Lucas


Lucas era un hombre soñador, desde que era un neonato le gustaba soñar e imaginarse cosas, ya fuesen aventuras de Lucas versus Lucas o con sus juguetes y entes imaginarios.

Es cierto que conforme fue creciendo depuso varias de las actitudes que le hacían ser definido como un perfecto soñador, como la emancipación de sus amigos imaginarios —pero reales—, y la actitud de soñar despierto había decrecido a niveles muy preocupantes; quizá esto era así debido a su decepción al ver cómo funcionaba la ciudad a ojos de un adulto o tal vez porque ya no lo encontraba útil, la verdad, no lo sé, nunca lo supe.

Aun así, en su interior persistía ese sentimiento de soñador que lo incitaba a soñar, aunque fuese en estado de no vigilia; siendo para él estos sueños ínfimos lo que lo mantenía vivo, lo que escondía la vela de la esperanza a ojos de avariciosos y maléficos y lo que aguardaba la vuelta de su flama.

Un día se encontraba en un bar, tomando algo, cuando a una mujer salió corriendo de él, olvidándose un libro. Lucas decidió recogerlo y entregárselo.

—¡Oiga, señora, el libro! —gritaba, mas no le escuchó y acabó desapareciendo entre la niebla de gente.

Se quedó mirando al horizonte con displicencia hacia ellos —y hacia sí mismo—; no les caía bien —no se caía bien—, siempre decía que eran máquinas cuyo objetivo era consumir y trabajar —…—. Decidió apartar la vista de ellos y centrarla en el libro: la portada estaba un poco añeja y algo carcomida, solo se podía leer el título: Sueños. El mero hecho de leerla hizo que se le viniesen a la cabeza antiguos recuerdos de su infancia y su afán por soñar todo el rato.

«Buenos tiempos», pensó, mientras se reavivó ese pundonor por soñar en su más profundo interior.

Al llegar a casa comenzó a leerlo; conforme fue leyendo y, como era de suponer, el libro trataba sobre los sueños, las diferentes fases de cuando dormimos, sus posibles interpretaciones… Pero lo que más le llamó la atención fue unos sueños conocidos como “sueños hipnagógicos”: conjunto de percepciones visuales, auditivas e incluso gustativas o hápticas (referentes al tacto) que las personas que las “padecen” experimentan entre el estado de vigilia y el de sueño1. La palabra padecer aparecía entre comillas porque cualquier persona puede pasar por ello, ya sea sin querer o creando ese estado mediante unos sencillos pasos.

Por esta sencilla razón y por la reeclosión de la infancia en su interior, decidió intentarlo; puso el brazo en vertical apoyado en la cama de su piso —un octavo— con el codo y se echó a dormir. Al cabo de x tiempo se despertó somnoliento y algo aturdido, miró a su alrededor y vio cómo su habitación ya no era su habitación, era un jardín enorme. Esta vez decidió no pensar y mucho menos preguntarse la racionalidad de la situación, solo quería disfrutar.

Lucas estaba disfrutando de su sueño, corriendo como nunca y grabando aquellas vistas en su retina, hasta que su cerebro decidió volver a pensar, despertándose ipso facto en su cama. Se despertó contento y, junto a él, florecieron de nuevo esos sentimientos de soñador abandonados y tirados a la basura sin razón alguna.

Desde entonces, Lucas cambió. Aquella flama tan esperada volvió; comenzó a soñar despierto, vinieron antiguos inquilinos a su piso —uno de ellos era la felicidad— y volvió a disfrutar de la vida. No solo eso, contagió esa sensación y ganas a toda aquella niebla que antes odiaba y ahora amaba —se amaba—, floreció la esperanza en la ciudad —en sí mismo—, se podría decir, parte del mundo cambió a mejor —parte de él mejoró como persona—.

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