Jamás la perderé


Estaban las hermanas recogiendo las cosas, antes de vender la casa que había sido de sus padres.

—Aurorita, ¿tienes idea de dónde está la foto en la que mamá me está enseñando un libro? —preguntó Lorena, mientras buscaba en un baúl en el ático.

—No sé de que foto me hablas —contestó la hermana.

Lorena bajó del ático, yendo hasta la cocina, en donde Aurora recogía la vajilla y la ponía adentro de una caja.

—Es aquella, en la que estoy sentada en la cama de pilares —dijo acercándose para ayudar a su hermana—. Todavía los pies me colgaban y mamá me mostraba un libro. Bueno, era más bien un panfleto. Me hablaba de Dios, y yo, miraba la lámina en la que Él estaba parado sobre un globo terráqueo con los brazos extendidos. El globo estaba suspendido en el espacio, que era de un color azul intenso, poblado de estrellas. Recuerdo que le pregunté a mamá que de dónde venía Dios. Ella me contestó que de la nada. Entonces, yo le pregunté que qué era la nada.

—¿Y qué te contestó? —preguntó Aurora, interesada.

—No recuerdo —contestó Lorena, haciendo un esfuerzo por recordar—. Tal vez me dormí.

—¿Y la foto? ¿Quién la tomó?

Lorena hizo un largo silencio. Luego sonrió.

—No existe. Me acabo de dar cuenta de que no hay ninguna. Es que ese momento está tatuado en mis recuerdos, como si fuera una fotografía. ¿Sabes, hermana? Esta, no importa lo que pase, jamás la perderé.

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