Centrifugando recuerdos (IX)


La Alhambra - Granada

La Alhambra de Granada, desde el mirador de San Nicolás.   Foto: Benjamín Recacha

(La primera parte la puedes leer aquí, la segunda, aquí; la tercera, aquí; la cuarta, aquí; la quinta, aquí; la sexta, aquí; la séptima, aquí; y la octava, aquí).

Sara llega a Granada cuando el sol empieza a ponerse. El viaje se le ha hecho muy pesado por el calor y por la batalla mental de la que ha sido víctima desde la llamada de Luis. Arrastra un dolor de cabeza monumental y sólo tiene ganas de darse una ducha fría y acostarse. «Ojalá después de dormir despertáramos con el cerebro libre de recuerdos… Sí, claro, y luego tienes que hacer como el tío de la peli aquella, Memento, que lo marcaba todo con post-its porque no se acordaba ni de quién era».

—Pues qué quieres que te diga, no me parece tan mala perspectiva —murmura mientras gira la llave y entra en casa.

Enseguida se da cuenta de que no hay nadie. «Mejor, no me apetece dar explicaciones». Deja las sandalias en el recibidor, la maleta en el sofá y se asoma a la ventana, que han dejado abierta y con la persiana levantada para que entre la casi inapreciable brisa, con la vana esperanza de que el pequeño piso, torturado durante todo el día por el sol, se refresque un poco para dormir.

—Buenas tardes, mi querida Alhambra. Yo también me alegro de volver a verte.

La incomparable silueta de la maravilla nazarí la ha acompañado siempre en los momentos en que necesitaba consuelo. «Demasiados», concluye, resignada. Esa tarde la encuentra especialmente bella, acompañada ya a esa hora por la luna que emerge de Sierra Nevada.

«Creo que nos merecemos que nos demos una oportunidad». Las palabras de Luis siguen resonando en su cerebro. Lo han hecho durante toda la tarde.

—No tienes ni idea… —no ha dejado de repetirse como respuesta, como si la insistencia en ello fuera a convencerla definitivamente de que huir era la única opción.

Sara dedica una última mirada triste al fabuloso cuadro que se expone tras la ventana y se va a la ducha. Deja caer la ropa sudada en el suelo y se coloca bajo el chorro de agua, menos fría de lo que le habría gustado. El sol también ha calentado las tuberías. De todas formas, recibe el abrazo del líquido elemento con placer. «El mejor momento de este día de mierda». Y ahí se queda, sintiendo cómo son arrastrados hacia el sumidero el polvo, el sudor, las lágrimas, la rabia, la tristeza, el recuerdo… No, la tristeza y el recuerdo no la abandonan. Un rato después, contemplándose en el espejo del lavabo, Sara los sigue viendo ahí, bien instalados en su mirada.

Se dirige desnuda a la cocina, abre la nevera y agradece el soplo de aire helado. Tras un rápido repaso, toma el brick de leche y le da varios tragos. Después se va a su habitación. La encuentra igual que la dejó, «¿cuánto hace?, ¿dos meses?», aunque en realidad no se fija demasiado; quiere dormir y olvidar. Abre el cajón de la mesita en busca de unas bragas y se acuesta sin taparse. Sigue haciendo calor.

Antes de abandonarse al sueño mira hacia la ventana. Ahí está la luna, la misma que aún no hace ni veinticuatro horas, muchos quilómetros al norte, fue testigo del encuentro de dos jóvenes que desnudaban su alma sobre la hierba mojada. «Aún no estoy preparada… No sé si lo estaré algún día», piensa. Y cuando cierra los ojos vuelve a sentir los dedos de Luis entrelazados con los suyos.

…………………………

Siguiendo las indicaciones de Íngrid, Luis llega al restaurante donde se va a celebrar la fiesta de boda de Gonzalo y Lidia. Son los primeros. Durante el trayecto, además de llegar a un acuerdo con la compañía del seguro para que le lleven el coche a Guadalajara (a cambio de un “pequeño” suplemento) y de enviar un mensaje a su hermana mayor, ella lo ha puesto al día sobre la tensa relación que mantiene con su familia. «¿Dónde te estás metiendo?», se iba preguntando él, mientras pensaba en la manera de librarse de la invitación. «La dejas allí y te largas, que queda mucho viaje por delante», se decía, resuelto.

El problema es que Íngrid es de esas personas que llevan sus decisiones hasta las últimas consecuencias, y Luis no se caracteriza precisamente por lo mismo.

—Bueno, creo que voy a seguir con mi camino, que aún me queda un largo…

—Déjate de tonterías. Tú te quedas aquí conmigo. ¿O es que no tienes que cenar y dormir en algún sitio? Anda, vente, que vamos a adecentarte un poco.

Luis intenta articular una débil protesta, demasiado débil para que le preste atención. Cuando bajan del coche ella se dirige al maletero y saca la mochila de él.

—Supongo que aquí tendrás ropa algo más elegante —comenta, mirándolo con las cejas enarcadas y pensando qué hacer con él para que no parezca un guiri low cost. Acto seguido, lo agarra de la mano y lo arrastra al interior del restaurante.

Incapaz de resistirse, Luis se da cuenta enseguida de que todo el personal es exageradamente amable. «O son los camareros más pelotas de la historia o es que la conocen».

—Hola, Jaime.

—Señorita Ingrid. Qué alegría verla ya por aquí. ¿Ha ido bien la ceremonia?

—Sí, sí. Bueno, no sé, supongo que sí. Yo no he estado, pero es una larga historia. Ya te la contaré. Mira, te presento a Luis. Se va a sentar conmigo en la cena, aunque no consta en la lista de invitados.

El maître mira a los recién llegados con desconcierto, debatiéndose entre la necesidad de complacer a la señorita y el problema logístico de añadir un cubierto a la lista cerrada de comensales.

—Va, que no es para tanto. Seguro que habéis preparado más comida de la necesaria. —Jaime asiente poco convencido—. Vamos al baño, a ver si consigo hacer algo con el aspecto de este joven. —Ella ha adelantado mucho trabajo con el suyo propio durante el trayecto en coche.

Luis está tan desconcertado como el hombre, pero en el fondo siente que empieza a divertirle la situación.

—¿Me vas a explicar por qué tienes tanto poder sobre los empleados de un restaurante de lujo?

Íngrid le dedica una mirada burlona y hace un gesto con la cabeza que viene a decir «qué poco sabes» o algo por el estilo.

—Mis padres son los dueños.

La respuesta no le sorprende.

—Y supongo que el hotel donde se quedarán a dormir los invitados también es suyo.

Íngrid lo mira ahora con suspicacia.

—Más o menos. Es de mis abuelos.

«Unos tanto y otros tan poco». La perspectiva de aprovechar la generosidad de la heredera de una fortuna ya no le parece tan mala idea. «Total, tiene razón: tengo que cenar y que dormir. Por qué no hacerlo gratis y a cuerpo de rey, por una vez en la vida».

El cuarto de baño es tan grande como el comedor de una mansión. Mientras Luis se queda embobado admirando el lujo que lo rodea, su acompañante revuelve en la mochila en busca de ropa mínimamente aceptable. Finalmente, extrae unos tejanos y una camiseta negra.

—Si me dices que escondes unos zapatos en alguna parte, me harás feliz… —Luis niega con la cabeza—. Entiendo… Bueno, qué le vamos a hacer —concluye mirando con resignación las sucias deportivas—. Cógete unos calzoncillos y unos calcetines limpios y te duchas, anda.

Luis la mira como si acabara de escuchar una estupidez.

—Sí, no me mires así. Ahí tienes dos duchas con todo lo que vas a necesitar —le dice, señalando al lugar donde debe dirigirse—. Y date prisa, que enseguida llegará todo el mundo. —Se lo queda mirando con mohín contrariado.

—¿Qué pasa? Ya sé que no soy George Clooney, y eso no hay manera de arreglarlo.

Ella sonríe.

—No, ya, sólo estaba pensando que es una pena que no te dé tiempo a afeitarte. —Se gira de repente hacia la salida—. Bueno, te dejo, que yo también tengo que arreglarme. —Antes de salir se vuelve y le dedica una mirada cómplice—. No tardes —insiste, al tiempo que le guiña un ojo.

—Está como una cabra —murmura Luis mientras se dirige a la ducha sonriendo.

Diez minutos después sale del baño, limpio, con su media melena mojada refrescándole el cuello, y con la vestimenta ideal para… salir de fiesta con los colegas. Durante un rato se encuentra a gusto y de buen humor, hasta que empieza a cruzarse con parejas que parecen competir por desfilar en Milán o París y lo miran como si fuera un camarero desubicado, o quizás el DJ de la fiesta. «Llevará el equipo en esa vieja mochila sucia», debe pensar alguno.

«Parezco un pulpo en un garaje», se dice, mientras se dirige al coche para dejar el equipaje. El parking se ha ido llenando de vehículos de exposición, que convierten al Focus de Luis en chatarra. Conforme se va acercando a él, el joven se va encogiendo y cuando por fin abre el maletero siente la tentación de meterse dentro. «No me voy a meter ahí, pero sí me puedo largar. Aquí no pinto nada». La idea le parece a cada segundo más tentadora. Finalmente, cierra el portón y se dirige a la puerta del conductor.

—Granada me espera —murmura.

—¡Luis! ¿A dónde vas? ¡Ni se te ocurra largarte!

Íngrid se acerca a grandes zancadas, a pesar de los tacones, y con expresión de reproche. Luis se queda paralizado, agarrando la maneta de la puerta, pero sin decidirse a accionarla.

—No puedes marcharte ahora.

Su anfitriona se para a un par de metros de él.

—Quiero que te quedes conmigo.

Ha relajado la expresión y parece sincera; lo desea de verdad. Tras los “retoques” tiene un aspecto estupendo. Aunque empieza a oscurecer, Luis se da cuenta ahora de que es muy guapa y se siente intimidado, como siempre que se halla ante una mujer por la que siente atracción. Aparta la mirada y la pasea en torno. Siguen llegando cochazos de los que tanto gusta presumir a quienes no tienen otro objetivo en la vida que ser más que alguien. Niega levemente con la cabeza y da unos pasos para sentarse en el capó.

—Te agradezco la invitación, en serio. El plan parecía divertido, pero ¿no ves que estoy totalmente fuera de lugar? No hacen más que mirarme, intentando adivinar si soy un camarero o un intruso.

Enciende un cigarrillo y se lo ofrece. Íngrid lo coge, le da una larga calada y se lo devuelve.

—Ahora no me puedes dejar sola. No sabes cómo son. Me van a machacar por no haber ido a la iglesia. Tú eres mi coartada. Si te vas no habrá manera de que me crean. —Por primera vez Luis percibe su angustia, ya no es cabreo ni fastidio, lo siente de verdad—. Hoy tenía que ser una Martín Pescador ejemplar, y todo se ha ido a la mierda…

Se sienta junto a él, con la cabeza gacha y las manos en la cara.

—¿Martín Pescador? ¿En serio? ¿Te llamas Íngrid Martín Pescador?

—Sí, venga, di lo del pajarito —responde sin mirarlo. Pero cuando oye la risa se vuelve hacia él con cara de pocos amigos—. Espero que la guasa al menos sirva para quitarte la tontería.

—Perdona, no he podido evitarlo.

Le ofrece otra calada y se queda con la vista fija en el cielo. No hay una sola nube que emborrone la paleta de colores, que va del amarillo pálido, a cada minuto más menguante, al azul oscuro que ya domina el escenario. La luna, casi tan redonda como la noche anterior, ya aparece en escena, recordándole el motivo que lo ha llevado a emprender su loca aventura. Nota de nuevo los dedos de Sara…, sólo que ahora no son los de Sara, sino los de Íngrid, que se han posado sobre la mano que descansa en el capó. Luis da un pequeño respingo al darse cuenta, la retira y se la lleva a la boca, simulando ahogar un carraspeo.

—Perdona, no pretendía incomodarte. —Íngrid lo mira avergonzada—. No me malinterpretes, ha sido un gesto instintivo…

—Déjalo, no importa. —Se hace un silencio incómodo y Luis vuelve a fijarse en la luna. De repente es como si entre ellos aparecieran las distancias lógicas entre dos desconocidos, que en la situación excepcional en que se han conocido no han tenido ocasión de manifestarse—. Dicen que la risa y las lágrimas igualan a las personas.

—¿A qué te refieres? —Íngrid recibe las palabras de él con alivio.

—Al contexto en que me encuentro. Yo estoy preocupado por qué pensará de mí toda esa gente. Pertenecemos a mundos distintos. Yo vivo al día, sin saber cuántos meses más podré pagar el alquiler. Vosotros tenéis el dinero por castigo. —Íngrid hace el amago de protestar, pero antes de balbucear su queja se da cuenta de que, al menos por lo que respecta a su familia, está en lo cierto. No recuerda haberse fijado nunca en el saldo de su cuenta corriente—. Sin embargo, todas esas personas que visten trajes que seguramente cuestan más que lo que yo gano en un año, esta noche sólo piensan en pasarlo bien, en reír hasta que les duela la barriga. —Se gira hacia ella, que lo está mirando—. La risa es gratis… y también el llanto.

En ese instante Íngrid desea besarlo. «El dinero no compra el cariño, ni la amistad, ni el amor», responde sin hablar. Contiene el impulso que podría ahuyentarlo definitivamente, pero continúa mirándolo a los ojos.

—Pues ya está. Vayamos nosotros a divertirnos también y que le den por saco a las miradas.

La mujer —calcula que debe ser unos diez años mayor que él— se incorpora y, con el brazo extendido de forma ceremoniosa, le ofrece la mano. Luis se hace el remolón, pero finalmente acepta el ofrecimiento.

—Te advierto de que si me miran como a un bicho raro me largo.

La sonrisa radiante de ella cierra el acuerdo.

Continuará…

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Un pensamiento en “Centrifugando recuerdos (IX)

  1. Reblogueó esto en la recachay comentado:

    La novela que voy publicando semanalmente en ‘Salto al reverso’ llega a la novena entrega. Luis va en busca de Sara, que ya ha llegado a casa, pero un inesperado acontecimiento social lo entretiene por el camino. Vamos, que la mujer a la que socorre en la carretera lo invita a la boda de su hermano. Un auténtico bodorrio que parece surgido de una película. Mejor que lo leáis…

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