Lágrimas


Foto Priscilla. Unsplash

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Notabas tus axilas húmedas y resbaladizas, y pequeñas gotas de sudor comenzaban a desobedecerte pintando tu frente de fina lluvia; no querías que el terapeuta percibiera tus nervios; siempre conseguía intimidarte. Hacía un año que ibas a su consulta, y no precisamente por voluntad propia. El reglamento laboral de tu empresa lo especificaba en su artículo duodécimo: «Los empleados deberán asistir a un Terapeuta de Lágrimas tras haber vivido una experiencia traumática. Y lo harán hasta la remisión del trauma, siempre por prescripción médica».

El experto te miró desde el púlpito invisible que siempre parecía llevar adosado a su cuerpo, y sentenció sin un atisbo de duda:

—Tendrías que haber recogido más de mil lágrimas. Ha pasado ya un año, deberías haber alcanzado esta cifra. —Hilvanó el punto final de su sentencia con un incómodo e interminable silencio.

Por fin, continuó:

—Y mucho me temo que, por el ángulo levemente desviado hacia la izquierda de tu mirada cuando me hablas, no has recogido todavía la cantidad recomendada de lágrimas. Arqueó una de sus cejas, curiosamente la más poblada de pelo, formando una media luna —«¿cómo consigue hacer eso este iluminado?», te dio tiempo a pensar—, y volvió a embestirte:

—¿A qué no?

—En verdad…, no lo sé…, creo que sí…, pero tendría que contarlas. ¿Importa mucho eso? He venido aquí para…

—A estas alturas, Javier, es increíble que me preguntes eso. Parece que aún no has aprendido nada… ¿Cómo se cura el duelo, Javier?: con lágrimas. Ya lo hemos hablado. Te voy a pedir que te vayas y que vuelvas cuando te hayas atrevido a abrir de verdad tu corazón, y tengas una respuesta firme y bien trabajada.

Tragaste saliva y te mordiste el labio inferior, siempre lo hacías cuando tu boca no acertaba a decir las palabras adecuadas que, por el contrario, sí sabían estallar como un meteorito en tu corazón, acelerándote el pulso y enredándote la lengua. «Nunca más, no vuelvo. ¿Qué se habrá pensado? Y solo porque es Terapeuta de Lágrimas se cree con el derecho de hablarme así.» Te metiste en el metro, encogido por la duda: «¿Tendrá razón? ¿Habré sabido lloraros bien?» Mientras atravesabas el subsuelo de tu ciudad no tenías otra idea en la mente: llegar a casa, resolver tu inquietud.

Pulsaste con impaciencia el botón de apertura del armario de tus lágrimas, la puerta corredera obedeció al instante. Allí estaban: veinte recipientes de vidrio, bañados en siete colores, y dispuestos en cinco pulcras estanterías blancas de un metro y medio de largo. Las amarillas correspondían a tu infancia; las recogiste durante un año en un innovador ejercicio que os encargaron en la escuela, y que los pedagogos más renovadores de la época tildaron de altamente educativo; aunque al final acabó enterrado en el olvido porque las asociaciones de padres interpusieron una denuncia por invasión a la intimidad. Tanto tu escuela, que fue la precursora, como una decena de seguidoras, se vieron obligadas a interrumpir la novedosa experiencia escolar, ya que no querían verse involucradas en un costoso proceso judicial.

Pese a las advertencias del ministerio de Educación, y los consejos de los expertos más conservadores sobre la conveniencia de parar de inmediato esta reflexión acerca del llanto —«ante el riesgo de padecer una depresión temprana», advertían—, en tu casa siguió siendo considerado un beneficioso ejercicio. «Solo hay que verte, hijo», decía tu padre, «desde que recoges tus lágrimas, las observas cada mañana, y hablas sobre ellas, estás más relajado y ya no tienes pesadillas.» Así que seguiste con el experimento unos meses más hasta que comenzaste a aburrirte de tanto mirarte al ombligo. Aún conservabas los cuadernos en los que recogías tus reflexiones con tu pluma de tinta verde, decorada en rojo por las correcciones de tu madre, siempre dispuesta a enmendar tus despistes ortográficos.

Tus lágrimas infantiles estaban intactas pese al paso de los años, gracias a la eficacia del conservante interperol para lágrimas, sustituido años después por el milantul, más ecológico. Observarlas era viajar en el tiempo treinta años atrás. Los recuerdos siempre emergían con facilidad del mar infantil de los agravios, y acababan apelotonados en tu memoria abriéndose paso a empujones: el llanto por tus rodillas ensangrentadas tras tu caída con la bici; el disgusto con tu tía Luisa porque no cumplió su promesa de llevarte al estreno de Los Minions 3; la desilusión tras no ser admitido en el equipo de Waterpolo; el puñetazo en el ojo, y en el alma, de tu pesadilla en la escuela: Eric, el matón de la clase de cuarto; pero, sobre todo, la tristeza vertida todas las noches, durante tres meses, por la muerte de Tom, el perro labrador que creció contigo desde que eras un bebé.

En el segundo estante flotaban las lágrimas capturadas en dos potes verdes: las de tu primer amor. Qué bonitas seguían siendo pese a su regusto lacerante. Las azules, instaladas en el tercer estante, eran de cuando se murió tu padre. Llenaste cinco potes de dos litros durante un mes; tal fue la intensidad de tu dolor. También estaban las de los tarros grises, que correspondían al interminable año que pasaste en el paro. El cuarto estante estaba compartido por frascos de dos colores. Los marrones contenían las lágrimas recogidas durante dos meses, mientras te recuperabas en la cama de un aparatoso accidente de moto, que se saldó con tres costillas rotas, una fractura abierta de peroné y una quemada enorme que recorría todo el lateral de tu pierna como una serpiente despellejada. Los rosas se llenaron con las lágrimas que vertiste con Clara cuando se quebró vuestra incipiente empresa. «Qué bueno tener una amiga como Clara», pensaste, «dispuesta a llorar conmigo y a mezclar sus lágrimas en mi pote, y no en el suyo, pese a que luego no le lucirá tanto en su armario».

Es curioso cómo llegan a cambiar las cosas con apenas el paso de una generación: veinte años atrás, la recogida de lágrimas era considerada una amenazante práctica educativa. Sin embargo, en la actualidad ya era una costumbre social arraigada y bien vista: era impensable que alguien no exhibiera en el comedor de su casa un armario dedicado al almacenamiento de las lágrimas de toda la familia. Cuanto más voluminoso era, con más orgullo ocupaba la pared más vistosa del salón. Y más increíble todavía: el centro de asistencia primaria asignaba un terapeuta, sin coste alguno, para vigilar su interrumpido, recomendado y correcto avituallamiento. De hecho, esta práctica socialmente aceptada y extendida por doquier, desde las familias más acomodadas a las más humildes, se consideraba un pilar de la salud mental de toda población que se considerara avanzada.

Tú buscabas ahora las rojas. No hacía ni un mes que las habías colocado en el quinto estante. Te había costado mucho recogerlas una a una de tus ojos inflamados; con el paso de los años, cada vez te costaba más llorar. Lo mantenías en secreto, ya que quien perdía esa capacidad era internado en el Sanatorio de Lágrimas …

CONTINUARÁ…

De El Gris de los Colores

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9 pensamientos en “Lágrimas

    • Muchas gracias, Benjamín, espero que el segundo y último capítulo no defraude tus expectativas. Escribir este texto ha sido liberador y, también, como una especie de experimento; ¡no tengo mucha experiencia escribiendo relatos! Y he disfrutado mucho haciéndolo. :))
      Un saludo

      Le gusta a 1 persona

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