El roble


Roble del Giol

Roble milenario del Giol, en Santa Coloma de Sasserra.   Foto: Benjamín Recacha

Proyectos, obligaciones, apariencias, sonrisas, agobios, cabreos, sueños, alegrías, frustraciones… Azules, grises, rojos, negros, blancos, verdes… Perseverancia, impaciencia, prisa, agotamiento, duda, esperanza, dispersión, confianza…

Esa sensación de que el tiempo se evapora sin haber sido capaz de aprovecharlo; las musas que vienen y van; las ganas de abarcar tanto y comprobar que no hay horas para todo, que hay que priorizar; más sueños, más dudas; días en que te comes el mundo y otros en que no dejas de preguntarte si de verdad vale la pena… Y te dices que sí, que hay que tirar para adelante, que hay que seguir aprendiendo, echando horas, invirtiendo trabajo y pasión, porque al final, no se sabe cuándo ni cómo, el esfuerzo recibirá recompensa.

Y miras alrededor. Y ves que el mundo está loco. Que nos lo estamos cargando a la misma velocidad que nos estamos cargando la humanidad, la empatía, la solidaridad, el diálogo. Que sí, que hay mucha gente que pone toda la carne en el asador para contrarrestar la locura, pero es tan difícil… Hay tantas resistencias que vencer, tanto fanatismo que revertir…

Y vuelves a pensar en lo tuyo, en tus proyectos, en tus sueños. Y se entrometen las dudas, y esa realidad tan angustiosa que abruma. Realidades que convierten los sueños individuales en caprichos ridículos, egoístas. Pero te dices que desde la insignificancia también se puede contribuir a los cambios, que está prohibido arrojar la toalla.

Y sigues adelante, aportando, creando, sonriendo, luchando, denunciando, alentando, convenciendo (o tratando de convencer), sumando… agotándote. Y te vuelves a preguntar por todo. Momentos en que el cerebro parece que va a explotar y otros en que lo notas vacío.

Desconectas, necesitas hacerlo. Te alejas, incluso desearías desaparecer. Aislarte en un valle mágico, bajo un roble anciano, y contagiarte de su impasibilidad, de su paciencia infinita. Cierras los ojos y te ves en esas montañas que sabes que son lo que realmente da sentido a tu vida. Respiras hondo y las sientes, sientes su energía que te inunda y que te ordena que levantes la cabeza y los brazos, que te dejes de tonterías, de derrotismos absurdos.

Tienes la suerte de poder disfrutar de montañas, bosques y viejos robles más cercanos. De llenarte la vista de verdes, azules, marrones, blancos, grises, amarillos y todos los colores con que se engalana la naturaleza. Te acercas a ese árbol magnífico, acaricias su tronco inabarcable y recorres sus raíces inmensas que abrazan la tierra que le dio la vida, con la que comparte siglos de existencia. Levantas la mirada hacia esas ramas poderosas que parecen querer abrazar al cielo, y te das cuenta de que en realidad comparten un baile perpetuo bajo el sol, las nubes, la luna y las estrellas.

El roble te habla sin palabras. No las necesita. Es suficiente con estar allí, contemplar esa sabiduría incomprensible para un simple mamífero y contagiarte de su serenidad. El roble milenario se ríe de prisas y agobios, de dudas, de impaciencias y cabreos. Se ríe del agotamiento, de la ambición y las frustraciones. Se ríe del tiempo. Y sigue ahí, contemplando su entorno, paciente, abrazando a la tierra generosa y bailando con el cielo.

Lo miras con los ojos bien abiertos, escuchas, lo sientes. Tiene tanto que contar, desde que aquella bellota insignificante germinó y, contra todo pronóstico, consiguió hacerse un hueco para empezar a abrazar a la tierra, entonces con unas raíces tan frágiles, y un pequeño tallo emergió y empezó a estirar unos bracitos ridículos que soñaban con alcanzar las nubes y el sol que le regalaban la vida. Y pasaron los años, las décadas, los siglos, y aquella bellota se convirtió en el rey de los robles. Y ahora los humanos acuden a admirarlo, a escuchar su historia, y aprender a relativizar la vorágine en la que vivimos.

Y entonces le das las gracias, porque qué otra cosa se le puede decir a un ser que cuando tú seas un viejo decrépito seguirá ahí, regalando serenidad y paciencia, y bailando con las estrellas.

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13 pensamientos en “El roble

  1. Precioso escrito e increible lugar. Tengo la suerte de conocer la zona donde vive este histórico roble. El pueblo tiene una preciosa iglesia. Parecerá una tontería, pero hay veces que voy por la Garrotxa y siento la necesidad de abrazar a un árbol. No se, me da la sensación que me aporta energía. Parece una locura, pero todos tenemos las nuestras, ¿no?

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