Crónica de un baile


Acicalados: de blanco impoluto y atrevido, él; de un rojo entallado y coqueto, ella. Bailaban abrazados, dibujando dos eses superpuestas, cadenciosas; enredadas en las notas bien entonadas de la orquesta.

Los pies del bailarín marcaban el inicio de nuevos movimientos; los de ella, seguían con gracia cada paso, cada rápido viraje, cada vuelta prodigiosa. Parecía que alguien hubiera dibujado un trayecto imaginario en el suelo para que ambos ancianos no se perdieran en su deambular rítmico y se pudieran deslizar como maestros del baile, sin titubeos.

Después del tango, un vals, un bolero y un paso doble…; cualquier canción la bailaban bien. Un tiempo pretérito, como salido del sombrero de un mago, brincaba a sus anchas en la plaza Mayor del pueblo, engalanada de fiesta; y resucitaba el romanticismo de una época venida a menos, pero ahora resarcida con su destreza. Sus manos, arrugadas y endurecidas con el trabajo en el campo, rodeaban la estrecha cintura de la mujer, que el paso de los años no había conseguido ensanchar. El cuerpo femenino se amoldaba al suyo, entregándose dócil a las reglas clásicas de la danza en pareja y al recuerdo de tantos bailes compartidos.

Rodeando la plaza, dos hileras de sillas de madera invitaban a la observación. Y desde allá, los curiosos mirábamos asombrados cómo una quincena de parejas de jubilados, algunos nonagenarios, vencían las leyes del tiempo, y conseguían olvidar la artrosis, la osteoporosis y cualquier otra dolencia propia de su edad. Habían vuelto a subir al escenario de la vida por un par de horas y, sin duda, lo habían vuelto a conquistar.

De pronto, me fijé en un hombre de unos setenta años, vestido con un elegante traje negro que esperaba de pie al otro lado de la plaza. Parecía impaciente, y no le quitaba el ojo a la diestra bailarina vestida de rojo. Antes de que acabara la canción, otro vals, se adentró en la pista de baile y sorteó ágilmente a las parejas que se cruzaban en su trayectoria, hasta que llegó a su objetivo; entonces, tropezó deliberadamente con la mujer y se las apañó para entregarle, con un leve roce de manos, lo que me pareció un papel doblado, que ella recogió y escondió con disimulo entre sus dedos.

Pensé que quizás me lo había imaginado, pero cuando ví que la anciana bailarina salía de la pista y se sentaba en el banco más alejado y menos alumbrado por las farolas, no pude dejar de observarla. Abrió el papel, lo leyó, suspiró, sonrió levemente y miró coqueta hacia la plaza. El hombre vestido de negro ya no estaba. Y su pareja, esperándola, le lanzaba una suspicaz mirada desde la pista de baile.

El Gris de los Colores

Anuncios

8 pensamientos en “Crónica de un baile

  1. Pingback: Crónica de un baile | El Gris de los Colores

Somos una comunidad, comenta y responde

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s