Al otro lado del mar


a1Raquel cumplió cincuenta y seis años. Su hijo Antonio le hizo el regalo de su vida. El viaje a España que había soñado desde que era adolescente. Estaba en el aeropuerto con sus maletas, dispuesta a emprender su tan anhelado viaje. Le dio mil abrazos a Antonio, lo besó y por enésima vez le agradeció por haber hecho realidad su sueño.

Los abuelos de Raquel eran de Madrid, por eso ella quería ir a la patria de sus ancestros y pasear por los lugares que ellos le habían descrito. Se acomodó en la butaca para el largo viaje de catorce horas. Tomó una cobija y se dispuso a leer un libro que había comprado en la zona duty free. Tan pronto escuchó las hélices girar, a la asistente de vuelo dar las instrucciones y al piloto anunciar el despegue, cerró los ojos. En un santiamén se quedó dormida con el libro sobre las rodillas.

Unas horas más tarde, despertó porque tenía deseos de ir al baño. Estaba en el asiento de la ventana, así que pidió permiso a las personas que estaban a su lado para pasar. Salió dando tumbos por el pasillo, hasta llegar al diminuto lugar de alivio. Entró con dificultad y con más dificultad aun, se puso en cuclillas para hacer lo que fue a hacer. «Cuando era más joven estos baños eran más amplios. Hasta el amor se podía hacer en ellos», pensó. Se levantó enderezándose de su inconveniente posición. Se lavó las manos y de nuevo se fue a dar tumbos por el pasillo. Despertó a sus vecinos de asiento, quienes muy a la española le soltaron que moviera el culo y acabara de sentarse. Luego de mil piruetas volvió a su asiento y durmió el resto del viaje.

Abrió los ojos con el anuncio del aterrizaje. «¡Madrid, Madrid, Madrid!», tarareaba en sus pensamientos. Entonces esperó con calma que le tocara desembarcar para ir a recoger su maleta. De allí agarró el taxi hacia La Posada de Huertas, en donde se iba a hospedar. El taxista dio varias vueltas y finalmente la llevó a su destino. Cuando llegó a su habitación, se tiró sobre la cama sintiéndose la mujer más feliz sobre la tierra.

Tenía hambre y decidió darse un baño para salir a cenar. Se le hacía la boca agua pensando en todos esos manjares españoles: tapas, paellas, fabadas, chorizos, empanadas. Pensaba acabar con la gastronomía madrileña y luego ir a ver algún espectáculo nocturno. Ensimismada en sus pensamientos, entró al baño y se desnudó. Puso con cuidado los productos de belleza sobre el tocador. Agarró una toalla para retirar el maquillaje, cuando de pronto, ¡zas! A esa mujer que la miraba atónita desde el espejo, no la había visto como en treinta años. Quitó su vista y miró de nuevo. Rápido, como quien juega al esconder. ¡Aún estaba allí! No se había ido.

Comenzó a mirar el reflejo desnudo. «Este es el cuerpo que tenía antes de que naciera Antonio», se dijo. «Es que son las mismas nalgas duras y redondas. Las mismas tetas levantadas y firmes. El mismo rostro lozano de entonces. ¿Pero cómo ha sucedido esto?», se preguntó. «Voy a bañarme y todo desaparecerá», se dijo, convencida de que lo que veía era producto de su imaginación.

Tomó la ducha con agua casi hirviendo. Luego se tiró un chorro de agua fría para terminar. Salió convencida de que vería a la misma Raquel, de cincuenta y seis años, que salió de Nueva York. Se miró de nuevo al espejo. Allí estaba la misma joven, esbelta, con su melena de rizos color caramelo y de piel perfecta que una vez fue. La ropa le quedaba grande. Se vistió como pudo. Salió hacia una tienda donde compró todo lo que necesitaba. Regresó a la hospedería y se arregló gozándose de lo que veía en el espejo. Salió hermosa a la calle, cautivado la atención de los hombres que le pasaban por el lado.

Llegó al lugar donde iba a cenar. Pidió una mesa y se sentó a ordenar todo lo que le apetecía. En ese momento, un joven se le acercó.

—Perdóneme —dijo—. ¿Va a cenar aquí sola?

—Ese es mi plan —contestó—. No espero a nadie.

—Entonces, ¿por qué no cenamos juntos? También estoy solo.

Raquel decidió que era joven y bella esa noche. Si a las doce el sortilegio que la había convertido en la muchacha apetitosa que una vez fue se rompía, al menos lo disfrutaría. Comieron y bebieron. Conversaron, rieron y se enamoraron. Se besaron y ya no hubo marcha atrás. El joven la llevó con él a su casa y de tanto amor hasta la cama se rompió. Ella se miraba en el espejo cada vez que podía para verificar que el hechizo todavía le abrigaba.

A la mañana siguiente, Raquel seguía hermosa.

Los dos se volvieron inseparables durante todo su viaje. Iban a las fiestas, a los museos, a las obras teatrales. No se separaron ni un segundo, pero como a todo en la vida, llegó su final. Ella tenía que volver a su tierra y a su familia.

—¿Cuántos años tienes, Ricardo? —preguntó Raquel la noche antes de irse.

—Tengo treinta —contestó tranquilo, como el que tiene la vida por delante.

—¿Y tú, Raquel? ¿Cuántos?

Pensó que se moría porque tenía dos opciones, decirle la verdad y acabar de una vez, o mentirle hasta mañana cuando desaparecería para siempre. Optó por lo segundo. Vivió su última noche de amor con intensidad.

****

De vuelta a Nueva York, todo volvió a la normalidad. Raquel tenía su mismo cuerpo, su mismo culo, las mismas tetas que cuando se fue. Poniendo las fotos del viaje en la cuenta de Facebook, se dio cuenta de que Ricardo se veía joven y ella… de cincuenta y séis. Por el bien de los dos, dejó las cosas así. No quiso saber nada más de él y regresó a su mundo. Continuó trabajando como esclava en su salón de belleza.

—Raquel —llamó alguien. Cuando se volteó, un hombre desconocido, más o menos de su edad, estaba delante de ella.

—¿En qué le ayudo, señor? ¿Desea un recorte?

El hombre sonrió.

—Un recorte está bien —dijo con acento español—. Veo que no me recuerdas.

Raquel buscó en aquel rostro algo conocido. Miró sus ojos azules y soltó un grito.

—¡Ricardo! ¡Ricardo! ¿Qué haces aquí? —preguntó mientras se echaba en sus brazos.

—Ven, mujer. Tenemos que volver al otro lado del mar…  Allá somos jóvenes y podemos disfrutar nuestro amor.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Raquel.

—Me di cuenta una vez que viajé a este lado del mar y envejecí. Así como estoy ahora. Al regresar a España todo volvió a la normalidad.

—Pero es que tu normalidad no es la mía. Yo soy normal en Nueva York y tú lo eres en Madrid.

—Raquél, ven conmigo —insistió—. Puedes vivir una vida nueva, desde el principio.

—Pero yo tengo un hijo. ¿Cómo he de borrarlo de mi vida?

—No lo harás. Él quiere que seas feliz.

Raquel habló con su hijo, quien le dio su bendición. Sin pensarlo, se fue detrás del amor al otro lado del mar. Al cabo de unos meses, su rostro empezó a envejecer aceleradamente, ni hablar de su cuerpo. Al parecer no había marcha atrás. Ricardo la llevó a los mejores doctores y científicos y todos decían lo mismo. Tenía que volver o moriría prematuramente.

—No importa, Raquel —dijo Ricardo—. Tu mundo es allá y el mío es donde tú estés.

—Pero no puede ser. ¡Perderás tantos años de tu vida conmigo! —dijo ella sollozando.

—Perderé la vida entera sin ti.

Fue así como Ricardo se hizo viejo, sin vivir los treinta, ni los cuarenta, y apenas los cincuenta.

Anuncios

Un pensamiento en “Al otro lado del mar

Somos una comunidad, comenta y responde

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s