Centrifugando recuerdos (II)


Cascada del Cinca

Foto: Benjamín Recacha

(La primera parte la puedes leer aquí)

El sonido del agua cayendo furiosa por la montaña le relaja. Ya ha comprobado que sentarse junto a un arroyuelo de aguas saltarinas no le basta; al contrario, le produce nostalgia, y Luis no quiere ponerse nostálgico, en su caso cualquier tiempo pasado fue peor. Eso es lo que quiere creer.

Después de salir del cuarto de la lavadora, dejó la bolsa de la ropa y se fue a andar siguiendo el curso de un riachuelo de aguas cristalinas. Era agradable adentrarse en el bosque de ribera, disfrutar de la naturaleza en calma, acompañado únicamente por el vuelo de los insectos y de los pajarillos, que además ponían la banda sonora. Parte de ella, al menos. La otra parte correspondía al sonido del agua deslizándose sobre las piedras, en una coreografía y una frecuencia casi hipnóticas. Luis se sentó en una roca para descansar y tomar un bocado, y sin darse cuenta cayó víctima del recuerdo, el mismo del que estaba huyendo.

Cuando consiguió sacudirse aquellas imágenes de falsa felicidad (era lo que él se decía: «Ése no eras tú, estabas hechizado por el deseo de que aquello fuera real, de que fuera perfecto y eterno») notaba otra vez el peso del rechazo sobre sus hombros. «No volveré a enamorarme…».

Pero no quería sentirse así. Levantó la vista y vio, a lo lejos, encaramada sobre paredes de roca que parecían inaccesibles, la cascada. Era una pincelada blanca en la montaña, inmóvil, pero el rugido lejano delataba su verdadera naturaleza. Al día siguiente trataría de alcanzarla.

Y ahí está, hechizado por el espectáculo, sintiendo cómo la furia del agua que se precipita hacia el vacío y se estrella contra la laguna, mucho más abajo y después de rebotar en las rocas…, sintiendo cómo esa furia salvaje que lo arrastra todo se lleva también su nostalgia, dejando asomar, tímidamente, la determinación por empezar a recorrer un nuevo camino.

Al regresar al cámping se siente relajado y está de buen humor, así que decide entrar en el bar a tomarse una cerveza y unas raciones. Se sienta en una mesa y coge la carta de entre el expendedor de servilletas y los botes de kétchup y mostaza. Antes de acabar de leer el listado de raciones levanta la mirada y la pasea por el local. Detrás de la barra localiza a un joven camarero que no había visto aún, pero ella no está. «¿Tendrá fiesta hoy?», se pregunta, algo decepcionado, mientras recuerda con cierta vergüenza su extraño comportamiento del día anterior. Se acerca el chico y le hace el pedido. Enseguida le trae una jarra de cerveza bien fría, que coloca sobre un mantelito de papel, junto a la servilleta con los cubiertos.

La pantalla gigante emite un partido de fútbol. A Luis no le interesa especialmente, pero entre sorbo y sorbo acaba cayendo presa de la imagen. Balón arriba, balón abajo, patada por aquí, empujón por allá, bronca entre los jugadores, conato de pelea, el árbitro que intenta poner paz…

—Hola. Has pedido unas bravas, ¿verdad?

Es ella. Con el uniforme de trabajo y el pelo recogido en una coleta, pero es la misma chica que la mañana de ayer esperaba junto a la lavadora. Sonríe. Luis se pone nervioso.

—La lavadora acabó enseguida, pero te habías llevado la ropa. No sé si al final se te adelantó alguien…

—Ah, no te preocupes. La verdad es que todavía no he vuelto. —En la pantalla uno de los equipos celebra un gol—. Me fui de excursión, y hoy también. Acabo de volver. —Le muestra las botas de montaña.

—Bien hecho. Estoy segura de que lo has pasado mucho mejor que viendo girar la ropa. Te puedo decir, por experiencia propia, que es bastante aburrido.

En la mente de Luis se dibuja la gran cascada.

—Pues sí.

El árbitro ha anulado el gol y se vuelve a armar un buen follón.

—Uy, perdona. No te estoy dejando ver el partido. Además —Sara dirige una mirada hastiada a la barra—, tengo trabajo.

—Oh, no, si a mí el fútbol no…

Sara ya se aleja, pero enseguida gira la cabeza.

—Ahora te traigo los calamares —le anuncia sonriendo, y desaparece tras la puerta batiente de la cocina.

Luis levanta la jarra, dejando al descubierto un aro mojado en el papel, y bebe un trago largo. En la pantalla el árbitro muestra tarjetas amarillas y rojas a diestro y siniestro. Deja la cerveza en otro punto del mantel, se lleva una patata a la boca, y se pone a jugar, distraído, con la huella de la cerveza. Todavía quedan gotas de agua que el papel no ha absorbido. Moja el dedo en ellas, como si fueran acuarelas, y dibuja formas extrañas.

«Me gusta… A lo mejor estoy flipando, pero diría que yo también le gusto un poco…»

—Vaya, se te da bien.

Sara señala el dibujo levantando las cejas. Luis da un pequeño respingo y nota el calor en las mejillas. Balbucea algo ininteligible, lo que provoca una risita espontánea de la joven. Se da cuenta del efecto que su presencia causa en él y le divierte. «Qué mono».

—Marchando una de calamares.

Al dejar el plato en la mesa se acerca (con toda la intención) más de lo reglamentario al cliente, y al retirarse casi le roza el hombro derecho con su pecho izquierdo mientras le dedica una mirada traviesa. Luis está rígido. Hace mucho que no experimenta sensaciones parecidas. El flirteo no existía en su vida. «Le gusto», es todo lo que consigue pensar. Agarra la jarra y vacía la mitad. Necesita refrigerarse.

En la pantalla es ahora el otro equipo el que celebra el gol. Esta vez el árbitro lo da por válido y despierta nuevas iras de quienes se consideran perjudicados. Empiezan a caer objetos al campo. El público tampoco está conforme.

Sara, en cambio, sí está contenta. Es la primera noche que trabaja a gusto. Cada vez que entra en el comedor desde la cocina lo primero que hace es mirar al chico nervioso. Cuando se cruzan las miradas, le sonríe.

Luis se siente descontrolado. «Le gusto», se repite, y engulle patatas y calamares. Se le ha acabado la cerveza y tiene más sed, mucha, pero aunque en ese momento no hay nada que desee más que volver a notar la proximidad de la chica de la lavadora —«Aún no sabes su nombre»—, no se atreve a llamarla. Por un momento aparece en su mente el recuerdo de Ella, reprochándole su actitud. «¿Pero qué haces? ¿Acaso crees que va a estar pensando en ti? Olvídala y vive tu vida de una puñetera vez».

Finalmente se gira y la encuentra detrás de la barra, preparando cafés. Enseguida lo ve y le vuelve a sonreír. Cuando deja los cafés en otra mesa, se acerca.

—Están buenos los calamares, ¿verdad?

—Sí, muy ricos. Las patatas también. —Levanta la jarra vacía—. ¿Me puedes traer otra?

—Claro.

Sara alarga el brazo y antes de quedarse con la jarra le acaricia los dedos. Un escalofrío recorre el brazo de ambos. «¿Qué te pasa, Sara? Estás descontrolada. Tú no vas por ahí, ligando con los clientes». Carraspea, encoge el brazo y se aleja.

Luis se siente como una olla a presión. Necesita levantarse y salir un momento para liberar esas sensaciones que en realidad no sabe decir si las había olvidado o es que nunca las experimentó.

Regresa un par de minutos después y se encuentra con la jarra llena en la mesa. Se bebe la mitad de una vez y tiene que ahogar un eructo enorme. La camarera no está en la sala. El partido de fútbol acaba con una nueva bronca. Luis da buena cuenta de las últimas patatas bravas. Los calamares ya se los había comido.

—Me llamo Sara. Acabo de trabajar a las once. Si te apetece, cuando salga charlamos un rato… Es decir, si no te quieres ir a dormir ya, que supongo que estarás cansado por la excursión. —Las palabras le salen a borbotones—. Yo es que después de currar estoy tan cansada que no puedo dormir, necesito relajarme y, no sé, parece que nos caemos bien. Tú me caes bien, y estoy tan sola aquí que estaría bien que charlásemos un rato. Si te apetece, claro. Perdona, pero aún tengo que recoger unas mesas y… ya sabes.

Sara se aleja sin esperar una respuesta. «Claro que me apetece, aunque esté hecho un asco. Ni siquiera me he quitado las botas». Son las diez y media. «Si me doy prisa me da tiempo a asearme un poco y cambiarme esta ropa».

Paga la cuenta al camarero joven y se va. Sara no ha vuelto a aparecer por el comedor. «A las once estaré en la puerta». Le tiemblan las manos. «Necesito un cigarro».

Continuará…

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