El funeral


Doña Dorotea Agripina Mercado Iturregui soñaba con tener un majestuoso funeral. Para asegurarse de que así fuera, hizo un arreglo pre pagado que incluía todo lo necesario para disponer de su restos mortales. Ningún conocido había planeado con tanta dedicación sus propias exequias, pensaba ella. Todo estaba planificado al detalle: velorio, funeral y entierro. Hasta el epitafio de la lápida estaba encargado.

Tan pronto Doña Dorotea expirara, por supuesto rodeada de sus hijas, parientes cercanos, y uno que otro amigo, la funeraria pasaría a recoger su cuerpo sin vida. Su hija, la favorita, entregaría el vestido que Doña Dorotea había elegido para la ocasión. Una mortaja blanca de seda, cosida con hilos dorados. También le entregaría al encargado de arreglar el cuerpo, una fotografía en la que pudiera apreciarse en detalle su maquillaje y peinado, cosa de que fuera compuesta debidamente para el evento.

Doña Dorotea había ordenado comida para quinientas personas, recordatorios y música. Debían velarla en la iglesia a la que asistirían todos los hermanos de su religión, quienes debían firmar con su nombre en el libro de visitas. Para su velatorio, había dispuesto un féretro de madera de cerezo acolchado en seda y terciopelo, con tiradores de bronce en el exterior para poder transportarla. Cuatro esculturas de ángeles guardarían las esquinas del contenedor, con cirios encendidos sobre sus cabezas. Cientos de rosas blancas, lirios y azucenas adornarían su tumba, mientras los mariachis acompañaban a los dolientes cantando “La golondrina”.

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Doña Dorotea falleció un martes de madrugada, agarrada de la mano de su hija. De la otra, la que no era su favorita. Las exequias se llevaron según la voluntad de la difunta. La favorita envió por correo express la mortaja con la foto para que estuvieran a tiempo. Se excusó del funeral porque tenía mucho trabajo. Los demás parientes, amigos y hermanos de la iglesia, afirmaron tener razones de mucho peso para tampoco asistir. Después de todo era día de semana. El religioso le preguntó a la hija qué hacer con tanta comida y con los recordatorios.

—Llévelo a los pobres en nombre de mi madre —contestó entre lágrimas.

Los mariachis iban tocando “La golondrina”, mientras la solitaria hija marchaba hacia el lugar del final descanso de su madre. Una lápida de granito perlado marcaría el lugar en dónde estarían depositados los restos de Doña Dorotea Agripina Mercado Iturregui a perpetuidad, con un epitafio que leería: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Eclesiastés 1:2”.

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