Centrifugando recuerdos (XII)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Es domingo. Un tórrido domingo de agosto por tierras manchegas. El sol calienta tanto como lleva haciéndolo durante todo el verano. Hoy queda apenas amortiguado por una neblina que enturbia el ambiente, pero la sensación de bochorno continúa siendo persistente. Los campos aparecen secos. De vez en cuando sopla una racha de viento desganada que levanta un puñado de tierra suelta.

La carretera está desierta. Los pequeños cernícalos que permanecen suspendidos a pocos metros sobre el suelo, esperando la aparición de un roedor despistado, o bien las solitarias rapaces de mayor tamaño, que cruzan por encima de la autovía con velocidad de crucero, son las únicas señales de vida que Luis va encontrando en su avance.

Ahora que tiene tiempo para pensar, que las imágenes borrosas de la velada han ido recobrando nitidez, se agudiza la sensación de haber estado metido en una película. «Ha sido todo tan surrealista…»

Piensa en Íngrid. Se besaron, ahora sí lo recuerda con claridad, y fueron más lejos, y aunque le gustó, en el recuerdo se ve como otro, como si ese Luis desinhibido por el alcohol y excitado por el contacto con una mujer atractiva no fuera él. «Te puedes autovender la moto que quieras, poner todas las excusas que se te ocurran, pero, majo, eras tú, y tanto que lo eras».

—Ya, ya lo sé —murmura, mientras se fija en el cartel que indica que acaba de entrar en Andalucía, en la provincia de Jaén.

Recuerda entonces la mirada triste de Sara y vuelve a bucear en esos ojos que miran desde un pasado que quiere mantener oculto.

—Tan oculto que prefirió marcharse a arriesgarse a revelarlo. —Habla en voz alta; acostumbra a hacerlo. «Debe ser cosa de la soledad», se dice—. La tristeza de Íngrid, en cambio, es diferente —continúa—. Lo tiene todo, pero le falta lo más importante: la aceptación de los suyos. En realidad es una rebelde de pacotilla… ¿Y quién no busca la aceptación y el reconocimiento?

Tiene hambre. En el hotel apenas desayunó. Tenía prisa por salir de aquella burbuja de lujo y apariencia, y el estómago revuelto por el exceso de alcohol. Pero ahora le rugen las tripas. Una señal indica que se acerca a un área de servicio.

La gasolinera está desierta y el aparcamiento casi vacío. Antes de entrar en el restaurante, Luis observa a través de las cristaleras a los pocos comensales solitarios, desperdigados por el local. «¿También ellos irán en busca del sentido de su vida?».

—Vaya, sí que estoy filosófico —murmura ante la puerta automática.

Agita la cabeza y pasa al interior, donde lo recibe un agradable ambiente refrigerado y la excesivamente audible voz del presentador del Telediario. Una camarera recoge las mesas mientras un chico pasa una escoba desganada. Un par de hombres levantan la vista del plato y otro la aparta del televisor para fijarse en el recién llegado. La mirada de Luis se cruza con la de uno de ellos, quien saluda con un casi inapreciable gesto de la cabeza y vuelve a lo suyo.

El joven busca la barra y se da cuenta de que es un self-service. «Menú: 9,90€», lee. «Me vale», se dice, y se dirige hacia los expositores de comida. La chica que recogía, al verlo, se limpia las manos en el delantal y regresa a la caja.

—El gazpacho está recién hecho. Yo m’he bebío una taza hace un ratillo. Está buenísimo.

Luis se vuelve hacia el lugar de procedencia de la voz y se encuentra con una cara sonriente que señala a una nevera donde una colección de tazas llenas de un líquido rojizo esperan a ser escogidas.

—Sí, ahí está. Ya verá cómo le gusta.

Luis se hace con una bandeja de plástico y coloca en ella una de las tazas.

—¿Y de segundo qué me recomiendas?

La joven recibe la interacción con bastante entusiasmo. Debe tener apenas veinte años y la pinta de haberse estado aburriendo como una ostra. Sale de detrás de la caja y se le acerca.

—A ver… El bacalao tiene que estar bueno, y si no eres muy de pescao, pues el pollo al chilindrón. También tienes fideos a la cazuela, pero, en confianza —se le acerca más y baja el volumen—, yo me quedo con los flamenquines.

Se retira un poco y le guiña un ojo. A Luis le divierte el desparpajo de la muchacha.

—Pues flamenquines, entonces. Me fío de ti.

—Haces bien. —Ya vuelve a estar junto a la caja y Luis deja la bandeja para pagar. La chica le acerca la cabeza de nuevo, como si fuera a revelarle un secreto—. Es que la cocinera es mi madre, ¿sabes?

—Qué, María, ¿ya’stás largando?

—Ay, mama… Sólo estoy atendiendo a un cliente muy majo. Le estoy diciendo lo buena cocinera que eres.

María mira a Luis divertida, mientras le extiende el tiquet del menú.

—¿Qué vas a beber?

—Una cerveza, por favor.

—Marchando. —La joven alcanza el tirador y coloca debajo un vaso de plástico—. Se aburre, ¿sabes?

—¿Cómo dices?

—Mi madre, que se aburre. Hoy hemos tenío muy poco movimiento.

—Ya veo…

Luis coge el vaso lleno que le acerca María y lo pone en la bandeja.

—Yo también me aburro…

—Pues no largues tanto y ponte a limpiar mesas, niña. Mira a tu hermano, cómo barre.

Los dos jóvenes dirigen la mirada hacia el lugar donde en ese momento el muchacho de la escoba descansa con la barbilla apoyada sobre el palo y los ojos clavados en la tele, sin verla. María rompe a reír.

—Uy, sí, se está deslomando el pobre.

Luis consigue controlar el impulso de contagiarse de la risa y decide que es hora de sentarse a comer.

—Ay, estos chiquillos, qué poco espíritu de sacrificio. —La mujer aparece, por fin, de detrás del mostrador, que se comunica con la cocina a través de una puerta batiente, de esas con una ventana redonda—. Que le aproveche.

Luis le da las gracias. Se da cuenta de que tiene la misma expresión vivaz que su hija, los mismos ojos limpios y acogedores de quien está a gusto consigo mismo, y se imagina a esa familia reunida en torno a una mesa, contándose las anécdotas del día, haciéndose bromas y riendo, cansados por el esfuerzo de otra larga jornada laboral, pero satisfechos. «Quizás no tengan la vida soñada, o sí, pero es la vida que se han labrado con sus propias manos». La mujer le sonríe, se da media vuelta, y regresa a la cocina tarareando. A María se le ilumina la cara al sentir la melodía, y se une a ella.

Luis se sienta animado. Su cerebro también tararea y cuando está a punto de llevarse a la boca la primera cucharada de gazpacho toma conciencia de qué canción le han contagiado. «Sara, Sara dulce, Sara…». Regresan a su mente aquellos largos viajes veraniegos, en que sus padres cantaban a pleno pulmón las canciones de El último de la fila que reproducía el radiocassette mientras su hermano y él se miraban divertidos, pensando en lo locos que estaban. Qué gran poder evocador tienen determinados sonidos; también algunos olores y sabores, pero la agradable escena de infancia dura apenas unos segundos. Enseguida ocupa su lugar la cara de la mujer que dirige sus pasos y siente la tentación de volver a llamarla.

Echa mano al bolso y palpa el teléfono, pero no acaba de sacarlo. «¿Y si no contesta? ¿Y si cuelga?» Se queda indeciso unos instantes, durante los cuales dos de los hombres que comían en silencio abandonan el local agarrados a sendos maletines. «La solitaria y viajera vida del vendedor», es el pensamiento intruso que se cuela en el cerebro de Luis mientras trata de resolver el dilema en que anda metido.

—Sara, Sara dulce, Sara… —canta María, que ha vuelto a retomar la tarea de recoger las mesas. Su hermano también vuelve a darle a la escoba.

Luis duda. «¿De verdad es lo que quiero hacer? ¿Ir en busca de una tía que lo último que me dijo fue que no la llamara más? No la conozco de nada…». Intenta racionalizar su situación, pero el pinchazo en el estómago no se puede racionalizar, ni la sensación tan perturbadora como atrayente que le produce el recuerdo de sus ojos profundamente tristes. «Es absurdo, lo sé, pero necesito saber qué esconden… Necesito volver a sentir sus dedos en los míos». Se mira la mano que aún sujeta la cuchara. «Quiero descubrir a qué saben sus labios». Entonces, por un momento, regresan a su boca los sabores de la noche pasada y lo invade una estúpida sensación de rubor y reproche. Y en un impulso por hacerlos desaparecer prueba por fin el gazpacho.

A unas mesas de distancia María lo mira y le sonríe.

Continuará…

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