Lágrimas (II)


Foto. Andy Beales. UnsplashFoto. Andy Beales. Unsplash

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE:

… Tú buscabas ahora las rojas. No hacía ni un mes que las habías colocado en el quinto estante. Te había costado mucho recogerlas una a una de tus ojos inflamados; con el paso de los años, cada vez te costaba más llorar. Lo mantenías en secreto, ya que quien perdía esa capacidad era internado en el Sanatorio de Lágrimas con un diagnóstico que lucía el nombre un tanto ridículo de: Lagrimitis Incapacis. Los pacientes solían regresar de allí cambiados, transformados, ausentes y, sobre todo, incómodos con el título de incapaz que colgaba como un letrero luminoso en sus vidas.

Juan, tu amigo del barrio; Pedro, el novio de Clara; Luis, el vecino del cuarto, y Elena, tu prima; a todos ellos los conocías bien. A su regreso habían perdido el brillo de su mirada, se habían vuelto taciturnos, y evitaban hablar de su estancia en el sanatorio… Recientemente, un eminente psiquiatra, que había sido despedido de uno de estos centros, se había atrevido a conceder una entrevista en uno de los canales sociales más influyentes, y había afirmado que allí era practicada una reeducación emocional «excesiva y perturbadora». La entrevista causó mucho revuelo, pero no tardó en caer en el olvido tras la emergencia producida por las recientes inundaciones en las costas europeas.

«¿Qué les harán?», te preguntabas mientras mirabas tus enlutados potes rojos. Allí estaban tus lágrimas más frescas, flotando en sí mismas, indemnes, bañadas en su transparencia encarnada; lucían un brillo hermoso, como de plenitud, que no supiste reconocer porque la duda que sembró en ti el experto no te permitía admirarlas. Las habías recogido a días sueltos, cuando el dolor te asaltaba sin avisar como una tormenta de verano.

El primer pote rojo se quedó pequeño en seguida pocos días después de su muerte. El segundo tardó más en llenarse, unos seis meses aproximadamente. Y el tercero todavía estaba por la mitad. Colocaste los tres recipientes rojos encima de la mesa de la cocina. Y estuviste un rato mirándolos en silencio; cuando la luz los atravesaba dejaban ver tenues iridiscencias. «¿Habrán sido suficientes? El experto me dijo que si había tenido sinusitis es que no sabía llorar bien: «La mucosidad retenida siempre era un síntoma preocupante de sentimientos no expresados», dijo con su mirada penetrante, que siempre te enfocaba avizora desde sus lentes de miope; más que gafas parecían prismáticos diseñados para traspasar el iris de sus pacientes y engullir como una sonda todo aquel pensamiento que pudiera corroborar sus inquinas sospechas.

Te armaste con un boli y un papel —nunca te acostumbraste a la calculadora domótica— y empezaste a hacer cálculos matemáticos. Aplicaste las fórmulas que te indicó el Terapeuta de Lágrimas, y volviste a repetirlas en tres ocasiones; no querías obtener una cifra errada. Las tres veces conseguiste el mismo resultado; tres números inofensivos que, sin embargo, te dolía mirar: 800 lágrimas en un año. «¡Qué desastre! No he alcanzado las mil. Tenía razón aquél imbécil. Lucía, mi amor; Luis, mi pequeño; quizás no haya sabido lloraros bien.»

El repiqueteo estridente de tu smartphone te sobresaltó; pero aún se te aceleró más el corazón cuando viste el rostro que reflejaba su pantalla: era el terapeuta desde su perfil de Skypeforhealth. «¡Qué impaciencia! Pero si me dijo que le llamara yo esta tarde, y ¡aún son las tres del mediodía! Debe de estar deseoso de enviarme a su sanatorio para lucir otra medalla: ¡Otro incapaz recuperado!» pensaste, antes de darle en todo el ojo con un brusco toque en la pantalla que no abrió el servicio, y a punto estuvo de bloquear el teléfono. «¡Joder!»

—Sí, hola, ¿qué tal? —pronunciaste sin conseguir serenar del todo tu voz alterada.

—Hola, Javi, ¿estás bien?, …, quería decirte que después de que te fueras, he sentido la necesidad espiritual de meditar, y he logrado avistar tu espíritu. ¿No lo notaste? No…, claro…, qué pregunta…, ya lo harás cuando alcances otro estado de conciencia… Siento decirte que he visto dos de tus chacras obstruidos… Podemos hablarlo mañana en la consulta. Te he reservado cita para las 9. ¿Te va bien? Supuse que sí, ya que no has vuelto a trabajar desde el accidente. Me imagino que ya contaste tus lágrimas…

—Sí, sí, justo acabo de hacerlo. Ahora iba a llamarte. —Mentías, y lo hacías la mar de bien. Por suerte, la distancia telefónica aminoraba el carisma envolvente y escrutador de tu interlocutor, y te permitía recuperar tu dignidad, pisoteada en la última consulta.

—¿Y?

—Están perfectas, tendrías que verlas: iridiscentes, hermosas, casi mágicas. Están vertidas a conciencia, ¿sabes? Las lloré a pulso, intensamente, con mucho dolor. Y no me importa si mi desgarro no duró los treinta minutos recomendados, o si sollocé menos de diez minutos como reglamentáis, y luego me quedé en silencio en busca de mi espíritu, como indica vuestro estúpido reglamento… No fue así.

—Oye Javi…

—Javier, me llamo Javier, te lo he dicho muchas veces, y ahora estoy hablando YO. Me importa un carajo si hace un mes que no brota ni una lágrima de mis ojos. ¿Sabes por qué, maestro sabelotodo? Porque creo que ya las lloré todas: en poco tiempo y de una tirada, como a mi me gusta hacer casi todas las cosas. 800 en total. ¿A que es un número precioso? Me queda, eso sí, un dolor insalvable; una sima profunda en el alma que no has sabido divisar en tu avistamiento de pájaro mediocre, y que va a quedarse orgullosamente vacía hasta el día que me muera, aunque llore más de cien millones de lágrimas. Y ahora voy a preguntarte una cosa: ¿Se te ha muerto alguien a ti? ¿Alguien a quien quieras de verdad? Déjame adivinar en mi grado inferior de conciencia… La respuesta es tachan, tachan: no lo sé. Lo que sí sé es que seguramente no eres capaz de amar a nadie sin juzgarlo desde tu atril. Y si no, fíjate bien en tu mirada levemente desviada hacia abajo cuando hablas: un signo inequívoco de frialdad hacia el género humano.

— Pe…

—Tampoco olvidemos el movimiento de tus manos: claramente indican que no sabes pensar por ti mismo, necesitas siempre un manual, con el que sentirte superior a los demás. Quizás deberías revisar los motivos que te han llevado a querer ayudar a los demás. Seguramente no son vocacionales.

—Vamos a volver a vernos, no lo du…

Colgaste, exultante, satisfecho, sin darle tiempo a la revancha.

Ahora era el momento de correr calle abajo. En poco menos de diez minutos, una ambulancia pararía enfrente de tu portal. Desde que los servicios públicos discurrían por los viales magnéticos, el tiempo de espera había disminuido; para suerte de los viajeros y, sobre todo, de los accidentados; no tanto de los delincuentes y los fugitivos. Dos camilleros uniformados de blanco, con la insignia bicolor, roja y negra, del Sanatorio de lágrimas —Sanatory of Tears, así aparecía en su web oficial—, bajarían una camilla con correas destinadas a atar tus piernas y tus brazos, y la misión inapelable de adiestrar a tus lágrimas, y a tu corazón. Pero tú aún eras libre. Estabas a tan solo un paso de la recién estrenada estación interplanetaria DronsCitizens; a salvo todavía, aunque por poco tiempo, del rastreo policial modular. Y no ibas a parar de correr.

¡Suerte, valiente!

 

De El Gris de los Colores

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6 pensamientos en “Lágrimas (II)

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