Una calle de la Escandón


Se escucha el sonido seco de la calle en octubre. La hojarasca alerta las pisadas, ayudándose como puede para levantarse en remolinos con el viento. El viento se agita, la calle respira, la hojarasca se mueve. Una calle llamada Cerrada, sin embargo abierta de ambos lados con doble sentido y un carril, de dos, para estacionarse. Calle fantasma de vieja colonia. Pequeña Cerrada que esconde en su memoria los gritos de la pelota que se volaba —¡bolita por favor!— hasta el violento robo del automóvil de los vecinos que me tocó escuchar desde la sala de televisión… Yo fui ya la última historia de esa calle cuando en mi niñez y en mi temprana juventud me acogió esa casa del número 33; casa que ya tenía características de santuario. Por la década de los años 30 mi bisabuelo el Almirante decidió construir ahí, en el número 33 de la Cerrada de Otoño un hogar para una multitudinaria familia entre primos hermanos, hermanos, y tíos. Una casa grande de un solo baño como se acostumbraba, con bidé y toda la onda… En fin, regresemos a la calle donde mi tío abuelo, uno de tantos con su pasado oscurísimo, se dedicaba a zafar de los automóviles ciertas partes insignificantes, tales como los tapones del aire de las llantas, o bien, bajar las llantas, y pues, dadas las acometidas vandálicas de este tío abuelo en esa calle pequeña de buena vecindad, su padre —mi bisabuelo— lo envió al internado donde aprendería a valorar el hogar.

En la Cerrada de Otoño existían muchos vecinos que la habitaron durante casi todo el siglo XX. Familias que se conocían de 50 años y por supuesto no sólo en la calle de la Cerrada sino en toda la colonia. Mi abuela, hija de tan alto personaje militar y político, fue pretendida por un buen muchacho de la colonia que tenía una condición lo suficientemente humilde como para ser rechazado por la princesa, en menos de lo que me tardo en escribir. Sin embargo, las cosas no sucedieron así. Las bicicletas, la palomilla, los juegos callejeros, las macetas y los vidrios rotos fueron haciendo de esta mítica calle de otoño (por su hojarasca) una calle viva y con ansias de crecer. La chaviza convivía diariamente, jugaban de todo, cerraban la calle, hacían fiestas, carreras de bicis, futbol, bote pateado, de todo. Mi abuela realizaba constantes viajes en calidad de hija del buen Almirante; viajaba con su hermana y sus padres. Realizaban labores diplomáticas muy cotidianas y después de disfrutar sus tiempos libres en la ciudad a la que habían ido a mostrar la imagen de la familia, regresaban a la calle donde las hojas crujían, la calle donde siempre era otoño.  Pues el buen muchacho de la colonia se fue ganando el corazón de la diplomática dama. Cartas, risas, canciones y huidas breves. Besos trompa echando reja, el amor fue creciendo. El amor era un sol, era un día que no terminaba… En esa calle sola por las noches, crujían las hojas, el viento las levantaba en remolinos y así como el aire se desprende de las hojas y las hojas del aire, las risas se distanciaron, se bifurcaron sus caminos, se destinaron otros rumbos para sus voces y sus miradas. Él primero, a la muerte de su padre. Empacó, junto con sus hermanos, toda cosa en su hogar y en la víspera de la noche en la que estaba decidido partir caminó para escuchar el silencio de la calle que abandonaba. El fantasma de la calle se llenaba de olvidos y memorias distantes. Ella estaba en San Francisco y él vivía en la ciudad de Puebla. La Cerrada de Otoño fue cambiando, se fue llenando de fantasmas; iban tomando forma, respiraban y agotaban la vida del vecindario. Poco a poco se fueron yendo los primeros y vinieron llegando otros. La vecindad se transformaba y el fantasma dormía por un tiempo. El silencio de su hojarasca exhalaba el sueño del fantasma: los remolinos.

Años después, aquellos dos enamorados volvieron —a pesar de todas las apuestas que se jugó la palomilla durante años— casados. Ahí, en el número 33 de la Cerrada de Otoño se formó una nueva familia que creció sobre la misma hojarasca. Me topé, un día de esos en los que uno sólo camina, con uno de nuestros personajes que habitaron esta mítica calle y nos cuenta algunas anécdotas: debido a las exigencias del tiempo, esto entiéndase como la noche, y la poca iluminación que había para armar las retas de futbol sobre la calle; se vieron obligados a ‘tomar prestada’ la luminaria para los festejos del 15 de septiembre que estaban por acomodar las autoridades del Distrito Federal, e iluminar así el campo de hojarasca donde se llevaría a cabo uno de los partidos más intensos de la cuadra.

Las bicicletas, los clips, las llaves allen y los patines eran las herramientas de desarme y huida más comunes de entre la bandita. Vidrios rotos, rostros huyendo; los nuevos se quedaban mirando anonadados a las vecinas que les gritaban improperios por ser unos malcriados irrespetuosos. Estos mismos malcriados irrespetuosos pintaban sobre el piso de la angostísima calle los límites de una cancha de futbol americano, la señora del 37 siempre protestaba por lo mismo —“¡Me rompieron el farol, ahora sí verán!— Además, cuenta este ilustre personaje de lento hablar pero muy elocuente, que hubo un tiempo en que sobre la esquina de Sindicalismo y la Cerrada alguna vulcanizadora dejaba las llantas botadas ahí en la esquina. A la fecha no se conoce el propósito de la vulcanizadora, pero lo que sí se sabe fue el propósito que tuvieron las llantas como agentes de probables accidentes. La palomilla de la cuadra tomaba esas llantas y se escondía con una de ellas tras la esquina de la Cerrada, los automovilistas que daban la vuelta desde Benjamín Franklin para seguir sobre Sindicalismo, notaban entonces un extraño movimiento que sucedía en la esquina de la Cerrada por donde salía rodando una llanta para cruzar frente al conductor que seguía parsimoniosamente su ruta, provocando el enfrenón y el brusco cambio de dirección mientras los autores intelectuales corrían a esconderse tras los árboles y bajo la hojarasca de la Cerrada… donde siempre era otoño.

Recuerda también dicho personaje de hablar pausado, la casa de las monjas. ¡Ay, por Dios! ¡Pobres monjas! Sufrían de ataques terroristas antes de que se hicieran tan comunes y famosos. Esa casa de monjas tenía unos huecos en la pared muy a la usanza de los sesentas; una pared construida con ladrillo garigloeado y dejando huecos para las figuras. Pues en estos vacíos de la pared colocaban los cohetones con los que pretendían perturbar la paz religiosa de las parsimoniosas monjitas. Compraban también mecha para colocarse a una distancia considerable con el fin de librarse de la culpa sideral. Así que colocaban los cohetes, las mechas y se ubicaban en diferentes posiciones. Prendían fuego a discreción para retornar a sus guaridas por unos instantes. Guaridas desde donde podían ver cómo alteraban la paz religiosa de las monjas que volvían al mundo terrenal. Para terminar esta mínima parte de la historia que esta calle y sus fantasmas cuentan, he de resaltar la nostalgia con la que surge el comentario de la gente que habitó la cuadra durante todo el siglo pasado en el número 33: “Esos eran los tiempos en que los niños jugábamos en la calle, a ver quién daba más rápido la vuelta a la cuadra en los patines o en la bici…” u ocupábamos la luminaria del Estado con fines recreativos o poníamos cohetes en santuarios religiosos…

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