Centrifugando recuerdos (XIII)


Alhambra de Granada

Vista de la Alhambra de Granada desde los jardines del Palacio de los Córdova.   Foto: Benjamín Recacha

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Sara mira el busto del león como si esperara una respuesta que acabe con su angustia. «¿Por qué ahora? ¿Por qué vuelven las pesadillas, esos recuerdos que creía olvidados?» Levanta la vista hacia la muralla montañosa forrada de verde sobre la que se alza la Alhambra y un escalofrío le recorre la espalda al revivir la escena, tan real, que la acosa desde el alba.

Era muy temprano cuando decidió salir a deambular por las calles, aún frecuentadas por grupos de jóvenes reacios a poner fin a la larga noche de fiesta. Su despreocupación contrastaba con la obligada responsabilidad de quienes levantaban las persianas de panaderías y cafeterías. Ella también había formado parte de alguna de esas expediciones de fiesta y alcohol no hacía tanto tiempo. «A lo mejor es lo que necesitas», se dijo, justo antes de recibir lo que dedujo eran piropos, surgidos de las mentes nubladas y las voces pastosas de un par de chavales que apenas se sostenían en pie. Sara prosiguió su camino sin prestarles atención.

Un rato después entró en el Café Fútbol, uno de sus favoritos, donde un hombre mayor leía el periódico acompañado de una taza de chocolate y unos churros, y dos mujeres de impecable cardado grisáceo charlaban animadamente sobre sus nietos entre bocado y bocado de crujiente cruasán. Un café con leche y una tostada más tarde, aliñada con las vagas respuestas a las alegres ganas de saber de su vida de la camarera, Sara tomó la ruta del Paseo de los Tristes, con la esperanza de que el sonido del agua del Darro aportase un poco de calma a su corazón.

Un par de horas después, con la ciudad hirviendo, por el calor, pero sobre todo por la actividad constante de paseantes, turistas y quienes se ganan la vida con ellos, Sara descartaba tanto cruzar el puente del Aljibillo como subir por la cuesta del Chapiz, así que entraba en los jardines del Palacio de los Córdova. En realidad ya sabía que acabaría allí, uno de los rincones donde suele acudir a desahogar las penas.

Y mientras Sara conversa con el desgastado león de piedra, sobre la mesita de noche su teléfono móvil vibra una vez más. Son varias las llamadas perdidas que acumula sin que nadie les preste atención.

Luis disimula un gesto de frustración al devolver el teléfono al bolso. «No saques conclusiones precipitadas, a lo mejor no ha escuchado la llamada… Sí, claro, “no me llames más, por favor”, eso fue lo que dijo».

El joven se levanta de la silla, decidido a proseguir con el viaje, aunque ya no tiene tan claro si lo hace empujado por la esperanza o por la necesidad de continuar con un plan para el que no tiene alternativa.

Una hora y media más al sur Sara pone punto y final a su largo paseo en la terraza de Casa Torcuato. Las ricas tapas regadas de cerveza bien fría acaban siendo el mejor remedio conocido para los dolores del alma.

Mientras come en silencio observa el ir y venir continuo de gentes diversas, todas con el complemento común de la cámara fotográfica o, en su defecto, el móvil de última generación. Se da cuenta entonces de que el suyo lo ha olvidado en casa y, al mismo tiempo, de que no lo echa en falta.

«¿Y ahora qué voy a hacer? Ya estoy aquí, me he recorrido media Granada, llevo horas pensando, y sigo igual de perdida y vulnerable».

—¿Qué hago? —murmura, con la mirada clavada en un aro de calamar a la romana, y suspira, resignada ante la constatación de que huir quizás le haya evitado exponerse a un extraño peligrosamente interesado en sus emociones, pero no ha tenido efecto alguno sobre esas emociones que no quiere compartir.

Con el estómago lleno sopesa la opción de regresar a casa y echar una siesta. La larga pateada y la corta noche de sueño empiezan a pasarle factura, de modo que se incorpora a la corriente continua de turistas, que recorren la parte alta del Albayzín con el objetivo preparado para capturar la estampa inigualable de la Alhambra desde el siempre concurrido mirador de San Nicolás. Ella prefiere visitarlo al atardecer, aunque si busca tranquilidad hay rincones igualmente mágicos y a salvo de la popularidad.

Sus doloridos pies parecen no tener suficiente, y casi sin darse cuenta la han conducido cuesta del Chapiz abajo hasta el camino del Sacromonte. Se detiene entonces. Mira a su alrededor. Los turistas han desaparecido. El sol calienta con saña y Sara nota cómo las gotas de sudor descienden por su espalda.

—¿Qué estás haciendo? —susurra, y ahora sí, por fin es consciente de lo agotada que está—. Déjate ya de excursiones y venga a casa a descansar.

Da media vuelta y se encuentra con una mujer que la observa desde la entrada de una de las zambras que en unas horas frecuentarán incautos visitantes ávidos de empaparse de la Granada más auténtica.

—Acércate, reina mora. Esos ojos tan verdes piden a gritos que alguien lea su historia. Pasa aquí dentro y deja que me la cuenten.

Sara reacciona instintivamente a la defensiva, pero tras un par de segundos de alerta, relaja el gesto.

—Esa lengua de gitana melosa que tienes funciona con los turistas, pero yo soy granaína. Qué vas a contarme tú a mí.

La mujer luce un cabello largo y liso, de un negro tan intenso que brilla bajo el sol. El rojo vivo de sus labios contrasta con la tez morena y unos ojos oscuros que han visto mucho más de lo que su apariencia joven revela. Sonríe, más con la mirada que con los labios.

—Te lo puedo contar , mi niña… —Hace una pausa durante la cual Sara se siente extrañamente desnuda—. Pero sólo si tú quieres. Anda, vente, que estaremos fresquitas. Muy pocos pueden presumir de que María la Zíngara les haya invitao a contarse las penas.

De nuevo sus pies toman la iniciativa, y sin saber cómo Sara se encuentra de golpe frente a la imponente gitana. «¿Qué haces?», se oye preguntarse, pero sin la contundencia necesaria para detener su irracional avance.

—Pasa, mi niña. No te preocupes, que vas a estar muy a gustito conmigo.

La mujer la acaricia fugazmente en la mejilla, y Sara, que por un momento ha creído sentir la proximidad del frío que la invadió en sueños, recupera el calor y una inexplicable confianza. Se deja llevar.

La Zíngara la toma de la mano con suavidad y la conduce al interior de la cueva, cuyo perímetro está ocupado por sillas de enea. Las paredes están decoradas con fotos antiguas del Sacromonte y retratos en blanco y negro de cantaores y bailaoras. Sara ya había visitado zambras anteriormente. Ésta es muy parecida, pero las fotos atraen su atención y, en concreto, una serie colocada en la pared del fondo despierta su curiosidad. Las imágenes muestran a una joven bailaora que derrocha una pasión contagiosa incluso a través del papel.

—¿Eres tú?

María no contesta enseguida. Sara gira la cabeza y la ve con la mirada clavada en las fotos. Sus ojos transmiten orgullo y a la vez la nostalgia de quien pretende capturar destellos de un tiempo que fue feliz.

—Era la mejó —responde sin apartar la vista de las imágenes—. Venían a verme de todas partes. De Madrid, de Barcelona, franceses, ingleses, americanos… La Tormenta del Sacromonte me llamaban, porque cuando empezaba a bailá el cielo rugía.

Se queda unos segundos en silencio, hasta que agita suavemente la cabeza y vuelve a mirar a su joven invitada.

—Entonces la zambra era un espectáculo digno de ser vivío. Había electricidá en el ambiente, una energía contagiosa que pasaba de unos a otros. Las noches se alargaban hasta el alba, y acabábamos exhaustos, público y artistas, destrozaos pero felices. —Se acerca a Sara con el brazo extendido—. Mírame chiquilla, mira. Se me pone el vello de punta sólo de recordarlo.

—Pues sí, tuvo que ser bonito.

—Mucho. —Se sienta junto a la joven, que sigue de pie viendo retratos, y da una palmada en la silla vecina para que la imite—. Ahora ya no es lo mismo. La gente que viene al espectáculo no se implica tanto. Muchos sólo buscan lo pintoresco y no sienten el arte. Vamos, que no tienen duende. —Sara, ya sentada, asiente con una sonrisa. Se encuentra a gusto—. De todas formas, no te vayas tú a pensá, que la zambra de María la Zíngara sigue siendo la mejó. Aquí siempre ofrecemos espectáculo de primer nivel.

Sara se da cuenta de que la mujer mira ahora una foto situada junto a las otras. Es en color y también retrata a una bailaora, que luce un precioso vestido rojo. A la joven le resulta familiar, el parecido con la protagonista de las imágenes antiguas resulta evidente.

—Es mi hija, Sara. —A la Sara presente le da un vuelco el corazón—. ¿Qué te pasa, chiquilla? Parece que hayas visto un fantasma.

—Oh, no… no pasa nada. Sólo es que yo también me llamo Sara.

María la mira entonces con dulzura.

—¿Ves? Si ya sabía yo que había algo en ti que me llamaba. Las gitanas tenemos un sexto sentío para estas cosas. Tú hoy tenías que venir por aquí para que yo te leyera la buenaventura.

Continuará…

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