Centrifugando recuerdos (XIV)


Imagen libre de derechos descargada en pixabay.com

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(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis toma la salida hacia Granada de la autovía, y conforme se acerca al centro de la ciudad nota un pellizco en el estómago cuya presión creciente le obliga a suspirar cada pocos segundos. «Tío, relájate un poco, que estás taquicárdico», se dice, parado frente a un semáforo en rojo. Las manos, firmemente agarradas al volante, le sudan, y no es por culpa del calor. Se mira los dedos; le tiemblan. Ahora, además, los dientes empiezan a repiquetearle.

Se mira en el espejo retrovisor. «Vaya cara de cordero degollado». Cierra los ojos un momento, vuelve a suspirar, y cuando los abre profiere un alarido con el que libera unas cuantas atmósferas de presión.

—Va, no te has recorrido España de norte a sur para rajarte ahora. Tomaste una decisión y la vas a llevar hasta las últimas consecuencias —le espeta al espejo. Enciende el último cigarrillo y le da una larga calada—. Vamos allá.

Según Google Maps, la dirección que copió del contrato del cámping ya queda muy cerca. Luis encuentra aparcamiento junto a un parque. Es media tarde y el sol calienta con ganas. Baja del coche con el móvil en la mano. Vuelve a mirar la pantallita y acto seguido dirige la vista al otro lado de la calle, donde queda su destino, un edificio de tres o cuatro plantas que parece bastante nuevo.

Antes de cruzar apura el cigarrillo con bastante ansia, y cuando se dispone a dejar caer la colilla recuerda la bronca de Sara bajo las estrellas. «Sólo hace dos días de aquello». Sonríe y busca con la mirada una papelera. «En el parque seguro que hay». Efectivamente. Se acerca a ella y tira la colilla tras apagarla contra el borde.

Un par de palomas se le aproximan dándose impulso con el bamboleo del cuello. Los humanos suelen ser fuente de alimento. No en esta ocasión. Al darse cuenta de que no hay nada que rascar, vuelven a rastrear el suelo, de esa forma mecánica que a algunas personas les parece repulsiva. Luis es una de ellas, pero reprime el impulso salvaje de patearlas. Están tan cerca y son tan indolentes que acertaría. «Qué animales tan absurdos. Pudiendo volar, no me explico cómo se dejan atropellar». En ese momento, un perro de raza indeterminada y pelaje marrón muy corto irrumpe en escena a toda velocidad, provocando el sobresalto del joven. Las palomas, en cambio, no reaccionan hasta que el mamífero está a punto de atrapar a una. Sólo entonces, con desgana, levantan el vuelo, lo justo para situarse fuera de peligro.

—¡Chewie, ven aquí!

Una muchacha pecosa con el pelo alborotado se acerca con la correa en la mano. El perro se detiene junto a Luis, con la lengua fuera, jadeando ruidosamente.

—Hay qué ver, qué manía le has cogío a las palomas.

El perro mira a Luis, que sigue en pie junto a la papelera, agarrándose de forma inconsciente a cualquier excusa que retrase el momento de cruzar la calle. El animal menea el rabo y agacha la cabeza, en claro gesto de demanda de carantoñas.

—A ti tampoco te gustan, ¿eh? —comenta el joven, al tiempo que se acuclilla para acariciarlo.

—Está mu loco —interviene la muchacha—. Me paso el rato corriendo detrás de él.

Luis levanta la vista, sonriente, y se encuentra con una adolescente desgarbada que viste una camiseta de tirantes, unos tejanos recortados muy cortos, chancletas, y que masca chicle abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua.

—Le gusta jugar. Es muy simpático.

—Ya, ya, pero a mí me cansa. —La chica hace una pausa—. Oye, tú no eres de aquí, ¿verdá?

—No. Vivo en Barcelona.

—Vaya, un catalán. Mis tíos se fueron a Barcelona cuando yo era pequeña. El año pasao estuve en su casa. Es chula, pero a mí me gusta más Graná.

—Pues muy bien.

Luis se incorpora y el animal le reclama más atenciones, ladrando ruidosamente.

—¡Ya está bien, Chewie!

La enérgica llamada de atención surte efecto y el perro agacha la cabeza, baja el rabo y se acerca a su dueña, que le ata la correa.

—¿Lo has llamado Chewie?

—Sí, de Chewbacca, el bicho pelúo ese de ‘La guerra de las galaxias’.

—Ya sé quién es Chewbacca. Es sólo que me hace gracia que le hayáis puesto ese nombre a un perro que tiene el pelo tan corto.

—Es que los granaínos tenemos mucho salero —resuelve la chica, orgullosa, enseñando el chicle entre los dientes.

—Ya veo. Bueno, me tengo que ir.

Luis toma aire y, ahora sí, cruza la calle. La muchacha y su perro lo observan refugiados bajo la sombra de los plátanos.

El sol cae a plomo, como queriendo fulminar a cualquiera que ose desafiar su reinado, y realmente Luis nota el peso de los tórridos rayos sobre la cabeza. «Qué barbaridad, creo que nunca había pasado tanto calor», se dice mientras busca en el panel del portero automático el botón del tercero primera. Cuando lo encuentra vuelve a tomar aire antes de pulsarlo. Un toque breve ejecutado con timidez por un dedo tembloroso. Espera unos instantes con el corazón desbocado, pero no hay respuesta, así que lo vuelve a probar. Ahora aprieta el botón durante un par de segundos. Nada.

«¿Y si no ha llegado todavía? O peor, ¿y si se ha ido a otro sitio?» Las dudas lo  asaltan de nuevo, y empieza a dibujar en su cerebro montones de posibilidades en la totalidad de las cuales su viaje a Granada es una soberana estupidez.

Se sienta en el escalón del portal a intentar poner un mínimo de orden a su atolondrado cerebro y pensar en algo que tenga sentido. La mayor parte del cuerpo queda a merced del sol, pero ahora esa es la menor de sus preocupaciones. «No responde a las llamadas, pero puedo escribirle un whatsapp o un sms. Que sepa que estoy aquí, que tengo verdadero interés en que nos conozcamos mejor… Sí, o que piense que eres un acosador desquiciado. ¿Quién en su sano juicio atravesaría el país en busca de alguien de quien no sabe apenas nada?»

Luis resopla y se agarra la cabeza, con los codos apoyados en las rodillas, y la vista clavada en la acera. No sabe qué hacer.

Y entonces invaden su campo de visión unas chancletas y, acto seguido, las pezuñas de un perro pequeño.

—Yo vivo aquí.

Luis, perplejo, levanta la cabeza. Ahí está la muchacha, mascando chicle, con expresión de triunfo. El perro se adelanta y le golpea suavemente en el brazo con una patita que demanda nuevas caricias. La mano del joven responde de forma automática mientras su cerebro analiza el abanico de posibilidades que la revelación acaba de abrir.

—¿A quién buscas?

«Cuidado con lo que respondes».

—A una amiga. Le quería dar una sorpresa, pero parece que no está.

La muchacha estudia la expresión del extraño. Luis se esfuerza por desterrar su desesperación y parecer natural.

—¿Cómo se llama? Aquí nos conocemos tós.

Luis traga saliva antes de responder. El corazón vuelve a golpear con fuerza.

—Sara.

—¿Eres amigo de Sara? —pregunta con una sonrisa radiante. Luis contesta con un movimiento afirmativo de cabeza, que repite con impaciencia mientras espera a que la chica siga hablando— Es mu guapa y mu simpática, ¿verdá? —Luis insiste en el gesto afirmativo—Pero ya no vive aquí.

La desolación regresa al rostro, ahora inmóvil, del joven.

—Y si eres su amigo, ¿cómo es que no lo sabías?

Tiene que decir algo convincente, y rápido.

—Ha… hace tiempo que no hablamos. —Decide entonces arriesgarse—. Debe haberse mudado hace poco, pero aquí siguen viviendo sus padres, en el tercero primera, ¿no?

La adolescente se lo queda mirando otra vez. Parece que busque la decisión a tomar en el chicle que continúa mascando con fruición.

Pué ser…

—Vale, entiendo que no te fíes. Hay mucho loco suelto por ahí, pero te aseguro que yo soy un tío muy normal. Sólo necesito saber si Sara sigue viviendo en Granada.

—Invítame a un helao y te lo digo.

—¿Cómo?

Luis no da crédito. No estaba preparado para una ocurrencia semejante.

—Me pués invitar a un helao o esperar aquí sentao a pleno sol a que lleguen los padres de Sara. Tú decides.

…………………………

Sara recorre el trayecto entre la zambra de María la Zíngara y su casa como si estuviera hipnotizada, como si sus sentidos hubieran sido desconectados para no percibir estímulo externo alguno. No nota el calor asfixiante, ni la presencia de los turistas, ni siquiera el contacto de sus pies con el suelo. Simplemente se desplaza, como flotando, mientras su mente continúa cómodamente instalada en la silla de enea, asimilando las palabras de la gitana. Se sumerge en esos ojos negros, grandes como ciruelas, capaces de poner al descubierto todos sus miedos. Escucha, y aunque ahora ya no está allí, sigue escuchando. Por ahora no quiere hacer otra cosa. Escuchar ya es bastante, no quiere adelantar lo que vendrá después, cuando tenga que afrontar, de manera consciente, esos pensamientos insidiosos que ya no van a volver a un rincón oscuro de la memoria.

Sus pies flotantes aterrizan junto al portal de un viejo edificio de dos plantas cuya fachada hace tiempo que necesita una mano de pintura para volver a ser blanca. Aún no hace dos años que se instaló en el piso superior junto a Tere y Merche. Nunca se acostumbró a la enorme vivienda que compraron sus padres en la parte nueva de la ciudad. Echaba de menos el ambiente del Albayzín y, sobre todo, la apaciguadora visión de la Alhambra desde la ventana. Así que cuando Tere le ofreció la posibilidad de mudarse al piso de su abuela, no lo dudó. «Cuando mi padre me dijo que la abuela se venía a vivir con nosotros, se me encendió la bombilla. “Vale”, le dije. “Pero como aquí vamos a estar muy estrechos, ¿qué os parece si me voy yo al piso de ella con unas amigas?”»

Sara ve cómo sus dedos sacan las llaves del bolso y abren la puerta. Sus pies suben despacio la estrecha escalera hasta el segundo rellano. Se detienen de nuevo junto a la única puerta y, de nuevo, su mano derecha opera sin recibir órdenes. Sólo cuando cierra la puerta tras de sí y se dirige al comedor recupera la conciencia. Tere la espera acompañada.

—Hija, ¿dónde has estado? Nos tenías muy preocupados.

Continuará…

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