Centrifugando recuerdos (V)


Amanecer

Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí, la tercera, aquí, y la cuarta, aquí)

Durante unos segundos Sara y Luis bucean en la mirada del otro. Él nota la excitación que precede a los momentos dignos de recordar. Ella está relajada. Las lágrimas de hace unos minutos ya son historia. Luis se acerca, y cuando los labios están a punto de encontrarse Sara se vuelve para mirar las estrellas. «¿Por qué no?», se pregunta, pero no obtiene respuesta. Luis se queda en la misma postura, frustrado.

—¿No era ese el deseo? —pregunta él.

Ella no contesta enseguida. Tiene la vista fija en la Osa Mayor. El titileo de las estrellas le sigue pareciendo cosa de magia.

—Aún me estoy arrepintiendo de la última vez que besé a alguien —murmura.

—¿Cómo se llamaba el “gilipollas”?

Sara sonríe en silencio.

—¿Qué más da? Era un tío más, uno de tantos que engañan a niñas tontas como yo gracias a unos ojos mentirosos y una sonrisa falsa.

—Yo no soy de esos. Tengo unos ojos vulgares y una sonrisa muy común, así que no podría engañar a nadie.

Sara se gira de nuevo hacia él.

—Lo sé. Pero no es verdad lo que dices… —Vuelve a perderse en su mirada—. Tienes unos ojos bonitos, tristes pero sinceros, y una sonrisa tímida pero cálida.

Esta vez Luis contiene el impulso de besarla. En cambio, se atreve a cogerle la mano. Ella no la retira.

—Tu mirada también es triste. Te esfuerzas en aparentar alegría… —Hace una pausa y está a punto de dejarlo—, pero hay algo profundo que lo impide, y me pregunto si es sólo por lo de ese tío.

A Sara se le encienden todas las alarmas. Cierra los ojos y aparta la cabeza. Un segundo después se suelta de la mano y se incorpora, nerviosa. Primero se queda sentada en la hierba, luego se sube a la roca, y finalmente se pone de pie.

—Es muy tarde. Mañana no voy a poder con mi alma. Lo siento, pero me tengo que ir a dormir. —Las palabras le salen atropelladas. Luis no entiende nada—. Me ha gustado mucho pasar este rato contigo. Mañana nos vemos en el bar, o no, bueno, no sé, ya veremos. Adiós.

—Sara, espera. No te vayas aún. —Luis se incorpora de un salto y va tras ella—. No sé qué he dicho para molestarte, pero créeme que no pretendía…

Sara vuelve a sentir la mano en su hombro, pero esta vez no se detiene. Luis insiste, y entonces se gira. Las lágrimas amenazan de nuevo con desbordarse.

—Déjame, por favor. Ya te he dicho que necesito descansar.

No hay vuelta atrás. La joven arranca a correr. Nota el líquido salado en los labios y el fresco de la noche que se clava en sus párpados húmedos. «Hay algo profundo que lo impide, dice… ¿Quién se cree que es?» Las palabras de Luis le han abierto un camino por la memoria que no quiere volver a recorrer. Sólo desea dormir y olvidar.

—¿Qué he hecho? —murmura Luis mientras la ve alejarse. La impotencia lo invade. Quiere ayudarla, pero no sabe cómo. Enciende un nuevo cigarrillo y empieza a arrastrar los pies en dirección a la tienda de campaña.

Esa noche Sara tiene extrañas pesadillas en que anda perdida y asustada por túneles oscuros sin salida, o huye de siniestras muñecas sin cabeza que pretenden atraparla para que juegue con ellas. Una voz familiar, por largo tiempo olvidada, la llama en susurros, hasta que despierta sudando, pero con un frío gélido metido en el cuerpo y una sensación de desamparo que la deja vacía. Las primeras luces del alba se cuelan por la ventana.

Luis tarda en dormirse. La excitación por la evidente tensión sexual entre Sara y él queda contrarrestada por la extraña reacción de ella. Está muy descolocado y le da vueltas a la cabeza, sin atreverse a tomar decisiones. Así pasa las horas, removiéndose incómodo en el saco de dormir, saliendo a fumar, volviendo incluso al lugar donde intercambiaron confidencias. Se da cuenta de que en la roca permanece una de las muchas colillas que ha consumido esa noche. La recoge y se sienta a contemplar las incontables bombillas que ahora iluminan cada centímetro cuadrado de cielo. Enseguida se sobresalta por el primer haz de luz que lo atraviesa, fugaz. Y otro. Y otro… Y cada vez el deseo es el mismo.

Cuando el negro va tornándose en azul y las luces titilantes se van apagando, Luis regresa a la tienda. El baile de pensamientos continúa en sueños, hasta casi el mediodía, cuando la insolación lo obliga a despertarse para no cocerse a fuego lento.

Antes de nada se da una ducha fría para despejarse cuerpo y mente. Durante un rato funciona. Por fin está relajado y la luminosidad del día le levanta el ánimo. Tiene hambre. Mira hacia el bar. «¿Se habrá calmado? ¿Le gustará verme?» No tarda en volver a ponerse nervioso. Decide ir a tomarse un café con leche y un bocadillo.

El local está casi vacío. Sólo hay una pareja que comparte risas en una mesa al fondo, junto a una ventana. La pantalla gigante está apagada. Suena ‘Winds of change’, de Scorpions, a un volumen generoso. Tras la barra, el camarero joven canta sin disimulo mientras seca unos cubiertos. No parece haber nadie más. «Quizás en la cocina, o en el baño», piensa Luis, cuya desilusión por no encontrar a Sara es inversamente proporcional a la cantidad de nervios que le atenazan el estómago.

—¿Me pones un bocata de jamón y un café con leche, por favor?

—Enseguida, caballero.

Se dirige a una mesa, pero tras un par de pasos se gira.

—¿Estás solo?

El camarero lo mira con un punto de extrañeza, como pensando «¿Y a ti qué te importa si estoy solo o no?»

—Sí, ¿pasa algo?

—Oh, no, no, nada… Me preguntaba si hoy no trabaja Sara…

El muchacho cambia la expresión. Ahora lo mira con complicidad.

—Ah, ya entiendo. Qué maja es, ¿verdad? —Luis asiente, no muy convencido de querer compartir ese tipo de complicidad— Pues no sé si va a venir. Yo creía que sí, pero quizás le hayan cambiado el turno.

En ese momento entra por una puerta que da a las oficinas un hombre de pelo blanco. Da los buenos días a Luis.

—¿Qué pasa, Juan?

—Oh, nada. El señor, que preguntaba por Sara.

El hombre, que había empezado a recoger los cubiertos, se detiene y mira serio a Luis.

—¿La conoce usted?

—S… sí. —Luis está en alerta, no le gusta esa expresión—. ¿Ha pasado algo?

—Oh, no, nada grave. Es sólo que Sara se ha despedido esta mañana.

—¿Despedido? —repite Luis, como si no entendiera el significado de una palabra que amenaza con derrumbar el edificio de esperanza que había empezado a construir en su interior.

—Sí. —El hombre se da cuenta del mazazo que la noticia ha provocado en el joven y relaja el semblante. Se compadece de él—. Es una pena, porque hacía tiempo que no teníamos a una chica tan trabajadora y simpática con los clientes. Pero ha venido a primera hora para decirme que se tenía que marchar sin dilación, que le había surgido una emergencia familiar y que se iba hoy mismo.

—¿Hoy mismo? —La demolición es absoluta.

—Vaya, lo siento. Veo que no es una mala noticia sólo para mí.

—Pues sí, yo también voy a echarla de menos. Era muy buena compañera —corrobora Juan.

—Gra… gracias —balbucea Luis, al tiempo que da media vuelta y se dirige al exterior como un alma en pena. «Se ha ido», se repite sin poder creerlo.

—Eh, oiga. Entonces, el bocata y…

—Déjalo, Juan. No creo que ahora mismo esté pensando en comer.

El hombre del pelo blanco da un par de palmaditas cariñosas en el hombro a su empleado y retoma la tarea de ordenar los cubiertos.

—Lo que usted diga, jefe. Qué jodido es el amor.

El hombre asiente, con una media sonrisa nostálgica en los labios. Entonces se da cuenta de que la pareja sentada junto a la ventana ha asistido en silencio a la escena y le dedica un gesto de resignación, con los brazos abiertos, las palmas de las manos hacia arriba y los labios fruncidos.

—Qué se le va a hacer, ¿verdad?

Continuará…

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5 pensamientos en “Centrifugando recuerdos (V)

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