Centrifugando recuerdos (III)


Luna llena

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(La primera parte la puedes leer aquí, y la segunda, aquí)

Luis se detiene al salir del bar. Respira hondo mientras mira en torno, sin fijarse en nada en concreto. «A las once», se repite nervioso. Ha refrescado. Se frota los brazos un momento y abre la cremallera de la pequeña mochila en busca del paquete de tabaco y el mechero. Con la primera calada expulsa también parte de la ansiedad que lo domina desde hace un rato. La luna llena empieza a asomar tras las montañas. «Vamos allá».

Se dirige a la tienda de campaña en busca de una camiseta limpia, una sudadera, y se cambia de calcetines y calzado previo paso por el baño, donde también se cepilla los dientes. «¿Y si nos besamos?», es uno de los disparatados pensamientos que lo asaltan.

A las once vuelve a estar en la puerta del bar. El camarero joven barre entre las mesas de la terraza. Un grupo de amigos se resiste a poner fin a su animada charla. Luis se apoya en el alféizar de la ventana más cercana a la entrada y está tentado de sacar otro cigarrillo. «¿Y si ella no fuma? ¿Y si nos besamos…? Déjate ya de pajas mentales». Finalmente descarta la idea.

«¿Cuál fue la última vez que te sentiste así?» Luis rebusca en su memoria. Inevitablemente, piensa en Ella. Le duele, pero esta vez en lugar de cerrarse en banda trata de remontarse en el tiempo, a aquel primer encuentro, tan fugaz como imborrable, en el pasillo de la facultad. Se cruzaron y algo les hizo girar la cabeza. La melena revuelta, los ojos claros y la sonrisa tímida aceleraron su corazón. Aún lo hacían, aunque quisiera odiarla.

Sara —«Me llamo Sara, había dicho, ¿verdad?»— no es Ella. Sabe que no le va a revolucionar la vida, pero le gusta. Sólo por haber conseguido que no huya vale la pena darse la oportunidad de mantener una charla agradable. Mira la luna, que, redonda como un queso, ya reina en el cielo. Luis suspira y cierra los ojos. Y entonces la ve. Está encima de él, sonriendo lasciva, con los labios entreabiertos a un dedo de su cara. El pelo le hace unas cosquillas deliciosas en los hombros y el pecho. Nota los pezones duros de Ella contra los suyos. Juguetona, se incorpora… y ahora ese rostro encendido de placer es el de Sara.

«Jo, tío, qué salido estás», se reprocha mientras abre los ojos y lo asalta la incómoda sensación de estar siendo observado, como si hubieran adivinado el calentón que lo ha dominado y que ahora intenta disimular con movimientos muy poco naturales. Pero nadie le presta atención, salvo Sara. Cuando Luis la ve, plantada a un par de metros, toda la sangre le sube a la cara.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Sólo un minuto. —Le sonríe—. Parecía que estabas tan a gusto que no he querido interrumpirte.

Luis aparta la vista, nervioso, y carraspea.

—Es… estaba disfrutando de esta luna.

Sara mira al cielo.

—Sí, está preciosa. La pena es que con tanta luz apenas se ven estrellas. —Vuelve a clavar sus ojos sonrientes en él—. ¿Damos un paseo?

—Vale. ¿No tienes hambre?

Empiezan a andar hacia ningún sitio en concreto.

—He picoteado algo. La verdad es que estoy hecha polvo, pero necesito que me dé el aire. Desde que estoy aquí mi vida consiste en trabajar y dormir, y últimamente poco y mal.

Luis asiente, pero está tenso y no se le ocurre nada ingenioso que decir. Sus manos, metidas en el bolsillo frontal de la sudadera, juguetean nerviosas con el paquete de tabaco.

—¿Fumas?

—Se supone que lo he dejado, pero me temo que estoy cayendo de nuevo…

—Yo también lo dejé, pero cuando estoy nervioso necesito fumar.

—¿Y ahora estás nervioso? —pregunta, traviesa.

«No sabes cuánto», responde en su mente. Lo que sale de su garganta es otro carraspeo. Sara ríe y se engancha a su brazo.

—Hace fresquito… —Lo mira, y nota la tensión de él, que lo mantiene rígido—, pero si te pongo nervioso te suelto.

—No, no… Es sólo que no estoy acostumbrado. —Sólo Ella se le había acercado así, y ahora sigue incordiando en su mente.

Sara se aparta un poco y se detiene. Lo mira, ahora triste.

—No sé a quién quiero engañar. —Además de tenso, ahora Luis está desconcertado—. Yo me siento igual que tú. También he llegado aquí tratando de escapar de mi pasado. —Suspira profundamente y vuelve a mirar al cielo.

«Joder… ¿Y ahora qué?»

Tras unos segundos de silencio, en que el cerebro de Luis busca desesperadamente descifrar la clave que dé con las palabras adecuadas, los ojos de Sara vuelven a clavarse en los de él.

—Jo, tío. Ya sé que estás nervioso, pero se suponía que íbamos a charlar, ¿no?

«Qué torpe eres, colega. ¿Se ha enfadado? ¿Está de broma? ¿Ya se ha arrepentido de la cita? ¡Haz algo, idiota!»

Sara se ha adelantado unos metros, hasta la valla de madera que separa la pradera del río. Abajo, el agua fluye en calma tras haber sido derramada por la gran cascada, una línea blanca en lo alto de la imponente montaña que domina el valle en el que está instalado el cámping.

—Toma. —Sara se gira y coge el cigarrillo, ya encendido, que le ofrece. Él se lleva otro a la boca y fuma despacio. Se sitúa junto a ella, con los brazos apoyados en la valla—. Me llamo Luis.

—Encantada, Luis. —Se dan dos besos.

Él señala a la cascada.

—Hoy he estado allí. —Da otra calada—. Impresiona mucho.

—Yo llevo aquí dos meses y aún no he ido.

—Pues te lo recomiendo. El rugido del agua ayuda a arrastrar los malos recuerdos.

Sara se gira hacia él y lo mira con interés.

—¿Qué malos recuerdos?

Luis exhala una espesa columna de humo antes de responder, con la vista fija en lo alto de la montaña.

—Los que me dejó Ella.

Continuará…

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