no hubiera entrado en juego la variable Bond.

Apareció de detrás de un árbol.

El primer disparo acertó de lleno en la frente del subordinado. Su jefe no entendió por qué caía.

—Pero ¿qué demonios…?

No acabó la pregunta. El segundo proyectil se había alojado en su cerebro.

Robredo respiró hondo y se dispuso a reunirse con Laia, que no había dejado de correr.

Allí estaba. Quieta… y acompañada.

El agente al que había destrozado la nariz la sostenía por la espalda, y le había puesto una pistola en la sien.

Continuará…

Faltan tres capítulos para completar La cooperante, pero si no puedes esperar sólo tienes que suscribirte a la lista de correo de ‘la recacha’, mi blog, y podrás descargar la historia completa.

Anuncios

2 pensamientos en “La cooperante (XII)

  1. Pingback: La cooperante (XIII) | SALTO AL REVERSO

  2. Reblogueó esto en la recachay comentado:

    He estado diez días sin ordenador, así que he tenido muy abandonada ‘la recacha’. Voy a ir poniéndome al día, empezando con la 12ª entrega de ‘La cooperante’, la novela corta que ya sabéis que podéis recibir completa en formato digital si os suscribís a mi lista de correo.

    Me gusta

Somos una comunidad, comenta y responde

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s