Centrifugando recuerdos (VIII)


carretera

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí; la tercera, aquí; la cuarta, aquí; la quinta, aquí; la sexta, aquí; y la séptima, aquí).

Es la primera vez que Luis se siente empujado por una decisión tan firme. Loca, absurda, con todas las posibilidades de fracasar, pero le da igual. En la cabeza tiene una única idea, que ha acabado por desalojar la melancolía amarga que lo tenía atrapado. De golpe Ella ya es sólo agua pasada, sin capacidad para condicionar su vida. ¿O sí? ¿O quizás precisamente para demostrarse que ya no lo hace se embarca en una aventura tan irracional?

Al volante del viejo Ford Focus Luis tiene mucho tiempo para pensar. El viaje desde el Pirineo hasta Granada es muy largo. Tendrá que parar por el camino, a no ser que pretenda conducir de madrugada. Sara le lleva varias horas de ventaja y por mucho que pise a fondo no la va a alcanzar, así que más le vale aplicar lo de “vísteme despacio que tengo prisa”.

«¿Por qué lo hago? ¿Cuál es la verdadera razón? ¿Tan pillado estoy?». Luis hace un repaso rápido a sus últimos años, los de vida adulta, desde que abandonó el nido familiar para instalarse junto a Fede y David en un piso destartalado del extrarradio de Barcelona, lo que podían pagar, hasta ser abandonado por la que creía que era la mujer con la que compartiría sueños y decepciones.

Sin darse cuenta había tejido una existencia dependiente por completo de ella. «¿Cómo pude ser tan imbécil? Y ahora, a pesar de todo, para escapar del recuerdo de una mujer voy en busca de otra mujer». La duda le nubla un instante la mirada, fija desde hace un par de horas en el asfalto. Las imponentes montañas pirenaicas ya han quedado atrás y ahora la carretera atraviesa llanuras interminables castigadas por un sol implacable. Por suerte, el aire acondicionado funciona.

«¿No seré uno de esos tíos esclavos de las relaciones, por muy tóxicas que sean?» Una luz de alarma se le enciende en el cerebro. «¿No seré yo el tóxico?» La expresión triste y decepcionada de Ella lo vuelve a asaltar. «Joder, tío, ¿por qué no empiezas por aceptar el pasado y abandonas de una puta vez la estupidez esa de no volver a pronunciar su nombre?»

—Laia, la mujer a la que culpas de haberte transformado en el papanatas que eres se llama Laia, y te dejó porque te habías convertido en un inútil obsesionado con que te dejaría. ¿Qué opciones tenía, si te pasabas el día mortificado por unos celos estúpidos?

Luis escupe la hiel que tanto tiempo llevaba corroyéndolo por dentro. Una catarsis necesaria para no cerrar en falso ese episodio de su vida.

—¡Idiota! —grita contra el parabrisas— ¡Idiota! —le grita al mundo, y nota cómo el estómago se va vaciando de rencor— ¡No existe un tío más idiota!

Se sigue insultando a todo volumen durante un rato, hasta que una risa incontrolable empieza a brotarle de lo más profundo. Y cuando se va relajando enciende la radio y se pone a cantar como si le fuera la vida en ello. Se siente libre al fin, siente que ha tomado las riendas y que va en busca de Sara porque es lo que quiere hacer, no porque necesite hacerlo.

La tarde está avanzada cuando, mientras tararea a pleno pulmón el ‘Whole lotta love’ de Led Zeppelin, se da cuenta de que el estómago lleva un rato reclamándole alimento. Es hora de parar en una zona de descanso de la autovía y apurar el fuet y el queso con un pedazo de pan (duro) bajo la sombra de algún árbol generoso. Así que empieza a fijarse en las señales, esperando encontrar pronto la de la figura sentada junto a un árbol.

Pero antes que la señal localiza un coche parado en el arcén. Nada que llame la atención especialmente, salvo porque en el momento en que lo supera, Luis presencia cómo la frustrada conductora, con ostensible gesto de furia, estrella un teléfono móvil contra el asfalto.

El joven se detiene unos metros por delante, tiene la precaución de ponerse el chaleco amarillo reflectante, y se acerca a ella. El ambiente sigue siendo tórrido. Luis tiene que ir sorteando pequeños charquitos de alquitrán. «Se me van a derretir las suelas», piensa, al notar el calor bajo las deportivas.

La mujer, que parece haber sucumbido a la impotencia, solloza con la cabeza baja, sentada en el capó de un Audi rojo. A sus pies, los restos desperdigados de un teléfono móvil dan testimonio de la tragedia.

Viste como si fuera a una boda o acontecimiento social por el estilo. Vestido corto negro, sandalias de tacón y el pelo recogido en uno de esos peinados imposibles. Luis tiene que contener una sonrisa tan fuera de lugar ante la desgracia de la mujer como lo está ella con esa pinta en el desierto infierno de asfalto donde ha quedado atrapada.

—Hola. ¿Puedo ayudarla? —pregunta cuando se encuentra a un par de metros de ella.

La mujer levanta la cabeza, sorprendida. Inmersa en su drama, no se había dado cuenta aún de la presencia del joven. Al principio no parece creer lo que ve y le cuesta reaccionar.

—¿Se encuentra bien? —insiste Luis.

Entonces, por fin, agita la cabeza, negando, cada vez con más energía, y levanta la mirada. Las lágrimas han echado a perder todo el maquillaje y tiene un aspecto grotesco.

—No, no estoy bien. ¿Cómo podría estarlo? ¿Tú me has visto? —Luis teme que de un momento a otro se abalance sobre él, pero opta por aguantar el chaparrón—. El puto coche me ha dejado tirada. ¿Lo ves? Un Audi de 60.000 euros, que resulta que tiene las putas ruedas de papel. Si no, ¿cómo se explica que se hayan pinchado dos a la vez? —Aparta la mirada que bien podría ser de orco enfurecido y señala al suelo—. ¿Ves eso? ¿Lo ves? —Luis apenas se atreve a asentir— Pues sí, es un iphone 7. Me costó casi mil euros… ¡Una mierda! Sin cobertura y sin batería. ¿Para qué lo quiero si cuando lo necesito no me sirve para nada? —Vuelve a dirigirse a Luis como si fuera el culpable de todos sus males—. Así que aquí estoy, achicharrándome en esta maldita carretera en tierra de nadie, con pinta de furcia desesperada, sin poder avisar a una puta grúa y a un porrón de kilómetros del lugar donde se casa mi hermano dentro de… —Hace el gesto de buscar el móvil para mirar la hora y al darse cuenta de que ni eso puede hacer ya, vuelve a llorar—. ¿No te parezco lo bastante patética?

Luis no sabe qué decir, así que de entrada opta por el silencio. Rebusca entonces en su bolso y le acerca un paquete de pañuelos de papel. La mujer levanta la mirada, ahora tímidamente, y acepta el ofrecimiento.

—Gracias —murmura.

Empieza a secarse las lágrimas, a limpiarse el rímel y se suena. Cuando levanta la cabeza ya no parece un orco. Ahora incluso se adivinan unas facciones agradables.

—Si quieres te dejo mi móvil. —Luis comprueba que tiene cobertura y se lo acerca—. Creo que te dejará llamar.

Por primera vez, la mujer sonríe.

—Oh, muchas gracias. Eres muy amable.

Coge una libreta que descansaba en el capó y pasa un par de páginas, hasta encontrar el número de teléfono que buscaba. Mientras llama, Luis le hace un gesto de que espere un momento, que enseguida vuelve, y se acerca a su coche. Está muerto de hambre, así que decide ir en busca del fuet y el queso y una botella de agua. Cuando regresa, la cara de la mujer sigue mostrando enfado.

—¿Quieres?

Luis le ofrece un pedazo de fuet, pero no parece prestarle atención.

—No sé para qué narices sirve contratar el supuestamente mejor seguro del mercado si cuando necesitas hacer uso de él no te soluciona nada. Que no saben cuándo me podrán mandar un coche de asistencia, dice. Que me espere aquí y en cuanto tengan noticias me avisan. Le digo que por lo menos me manden un taxi para que me lleve a Guadalajara, que ya que me he perdido la ceremonia, a ver si al menos llego para la celebración, y que no, que primero tiene que venir el coche de asistencia, que como son pinchazos eso se puede arreglar sin necesidad de taller. Que me pierdo la boda de mi hermano, le insisto, que no puedo esperar más, y lo único que se le ocurre al bobo que me atiende es que él no puede hacer más. ¡Será gilipollas!

Luis mastica el fuet y un trozo de pan duro, manjar que le sabe a gloria, mientras asiste al monólogo airado de la mujer. Debe tener treintaytantos. Es alta, atractiva a pesar de todo, y no hay duda de que tiene carácter. «¿No estás perdiendo demasiado tiempo?», le inquiere la parte de su conciencia que sólo desea seguir con su camino, en busca de Sara. «¿Y qué quieres que haga? No puedo dejarla aquí tirada».

—Dame un trozo de eso, anda. —Le pide, de repente—. Tanta rabia da hambre.

—¿Has avisado a tu familia? Estarán preocupados si no apareces por la boda, ¿no?

La mujer resopla y mira al cielo con expresión mezcla de resignación y cansancio.

—Están acostumbrados. Soy la oveja negra, la informal, la que va a su bola, la frívola… Que llegue tarde a la boda de mi hermano es lo esperable. Esta vez, sin embargo, iba a cumplir. Tenía la determinación de ser la hermana ideal, la hija ejemplar. No les iba a dar motivos para que me criticaran como hacen siempre… Pero claro, el puto coche tenía que joderme bien jodida —y le propina un puñetazo que lo único que consigue es que se haga daño en la mano.

Las palabras le salen solas y Luis sabe que quizás se arrepienta de pronunciarlas, pero cuando se da cuenta de lo que está diciendo ya es tarde para retractarse:

—Yo tengo que pasar por Guadalajara, así que si quieres te llevo.

La mujer lo mira incrédula. Durante un par de segundos no reacciona, y entonces, de golpe, se lanza a su cuello y lo abraza como si acabara de salvarle la vida.

—¡Gracias, gracias, gracias!

Luis se queda rígido. La reacción de ella lo incomoda y lo satisface a partes iguales. Durante un momento lo invade un absurdo sentimiento de culpabilidad, como si esa muestra espontánea de agradecimiento de la que es objeto fuera una especie de traición a la mujer por la que ha decidido cambiar su vida.

—¿Cómo puedo agradecértelo?

La mujer se rasca la cabeza en gesto pensativo. Entra en su coche en busca de un pequeño bolso y luego saca del maletero una bolsa de viaje. Mientras la espera, Luis sigue comiendo. El sol empieza a descender en el horizonte, tiñendo de un tono rojizo el paisaje.

—Ya sé. —Le sonríe enigmáticamente y le pasa el brazo libre por la cintura, de camino al coche de él—. Esta noche te vienes conmigo a celebrar una boda. Por cierto, me llamo Íngrid.

Continuará…

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2 pensamientos en “Centrifugando recuerdos (VIII)

  1. Pingback: Centrifugando recuerdos (IX) | SALTO AL REVERSO

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